El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 15.
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Los días transcurren con una calma apacible.

Después de la noche durmiendo con Víctor, decidimos que voy a turnarme con ambos para dormir el resto del puente, así que el lunes me toca dormir en la habitación de Vero.

Evito por completo el tema de Marcos, y ella tampoco lo saca a relucir.

En su lugar, hablamos de sus cosas, que también dan para muchas horas de conversación.

Según me cuenta, hay un chico de su clase que está conociendo mejor últimamente y le está empezando a gustar, así que se dedica a contarme con todo lujo de detalles absolutamente todas las conversaciones que han mantenido durante las últimas semanas.

Analizamos cada una de ellas minuciosamente, tratando de llegar a alguna conclusión sobre lo que podía sentir el chico en cuestión.

Por suerte, dedicarme a hablar de la vida amorosa de otras personas me ayuda a olvidarme del desastre que es la mía.

* * *

El martes quedo con Álex y Alejo para comer, tal como hablamos la semana pasada.

Entre unas cosas y otras, hace mucho que no quedamos los tres, desde que estuvimos estudiando en mi casa hace unas semanas.

Y, especialmente, hace mucho que no quedo con Alejo, a quien no puedo ver todos los días en clase como a Álex.

Él es precisamente el primero en llegar a donde hemos quedado, nuestro restaurante chino favorito, y me mira con una enorme sonrisa mientras me acerco a él.

Sin decir nada, me da un abrazo enorme. Alejo nunca ha sido muy de mostrar sus sentimientos, y aunque entre nosotros es habitual que nos abracemos para saludarnos o despedirnos, por lo general siempre son esos abrazos rápidos que suelen darse los tíos heteros, no sea que se les vaya a caer la polla si tocan a otro chico durante más de cinco segundos.

Sin embargo, en esta ocasión es un abrazo largo, y sé perfectamente por qué me lo está dando.

Me abraza con fuerza y no me suelta durante un largo rato, y en lugar de las típicas palmadas en la espalda que me ha dado alguna vez, lo que hace es acariciarme la espalda con suavidad.

Puede que se le den fatal las muestras de cariño en general, pero no se puede negar que siempre sabe estar ahí cuando más lo necesito.

—¿Interrumpo algo? —dice una voz femenina detrás de nosotros—. Porque, si preferís que me vaya…

Nos separamos entre risas, pero, en lugar de alejarnos del todo, lo que hacemos es acercar a Álex a nosotros para abrazarla también.

—Os echaba de menos —susurro mientras me abrazan con fuerza.

—Bueno, espero que a mí me eches un poco más de menos que a ella —replica Alejo—. Que vosotros os veis todos los días en clase.

Me echo a reír una vez más.

—Pero también echaba de menos que estemos los tres juntos.

Entramos en el restaurante y nos dirigimos hacia nuestra mesa favorita, justo al fondo del todo. La gente suele evitarla porque está al lado de las puertas de la cocina, pero a nosotros nos gusta porque no hay mesas cerca y siempre podemos hablar tranquilamente de lo que queramos.

—Bueno… ¿y cómo estás? —me pregunta Alejo, a pesar de que lleva más de dos semanas haciendo lo mismo todos los días.

—Pues bueno, ya sabes. Tirando.

—Me imagino que tiene que ser jodido.

—Bastante. —Aparto la mirada y suelto un suspiro antes de continuar—. No me imaginaba que fuera a terminar así, la verdad.

Él frunce el ceño ligeramente, pero no dice nada.

Sin embargo, mi mejor amigo es como un libro abierto para mí, y sé perfectamente lo que está pensando: que él sí que lo imaginaba.

De hecho, él mismo me lo dijo hace cosa de un mes, el día que le conté lo que había pasado entre Marcos y yo.

Me dijo que se me había ido la olla. Que me iba a llevar la mayor hostia de mi vida.

Que estábamos poniendo en peligro a nuestra familia.

Y, por supuesto, tenía razón en todo. Pero tiene la delicadeza de no recordármelo, y supongo que por eso precisamente es mi mejor amigo.

—Lo siento mucho, Fran —dice al fin—. De verdad.

—Gracias.

—Pero tengo que decirte una cosa.

—Sí, ya lo sé. —Pongo los ojos en blanco—. Que ya sabías que esto iba a pasar, que ya me lo advertiste, que…

—No es eso —me interrumpe.

—¿Entonces? —pregunta Álex.

—Pues a ver… ¿Cuándo vamos a abrir el melón que llevamos semanas evitando? —pregunta Alejo, alternando la mirada entre nosotros.

Frunzo el ceño mientras lo miro, confuso.

—¿De qué estás hablando?

—De que Marcos no es un chaval cualquiera que casualmente era el hijo de tu padrastro —señala, y capto de inmediato por dónde van a ir los tiros—. Es el putísimo Marcos, joder. Te recuerdo que lo odiábamos.

Pongo los ojos en blanco.

—A ver, no exageres. Tampoco es que lo odiáramos.

Él alza ambas cejas antes de responder.

—¿Perdona? ¿Tengo que recordarte que te pasaste más de un año quejándote de que tu madre tuviera que salir con su padre?

—Lo recuerdo perfectamente. Pero, vamos a ver… En el instituto, tampoco lo conocíamos de verdad. No es como pensábamos.

—Formaba parte del grupito de los gilipollas —señala él—. Eso es más que suficiente.

—¿Eso no es un poco prejuicioso? —interviene Álex—. Que ellos fueran gilipollas no significa que él tuviera que serlo.

—Eso es —coincido, aunque no sé muy bien por qué lo estoy defendiendo exactamente—. Todo el mundo comete errores.

—La mierda se pega —sentencia él, testarudo—. Si te juntas con mierda, tú también lo eres. Si no lo eras antes, lo acabas siendo después.

—Pero se separó de ellos —replico—. Recuerdo que me lo dijo, ya no se junta con los amigos que tenía en el instituto.

—Siempre fue un imbécil, y todo lo que te ha hecho demuestra que sigue siendo un imbécil.

—Eso no es verdad. Ha cambiado —insisto—. Y si me ha dejado no ha sido para no hacerme daño, sino para no cargarse la familia.

—¿Y no se lo podía haber pensado un poco antes? —replica él, enfadado—. Por ejemplo, ¿antes de pedirte que le comieras la polla?

Comienzan a arderme las mejillas de inmediato.

—No fue así como ocurrió.

—Prefiero no saber los detalles, la verdad.

Lo que quiero decir es que él tendría que haber sido más consciente, Fran.

Sí, los dos estabais en una situación complicada y los dos hicisteis mal al empezar con toda esa movida, pero él era el único que sabía lo de su padre. Tendría que haber sido más responsable.

—Supongo que tienes razón —respondo, muy consciente todavía del calor en mis mejillas.

—Los dos tenéis una parte de razón —dice Álex, conciliadora—.

Es cierto que Marcos tendría que haberse pensado antes lo de su familia.

Pero, si Fran dice que ha cambiado, no veo por qué no debería haberle dado una oportunidad, aunque se juntara con esa gente en el instituto. Todos cambiamos mucho en esos años.

—¿Qué excusa te dio para juntarse con esa peña? —me pregunta Alejo, descolocándome un poco.

—¿Cómo?

—A ver, supongo que algo te diría, ¿no?

—Pues… la verdad es que no. No llegamos a hablar del tema.

Alejo me mira fijamente, con la boca entreabierta.

—Joder, ¿os llegasteis a sacar el rabo de la boca alguna vez?

—No te pases —le advierte Álex en voz baja.

Ahora estoy prácticamente seguro de que mis mejillas tienen que estar totalmente incandescentes. Es verdad que follábamos mucho, pero eso no significa que no habláramos.

—No es eso, joder. A ver, recuerdo que un día quise sacarle el tema, cuando estuvimos en Canarias y tal, casi al principio. Pero al final no pude, y supongo que entre unas cosas y otras, lo fui dejando.

—Lo fuiste dejando —repite, claramente incrédulo.

—Joder, entiéndeme, ¿vale? Durante el día estábamos casi siempre con nuestros padres, no era el mejor momento para tener una conversación así. Y por las noches… En fin, supongo que nos dejábamos llevar.

—¿Y a la vuelta qué? —insiste—. Porque pasaron más de dos semanas hasta que te dejó.

—Alejo… me estaba enamorando de él —susurro, y unas lágrimas brotan en mis ojos—.

Por mucho que no quisiera, me estaba enamorando de él.

Tú sabes perfectamente lo que se siente.

Cuando empiezas a enamorarte de alguien, te olvidas del pasado, te olvidas de todo lo que no sea el presente con esa persona.

Apenas podía pensar siquiera en el futuro, estaba centrado en el día a día con él.

—Ya, pero aun así…

—Para ya, Alejo —lo interrumpe Álex—. Lo que dice tiene mucho sentido.

—Es que todo fue muy rápido —continúo—. Mira, no voy a negarlo: al principio era solo sexo, ya os lo dije.

Me caía mal, pero con el roce y el contacto, empezó a ponerme cachondo.

—Casi puedo sentir el humo saliendo de mis mejillas, pero me obligo a seguir hablando—.

Y entonces una cosa llevó a la otra, y todo lo que ocurría lo hacíamos sin pensar, sin planificarlo.

Todo surgía de forma espontánea, todo era muy natural.

Y, cuando quise darme cuenta, me estaba enamorando de él.

Yo no elegí hacerlo, porque creedme: si hubiera podido elegir, jamás me habría enamorado.

Tal vez así no habría tenido que pasarlo tan mal.

No me doy cuenta de que he empezado a llorar hasta que Álex me coloca una mano sobre el brazo y me acaricia ligeramente.

Alejo, por su parte, acerca su silla a la mía y me da un abrazo de lado.

El gesto hace que llore todavía más, pero lo necesitaba.

Soy vagamente consciente de que Álex se pone en pie para abrazarme también, y seguimos así durante unos minutos hasta que logro tranquilizarme un poco.

—Lo siento —dice Alejo al separarse de mí—. De verdad, siento si he parecido brusco, pero es que me preocupo. Sabes que Marcos no me caía bien, y odio que lo estés pasando mal por su culpa. Hace que lo odie todavía más.

—Yo creo que lo habrías odiado aunque se casaran —replica Álex, haciéndonos reír a los dos.

—No, pero en serio —continúa él—. Odio que lo pases mal.

—Lo sé —respondo—. Gracias.

—En fin, tú míralo por el lado positivo. Si te ha dicho que no quiere volver, eso es porque está seguro de su decisión. Ahora lo único que puedes hacer es aceptarlo y seguir adelante.

Tardo un largo momento en responder.

—Sí. Supongo que sí.