17.
Al final, el puente se me pasa demasiado rápido.
Cuando quiero darme cuenta, ya es jueves y tengo que volver a casa.
Como Marcos se irá a media tarde, mi madre me ha dicho que vendría a buscarme después de desayunar, para que pudiéramos comer todos juntos en casa.
No me opuse; después de todo, ya es mucho que me haya dejado pasar el puente fuera.
—¿Cómo estás, cariño? —me saluda con una sonrisa cuando entro en el coche, y se inclina hacia mí para darme un fuerte abrazo. Mientras siento su calidez, tengo que reconocer que la he echado de menos estos días.
—Bien, todo bien. ¿Y tú?
—Muy bien. ¿Cómo te lo has pasado con tu tía y tus primos? ¿Qué habéis hecho?
De forma resumida, le cuento lo que hemos estado haciendo desde que ellos se marcharon después de cenar.
Una parte de mí quiere preguntarle qué han estado haciendo ellos estos días, pero sé que me sentiría mal en cuanto mencionara a Marcos.
Me han sentado muy bien estos días lejos de casa y tratando de no pensar en él, así que al menos quiero estar tranquilo durante el trayecto de vuelta.
Pero, por supuesto, se me hace tan corto ahora como largo el otro día con él a mi lado.
Cuando quiero darme cuenta, ya hemos llegado y estamos aparcando.
Apenas unos minutos más tarde ya estamos entrando en casa, y me doy cuenta de que el corazón me late a toda velocidad.
Me acerco a la cocina porque sería de mala educación no saludar, y ahí está él, preparando la comida con Antonio y con Natalia.
Se gira para mirarme cuando me oye entrar, y el corazón se me detiene durante un segundo.
Joder.
Incluso con esa barba descuidada, sigue siendo guapísimo.
—Ey —me saluda, claramente cohibido.
—Ey —respondo, preguntándome si mi voz sonará tan tensa como me siento.
Natalia se da la vuelta al oírnos y corre directamente hasta mí para abrazarme con fuerza, sorprendiéndome un poco.
—¡Fran! Te echaba de menos.
—¿En serio? —no puedo evitar preguntar, sonriendo.
—Pues claro. —Se aparta de mí y me mira, fingiendo un mohín—. ¿Es que tú a mí no o qué?
—Claro que sí, tonta.
Marcos se ha quedado junto a la vitrocerámica removiendo algo en una olla, pero Antonio se ha acercado para abrazarme también.
—¿Cómo estás? —me pregunta con una sonrisa.
—Bien, todo bien. ¿Qué vamos a comer? Huele genial.
—Espaguetis —responde él, dándome una palmadita en el hombro—. Con mi salsa especial.
Sonrío al oírlo; la verdad es que los espaguetis le quedan de muerte.
—Bueno… Pues voy a cambiarme y esas cosas.
Vuelvo a mi habitación, dejo la maleta en el suelo y me quito la ropa para ponerme algo más cómodo.
Tal vez debería volver con los demás y ayudar a poner la mesa, pero eso significaría cruzarme otra vez con Marcos, y prefiero evitar el momento en la medida de lo posible.
Por suerte, tan solo faltan unas pocas horas para que se vaya.
Estoy tumbado en la cama mirando TikTok cuando oigo unos golpecitos en la puerta y el corazón me da un vuelco.
—¡Ya está la comida! —me avisa Natalia.
Me levanto para ir al salón, pero entonces la oigo llamar también a la puerta de Marcos.
El corazón se me acelera una vez más, pero me quedo inmóvil y espero unos cuantos segundos prudenciales para asegurarme de que él ya haya pasado, para que no tengamos que cruzarnos en el pasillo.
Cuando llego al salón, veo que ya están todos sentados alrededor de la mesa.
Como era de esperar, el único asiento libre es el que se encuentra al lado de Marcos, así que contengo las ganas de soltar un suspiro mientras me acerco.
Sin mirarlo, aparto la silla y me siento, procurando ignorar el hecho de que todos mis sentidos parezcan estar tratando de centrarse en él por voluntad propia.
No lo miro y no lo toco, pero está tan cerca que puedo percibir su sutil aroma, ese olor que tanto echaba de menos…
¿o es que solo me lo estoy imaginando? Sinceramente, no lo sé.
Lo que sí tengo claro es que puedo percibir su calor corporal, ese calorcillo agradable que tan placentero me resultaba cada vez que me abrazaba a su pecho.
El mero recuerdo hace que se me humedezcan ligeramente los ojos, así que me obligo a apartar ese pensamiento de mi mente.
Ahora no es el momento ni el lugar para recordar un pasado que ya nunca volverá.
A lo largo de la interminable comida, tengo que contar una vez más lo que he estado haciendo estos días con mis primos y mi tía.
Cuando termino, Natalia comienza a hablar animadamente de lo que han hecho ellos.
Escucho solo a medias, tratando de asentir con la cabeza y sonreír de vez en cuando para que parezca que le estoy prestando más atención de lo que estoy haciéndolo en realidad.
Veo sus labios moviéndose y oigo el sonido que sale por ellos, pero apenas soy capaz de comprender las palabras que está diciendo.
Supongo que eso es lo que se conoce como «disociar».
Por suerte, la comida no dura mucho más y pronto ya hemos terminado todos.
—Recoged vosotros tres, ¿vale? —nos pide Antonio.
—Yo he puesto la mesa sola —se queja Natalia—. Que lo hagan ellos.
—Marcos y Fran, encargaos vosotros —decide mi madre.
—Vale —responde él, y yo asiento con la cabeza.
Mientras los demás se marchan, nosotros empezamos a recoger en silencio.
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez, pero no tardamos en recuperar ese ritmo habitual que teníamos en su día.
Yo apilo los platos y los cubiertos y me los llevo, mientras Marcos hace lo mismo con el resto de cosas.
Después, él va enjuagándolas en el fregadero y yo las meto en el lavavajillas.
La única diferencia es que antes siempre aprovechábamos esos momentos para besarnos a escondidas, y ahora ni siquiera nos miramos.
Veo por el rabillo del ojo que ya ha terminado de enjuagarlo todo. Sin embargo, en lugar de marcharse, se queda allí plantado. Me da la impresión de que está mirándome, pero trato de hacer como si no me diera cuenta.
—Oye, Fran —me dice cuando termino y pongo en marcha el lavavajillas—. ¿Podemos hablar un momento?
Ni siquiera lo miro antes de responder.
—No.
—Fran… Por favor.
Su voz suena suplicante, y eso rompe algo dentro de mí. Me doy la vuelta para mirarlo por primera vez en todo este rato, luchando con fuerza contra las ganas casi insoportables de besar esos labios. Pero me mantengo firme y trato de aparentar una calma que estoy muy lejos de sentir.
—¿Has cambiado de opinión sobre lo que me dijiste el otro día?
Tarda un largo momento en responder y, por un segundo, esa chispa de esperanza ya familiar vuelve a encenderse tímidamente en mi interior.
—No.
La chispa muere de golpe, y no puedo evitar pensar que ya debería estar acostumbrado a estas alturas. Sin embargo, duele como una puñalada todas y cada una de las veces.
—Pues entonces, no tenemos nada de lo que hablar.
Sin decir nada más, d0y media vuelta y lo dejo solo en la cocina.
Me encierro directamente en mi habitación y, durante unos segundos, pienso que va a venir detrás de mí, que va a llamar a la puerta para insistir.
Qué cojones, hasta tengo la esperanza de que lo haga.
Sin embargo, no lo hace, y un par de minutos más tarde escucho el sonido de la puerta de su cuarto cerrándose.
Solo entonces me tumbo en la cama, me abrazo a la almohada y, tratando de ser silencioso, dejo que las lágrimas comiencen a deslizarse por mis mejillas una vez más.
Y las que quedan.