23.
Después de la comida, la tarde transcurre con calma.
Este hotel es muy diferente al de Canarias; aquí todo es sencillo y pensado para grupos pequeños, pero precisamente por eso también resulta muy hogareño.
Hay un par de salas de uso común, cada una con una chimenea, y en una de ellas conseguimos una mesa cerca del fuego, rodeada de unos sillones pequeños pero cómodos.
Creo que nunca antes había estado cerca de una chimenea, pero me gusta la experiencia.
El calor que emiten las llamas en movimiento es muy diferente al de la calefacción o un radiador corriente; es como más agradable, más cálido, si es que eso tiene sentido siquiera.
Nuestros padres han traído barajas de cartas y toda clase de juegos de mesa en la maleta para que no nos falte entretenimiento estos días, y así nos pasamos toda la tarde, entre partidas a las cartas, al Cluedo o al Uno.
Estar aquí junto al calor de la chimenea mientras fuera oscurece cada vez más, riendo y pasándolo bien, hace que mi corazón se llene de alegría, a pesar de la dura realidad de tener a Marcos demasiado cerca y no poder tocarlo.
Sin embargo, tras nuestra conversación en el autobús los dos estamos fingiendo llevarnos bien, así que al menos nos estamos dirigiendo la palabra con falsa cordialidad.
Cuando llega la hora de la cena, nos vamos todos al comedor, donde la selección de platos es mucho más limitada que en el hotel de Canarias, pero está todo buenísimo.
Es extraño que tengamos tanta hambre cuando lo único que hemos hecho en toda la tarde ha sido jugar, pero acabamos comiendo de todo.
A continuación, volvemos a la sala común.
Nuestra mesa de antes ahora está ocupada, de modo que nos acomodamos en un sofá y unos sillones que hay en un rincón, charlando un poco de todo y de nada.
Yo no hablo demasiado; entre el calorcito de la chimenea, la comodidad del sofá y mi estómago lleno, me siento tan a gusto que estoy empezando a quedarme amodorrado.
* * *
De pronto, siento que alguien me zarandea y me despierto de repente.
—Fran —dice mi madre, mirándome con una sonrisa—. Estábamos hablando de irnos ya a la cama.
—¿Qué hora es? —pregunto, todavía desorientado.
—Son más de las doce. Llevas una hora y pico dormido.
Miro a mi alrededor, parpadeando. El fuego ya está comenzando a extinguirse, pero alguien ha encendido unas pocas velas sobre las mesas y en unos soportes sujetos a las paredes de piedra.
Somos casi los únicos que seguimos aquí; tan solo queda una pareja muy acaramelada en el sofá que hay en un rincón.
—Joder. No tendríais que haberme dejado dormir… seguro que ahora me va a costar mucho más quedarme dormido cuando suba.
—Es que estabas monísimo —dice Natalia con una sonrisa—. Nos daba pena despertarte.
Hago una mueca y me pongo en pie, aunque a regañadientes.
Todos juntos, subimos las escaleras hasta nuestras habitaciones.
Por suerte, el desayuno se sirve hasta las once de la mañana, así que quedamos en vernos en el pasillo a las diez.
Doy gracias por eso; odio tener que madrugar, y sobre todo estando de vacaciones.
Además, algo me dice que la noche va a ser muy larga.
Cuando entro en la habitación y cierro la puerta detrás de mí, la tensión que habíamos conseguido esconder durante el resto del día hace acto de presencia de inmediato.
Aquí ya no hay máscaras, ya no hay necesidad de fingir.
La realidad me golpea con fuerza: somos dos exnovios que se ven obligados a convivir y a poner buena cara ante los demás para que nadie se dé cuenta de lo que había entre nosotros.
Hoy no ha sido tan difícil, pero no sé cómo vamos a ser capaces de sobrevivir durante una semana entera.
—¿Quieres entrar en el baño? —me pregunta, y esa simple frase me basta para saber que él se siente tan tenso como yo.
—Vale.
Cojo mi neceser donde he metido el cepillo de dientes y unas cuantas cosas más y entro en el cuarto de baño.
Cuando salgo unos minutos más tarde, veo que Marcos ya se ha puesto el pijama, y me doy cuenta de que es la primera vez que va a dormir en pijama delante de mí.
Antes, cuando dormíamos juntos, siempre lo hacía en bóxers y como mucho una camiseta, incluso antes de que pasara nada entre nosotros.
Mientras él entra en el baño, me pongo el pijama yo también y me meto en la cama.
Llevo casi todo el día desconectado, así que respondo varios mensajes en lo que espero a que salga, agradeciendo especialmente a Álex y a Alejo que me hayan deseado buena suerte.
Unos minutos más tarde, la puerta del baño se abre de nuevo. Con el móvil delante de la cara, observo de reojo a Marcos mientras se mete también en la cama y apaga la luz con el interruptor que hay sobre la mesita de noche.
—Buenas noches —dice simplemente.
—Buenas noches.
Es todo tan frío, tan lejano, que siento que se me humedecen los ojos al recordar cómo eran antes las noches que pasábamos juntos.
Incluso la primera de todas, esa noche que dormimos en la misma cama en un hotel muy lejos de aquí, la cosa era muy diferente a esto.
Antes de cerrar los ojos ya sé que me va a costar mucho conciliar el sueño, y me maldigo una vez más por haberme quedado dormido antes.
Los minutos transcurren con insoportable lentitud.
Tal como esperaba, no soy capaz de dormir.
Sin embargo, está claro que no soy el único, porque no dejo de oír a Marcos moviéndose cada pocos minutos.
Recuerdo bien el sonido de su respiración profunda cuando duerme, y hoy está respirando con normalidad, como cuando está despierto.
Es más que evidente que a él también le está costando dormir.
Cambio de postura una vez más, en esta ocasión, para situarme de espaldas a la ventana. La habitación está a oscuras, pero mis ojos se han acostumbrado tanto a la escasez de luz que puedo distinguir a la perfección la silueta de Marcos en su cama, tan cerca y a la vez tan lejos.
—¿No puedes dormir? —me pregunta de repente, sobresaltándome un poco.
Aunque ya me había dado cuenta de que él también estaba dando vueltas, no esperaba que fuera a mencionar el tema.
—Pues no.
—Yo tampoco.
Pongo los ojos en blanco.
—Ya, me he dado cuenta —señalo.
—Será por estar en una cama extraña.
Frunzo el ceño ante sus palabras. ¿En serio está tratando de sacar conversación o algo por el estilo? Porque podría ahorrárselo, la verdad.
—Sí, será eso.
Ninguno de los dos menciona el gigantesco elefante en la habitación de que la última vez que compartimos habitación en un hotel durante varias noches a ninguno de los dos nos costó dormir, por mucho que estuviéramos en una cama extraña. Permanecemos en silencio unos instantes, y entonces…
—Si quieres —dice, y hace una pausa antes de continuar—, se me ocurre una solución para que podamos dormir mejor.
Abro mucho los ojos, sorprendido. Tiene que estar de coña, ¿verdad? ¿De verdad me está proponiendo lo que creo que me está proponiendo?