9.
Poco después de las dos, Natalia llama a la puerta de mi habitación.
—¿Fran? Ya va a estar la comida.
—Ya voy, gracias.
Me levanto del puf donde me he pasado la última hora matando zombis, me desperezo una vez más mientras suelto un prolongado bostezo, y me pongo en pie justo cuando oigo a Natalia avisando también a su hermano.
Acabo de salir por la puerta cuando oigo abrirse la de Marcos, así que me apresuro a seguirla hasta la cocina sin mirar atrás, muy consciente de los pasos que suenan detrás de mí.
En la cocina, Natalia se acerca al fogón y remueve algo con una cuchara; se ve que ha estado ayudando a nuestros padres a preparar la comida.
—Vosotros dos id poniendo la mesa, ¿vale? —nos pide mi madre a Marcos y a mí cuando llegamos.
—Vale —respondemos al unísono, y no puedo evitar enrojecer ligeramente.
Sin hablar ni mirarnos, comenzamos a llevarlo todo al salón.
La tensión en el ambiente podría cortarse con un cuchillo, pero si alguno de los demás se da cuenta, no dicen nada.
Y, aunque Marcos y yo no nos comunicamos de ninguna manera, por alguna razón es como si fuéramos capaces de compenetrarnos de una forma extraña mientras lo llevamos todo antes de colocarlo sobre la mesa.
El corazón comienza a latirme con fuerza, no tanto por estar cerca de él, que también, como por lo que tengo pensado decir dentro de apenas unos minutos.
Cuando ya estamos todos sentados, hago el anuncio al fin:
—Quiero ir a pasar el resto del puente a casa de Vero y Víctor.
Noto que Marcos se pone rígido a mi lado, pero trato de no fijarme en él. En su lugar, miro a mi madre y a Antonio, que parecen sorprendidos.
—¿Y eso? —me pregunta ella, aunque, por suerte no parece triste. Eso facilitará las cosas.
—Me lo ha propuesto Vero —respondo, utilizando la excusa que ya habíamos preparado previamente entre los dos—. Hace mucho tiempo que no podemos estar juntos, entre la mudanza, el viaje y todo eso… Hemos pensado que sería un buen momento para aprovechar.
Ella me mira unos instantes, pensativa. Pero antes de la boda yo siempre pasaba al menos un fin de semana al mes en casa de Vero, y ella solía hacer lo mismo en la mía.
A veces, Víctor también se venía. Sin embargo, en el último par de meses tan solo nos hemos visto el día de la boda, así que sé que mi madre no va a negarse, al menos, no del todo.
—¿Y no podrías ir el fin de semana que viene? —sugiere—. Como ahora volvemos a estar todos juntos…
—Es que Vero no está muy bien últimamente —añado; también tenía la excusa preparada—. Problemas de chicos, ya sabes.
—Ay, pobrecilla. —Sigue mirándome, pero desvía la mirada un momento hacia Marcos. Ha tenido que darse cuenta de que no nos hablamos desde que ha llegado, así que tal vez piense que estamos peleados por alguna razón. Supongo que eso debe de jugar a mi favor—. Bueno, está bien. ¿Cuándo te marchas?
—Esta noche… si os parece bien —añado para no ser demasiado tajante—. La tía quería hacer comida mexicana aprovechando que Gollum no está en casa; ya sabes que él odia todo lo que no sea muy español y mucho español.
—Te tengo dicho que no llames así a tu tío —me reprende, pero me doy cuenta de que está tratando de reprimir una sonrisa. Natalia y Marcos se ríen con disimulo, y siento algo extraño en la tripa al oírlo a él.
—Hay que reconocer que es un hombrecillo raro —dice Antonio, dirigiéndome una sonrisa para mostrarme su apoyo—. No entiendo qué pudo ver tu hermana en él, Belén.
—Eso nos gustaría saber a todos —responde ella con un suspiro.
—Entonces, ¿puedo ir?
Mi madre se muerde el labio, indecisa.
—No sé yo… ¿No podrías esperar al menos hasta mañana? Así estamos todos en casa un poco más.
—Venga, mujer, deja que se vaya con sus primos —le dice Antonio, sorprendiéndome—. La chica está mal y él quiere estar con ella, es comprensible.
—Bueno… está bien.
—Además, faltan menos de tres semanas para las navidades —continúa él—. Entonces ya podremos estar todos juntos de nuevo.
Marcos y yo nos tensamos de inmediato.
—¿Las navidades? —pregunto.
—Sí, es eso que se celebra todos los años el 24 de diciembre, ¿recuerdas? —se burla Natalia con una sonrisita—. Nos dan vacaciones y he oído que a lo mejor hasta tenemos regalos.
—Ja, ja. Muy graciosa.
—¿Qué pasa en navidades? —pregunta Marcos, que parece tan confuso como yo.
—Pues que vas a volver —dice su padre, como si fuera lo más evidente del mundo—. No vas a pasarte las navidades en casa de tus tíos. Y, de todos modos, ellos ya tienen sus planes y nosotros los nuestros.
—¿Los nuestros? —repito.
—¿Estáis bien? —pregunta Natalia, levantando una ceja—. Hoy parecéis todavía más empanados que de costumbre.
—Nos vamos a ir a la sierra, ¿no os acordáis? —dice mi madre—. A un hotelito rural en la nieve, justo después de Navidad y hasta fin de año. Lo hablamos hace semanas, poco después de volver de Canarias.
Con disimulo, trato de estrujarme el cerebro en busca de aquella información.
Es cierto que me suena un poco ahora que lo menciona, pero me cuesta recordar los detalles.
¿Nieve y esquí, puede ser? Teniendo en cuenta que en esa época Marcos y yo nos pasábamos la hora de la comida buscando la forma de enredar nuestras piernas por debajo de la mesa y de rozarnos brazos y manos con disimulo en vez de prestar atención a la conversación, no es de extrañar que a los dos se nos hubiera pasado información importante.
—Ah, claro —dice él a mi lado—. Ya me acuerdo.
Sin embargo, algo en su tono me dice que, no solo él también se había olvidado, sino que la idea de volver a irnos de viaje le hace tan poca gracia como a mí.
—Si te parece, podemos llevarte en coche esta tarde —sugiere mi madre—. Así veo a tu tía y a los niños, que entre unas cosas y otras, no nos vemos desde la boda.
Entre tener que comerme una hora en metro cargando con la maleta para llegar y poder ir cómodamente en coche con mis cosas en el maletero, me quedo con lo segundo sin pensármelo, de modo que asiento con la cabeza.
—Me parece genial.