El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 22.
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Despierto de repente, un tanto sobresaltado al notar que alguien me está frotando ligeramente el brazo.

—¿Fran? —susurra la voz de Marcos—. Ya hemos llegado.

Pestañeo un par de veces, confuso, y entonces me doy cuenta de que sigo en el autobús, aunque ahora hay un paisaje nevado al otro lado de la ventana.

Mierda. Me he quedado dormido. Me apresuro a llevarme la mano a la barbilla para hacer como que me rasco, pero por suerte no se me ha caído la baba ni nada por el estilo.

Me incorporo un poco en mi asiento, tratando de evitar la mirada de Marcos.

Todo el mundo está ya poniéndose en pie para salir, pero nosotros nos encontramos al final del todo y todavía tenemos que esperar unos minutos.

Cuando por fin salimos al exterior por la puerta de en medio, nuestros padres y Natalia ya están esperando con todas las maletas.

Mi madre me dirige una amplia sonrisa al verme.

—¡Pues ya estamos aquÍ!

Me esfuerzo por devolverle la sonrisa.

—¿Dónde es el hotel? —pregunto.

—Lo hablamos ayer durante la cena, ¿no te acuerdas? —se extraña Natalia.

La verdad es que no. Me pasé casi toda la cena hablando con Vero y Víctor, y procuré ignorar de forma consciente cualquier mención a un viaje que no podría apetecerme menos.

—Tenemos que coger un taxi —me explica mi madre—. Según la página web, está a menos de diez minutos en coche desde aquí.

Nos dirigimos hacia la pequeña parada de taxis que hay cerca del autobús.

Mientras esperamos a que nos llegue el turno, frotándome los brazos para tratar de mantener el frío a raya, miro a mi alrededor.

Por muy pocas ganas que tuviera de venir, tengo que reconocer que el paisaje lleno de montañas nevadas no podría ser más bonito.

Pero, sobre todo, lo que marca la diferencia es el aire; un aire puro y fresco tan diferente al de la ciudad que casi parece mentira que estemos a solo una hora y pico de distancia.

Casi siento que se me limpian los pulmones al respirarlo.

Cuando llega el taxi, Antonio ocupa el asiento delantero por ser el más voluminoso y los demás nos metemos atrás.

Aunque el coche es de tamaño grande y mi madre y Natalia son pequeñas, hay menos sitio de lo habitual y tengo a Marcos tan pegado que me cuesta respirar, aunque no sé si se debe al poco espacio o a su mera presencia.

Para tratar de distraerme, miro por la ventanilla mientras el taxi avanza por la carretera a través de las montañas nevadas.

Sin poder evitarlo, comienzo a imaginar cómo sería caer por uno de estos barrancos y acabar con mi sufrimiento.

Al fin, llegamos al hotel, que no podría ser más diferente al de Canarias.

Mientras que aquel era un enorme complejo turístico, este es un hotelito rural mucho más modesto, como si fuera una casa muy grande entre las montañas.

Parece estar construido por completo de piedra, y tiene varias chimeneas de las que sale humo.

Por muy pocas ganas que tuviera de venir aquí, tengo que reconocer que tiene su encanto, aunque habría preferido venir en circunstancias muy diferentes.

Mientras entramos, trato de enfrentarme a la dura realidad: sé que voy a tener que compartir habitación con Marcos.

Nadie lo ha dicho, y tampoco me he molestado en preguntarlo, pero, después de lo de Canarias, lo doy por hecho.

Y, aunque he estado tratando de evitar ese pensamiento, ahora que ha llegado el temido momento no puedo evitar que me invada el desasosiego.

Cuando fuimos a Canarias no quería compartir habitación con él por una razón muy diferente: no soportaba la idea de tener que estar con él.

Pero ahora, por el contrario, lo que no soporto es la idea de estar tan cerca de él y no poder tocarlo siquiera.

Ya me ha dolido de una forma casi física en los escasos momentos que hemos pasado juntos desde la ruptura, pero sé que las noches van a ser todavía más difíciles.

Cinco minutos después, el recepcionista reparte las tarjetas de nuestras habitaciones.

Trato de mantenerme inexpresivo al ver que, tal como esperaba, Marcos y yo vamos a dormir en la misma una vez más.

Sé que no tiene ningún sentido tratar de protestar, así que le doy las gracias en voz baja y me guardo la tarjeta en el bolsillo, resignado.

Estamos en la primera planta, así que subimos las escaleras sin molestarnos en esperar al ascensor. La habitación de nuestros padres es la 103, y la de Natalia está al lado de la suya, la 105. Por nuestra parte, Marcos y yo vamos a compartir la 104, que se encuentra justo enfrente.

—Bueno, pues estas son —dice mi madre, muy contenta—. ¿Os parece si deshacemos el equipaje, descansamos un poco y nos vemos dentro de una hora para comer?

Asiento con la cabeza y sigo a Marcos mientras abre la puerta de nuestra habitación.

Casi parece que la historia se repite, pero, mientras que el viaje a Canarias estuvo lleno de morbo, excitación y una complicidad que iba creciendo con cada noche, esta vez la situación no podría ser más incómoda.

Recuerdo esa idea que tuve en el anterior viaje, cuando me planteé dormir en la habitación durante el día para no tener que pasar el tiempo con Marcos.

¿Estaría muy feo que le suplicara a mi madre para que me dejara hacerlo?

—¿No entras? —me pregunta desde dentro, disipando mis pensamientos.

Lo miro y veo que me está mirando con el ceño ligeramente fruncido. Está tan guapo y su boca entreabierta me resulta tan tentadora que lo único que quiero es lanzarme a sus brazos, besarlo como si no hubiera un mañana, pero sé que no puedo hacerlo. Que no debo hacerlo.

Suelto un suspiro, resignado, y cruzo la puerta hacia la que será nuestra habitación durante las próximas cinco noches.

Lo primero que veo es que hay dos camas, y menos mal; sería demasiado horrible tener que compartir otra vez después de lo que ha pasado entre nosotros.

Tal y como están las cosas ahora mismo, habría preferido dormir en el suelo antes que tener que dormir juntos de nuevo.

Aun así, las dos camas están cerca. Demasiado cerca; tan solo hay un metro de distancia entre ambos.

—Bueno… —comienza Marcos cuando cierro la puerta detrás de mí, con evidente timidez. Supongo que esto tampoco debe de ser fácil para él, pero eso no es problema mío. Es él quien ha provocado toda esta situación—. Pues aquí estamos.

—Aquí estamos.

—¿Qué cama prefieres?

—Me da igual —respondo simplemente.

Ahora es él quien suelta un suspiro de resignación.

Después mira a su alrededor, y yo hago lo mismo.

La habitación no es tan espaciosa como la del hotel de Canarias, aunque sigue siendo grande.

Las paredes son de piedra, y los escasos muebles son de una madera cálida y acogedora.

Una de las camas se encuentra junto a la pared del baño, mientras que la segunda está entre la otra y la ventana, y eso me da una idea. Me dirijo hacia esta última.

—¿Te importa si me quedo con esta? Así habrá menos probabilidades de que me despierte si vas al baño por la noche.

—Me da igual —dice Marcos ahora.

La excusa ha sido terrible, y está claro que se ha dado cuenta.

Contengo las ganas de soltar otro suspiro y me dirijo hacia la cama.

Dejo la maleta a un lado, me descuelgo la mochila y la coloco sobre la colcha de color crema.

A continuación, comienzo a mover la cama en dirección a la ventana, para alejarla lo máximo posible de la otra.

Cuanto más distancia haya entre nosotros estos días, mejor.

—Joder —murmuro entre dientes; pesa bastante más de lo que imaginaba.

—Si quieres te ayudo —me ofrece, aunque no sé si hay cierta sorna en su voz o si tan solo me lo estoy imaginando.

—No hace falta, gracias.

Dejo la cama casi pegada a la pared de la ventana, con solo un centímetros de espacio para las cortinas, y me siento en el borde para recuperarme del esfuerzo.

Miro de reojo a Marcos mientras abre la maleta junto a su cama, y me pregunto qué clase de crimen habré cometido en otra vida para que el universo me esté castigando de esta manera.

También hay otra razón para haber alejado mi cama todo lo posible, y es que recuerdo perfectamente que Marcos no es capaz de dormir sin su habitual paja de buenas noches.

Dadas las circunstancias, lo más probable es que se encierre en el baño para hacérsela y, tal como están las cosas, preferiría no tener que oírlo, la verdad.

En mi caso, no va a haber ningún problema.

Desde que me dejó, he estado prácticamente muerto de cintura para abajo; creo que solo me habré hecho dos o tres en el último mes, y fueron para tratar de coger el sueño más que porque realmente tuviera ganas.

—¿Fran? —me pregunta de pronto, sacándome una vez más de mi ensimismamiento.

—¿Sí?

—Pensaba darme una ducha, que he estado sudando por la calefacción del bus, ¿pero quieres entrar tú primero en el baño? —Antes de que pueda contestar, añade—: Y vamos a intentar dejar lo de «me da igual», ¿vale?

Muy a mi pesar, sus palabras me arrancan una sonrisa, y veo que sus labios también se curvan ligeramente.

Una vez más, siento ese irrefrenable deseo de lanzarme a sus brazos, de devorar esos labios que tanto echo de menos.

Y, una vez más, me contengo por mucho que todo mi ser me grita para que no lo haga.

—Vale. Voy yo primero.

Me apresuro a sacar mis cosas de la maleta y, a toda prisa, me meto en el cuarto de baño y cierro el pestillo.

No necesito mirarme al espejo para ver que tengo los ojos llenos de lágrimas, pero lo hago de todos modos.

Me cuesta reconocer al Fran que me devuelve la mirada; llevo más de un mes evitando mirarme en el espejo.

He perdido peso y se me nota en la cara, con los huesos más marcados y las ojeras más pronunciadas que nunca.

Mientras observo mi reflejo, las lágrimas comienzan a caer por mis mejillas.

Cualquiera pensaría que se me habrían agotado durante este último mes, pero parece que no tienen fin y siempre acaban saliendo de una forma u otra.

Es verdad que llevaba varios días sin llorar de esta manera, pero ahora que la presencia de Marcos vuelve a ser algo constante, al menos de forma temporal, no puedo evitar rendirme al llanto.

Antes de que él pueda oír nada desde fuera, me apresuro a desnudarme, me meto en la ducha, pongo el agua a la máxima temperatura que puede soportar mi cuerpo, y doy rienda suelta a las lágrimas.

Ya sabía que iban a ser unos días muy difíciles, pero me parece que las noches van a ser terribles.