19.
Los dos primeros días de las vacaciones son casi como una repetición del tiempo que pasé en casa durante el puente.
El jueves por la noche, la cena me resulta tan tensa como la última comida antes de que Marcos se marchara después de pasar el puente aquí.
Al menos, en esta ocasión me libro por completo de participar.
Los demás quieren saber lo que ha estado haciendo Marcos durante las últimas semanas, así que tengo la excusa perfecta para desconectarme por completo y concentrarme en mi comida.
El viernes quedo a comer con Alejo, y después vamos a su casa a jugar a la consola un par de horas. La tarde con él me ayuda a olvidarme del tema, pero tengo que volver a tiempo para la cena: mi madre está empeñada en que tenemos que hacer otra de sus adoradas «noches en familia».
Como era de esperar, la cosa no podría ser más tensa.
En esta ocasión me dejan elegir película a mí, así que soy inteligente y escojo una que me gusta y no llega a la hora y media: Mulán.
Es una de mis películas favoritas y tenía la esperanza de que me sirviera para olvidarme de la presencia de Marcos a mi lado, pero la evidente bisexualidad confusa de Li Shang no hace más que recordarme a él en todo momento.
Y, por supuesto, tenerlo justo al lado, tan cerca que podríamos tocarnos si quisiéramos, tampoco es que ayude precisamente.
Por suerte, la tortura no dura demasiado y pronto puedo volver a mi habitación.
Sin embargo, me está resultando muy difícil dormir estos días ahora que Marcos vuelve a estar al otro lado de la pared.
Soy demasiado consciente de cualquier sonido, de los movimientos que hace al darse la vuelta sobre la cama.
Es como si su presencia fuera algo casi físico dentro mi propia habitación, a pesar de tener un tabique de por medio.
* * *
El sábado me levanto un poco más animado.
Hoy es Nochebuena y, como todos los años, Víctor, Vero y su madre van a venir a cenar a casa.
Comenzaron a hacerlo desde el divorcio de mis padres, supongo que para que no nos sintiéramos tan solos, cosa por la que siempre les estaré agradecido.
Además, a ellos les viene bien: mi tío el primo de Gollum siempre se va a cenar con sus padres, que ya están mayores y, por lo que cuenta Vero, son tan horribles como él.
La parte negativa es que la cena será mucho más larga de lo habitual y, por consiguiente, también voy a tener que pasar mucho más tiempo con Marcos.
Pero voy a estar con mi tía y mis primos, y eso siempre es bueno.
El otro día salió todo bien, a pesar del breve momento de tensión, así que no hay razones para pensar que hoy vaya a ser diferente.
Acabo de salir de la ducha cuando oigo el sonido de voces en el salón que me indican que ya han llegado.
Me visto con rapidez antes de ir hacia allí y entonces los saludo con una sonrisa, feliz de tenerlos en casa.
Aunque solo hace poco más de dos semanas desde que estuve pasando el puente con ellos, siempre me alegra que podamos estar juntos.
—Fran, cariño —me dice mi madre cuando terminamos de saludarnos—. ¿Puedes remover un poco la bechamel? No quiero que se pegue.
—Voy contigo —se apresura a decir Víctor.
Vamos juntos a la cocina y comienzo a remover despacio mientras espero a que hable; es evidente que ha querido acompañarme por algo.
—Oye, Fran… —empieza al fin, y yo trato de contener una sonrisita.
—Dime.
Pero, justo cuando va a hablar, Marcos entra en la cocina y todos nos tensamos.
En casa no somos creyentes y vemos la Navidad más como una forma de estar en familia, así que no nos arreglamos demasiado, pero Marcos se ha puesto un pantalón beis y una camisa negra en lugar de su ropa habitual para estar por casa.
Me doy cuenta de que se ha afeitado, aunque no sé de cuál de las dos formas lo prefiero.
—Ey —saluda.
—Ey —respondo.
—Hola —dice Víctor, y alterna la mirada entre nosotros con el ceño fruncido.
—¿Qué me ibas a decir? —le pregunto, bajando la voz.
Él le echa un vistazo a Marcos, que está sacando vasos de la alacena.
—Nada, da igual. No era importante.
—¿Seguro? —le pregunto cuando Marcos se marcha—. Ya estamos solos.
Él mira a su alrededor con nerviosismo, como si le preocupara que pudiera aparecer alguien más de un momento a otro.
—Sí, sí. Tranquilo.
Y, sin más, se marcha de la cocina.
El resto de la tarde transcurre entre risas y diversión, como suele ocurrir en días como este, a pesar de la presencia constante de Marcos.
Primero, «los chicos» jugamos al Mario Kart .
Al principio no me hacía mucha gracia jugar con Marcos, pero me lo tomo como un reto personal; no puedo permitir que me gane.
Apenas puedo contener la sonrisa de satisfacción cuando, después de ocho rondas, quedo en el primer puesto, con Víctor debajo por apenas cinco o seis puntos.
Marcos ha quedado el tercero, y su padre, el último.
Después, cuando Antonio se va la cocina, Vero propone que «los hijos» juguemos al Mario Party .
Somos cinco y el juego solo admite cuatro jugadores, pero, por suerte, Marcos se excusa diciendo que tiene cosas que hacer en su habitación.
Mucho más desinhibido y sin la presión de tener que ganarle a nadie, me lo paso todavía mejor que antes.
Por culpa de un injustísimo reparto final de estrellas, la ganadora es Natalia, seguida por Vero, después Víctor, y yo en último lugar.
Pero no me importa; me lo estoy pasando tan bien que no me importaría tirarme varias horas más jugando con ellos.
Al fin, llega la hora de la cena. Parte del nerviosismo que sentía antes vuelve a aparecer cuando veo a Marcos de nuevo, pero trata de disimular.
Hemos abierto la mesa extensible para que quepamos todos, y Vero y yo nos hemos encargado de asignar los asientos exactamente de la misma forma que el otro día, para que Marcos y yo no tengamos ni que vernos.
En parte me duele esta frialdad y esta lejanía, pero sé que es lo mejor.
Cuando quiero darme cuenta, ya es más de la una de la mañana.
La conversación se ha ido apagando durante la última media hora; es evidente que estamos todos cansados, pero ninguno queremos levantarnos de la mesa.
Las luces del árbol de Navidad brillan alegremente, pero ya empiezan a resultarme un tanto molestas a la vista.
—Víctor, Vero —los llama su madre—. Vamos a ir ayudando a recoger, que tendríamos que irnos ya.
Mi primo me lanza una mirada fugaz antes de mirarla a ella.
—¿No podemos quedarnos un rato más? —pregunta—. Todavía es pronto.
—Cariño, tenemos que volver a casa. Sabes que tardamos un buen rato y ya es más de la una.
—Pero…
—Estás de vacaciones —le recuerda ella—. Podéis quedar cuando queráis.
Víctor frunce el ceño, pero asiente con la cabeza. Es evidente que no tiene ninguna gana de marcharse, y entonces recuerdo que estuvo tratando de contarme algo en la cocina. Teniendo en cuenta las conversaciones que mantuvimos en su casa, sé que tiene que ser importante para él.
—Oye, ¿y por qué no se queda a dormir aquí? —propongo—. En el trastero hay una cama supletoria.
Víctor mira a mi tía, claramente esperanzado. Sí, está claro que quiere hablar conmigo. Ella, a su vez, mira a su hermana y a su cuñado, con una expresión interrogativa en el rostro.
—A mí no me importa —dice mi madre—. Sabes que estoy encantada de tenerlos por aquí.
—La familia tiene que estar unida —añade Antonio, en su línea habitual—. A los chavales les vendrá bien estar juntos.
Le lanzo una mirada de disculpa a Vero, que es la que suele quedarse a dormir conmigo.
No quise contarle nada de lo que me dijo Víctor porque es algo privado suyo y tiene que ser él quien lo haga, pero me da la impresión de que se huele por dónde van los tiros.
Por suerte, ella sonríe y asiente con la cabeza; también se ha dado cuenta de que esto es importante para su hermano.
—Si te quedas, no vas a tener regalos de Navidad hasta que vuelvas a casa —le recuerda su madre a Víctor.
—Me da igual —asegura él.
—Bueno, pues como quieras. Aunque no tienes pijama, y…
—Yo puedo prestarle uno mío —intervengo—. Tengo alguno que me queda más pequeño, y ya casi es de mi altura, así que…
Ella suelta un suspiro, pero contesta con una sonrisa.
—Bueno, está bien.
A pesar del gigantesco elefante en la habitación que es la situación con Marcos, me doy cuenta de que soy feliz.
Ha sido un día bonito, una noche bonita.
Ni mi madre ni yo hemos sido nunca religiosos, y tan solo celebramos la Navidad por tradición.
Lo mismo se podría decir de mi tía y de mis primos, aunque no de mi tío, que es de esos que van a misa todos los domingos y luego se olvidan de las supuestas enseñanzas de Jesucristo durante el resto de la semana, como buen cristianazi fascista que no entiende su propia religión.
En cualquier caso, son fechas que siempre he asociado con los momentos en familia, y me alegra que este año haya ido tan bien a pesar de mis reticencias iniciales. Incluso con Marcos presente.
Ya he superado la primera prueba complicada de estas vacaciones, pero al final no ha sido tan difícil como pensaba. Con un poco de suerte, también seré capaz de superar las próximas.