13.
La tarde transcurre entre risas, con una partida de veinte rondas al Mario Party que nos lleva más de dos horas. Al final es mi tía quien gana, aunque por unas pocas monedas y solo porque le dan una estrella de bonificación al final. Yo quedo el segundo, Víctor el tercero, y Vero la última.
Para cuando apagamos la consola, ya son casi las siete de la tarde, y me doy cuenta con sorpresa de que no he pensado en Marcos en todo este rato.
—Bueno, yo voy a tener que ir preparándome —dice mi tía cuando terminamos, poniéndose en pie.
Al principio me extraño, pero entonces recuerdo que durante el brunch mencionó que tenía turno de noche en el restaurante—.
Cenad una tortilla francesa, un sándwich o algo ligerito, ¿vale?
Que estamos comiendo un montón, y ya sabéis que mañana toca lasaña.
No puedo evitar sonreír al oírlo. La lasaña de mi madre solo tiene un rival, y es precisamente la lasaña de mi tía. En realidad, las dos aprendieron a hacerla de mi abuela, que es algo así como la maestra lasañera, pero ya hace años que no la prepara.
Cuando se marcha, decidimos poner una película.
Víctor quiere poner una de Marvel, pero me niego en rotundo: eso me recuerda demasiado a Marcos.
Cuando Vero propone una de terror y yo vuelvo a negarme, ella capta al vuelo lo que me pasa y me ofrece elegir a mí.
Cojo el mando y reviso las plataformas, hasta que al final opto por una obra maestra del cine de principios de los 2000, superada solo por su segunda parte.
Shrek.
Una hora y media más tarde, la película termina y Vero anuncia que va a darse una ducha. Me quedo en el sofá con Víctor, que se ha pasado casi toda la película con el móvil, a pesar de que es una de sus favoritas.
—Oye, enano. —Él levanta la mirada de la pantalla—. ¿Estás bien?
Al principio no reacciona, pero entonces se encoge de hombros.
—Sí. ¿Por?
Sin embargo, por su actitud evasiva es más que evidente que no me está diciendo la verdad.
—Te veo raro.
Ahora aparta la mirada, confirmando así mis sospechas y las de Vero. Tarda unos instantes en responder.
—Nada, es que estoy un poco agobiado con los exámenes y todo eso.
—¿Seguro? —Él asiente con la cabeza—. Me lo puedes contar, ¿vale?
—No es nada —insiste.
No quiero presionarlo, así que asiento con la cabeza.
—Bueno, vale. Pero, si necesitas algo, que sepas que puedes decírmelo, ¿eh?
—Gracias. —Lo observo mientras permanece en silencio unos minutos, con la mirada clavada en el móvil, pero me doy cuenta de que tiene los ojos vidriosos. Con un hilo de voz, añade—: Oye, Fran.
—Dime.
—Pues… ¿Quieres dormir en mi cuarto esta noche?
Parpadeo un par de veces, confuso. Eso no es lo que esperaba, aunque no voy a negarme.
—Claro.
—Así podemos jugar al Mario Kart —se apresura a añadir, aunque me suena un poco a excusa—. Hace mucho que no jugamos.
Asiento con la cabeza, sonriendo.
—Me parece genial, enano
Supongo que es un avance, ¿no? Todavía no me ha contado lo que le pasa, a menos que lo de los exámenes sea verdad.
Pero, si me ha pedido específicamente que duerma en su habitación esta noche, tal vez sea porque quiere hacerlo.
Si a Vero le sorprende que vaya a dormir con él cuando se lo contamos, no dice nada.
Al fin y al cabo, ella sabe perfectamente que su hermano está raro, así que debe de haber llegado a la misma conclusión que yo.
* * *
Después de la cena y de terminarnos la película que nos hemos puesto —en esta ocasión, Shrek 2 —, voy con Víctor a su habitación, que por suerte ha ventilado un poco, y lo ayudo a sacar la cama supletoria que hay debajo de la suya.
No es la primera vez que duermo aquí; de hecho, es donde duermo cuando me quedo en casa de mis primos mientras está mi tío.
Siempre dice que no puedo dormir con Vero porque «yo soy un hombre y ella es una mujer», así que nos toca hacer el paripé…
como si tuviera la más mínima intención de hacer nada con ella.
Pero mi tía sabe perfectamente que me gustan los chicos, así que cada vez que Gollum se va a Mordor a ver a su familia de orcos o lo que sea, puedo dormir en la habitación de Vero.
Lo raro es precisamente lo que estoy haciendo hoy, dormir en la de Víctor cuando su padre no está.
Pero él me lo ha pedido expresamente, así que no quería negarme, sobre todo cuando está claro que le pasa algo.
—¿Quieres una manta? —me pregunta mientras saca las sábanas del armario—. Está haciendo bastante frío últimamente.
—Sí, vale —respondo mientras tomo el fardo de sábanas que me tiende—. Gracias.
Juntos, colocamos las sábanas en silencio.
A continuación, cojo el pijama que he traído de la habitación de Vero y comienzo a quitarme la camiseta para ponérmelo.
Víctor se apresura a darse la vuelta, y no puedo evitar fruncir el ceño al verlo.
Mi prima no se equivocaba; está muy raro.
Termino de ponerme el pijama y él hace lo mismo de espaldas a mí, y entonces nos tumbamos cada uno en nuestra cama, con las Nintendo Switch entre las manos.
—Pero solo cuatro carreras, ¿vale? —le advierto—. Que ya es tarde.
—Vaaaleee… —responde, arrastrando mucho la palabra, y me arranca una sonrisa. Los dos sabemos que no nos vamos a conformar con cuatro.
Comenzamos una copa al azar, entre risas y bromas, y vamos muy a la par hasta que al final yo acabo ganando la primera carrera.
—Vas a flipar, chaval —me dice mientras comenzamos la siguiente—. En esta te voy a dar una paliza.
—En tus sueños, enano.
Pero tenía razón, porque logra vencerme. Después, gana también la tercera carrera, y esta vez soy yo quien se empieza a picar.
—¿Has visto? —se burla.
—Prepárate —le advierto—. En esta no me vas a ganar ni de coña.
—Eso ya lo veremos.
En esta ocasión soy yo quien tenía razón, porque acabo ganando. Él va a quedar segundo, pero un caparazón rojo lo golpea justo cuando está a punto de cruzar la línea de meta y al final acaba el cuarto, lo que hace que quede por debajo de mí en la clasificación final.
—¡No es justo! —protesta—. Quiero la revancha.
—Venga, una copa más, pero ya está. Que es más de la una.
—Ya verás. Te vas a cagar.
Víctor gana la primera carrera y yo la segunda.
Después, él gana la tercera, aunque por los pelos.
Cuando ya estamos en la tercera vuelta de la cuarta, él se encuentra en la segunda posición, pero le saco ventaja y sé que le va a costar adelantarme.
Así pues, hago mal un derrape a propósito para estamparme contra un lateral y perder unos valiosos segundos que le bastan para adelantarme justo antes de llegar a la línea de meta.
—¡Toma! —dice entusiasmado—. Te lo dije.
Dejo la consola sobre la cama, tratando de contener una sonrisa.
—Pues venga, vámonos a dormir.
—¿Y si echamos otra?
—Ni de coña.
—Tú has ganado la primera copa y yo la segunda, así que hay que desempatar.
—Mañana —le prometo—. Es tarde.
—Vaaaleee… —dice otra vez.
Sonriente, se levanta de la cama para dejar la Switch sobre su escritorio. Yo estiro el brazo para guardar la mía en la mochila que he dejado a un lado, y lo observo mientras vuelve a meterse en la cama.
—Bueno… pues buenas noches —dice mientras apaga la luz.
—Buenas noches.
Ahora sería el momento perfecto para indagar un poco más, pero no sé cómo hacerlo. Después de todo, no tengo ni idea de lo que le pasa.
—¿Estás mejor? —pruebo a preguntar.
—¿Qué? ¿Mejor de qué?
—Bueno, lo de esta tarde y tal. Como estabas agobiado…
—Ah. Sí, bueno. Sí.
—Recuerda, si necesitas algo…
—Vale. Gracias.
Me abrazo a la almohada, siendo una vez más demasiado consciente de la ausencia del olor de Marcos.
Trato de olvidarme de él, y en su lugar me esfuerzo por pensar cuál podría ser la mejor forma de ayudar a Víctor.
¿Debería insistir otra vez? ¿O será mejor darle espacio para ser él quien saque el tema?
Después de todo, ya le he dicho dos veces que puede contar conmigo si necesita algo.
Está claro que si me ha pedido que me quedara en su habitación era por algo, y dudo mucho que fuera para jugar al Mario Kart .
De hecho, estoy empezando a pensar que tan solo estaba insistiendo tanto en jugar para poder retrasar la conversación.
Opto por esperar, pero decido volver a preguntarle si pasan cinco minutos sin que me diga nada.
Víctor no tarda ni dos minutos en hablar de nuevo.
—Oye, Fran —susurra en la oscuridad—. ¿Estás despierto?
—Sí —respondo, esbozando una sonrisa que no puede ver—. ¿Qué pasa?
—¿Te puedo preguntar una cosa?
—Claro. —Me quedo en silencio, esperando a que hable, pero no lo hace—. ¿Vic? ¿Te has dormido?
—No, perdona. Es que estaba pensando.
Frunzo el ceño; cada vez me queda más claro lo que decía Vero sobre lo rarito que está.
—Bueno, pues tú dirás.
Vuelve a quedarse en silencio durante unos instantes, así que me dedico a esperar otra vez. Empiezo a pensar que se ha quedado dormido, pero entonces…
—Tú eres… gay, ¿verdad?
—Eh… Sí, claro —respondo, un tanto descolocado por la pregunta—. Si ya lo sabías. ¿A qué viene eso ahora?
No se me ha escapado su forma de pronunciar la palabra «gay», con cuidado, como si fuera peligrosa, y no puedo evitar fruncir el ceño mientras lo miro en la penumbra.
No quiero pensar mal, pero a fin de cuentas, su padre es mi tío Jesús, un turbofacha de cuidado.
¿Habrá dicho algo sobre mí? Aunque creo que él es el único que sigue sin saber que soy gay.
¿O es que a lo mejor le ha contagiado sus prejuicios a su hijo?
Eso me llenaría de tristeza, porque Víctor es demasiado bueno como para envenenarlo con esas mierdas.
Pero no puede ser eso, ¿verdad? Él mismo es quien me ha pedido que durmiera en su habitación, así que no creo que tenga prejuicios hacia mí ni nada por el estilo.
Comienzo a ponerme nervioso mientras espero a que responda, sin saber muy bien qué esperar.
—¿Y cómo…? —Su voz suena pastosa, y hace una pausa para aclararse la garganta antes de continuar—. ¿Cómo te diste cuenta de que te gustaban los chicos? —dice al fin, con la voz temblorosa.
Al principio, la pregunta me descoloca un poco. Pero, entonces, abro mucho los ojos, comprendiéndolo todo de golpe.