El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 11.
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Por suerte, la cena va mucho mejor de lo que pensaba.

Vero se ha encargado de distribuir los asientos, según ha dicho, «para que fluya mejor la conversación», aunque solo ella y yo sabemos cuál es la auténtica razón.

La mesa es rectangular, con espacio para tres personas en cada uno de los lados alargados, y una en cada extremo.

Marcos y yo estamos sentados en el mismo lado de la mesa, con Natalia en medio como si fuera una especie de escudo humano para que no tengamos ni que vernos.

Vero se encuentra en el extremo de la mesa que hace esquina con mi lado, y Víctor se halla justo delante de mí.

A su lado está su madre, después la mía, y Antonio en el otro extremo.

El plan funciona, y me paso buena parte de la cena charlando tranquilamente con Vero.

A veces también hablo un poco con Víctor, aunque no tardo en darme cuenta de que está mucho más callado que de costumbre.

Me da la impresión de que me lanza miradas furtivas de vez en cuando, y también a Marcos, y empiezo a pensar que tal vez no se me ha dado tan bien como pensaba eso de disimular cómo me siento con mi hermanastro aquí.

Sin embargo, su madre me habla de vez en cuando con normalidad, preguntándome por la universidad y esa clase de cosas, así que a lo mejor es solo que mi primo está raro y nada más.

El único momento verdaderamente peliagudo llega cuando mi tía se dirige directamente al lado de la mesa donde estamos Natalia, Marcos y yo y nos mira con una amplia sonrisa.

—Bueno, ¿y vosotros cómo lo lleváis ahora que sois tres hermanos? ¿Hacéis muchas cosas juntos?

Lo dice cuando estoy hincando el diente a mi tercera quesadilla, pero pierdo el apetito de inmediato. Esa tensión familiar se apodera de mí al instante. Un silencio incómodo cae sobre la mesa de golpe; es evidente que ninguno de los tres sabemos qué responder.

—La verdad es que no —dice Natalia al fin, salvándome de tener que inventarme alguna mentira—. Marcos se ha largado de casa.

—¿Qué dices? —se extraña mi tía—. ¿Y eso?

Él carraspea antes de contestar.

—Es que me pilla muy lejos de la facultad. Siempre me tocaba madrugar mucho, y eso estaba empezando a afectar a mi rendimiento.

Contengo la necesidad de poner los ojos en blanco. La única razón por la que su rendimiento se estaba viendo afectado, si es que de verdad era así, es porque nos pasábamos todas las horas que podíamos juntos.

—Claro, es normal —responde mi tía, que siempre es demasiado comprensiva—. ¿Dónde estás viviendo ahora? ¿En una residencia de estudiantes o con algún amigo?

—Mis tíos viven cerca de la facultad. Tienen una habitación de invitados que no suelen usar, así que me estoy quedando con ellos.

—Pero seguirás yendo con tu familia los fines de semana, ¿verdad?

Vero y yo intercambiamos una mirada furtiva. La situación no podría ser más incómoda.

—Qué va —interviene Natalia—. Hace dos semanas que se fue y no se ha dignado a volver hasta ayer.

—Es que es un lío estar yendo y viniendo —se defiende él—. Para los puentes y esas cosas, supongo que sí, pero…

—Ya lo hemos hablado, Marcos —lo interrumpe Antonio, tajante—.

El fin de semana pasado era diferente porque tenías un examen y me dijiste tenías mucho que estudiar, pero a partir de ahora, deberías venirte los fines de semana con nosotros.

Tus tíos también querrán hacer su vida, y ahora los cinco somos una familia. Lo normal es que estemos juntos.

—También tengo un examen la semana que viene, y la siguiente.

Miro de reojo a Antonio, que está mucho más serio que de costumbre.

—Bueno, pues después de navidades.

—Después de navidades tengo los exámenes del primer cuatrimestre —replica Marcos—. Ya te lo he dicho, joder.

Nunca lo había oído hablándole así a su padre, y parece que a él no le hace ninguna gracia.

—Tengamos la fiesta en paz, ¿vale? —dice Antonio, y me doy cuenta de que está empezando a enfadarse. Mi madre le pone una mano sobre el brazo para tranquilizarlo—. Cuando termines los exámenes del primer cuatrimestre, te vas a volver a casa todos los fines de semana, y no se hable más. ¿Entendido?

Marcos tarda un largo momento en responder.

—Sí, papá —cede al fin.

El ambiente en la mesa no podría ser más incómodo ahora mismo. Pero, por suerte, Vero siempre sabe cómo salir de estas situaciones.

—Oye, Belén —le dice a mi madre con voz tranquila, como si no hubiera pasado nada—. ¿Qué tal es esto de tener una hija? ¿Mejor que con el desastre de Fran o qué?

—Ja, ja —replico con sorna, aunque le agradezco con una sonrisa el momento de distracción que tanto necesitábamos.

El rostro de mi madre se ilumina ante las palabras de Vero, e intercambia una mirada con Natalia antes de contestar.

—Ay, cariño, soy tan feliz… —Ahora me mira a mí, y yo me obligo a sonreír también para animarla a continuar—. Siempre quise tener la parejita, pero no pudo ser… Me alegra haber podido tener al final una hija tan maravillosa como Natalia.

—Venga ya, que me vas a poner roja —dice ella, apartándose la larga melena castaña de la cara. La miro de reojo y veo que se ha ruborizado un poco, cosa que me inspira cierta ternura. Nunca me habría esperado cogerle tanto cariño, pero aquí estamos.

—Es la verdad.

Y así, después de que Vero haya logrado acabar con el momento de tensión como solo ella sabe hacerlo, continuamos con la charla tranquila de antes, de nuevo en pequeños grupitos.

Al cabo de un rato, acerco la mano al cuenco de los nachos para coger uno, pero entonces rozo unos dedos ajenos y me detengo de golpe.

No necesito mirar para saber que pertenecen a Marcos; reconocería el tacto cálido de su piel en cualquier circunstancia.

Él también se queda inmóvil durante un instante, y no puedo evitar preguntarme si habrá sentido el mismo cosquilleo que yo al tocarme.

Pero, entonces, como si nada, coge un par de nachos y los moja en el guacamole casero antes de llevárselos a la boca.

Un poco aturdido, hago lo mismo yo también.

Y, desde ese momento, me aseguro de mirar antes de volver a coger nada de la mesa.

* * *

Cuando la cena llega a su fin, un buen rato más tarde, me siento bien a pesar de todo.

Ya no solo por lo deliciosa que estaba la comida, lo cual también es un factor importante, sino porque he logrado sobrevivir a la situación mucho mejor de lo que esperaba, y ni siquiera he tenido que irme a llorar en secreto al baño ni una sola vez.

La estrategia de los asientos de Vero ha dado resultado y, a excepción del breve momento al ir a coger los nachos, no he tenido ninguna clase de contacto con Marcos.

Tal vez esa sea la razón por la que me quedo momentáneamente sin aliento cuando nos ponemos todos en pie y, durante un brevísimo instante, nuestros ojos se encuentran.

Los dos nos apresuramos a apartar la mirada, aunque sigo mirándolo de reojo con tanto disimulo como puedo mientras los demás comienzan a despedirse.

—Bueno, cariño —dice mi madre, acercándose a mí—. Ve hablándome estos días, ¿vale?

—Claro.

Mientras me da un abrazo, no puedo evitar sentirme un poco culpable.

Es evidente que tenía muchas ganas de que estuviéramos todos juntos durante el puente, pero no soy capaz de hacerlo, no si no quiero que mi salud mental se vaya a pique.

Y, después de estas últimas semanas, sé que no puedo correr el riesgo.

Antonio es el siguiente en acercarse para abrazarme, y después, Natalia.

Marcos me mira durante un instante, vacilante, y yo me siento invadido por las dudas.

Por un lado, me gustaría que me abrazara, volver a sentir el calor de su cuerpo, sus brazos a mi alrededor.

Sin embargo, sé que eso sería peor, así que en parte me alegro cuando él se limita a asentir brevemente con la cabeza.

Le devuelvo el gesto, y después continúo observándolo mientras se aleja con los demás para marcharse.

¿En qué momento hemos vuelto a convertirnos en dos desconocidos?

—¿Seguro que quieres quedarte aquí todo el puente? —me pregunta Vero, dándose cuenta de lo que estoy mirando—. Sé que te lo he ofrecido yo, pero no pasa nada si prefieres volver con él, podemos quedar igualmente estos días.

Tardo un instante en responder mientras observo a Marcos con tristeza, un segundo antes de que desaparezca por la puerta del salón.

—Sí —respondo con un nudo en la garganta—. Estoy seguro.

Sé que, si quiero superar esto, tengo que hacer un esfuerzo, aunque eso signifique tener que alejarme conscientemente de él.

Por mucho que me duela.