El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 21.
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La mañana de Navidad comienza con ajetreo.

Mi madre y yo nunca hemos sido muy de Papá Noel; siempre hemos preferido los Reyes Magos.

Parece que la familia de Marcos es igual que nosotros, pero aun así, todos tenemos un regalo debajo del árbol cuando nos levantamos.

Como no hay ninguno para Víctor porque su estancia con nosotros ha sido improvisada, no los abrimos hasta que se mete en la ducha, para que no se sienta mal.

Mi regalo es el último disco de Taylor Swift, que todavía no lo tenía en formato físico: justo lo que quería.

Cuando terminamos de abrirlos, Antonio se va a por churros; al parecer, entre ellos es tradición desayunar churros en Navidad, Año Nuevo y Reyes. No me voy a quejar, la verdad.

Sin embargo, no tenemos demasiado tiempo para entretenernos con el desayuno, porque a las doce sale nuestro autobús para ir a la sierra.

La madre de Víctor viene a recogerlo a las once, así que me despido de él con un fuerte abrazo mientras le susurro un «buena suerte» al oído.

Al menos, todo parece apuntar a que su vida amorosa será un poco mejor que la mía durante las próximas semanas.

A las once y cuarto ya estamos saliendo por la puerta. Llevamos una maleta cada uno y varias mochilas, así que tenemos que hacer dos viajes en ascensor. Marcos, Natalia y Antonio son los primeros, y se llevan todas las maletas para ir metiéndolas en el coche en lo que bajamos mi madre y yo.

—¿Te lo has pasado bien con Víctor? —me pregunta cuando nos quedamos solos, sonriente.

—Sí, la verdad. El pobre tenía ganas de estar conmigo.

—Os veo más unidos últimamente, ¿no? Antes solías estar más con Vero.

—Ya, bueno. Supongo que se está haciendo mayor, no es lo mismo que cuando era más crío.

—¿Y qué hay de Marcos?

El cambio de tema hace que me dé un vuelco el corazón.

—¿Qué pasa con él?

—También parecía que estabais muy unidos durante el viaje y después cuando volvimos a casa, pero ahora ni os habláis. Y tampoco quisiste estar con él en el puente. ¿Es que os habéis peleado?

Me encojo de hombros. Por suerte, él mismo me ha proporcionado la excusa perfecta.

—Es él quien quiso marcharse de casa. —El ascensor llega justo cuando termina la frase, así que entro y presiono el botón del garaje antes de continuar—. No es culpa mía que nos haya dejado tirados.

—Venga ya, cariño. Tampoco ha sido así.

—No es culpa mía —insisto.

Ella suelta un suspiro y se aparta el pelo rubio de la cara.

—En fin, a ver si estas vacaciones os sirven para volver a acercaros un poco, como cuando fuimos a Canarias.

—No lo creo.

—Bueno. Pero, sea lo que sea, espero que lo solucionéis.

Las puertas se abren unos segundos más tarde, y mientras salimos pienso que no tiene razón.

Por muy buena voluntad que muestre ahora, ella no sabe lo que había entre nosotros, porque, si lo hiciera, jamás querría que lo solucionáramos.

Le hacía demasiado feliz haber ampliado la familia después de tanto tiempo como para que dos chavales demasiado hormonados nos lo carguemos todo.

Supongo que, en el fondo, Marcos tenía razón al querer cortar por lo sano, por mucho que me duela admitirlo.

De nuevo, ha llegado el momento de compartir asiento con él.

Al menos, esta vez no trata de alejarse de mí como si tuviera la peste o algo por el estilo, pero eso significa que nuestros cuerpos se rozan constantemente con los vaivenes del vehículo y, sinceramente, no sé que es peor.

Por suerte, el trayecto no dura demasiado, y apenas diez minutos más tarde ya estamos en la estación de autobuses.

Dejamos el coche en el aparcamiento y, cargando con las maletas y las mochilas, vamos en busca del autobús donde tendremos que montarnos. Ya hay un poco de cola a pesar de que todavía falta media hora para que salga; supongo que es lo normal en fechas así.

—¿Queréis ir al baño antes de salir? —pregunta mi madre—. El trayecto dura algo más de una hora, pero después tenemos que llegar al hotel, hacer el check-in y todo eso.

A todos nos parece una buena idea, así que vamos en tropel hasta los servicios más cercanos.

Marcos y su padre entran primero y se dirigen hacia dos de los cuatro urinarios vacíos que hay en un lado de la pared.

Echo un vistazo rápido a los cubículos, y me invade el pánico al ver que están todos cerrados.

Estoy pensando en ir al lavamanos a hacer como que me peino para disimular hasta que uno de ellos se quede libre, pero entonces oigo la cisterna y salgo disparado hacia allí.

Un chico joven sale por la puerta del cubículo y yo me apresuro a ocupar su lugar, con el corazón latiéndome con fuerza.

Con Marcos había empezado a superar mis nervios a la hora de usar los urinarios, pero después de lo que ha pasado entre nosotros, sé que sería peor que nunca. Sobre todo con su padre de por medio.

Cinco minutos más tarde, ya estamos todos en la cola del autobús, todavía más larga que antes.

—No nos van a dejar sin montar, ¿verdad? —pregunta Natalia.

—No te preocupes —la tranquiliza su padre—. Los billetes están pagados.

—En todo caso, lo difícil va a ser que encontremos asientos juntos —añade mi madre.

—Yo quiero ir contigo —se apresura a decir Natalia.

—Bueno, a ver si hay suerte.

Somos los últimos en subir. Lo primero que encontramos es un asiento libre junto a un hombre que viaja solo, así que Antonio se sienta allí.

Seguimos caminando y, hacia la mitad del autobús, Natalia y mi madre encuentran dos asientos vacíos, uno a cada lado del pasillo, junto a otras dos personas que viajan solas.

Marcos y yo seguimos avanzando, tensos. Hay un sitio libre junto a un madre que lleva un bebé en brazos que no deja de llorar y, un poco más atrás, otro al lado de un chaval hosco con pinta de que podría apuñalarnos si nos sentáramos a su lado.

Ignoramos ambos y seguimos caminando, pero ya estoy empezando a darme cuenta de cómo va a acabar todo esto.

Tal como esperaba, solo quedan dos asientos libres, justo al final del todo.

Estoy empezando a plantearme la posibilidad de sentarme junto al posible apuñalador; tal vez me vendría bien que me sacara de mi sufrimiento.

Sin embargo, no quiero fastidiarle el viaje a la familia, así que ocupo el asiento junto a la ventanilla, recordando que Marcos se marea.

—¿Quieres que vayamos a buscar a tu madre? —me sugiere, todavía de pie. Es la primera vez que se dirige a mí a solas desde hace mucho tiempo—. Puedes sentarte aquí con ella si quieres.

—Natalia quería sentarse con ella —le recuerdo.

—Podemos cambiarnos de sitio con ellas. Así pueden sentarse juntas.

Trato de contener un resoplido. ¿Tanto le molesta tener que sentarse a mi lado que prefiere hacer todo el lío de cambiarse solo para poder tener un pasillo en medio? Sinceramente, que se joda. Que se vaya él si quiere cambiarse, pero yo me quedo aquí.

—Da igual, Marcos. Déjalo.

—Vale.

En silencio, ocupa el asiento junto a mí con cuidado de no tocarme. Aunque estoy pegado a la ventana, mirando la gente que camina de aquí para allá entre las dársenas, soy demasiado consciente de su presencia.

Algo me dice que este viaje a va a ser una auténtica tortura.

—Oye, Fran —dice unos segundos más tarde.

Sorprendido, giro la cara para mirarlo. Estar tan pegado a él y ver sus labios tan cerca de los míos hace que el corazón me dé un vuelco y, al mismo tiempo, que me sienta como si me hubieran pegado un puñetazo en el estómago.

—¿Qué pasa?

—Creo que deberíamos hablar.

Echo un vistazo a las cabezas que veo por encima del respaldo de los asientos que tenemos delante.

—No me parece que sea el mejor momento, la verdad.

—¿Y cuándo crees que sería el mejor momento?

—No lo sé —admito—. ¿Cuando volvamos? ¿Nunca?

Él suelta un resoplido, claramente frustrado, y tengo que reconocer que eso me provoca cierta satisfacción.

—Fran, por favor. Si no lo haces por mí, al menos hazlo por tu madre. Por Natalia y por mi padre.

Au. El muy cabrón ha ido a tocar en donde duele.

—Vale. Pero sé rápido. ¿Qué quieres?

—Odio que estemos así.

—Buen chiste ese —respondo entre risas amargas, y él suspira.

—Mira, Fran. A pesar de todo, me importas mucho. Muchísimo. —Siento un cosquilleo en el estómago al oírlo, pero me esfuerzo por ignorarlo—. Bastante más de lo que piensas.

—Ya.

—Lo digo en serio, pero me da igual que no me creas. Lo único que quiero decirte es que hay más personas de por medio. Personas a las que no quiero hacer daño. —Echa un vistazo a los asientos de delante y continúa, bajando la voz—: Ellos no tienen culpa de lo que ocurrió entre nosotros.

Me da rabia reconocerlo, pero sé que tiene razón.

—¿Qué es lo que quieres exactamente?

—Que no les hagamos daño. Que no les jodamos las navidades. Y tú sabes perfectamente que, como sigamos así, se las vamos a joder.

—¿Entonces? ¿Qué sugieres que hagamos?

—Cuando volvimos de Canarias estábamos siempre juntos.

Obviamente, ellos se han dado cuenta de que ya no es así.

Tanto mi padre como Natalia me lo han preguntado.

—Asiento con la cabeza; tendrían que estar demasiado en la inopia para no darse cuenta—.

¿No podemos hacer como si nos hubiéramos reconciliado? ¿Como si volviéramos a ser amigos?

—Tú y yo nunca hemos sido amigos —señalo, todavía evitando su mirada—. Ni lo éramos antes, ni creo que podamos empezar a serlo ahora.

Al menos, no todavía. Él vuelve a suspirar.

—No te estoy pidiendo que seamos amigos —responde, aunque creo oír dolor en sus palabras—. Tan solo digo que tal vez deberíamos actuar como si lo fuéramos. No por mí, ni por ti. Sino por ellos.

Quiero soltarle alguna respuesta sarcástica, algún comentario hiriente.

Pero, en el fondo, no quiero hacerle daño.

Y, al igual que antes, sé que tiene razón.

Él quiso cortar con lo que había entre nosotros para no hacer sufrir a nuestra familia, así que no tiene ningún sentido que empecemos a hacerlo ahora.

Por mucho que me duela tratar de hacer como si nada, sé que es lo mejor.

—No prometo nada —digo al fin—. Pero lo intentaré.

Él tarda un largo instante en responder.

—Gracias —dice al fin.

No respondo. Como si hubiera estado esperando a que termináramos de hablar, el autobús arranca, de modo que me pongo los auriculares, vuelvo a apoyarme contra la ventana y cierro los ojos, con la esperanza de que la música haga que el trayecto sea menos tortuoso.

Pero la presencia de Marcos sigue siendo intensa a mi alrededor, así que sé que no va a ser tarea fácil.

En cualquier caso, no hay forma de negarlo. Por mucho que trate de mantenerme alejado de él, por mucho que trate de mostrarme frío y arisco cuando me habla, sé muy bien cuál es la verdad. A mí no puedo engañarme.

Sigo estando demasiado enamorado de él.