18.
Ya han pasado dos semanas exactas desde que Marcos volvió a marcharse después del puente.
De nuevo, han sido dos semanas más sin su voz y su risa, sin sus besos, sin sus caricias.
Dos semanas casi insoportables que se suman a las anteriores para formar este mes sin él.
Lo único que me queda para aferrarme a lo que teníamos es, una vez más, su olor.
La noche que se marchó, me colé a hurtadillas en su habitación para coger las sábanas que había utilizado durante esa última semana.
Para disimular, coloqué las que ya la había robado la última vez en su cama, y después puse las nuevas en la mía, con su aroma renovado.
No podía evitarlo; por patético que fuera, todavía necesitaba abrazarme a la almohada mientras dejaba que su olor me invadiera para poder quedarme dormido todas las noches.
Pero ahora ha llegado de nuevo el momento de volver a vernos, y no sé si estoy preparado.
Hoy comienzan las vacaciones de Navidad.
Y eso significa que, como su excusa para irse a casa de sus tíos fue estar más cerca de la facultad, ahora va a tener que volver a casa, le guste o no.
Creo que tendría que haberse mirado el calendario académico antes de tomar su decisión, porque al final nos estamos viendo cada dos por tres.
Aunque supongo que eso cambiará cuando llegue enero.
A menos que su padre acabe exigiéndole que venga los fines de semana, tal vez no nos veamos hasta Semana Santa.
Con un poco de suerte, eso me servirá para superarlo.
Sin embargo, primero tengo que sobrevivir a las navidades.
Y es que, como no podría ser de otra manera, nuestros padres ya tenían organizado un viaje familiar para las vacaciones.
Si durante su luna de miel nos fuimos a la playa en Canarias, ahora han optado por la sierra; un lugar con nieve y donde podamos esquiar, que por lo visto a todos les interesa muchísimo. Menos a mí, claro.
Por supuesto, ya tenían los billetes y el alojamiento pagados desde hace semanas, y sé por experiencia que no va a servir de absolutamente nada que trate de escaquearme.
Con un poco de suerte, tal vez no tenga que compartir habitación con Marcos, aunque algo me dice que la suerte se me agotó hace mucho.
Como hoy es el último día antes de las vacaciones de Navidad y muchos nos vamos a ir fuera, he estado comiendo con mi grupo de la universidad.
Al menos, desde esa vez que quedamos durante el puente he conseguido integrarme un poco más, y estas últimas semanas he sido capaz de participar en la conversación sin que nadie me obligara a hacerlo.
Ninguno de ellos ha vuelto a sacar el tema de mi relación fallida y yo tampoco lo hago, pero es evidente que se alegran de verme un poco más animado y participativo.
Durante las casi dos horas que pasamos en el restaurante italiano, casi logro olvidarme por completo de lo que me espera al volver a casa.
Por suerte, al igual que nadie ha mencionado el tema de mi ruptura, de la que evidentemente estaban todos enterados sin que yo les contara nada, nadie saca tampoco el tema de las navidades.
No todos tienen familias con suficiente dinero como para irse de vacaciones, y por suerte, el hecho de que todos tengan el suficiente tacto como para no hablar de las próximas semanas significa que también puedo olvidarme de ese tema en concreto durante un par de horas.
Al menos, hasta que tengo que montarme en el metro para volver a casa y el peso de la situación cae por completo sobre mí. De nuevo, comienzo a mentalizarme de la idea de que muy pronto volveré a ver a Marcos.
El corazón me late con fuerza cuando entro en casa y camino hasta el salón, pero me lleno de alivio al ver que no está allí.
Como siempre, Natalia está tirada en el suelo mientras nuestros padres ven la tele en el sofá, y eso me ayuda a tranquilizarme un poco.
Tras los saludos de rigor, voy a mi habitación, aunque primero necesito pasar por el baño.
Abro la puerta, pero un grito me detiene en seco.
—¡Ocupado!
Cierro de golpe mientras el corazón se me acelera de nuevo.
Comienzo a sentir una molesta maraña de nervios en la boca del estómago: no estoy preparado para volver a pasar más de dos semanas con cruces y encuentros inoportunos en el baño, la verdad.
Me apresuro a entrar en mi habitación, y no salgo de allí hasta que oigo que Marcos abre la puerta del baño y cierra la suya un par de minutos más tarde.
Sinceramente, no sé cómo voy a sobrevivir a los próximos días.