12.
Por la mañana, Vero y yo nos despertamos casi al mediodía después de habernos pasado la mitad de la noche hablando de todo y de nada.
He tenido tiempo de desahogarme con ella, de llorar entre sus brazos mientras daba rienda suelta a mi dolor, pero también de reír sin parar, y es que mi prima a veces es como la mejor de las medicinas.
Estoy en el cuarto de baño cuando alguien llama a la puerta, y el corazón me da un vuelco ante la familiaridad de la situación.
—¿Hay alguien? —pregunta la voz de Víctor.
—¡Termino enseguida!
Cuando salgo por la puerta, me sorprende encontrármelo todavía en pijama. Está despeinado, y es evidente por su cara que se acaba de despertar. Me sorprende, porque llevo toda la vida quedándome a dormir en casa de Vero cada pocos fines de semana y él siempre se despierta antes que nosotros.
—¿Tú también te levantas ahora, enano? —le pregunto, revolviéndole el pelo.
Víctor se encoge de hombros.
—Sí, ¿por?
—No, por nada.
Le dejo pasar y me voy a la cocina a desayunar. Al entrar, veo a Vero sentada frente a la mesa y a su madre apoyada contra la encimera.
—Buenos días, dormilón —me saluda mi tía.
—Buenos días.
—Mi madre y yo hemos tenido una idea genial —dice Vero con una sonrisa.
—Los tres os habéis levantado tarde, y yo hace ya varias horas que me tomé el café. ¿Qué te parece si hacemos un brunch ?
La lógica me dice que debería seguir lleno después de haberme hartado a comer anoche, pero no puedo evitarlo: me he despertado muerto de hambre, así que el estómago me ruge ante la idea.
—Me parece genial.
Es algo que llevábamos un tiempo sin hacer, y es que solo podemos darnos el capricho cuando mi tío no está. Según él, «los horarios de las comidas son sagrados», y cosas como un brunch son «americanadas y moderneces estúpidas». Supongo que él es más de cigarro y carajillo en el bar.
Víctor entra en la cocina un par de minutos más tarde.
Su madre le cuenta la idea y él acepta sin dudar, aunque sin el entusiasmo habitual, cosa que me hace fruncir un poco el ceño.
Como siempre, Vero ayuda a su madre a preparar la masa de las tortitas, y yo comienzo a preparar el café y a exprimir un buen montón de naranjas.
Mi primo, mientras tanto, va poniendo la mesa.
—¿Hay fresas para las tortitas? —pregunta cuando termina.
—Están en la balda de abajo de la nevera —responde su madre, vertiendo la primera cucharada de masa en la sartén. El chisporroteo y el olorcillo hacen que el estómago me ruja todavía más.
—¿Te ayudo? —le pregunto a Víctor cuando termino con el zumo.
—Vale.
Me coloco a su lado frente a la encimera.
Mientras él lava y seca las fresas, yo voy cogiendo las que me da, les quito las hojas y las corto en trocitos antes de dejarlas en un cuenco.
Lo miro de reojo mientras trabajamos, y ahora lo tengo claro: está raro, tal vez desde ayer por la noche.
Por lo general habría estado más animado, y tal vez me habría chocado los cinco y habría mencionado algo sobre el trabajo en equipo.
Hoy, sin embargo, permanece serio y en silencio.
Cuando terminamos, sirvo el café para mi tía y para mí y unos Cola Cao para mis primos, y Víctor llena cuatro vasos con la jarra de zumo de naranja que he dejado en el frigorífico. Nos sentamos a la mesa y, apenas un par de minutos más tarde, llega mi tía con una fuente a rebosar de tortitas.
—Hace mucho tiempo que no las preparaba —dice mientras se sienta, sonriente—. ¡A ver si están ricas!
Nos servimos cada uno un buen puñado de tortitas y nos turnamos con el bote de nata montada y el sirope de chocolate. Añado un puñado de fresas, me como el primer trozo y no puedo evitar soltar un suspiro: están buenísimas.
Lo bueno del brunch es que no hay ninguna prisa, así que podemos tomarnos todo el tiempo que queramos.
Aunque Víctor permanece en silencio casi todo el rato, Vero y su madre hablan conmigo animadamente.
Le cuento a mi tía todos los detalles que se pueden contar sobre el viaje a Canarias, procurando parecer animado mientras hago todo lo posible por no pensar en Marcos, lo cual no es demasiado fácil que digamos.
Después, ella me cuenta anécdotas sobre su trabajo en el restaurante y me habla sobre las últimas plantas que ha comprado y lo difícil que le está resultando cuidar de algunas de las antiguas ahora que es invierno.
* * *
Cuando terminamos de comer, estamos todos tan llenos que nos cuesta levantarnos de la mesa. Pero al fin, pasadas las dos de la tarde, Vero y yo nos ponemos en pie y volvemos a su habitación.
—Había olvidado lo bien que cocina tu madre —digo con una sonrisa mientras me tumbo en la cama supletoria sin hacer y me coloco una mano sobre el estómago.
—¿Verdad?
Pero hay un tema que está empezando a preocuparme un poco, así que decido sacarlo.
—Oye, ¿qué le pasa a tu hermano? —pregunto en voz baja.
—Ni idea. —Se encoge de hombros y lanza un vistazo rápido a la puerta antes de continuar, para asegurarse de que no esté cerca—. Lleva unos días rarísimo. Bueno, ya son varias semanas, la verdad.
—¿No le has preguntado por qué?
—Claro que sí, pero ya lo conoces. Nunca le cuenta nada a nadie. —Entonces, esboza una sonrisa—. Pero, ¿sabes qué? Sea lo que sea, creo que le viene muy bien que estés por aquí. Se puso muy contento cuando le dije que ibas a quedarte aquí estos días.
—¿En serio?
—Te lo juro. Le hizo mucha ilusión.
Aunque él mismo ya me había dicho que tenía ganas de verme, no puedo evitar sentirme sorprendido.
Sé que Víctor me quiere; al fin y al cabo, es mi primo y siempre nos hemos llevado muy bien.
Pero él nunca ha sido abierto con sus sentimientos, y yo tampoco es que me haya sincerado demasiado con él ni me haya puesto a contarle mis cosas ni nada por el estilo.
Sabe que me gustan los chicos, y también sabe que tuve novio hace un tiempo, pero, aunque jamás ha dado muestras de tener ningún problema con ello, tampoco hemos llegado a hablar del tema.
Sin embargo, me hace ilusión saber que se ha alegrado de que viniera.
Además, ya tiene quince años, así que tal vez ahora que es un poco mayor podremos empezar a tener una relación más cercana.
* * *
Un par de horas después de comer, aunque todavía sigo lleno, consigo salir al fin de la cama. Mientras Vero va al baño, yo llamo a la puerta de Víctor, que está entreabierta.
—¿Se puede?
—¡Pasa!
Desde que entro, ese olor característico a habitación de chico adolescente golpea mis fosas nasales de inmediato.
Frunzo un poco el ceño, tratando de ignorarlo; no he venido a hacer que se sienta mal.
Lo veo tumbado en la cama, con el móvil en la mano, aunque lo deja a un lado y se incorpora al verme.
—¿Te apetece jugar un rato a la Switch? —le pregunto.
Él parece entusiasmado al oírlo; por primera vez desde que nos hemos levantado, vuelvo a verlo sonreír.
—¡Vale! —responde, poniéndose en pie—. ¿Al Mario Kart ?
—Ya sabes que tu hermana lo odia. ¿Al Mario Party ? Así podemos jugar también con tu madre.
Su sonrisa se atenúa un poco, pero asiente con la cabeza.
—Bueno, vale. Pero me debes unas carreras al Mario Kart , ¿vale? Que hace mucho que no jugamos.
—Eso está hecho. Tenemos días de sobra.
Con suerte, estos días me servirán para olvidarme de Marcos.