16.
La noche del martes vuelvo a dormir en la habitación de Víctor, que una vez más está con ganas de hablar conmigo.
Y, por supuesto, yo no voy a negarme. En esta ocasión, me pregunta por detalles acerca de mi vida amorosa.
Está claro que al haberme confesado sus dudas se ha quitado un peso de encima y ahora está deseoso de saber más, así que le respondo lo mejor que puedo y le cuento todas las cosas que considero apropiado contarle, aunque evito por completo mencionar a Marcos.
El miércoles tampoco como con ellos. Mis amigos de la universidad no se han ido a ningún sitio durante el puente, así que Álex y yo quedamos con ellos para comer en nuestro italiano habitual.
Me siento culpable por haber estado pasando de ellos prácticamente desde la boda, así que me esfuerzo por participar en la conversación y estar menos ensimismado que en estas últimas semanas.
—Oye, te veo más animado —comenta Sandra con una sonrisa cuando estamos empezando a comernos las pizzas. Hay una honestidad en sus ojos castaños que me anima a tratar de sincerarme.
—Sí, bueno. Estas semanas no he estado muy allá, pero supongo que ya va mejor la cosa.
—Nos habíamos dado cuenta —dice Luis al lado de Sandra, apartándose el flequillo castaño de la frente—. A ver, no te ofendas, pero lo habíamos comentado cuando no estabas. Te veíamos raro, casi no hablabas, a veces no venías a comer con nosotros…
—No me ofendo —le aseguro con una sonrisa—. Tienes razón, y lo siento. Intentaré que no vuelva a pasar. Pero gracias por no presionarme. Necesitaba espacio.
—De nada —responde él.
—¿Quieres contarnos lo que ha pasado? —pregunta Sandra.
—Pero solo si tú quieres —se apresura a añadir Carlota, que está justo a mi lado.
Álex y yo intercambiamos una mirada, y ella asiente levemente con la cabeza y esboza una leve sonrisa para darme ánimos.
—A ver, es un poco complicado, la verdad. —Trago saliva mientras trato de reunir fuerzas, y entonces lo digo—: He estado con un chico.
—¡Lo sabía! —dice Luis, triunfal—. Ya os dije que se le notaba que estaba pillado por alguien.
—Veo que os ha cundido eso de hablar de mí a mis espaldas —replico, fingiendo estar indignado, y ellos se ríen ligeramente.
—Culpable —responde él con una sonrisa tímida.
—Tampoco os culpo, la verdad. Pero en fin… no os emocionéis. Al final la cosa no ha salido bien, así que ahora me toca pasar página.
—Vaya… lo siento —dice Carlota, y veo en sus ojos azules que está siendo totalmente sincera—. ¿Qué ha pasado? Si quieres contarlo, claro.
—Sinceramente… ahora mismo preferiría no hacerlo. Todavía está todo muy reciente, la verdad.
Luis capta la mirada de las chicas de forma significativa, y puedo ver en sus ojos lo que pretende hacer un segundo antes de que lo haga.
—¡Abrazo en grupo! —grita antes de que pueda detenerlo.
Todos a una, se ponen en pie y se acercan a mi silla para abrazarme. Finjo querer zafarme de ellos, pero todos sabemos que es mentira. Ahora mismo, no podría sentirme más agradecido por los amigos que tengo, a pesar de que yo no haya sido tan buen amigo con ellos últimamente.
Cuando nos separamos, volvemos a nuestras pizzas y a la charla insustancial; es evidente que están tratando de alejar mi mente de lo que suponen que ha sido una ruptura dolorosa.
Hablamos sobre el concurso de Darío que les había enviado.
El plazo para participar se cerrará el domingo, así que suponemos que anunciarán los ganadores la semana que viene.
Pero todos sabemos que es casi imposible que ganemos, de modo que hacemos planes para comprar entradas para la obra en cuanto salgan a la venta.
Aunque con unas entradas normales no tendremos ocasión de conocer a Darío en persona, la idea de verlo cantar también nos atrae mucho.
Y, con un poco de suerte, no serán demasiado caras.
* * *
Mientras vuelvo en metro a casa de mis primos un par de horas más tarde, no puedo evitar sonreír de oreja a oreja.
No me había dado cuenta de lo mucho que necesitaba estar con mis amigos, y ahora que ya me he sincerado con ellos, me reprendo a mí mismo por no haberlo hecho antes, por no haber pasado más tiempo con ellos en lugar de quedarme rumiando las cosas yo solo.
Supongo que no me había dado cuenta de lo absorbido que me tenía Marcos, tanto antes de la ruptura como después, y sé que eso no es bueno.
Por mucho que quieras a alguien, no puedes permitir que se convierta en el centro de tu mundo y olvidarte de todo lo demás, sobre todo de los que siempre han estado ahí contigo.
Cuando llego a casa de mis primos, Víctor no está.
Su madre me informa de que se ha ido con sus amigos, y trato de contener una sonrisa al pensar que tal vez uno de ellos sea precisamente ese chico que le gusta.
Ya que yo no puedo tener suerte en mi vida amorosa, al menos puedo alegrarme por él si la cosa sale bien, ¿no?
Tan solo espero que el otro chaval no le dé calabazas si mi primo da el paso, porque ahora mismo no estoy en el mejor estado mental para consolarlo.
Decidimos echar otra partida al Mario Party para pasar la tarde.
Como no está Víctor, el NPC es Wario, de modo que nos aliamos para fastidiarle el juego todo lo posible; sería una humillación que nos ganara.
Pero, al final, es Vero quien resulta victoriosa.
Yo vuelvo a quedar el segundo, y mi tía, la tercera.
Por supuesto, Wario queda el último, como tiene que ser.
Víctor llega poco después de que terminemos de jugar, cuando estamos empezando a preparar la cena. No parece ni especialmente triste ni especialmente contento, así que supongo que no habrá habido ningún avance con su amigo.
Mientras cenamos, me doy cuenta de lo buenos que están siendo estos últimos días.
Estoy riendo más que nunca, estoy siendo más feliz de lo que había sido desde…
en fin, desde antes de que Marcos se fuera.
El único momento difícil llega por las noches, cuando Vero o Víctor ya se han dormido, depende de con quién duerma, y tengo que quedarme a solas con mis pensamientos, escuchando el sonido de su respiración y recordando cómo era sentir la de Marcos cuando dormíamos juntos.
En esos momentos de debilidad siempre se me acaba saltando alguna lágrima, y lo echo tanto de menos que casi me duele de una forma física.
Pero, al menos, estoy consiguiendo pasar el resto del día casi sin pensar en él, lo cual ya es un avance significativo.
Con un poco de suerte, podré seguir así el tiempo suficiente como para superarlo.