El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 10.
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Aceptar que me llevaran ha sido la peor idea que he tenido en la vida.

Resulta que mi madre y su hermana han estado hablando por teléfono durante la tarde, así que los planes han cambiado.

Como mi tía iba a preparar comida mexicana, se le ha ocurrido la fantástica idea de invitarnos a todos a cenar a su casa.

Y, por supuesto, a mi madre y a Antonio les ha encantado la idea, así que ahora vamos a ir todos juntos. Los cinco. Incluido Marcos.

A mí me están grabando.

Por suerte, me las arreglo para ducharme y prepararme sin coincidir con él.

Después de lo de esta mañana, tengo la impresión de que me está evitando, aunque supongo que sería más apropiado decir que los dos lo estamos haciendo.

Me doy una ducha larga y caliente para tratar de relajarme un poco, y él no llama a la puerta ni una sola vez.

De hecho, desde que terminamos de comer, no volvemos a vernos hasta que llega el momento de montarnos todos en el coche.

De inmediato, recuerdo aquella primera vez después de la boda, el primer trayecto en coche que hicimos todos juntos.

Fue muy diferente a los que tuvieron lugar más tarde durante el viaje, llenos de una tensión agradable y roces tanto buscados como fortuitos.

En esta ocasión, es exactamente igual que el primero, lleno de una incomodidad casi tangible.

Estoy completamente pegado a la puerta, con la cabeza apoyada contra la ventanilla para minimizar el contacto con Marcos lo máximo posible.

Y él, por su parte, se ha sentado tan cerca de Natalia que esta se queja un par de veces de que no le está dejando espacio.

Pero no; en realidad, esto no es exactamente igual que el primer trayecto: es todavía peor, porque ahora ya ha habido algo especial entre nosotros y Marcos decidió terminar con todo.

Frunzo el ceño y me pongo los auriculares, tratando de contener las lágrimas de impotencia y de ahogar las penas con la música.

Nos las arreglamos para no rozarnos durante la primera mitad del trayecto, hasta que en una curva cerrada Marcos cae contra Natalia y ella se queja tan alto que puedo oírla por encima de la música.

—Que me dejes sitio ya, jolín.

—Marcos, déjale espacio a tu hermana —dice su padre desde el asiento del copiloto. Se asoma por el hueco entre los asientos y levanta las cejas al vernos a tan separados—. ¿Por qué te pegas tanto a ella? Tienes espacio de sobra.

—Vale —responde él con voz inexpresiva.

Entonces, se mueve ligeramente hacia el centro, lo que significa que su muslo se encuentra ahora en contacto directo con el mío.

La tensión se apodera de mí de golpe; es como un escalofrío y una corriente eléctrica que recorren mi cuerpo, todo al mismo tiempo.

Incluso a pesar de la ropa, soy muy consciente de todos y cada uno de los centímetros de nuestros cuerpos que están en contacto, desde los brazos hasta los pies.

Y, sobre todo, soy demasiado consciente de la ardiente necesidad de disminuir todavía más esa distancia entre nosotros.

Me muero de ganas de besarlo, joder.

Como si el universo hubiera escuchado mis deseos, el coche gira en otra curva cerrada y ahora soy yo el que acaba con Marcos prácticamente encima, más pegado a mí de lo que hemos estado desde hace más de un mes.

—Perdón —masculla mientras se aparta.

—No pasa nada.

Aunque, por supuesto, sí que pasa. Si antes ya me estaba costando estar a su lado, ahora me resulta prácticamente insoportable.

Pero, al fin, tras unos minutos interminables, llegamos a casa de mi tía y mis primos. Se encuentra en un barrio cerca de los límites de la ciudad, mucho más tranquilo y verde que el nuestro. Como el ascensor es solo para cuatro personas, mi madre y yo entramos primero.

—Cariño, ¿estás bien? —me pregunta durante la subida hasta la sexta planta. Evidentemente, debe de haberse dado cuenta de mi cara después del trayecto junto a Marcos.

—Sí, claro —miento para disimular—. ¿Por?

—Te veo mala cara.

—Es que estoy cansado.

Por suerte, el ascensor se detiene con un «ding» antes de que ella tenga tiempo de indagar más. Salimos al rellano y las puertas se cierran tras nosotros para ir a recoger al resto de la familia. Mientras tanto, nosotros nos dirigimos hacia la puerta y mi madre llama al timbre.

Es Vero quien abre, con una enorme sonrisa.

—¡Tita! —dice mientras se lanza a los brazos de mi madre—. ¡Qué ganas tenía de verte!

—Y yo a ti, cariño. ¡Te veo guapísima! ¿Cómo estás?

—Bien, como siempre. ¿Y tú?

—No me puedo quejar.

Vero se separa de mi madre y se dirige hacia mí para abrazarme también.

—¿Estás bien? —me susurra al oído, con una voz casi inaudible.

Yo asiento levísimamente con la cabeza, para que mi madre no se dé cuenta de nada. Después de estas últimas semanas, no quiero darle más razones para preocuparse.

En ese momento, oigo el «ding» que indica que ha llegado el ascensor, así que me aparto de Vero para evitar tener que ver Marcos. Mi madre se queda frente a la puerta, esperando al resto de la familia.

—¿Se puede? —grito mientras cruzo el umbral, a pesar de que ya he entrado aquí cientos de veces.

—¡Pasa, cariño! —contesta mi tía a lo lejos—. Estoy terminando de preparar la cena.

Antes de que tenga ocasión de llegar a la cocina, Víctor dobla la esquina, de camino a la puerta de entrada, y sonríe ampliamente al verme.

—¡Hola! —me saluda con alegría, y yo abro los brazos.

—Ven aquí, enano. —Él se acerca a mí para darme un abrazo, y entonces me percato de su cabeza ya me llega hasta la barbilla.

¿Cómo es posible? No ha pasado ni un mes y medio desde la última vez que nos vimos, y juraría que entonces no era tan alto—.

¿Se puede saber qué te están dando de comer? Antes no eras tan alto.

Él suelta una risita.

—Ya no soy tan enano, ¿eh?

—Siempre serás mi enano —replico, revolviéndole el pelo mientras se ríe. De pequeño odiaba que se lo hiciera, pero sé que ahora le gusta, aunque probablemente jamás lo admitiría.

Mientras él se aleja hacia la puerta para saludar a los demás, yo sigo mi camino hasta la cocina.

Antes de llegar capto el aroma inconfundible de la comida mexicana, y se me hace la boca agua a pesar de que hasta hace unos minutos estaba tan tenso que tenía el estómago cerrado.

Aunque no soporto a mi tío, hay algo que dice siempre y tiene toda la razón: la comida de mi tía podría levantar a los muertos.

—¡Cariño! —me saluda cuando me ve, sonriente. Se seca las manos en el delantal y se acerca a mí para darme un abrazo—. ¿Cómo estás?

—Bien —miento, tal como llevo haciendo las últimas dos semanas—. ¿Tú qué tal?

—Muy bien, aquí estamos. Como siempre.

No menciona lo evidente, y es que cuando mejor está es precisamente cuando su marido se marcha de casa. Pero ese es un tema que no se saca jamás, así que asiento con la cabeza y me acerco a las sartenes y las cacerolas, olisqueando como un perro mientras comienza a gruñirme el estómago.

—Huele genial —digo con sinceridad.

—Muchas gracias, cariño.

Entonces entran mi madre y el resto de la familia en la cocina y todos comienzan a saludar a mi tía. Trago saliva al ver a Marcos, y Vero debe de darse cuenta de la tensión porque no pierde ni un segundo en llamarme.

—Fran, ¿te vienes un momento a mi cuarto? Quiero enseñarte una cosa.

—Voy —respondo, dando gracias en silencio por el salvavidas que me ha lanzado, y me apresuro a seguirla por la puerta.

Una vez en su habitación, Vero cierra la puerta y vuelve a abrazarme, mucho más fuerte que antes. En esta ocasión, tardo mucho más en separarme.

—Ahora en serio. ¿Cómo estás?

—Pues bueno, ahí vamos. Es complicado.

—Joder, ya me imagino. ¿No ha habido ningún avance?

Niego con la cabeza antes de contestar.

—Qué va. Me ha dejado claro que sigue convencido de su decisión, así que no tiene ningún sentido tratar de insistir.

Ella suelta un suspiro.

—Lo siento muchísimo, Fran. De verdad.

—Ya, bueno. Pero así es la vida, ¿no? Es culpa mía por haber sido tan gilipollas como para enamorarme de mi hermanastro.

—Tú no tienes la culpa de nada —me asegura, pero yo me limito a encogerme de hombros—. ¿Crees que vas a estar bien durante la cena?

Tardo un largo momento en responder.

—No lo sé —confieso con voz temblorosa.