14.
Por supuesto, solo puede haber una razón por la que me está haciendo esa pregunta.
Ahora, todo encaja por completo. Esa es la razón por la que lleva un tiempo raro, tal como me ha contado Vero.
Es la razón por la que se había alegrado tanto de que fuera a venir aquí durante el puente, la razón por la que me ha pedido que durmiera con él.
Si se está cuestionando su sexualidad y sabe desde hace años que yo soy gay, me imagino que debo de ser una especie de referente para él por eso de que soy su primo mayor.
Mientras pienso qué decir, siento una emoción burbujeante en el pecho.
Significa mucho para mí que haya decidido hablar conmigo sobre este tema.
Pero sé que tiene que ser difícil para él y es evidente que le ha costado mucho abrirse conmigo, así que tengo que actuar con tacto y, sobre todo, no presionarlo.
Comprendo al momento por qué ha elegido este momento y este lugar, en la seguridad de su habitación y a oscuras, tal vez para que no pueda verle la cara que muy probablemente tendrá rojísima.
—No sabría decirte un momento exacto —admito—.
Creo que fue como una suma de pequeñas cosas, detalles de los que no me daba cuenta al principio.
A lo mejor había un chico con el que tenía muchas ganas de estar y me daba cuenta de que con él no era como con otros amigos, cosas así. O también había veces que…
Me interrumpo. En realidad, no sé cuánto debería contarle exactamente.
—¿Qué pasa? ¿Qué ibas a decir?
Suelto un suspiro.
—A ver, Vic, es que hay ciertos temas… Joder, que eres mi primo pequeño.
—Oye, que no soy un crío, ¿vale? —responde, y parece molesto.
Cierro los ojos y trato de pensar cómo reconducir la situación. Al fin y al cabo, dentro de unos meses cumplirá los dieciséis años; es verdad que ya no es ningún crío. Pero sigue siendo mi primo pequeño, y hay temas que me resultan violentos de tratar con él.
—A veces puede pasar que estés con un chico y tu cuerpo… reaccione. —Espero que entienda a lo que me refiero, porque no pienso entrar en detalles. Por mucho que diga, me cuesta aceptar que ha crecido—. ¿Sabes lo que te digo?
—Sí.
—Bueno… pues eso.
—Vale.
Se me está dando fatal la conversación, pero tampoco se me ocurre mucho más que decir.
De nuevo, se hace el silencio. Me doy cuenta de que me arden las mejillas, y supongo que Víctor tiene que estar todavía peor.
Una vez más, aguardo en silencio a que sea él quien continúe hablando.
A pesar de mi torpeza, con un poco de suerte estaré creando un espacio lo bastante seguro como para que se sienta cómodo y me cuente lo que se le está pasando exactamente por la cabeza.
—Oye, Fran —susurra al cabo de unos minutos.
—Dime.
—Es que creo que me está pasando eso.
—¿Que te gusta un chico?
Tarda un largo instante en responder.
—Sí —dice con la voz casi inaudible.
—Sabes que no pasa nada, ¿verdad? Eso no tiene nada de malo.
—Ya, bueno. Supongo. —Vuelve a quedarse en silencio, pero me doy cuenta de que todavía no ha terminado. Al fin, añade—: Es que es difícil.
—Qué me vas a contar a mí —añado entre risas—. Es una mierda. ¿Quién te gusta?
De nuevo, tarda en responder.
—Es Adri —dice al fin—. Mi mejor amigo.
Me suena que lo ha mencionado alguna vez, pero no acabo de situarlo del todo.
—¿Y crees que tú podrías gustarle a él?
—No lo sé. No lo creo. —Hace una pausa—. Que yo sepa, él es… es hetero.
Me duele solo de pensarlo. Si se ha enamorado de un chico hetero, está claro que no hay nada que hacer. Lo que no sé es cómo decírselo sin que se ponga peor.
—Joder. Lo siento, enano.
Se queda en silencio una vez más.
—¿A ti te ha pasado? —pregunta un minuto más tarde, y me doy cuenta de que su voz suena temblorosa—. ¿Que te gustara un amigo y tal?
—Sí —respondo.
En su día, me pasé un tiempo pillado por Alejo. Era mi mejor amigo, estábamos juntos a todas horas y, cuando quise darme cuenta, había empezado a verlo como algo más. Pero, por supuesto, aquello no podía ir a ninguna parte.
—¿Y qué hiciste?
—No me quedó otra que asumirlo, Vic. A veces hay que aceptar las cosas tal y como vienen.
Como el hecho de que Marcos no quiera estar conmigo.
—Pero tú sabías que era… que era hetero, ¿verdad?
—Sí. ¿Por? ¿No tienes claro que Adri no lo sea?
—No lo sé… Es que estoy hecho un lío últimamente. —Le vuelve a temblar la voz, y oírlo me llena de una ternura infinita—. Creo que alguna vez ha mencionado que le gusta alguna chica, pero a veces… es como que me mira, ¿sabes? No sé cómo explicarlo.
—Bueno, la bisexualidad existe —señalo—. Que le hayan gustado las chicas no significa que no puedas gustarle tú también.
—Ya, bueno. Supongo.
—Siento si no puedo ser de más ayuda, pero es más difícil cuando no lo conozco a él.
—¿Y no podrías darme algún consejo?
—Se me da fatal dar consejos —admito—. Pero lo que sí puedo decirte es que intentes ser natural con él. Que dejes que la cosa fluya, sin forzar las cosas pero también sin ocultar nada. Y, si tú tienes claro lo que sientes…
—Es que tampoco lo tengo claro —me interrumpe—.
A ver, me gusta estar con él y me pongo nervioso cuando vamos a vernos, y a veces me pasa…
lo que tú has dicho del cuerpo y tal. —Apenas susurra estas últimas palabras; tiene que estar muerto de vergüenza—.
Pero no sé si eso significa que me gusta.
A lo mejor solo lo quiero mucho porque es mi amigo y ya está, ¿no?
—Puede ser —admito—. A ver, a tu edad es normal tener dudas. Aun así, te digo lo mismo que antes: tú deja que la cosa fluya entre vosotros. Esa es la mejor forma de aclarar lo que sientes, y la mejor forma de averiguar lo que siente él.
—Vale. Gracias.
—De nada.
Hace una pausa antes de volver a hablar.
—Me… —comienza, pero entonces se interrumpe y traga saliva de forma audible—. ¿Me das un abrazo?
De nuevo, una enorme sonrisa me curva los labios.
—Claro que sí, enano.
Me levanto de la cama y me subo a la suya.
Con cierta torpeza, lo rodeo con los brazos; es la primera vez que lo hago desde que llegó a la pubertad y empezó a creerse demasiado mayor para esas cosas.
Pero esta vez me lo ha pedido él, y se refugia entre mis brazos casi con desesperación.
Me doy cuenta de que está temblando ligeramente, de modo que trato de transmitirle mi cariño y mi calidez mientras le acaricio el pelo con una mano y la espalda con la otra.
—Cuéntame, anda. ¿Hay algo más que te preocupe?
—Es que… —comienza con voz temblorosa—. Me da miedo.
—¿Que te puedan gustar los chicos?
Él asiente con la cabeza contra mi pecho y sorbe por la nariz.
—Sí —susurra.
Lo abrazo con más fuerza y, entonces, comienza a llorar.
—Ey, ey, ey. ¿Qué pasa, Vic?
Pero no habla, sino que continúa llorando.
Y si hay algo que he aprendido durante estas dos últimas semanas es que a veces es necesario llorar y desahogarse, así que dejo que lo haga mientras continúo rodeándolo con los brazos, acariciándole el pelo y la espalda para tratar de tranquilizarlo.
Jamás se había mostrado tan vulnerable conmigo, y es una responsabilidad que no puedo tomarme a la ligera. No pienso fallarle.
—Lo si-siento —susurra al cabo de unos minutos, cuando ya ha comenzado a calmarse.
—No tienes nada que sentir —le aseguro—. Cuéntame, anda. ¿Por qué tienes miedo?
—Me da mi-miedo que cambien las c-cosas —confiesa.
Se me llenan los ojos de lágrimas al oír sus palabras; después de todo, yo mismo tuve que pasar por eso en su día, y es un sentimiento que conozco demasiado bien.
—Sé que da miedo darse cuenta de algo así, pero hoy en día es algo muy normalizado. No creo que tus amigos te vayan a dejar de lado por esto, la verdad.
—Ya, bueno. Supongo. —Permanece en silencio unos segundos—. Pero, con mi padre y todo eso…
Uf. Su padre, claro. Lo había olvidado. Mi tío Jesús el turbofacha, más conocido como el primo feo de Gollum. Con un padre así, no me extraña que Víctor tenga miedo.
—Mira, no te voy a mentir. Sabes que tu padre no me cae muy bien…
—No, ni a ti ni a nadie —me interrumpe, arrancándome una risita.
—Cierto. Pero lo importante es que tienes a tu madre. Y a Vero. Y ellas van a estar contigo pase lo que pase. Ya lo verás.
—Bueno —responde, aunque todavía no parece demasiado convencido.
—Y, ¿sabes qué? Ahora hay una habitación vacía en mi casa. —Trato de ignorar el hecho de que, en realidad, ahora mismo no lo está—. Si la cosa se pone fea, puedes venirte con nosotros una temporada.
—¿De verdad? —pregunta, y su voz suena esperanzada.
—Te lo prometo.
—Gracias. —Con un hilo de voz, añade—: Pero ojalá se divorcien, la verdad.
—Pues sí. Ojalá. —Permanecemos así durante unos instantes, abrazados mientras le acaricio la espalda con suavidad. Ya ha dejado de llorar, y su respiración se ha calmado bastante—. Vamos a dormir ya, ¿vale? Que es tarde.
—Vale.
Me separo de él, pero le doy un beso en la mejilla antes de irme a mi cama.
Aunque siempre he querido a Víctor, ahora que hemos hablado me siento curiosamente protector con él, como si fuera mi hermano pequeño o algo por el estilo.
No soporto la idea de que lo esté pasando mal con este tema, pero me hace feliz que haya confiado en mí para contármelo.
Tan solo espero que la cosa salga bien, sobre todo en lo relativo a su padre.
—Oye, Fran.
No puedo evitar sonreír otra vez.
—Dime.
—Gracias por todo. Eres el mejor.
—De nada, enano. Buenas noches, ¿vale?
—Buenas noches.