El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 8.
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De pronto, suenan unos golpes en mi puerta que me despiertan al instante.

Parpadeo un par de veces, confuso. Nadie llama a mi puerta por la noche.

De hecho, nadie viene siquiera a mi habitación por la noche, no desde que Marcos se marchó.

Y eso significa que solo puede ser él. La cuestión es… ¿por qué ha venido?

—¿Sí? —susurro, con el corazón desbocado.

Oigo que la puerta se abre de forma casi imperceptible.

—Soy yo —responde Marcos, y ahora que tengo la confirmación, el corazón me da un vuelco. No sé qué hora será, pero tiene que ser tardísimo. ¿Qué está haciendo aquí ahora?

—¿Qué pasa?

—¿Podemos hablar?

El corazón se me acelera todavía más si cabe. Solo puede haber una razón por la que haya decidido venir a hablar conmigo de madrugada, ¿verdad? La chispa de esperanza vuelve a cobrar vida con fuerza en mi interior.

—Claro.

Entonces, dobla la esquina y puedo ver su silueta, prácticamente fundida por completo con la oscuridad de la habitación.

Hacía mucho tiempo que no entraba aquí, pero me siento como si este hubiera sido siempre su lugar, como si nunca debiera haberse marchado.

Con naturalidad, se acerca a mi cama y se sienta en el borde, con tanta delicadeza que el colchón ni siquiera se hunde bajo su peso. Me incorporo un poco mientras me mira.

—He estado dándole vueltas a lo que hemos hablado antes. —Por supuesto, tan solo hay una cosa a la que pueda referirse—. Y creo… creo que me lo he pensado mejor.

En este momento, mi corazón se detiene por completo.

—¿En serio? —acierto a susurrar, y él asiente con la cabeza.

—Mira, Fran, pensaba que estaba seguro de mi decisión… pero no puedo seguir así. Es que no puedo. Al estar aquí me he dado cuenta de que te quiero demasiado, de que te echo demasiado de menos como para seguir alejado de ti. De que no quiero seguir alejado de ti.

—¿Entonces…? —comienzo, pero no soy capaz de continuar.

—Quiero intentarlo —responde, y es como si mi corazón comenzara a latir por primera vez en mi vida, como si mis pulmones estuvieran llenándose de aire por primera vez—. Me da igual lo que pase… quiero intentarlo.

Trago saliva, todavía incapaz de creérmelo, mientras unas lágrimas se deslizan por mis mejillas.

Esto parece demasiado bonito para ser real, pero está sucediendo.

Marcos acerca los dedos para secarme las lágrimas, pero estoy tan concentrado en su mirada que ni siquiera soy capaz de sentirlos contra mi piel.

—¿Estás seguro? —susurro.

—Estoy seguro —responde con firmeza, y me toma la mano entre sus dedos con tanta delicadeza que apenas lo noto.

Se acerca un poco más a mí, y sé muy bien lo que pretende hacer.

Su boca se abre ligeramente, y siento esa ráfaga de emoción que ya creía olvidada, esa expectación antes de uno de sus besos.

Mis labios cubren al fin la distancia entre los suyos para besarlos, pero lo único que encuentran es el aire.

Mi mano se cierra alrededor de la nada; los dedos de Marcos han desaparecido.

Me aparto un poco, confuso, y lo miro a los ojos.

Sin embargo, ahora puedo ver en la penumbra que son completamente negros, sin iris ni pupilas que pueda distinguir.

Su boca se curva en una sonrisa cruel, una que jamás había visto en él.

—No voy a volver contigo jamás —susurra con una voz casi diabólica.

El corazón se me rompe en mil pedazos.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

—Marcos… —acierto a decir, sintiendo la humedad y el calor de las lágrimas que se deslizan por mi mejilla.

Acerco la mano para tratar de tocarle el brazo, pero él ya no está. Miro a mi alrededor, pero no lo veo por ninguna parte, como si se hubiera desvanecido en el aire.

—¡Marcos!

Entonces es cuando despierto, con el corazón acelerado y el cuerpo cubierto de un sudor frío. Las lágrimas siguen corriendo por mi cara; eso era lo único real.

Ha sido una pesadilla. Otra puta pesadilla.

Pensaba que por fin me había librado de ellas, que ya solo me quedaban los sueños bonitos con los que mi mente decidía obsequiarme de vez en cuando.

Pero, tal vez por volver a tener a Marcos tan cerca, las pesadillas han regresado.

Y después de una noche sin dormir, justo en el momento más inoportuno.

Oigo el sonido del colchón al otro lado de la pared y me pregunto si él seguirá sin poder dormir o si tan solo se está moviendo en sueños.

Miro la hora en el móvil y suelto un gruñido al ver que ya son casi las siete de la mañana.

No sé a qué hora acabó venciéndome el sueño antes de la pesadilla, pero recuerdo haber mirado el móvil pasadas las tres.

Y, para entonces, estoy casi seguro de que Marcos todavía no se había dormido.

Al igual que ahora, no había ni rastro de sus ronquidos habituales, y cada pocos minutos podía oírlo dando vueltas en la cama.

Cierro los ojos y trato de aferrarme al sueño otra vez, pero vuelvo a pasarme un buen rato incapaz de dormir.

* * *

Cuando vuelvo a despertar unas horas más tarde, estoy de mal humor después de la noche de mierda que he pasado.

Desbloqueo el móvil, entrecerrando los ojos ante la claridad de la pantalla, y reviso las notificaciones.

No actualizo mis redes sociales desde hace semanas, así que no hay nada que ver por allí, pero sí que tengo unos cuantos mensajes.

En el grupo que comparto con Álex y Alejo, este ha propuesto que quedemos los tres durante el puente, tal como hablamos ayer, y no puedo evitar sonreír al ver que Álex no tardó ni un minuto en responder.

Me apresuro a escribir que me parece bien, pero que tendré que esperar para ver cuáles son los planes con mis primos para estos días.

Los siguientes mensajes son de mis primos.

El de Vero no es más que un saludo para preguntarme si ya he hablado con mis padres sobre lo de quedarme en su casa, así que le digo que lo haré a la hora de la comida.

Pero lo que me sorprende es el mensaje de Víctor.

Aunque siempre nos hemos llevado bien, nunca hemos tenido costumbre de hablar mucho, y por lo general solo nos escribimos para felicitarnos por nuestros cumpleaños, para comentar algo sobre algún juego y poco más.

Hola primo!

Al final vas a venirte este puente?

Está conectado, así que tecleo rápidamente la respuesta.

En principio sí!

Tengo que hablar con mi madre y tal, pero no creo que haya problema

Que guay!

Jajajaja

Tienes ganas de verme o qué?

Pues si jajaj

Miro fijamente el mensaje, sonriendo. Víctor es buen chaval, pero siempre he tenido mucha más relación con su hermana. Me hace ilusión que tenga ganas de verme, la verdad.

Y yo a ti, enano

No parece que vaya a decir nada más, así que me desperezo y me obligo a salir de la cama. Aunque ya son más de las doce del mediodía, sigo estando dormidísimo, así que decido darme una ducha para despejarme.

Apenas llevo un par de minutos bajo el agua caliente cuando oigo unos golpes en la puerta, y el corazón se me acelera.

—¿Sí?

—Soy yo —responde la voz de Marcos, con una timidez poco propia de él—. ¿Puedo pasar? Me estoy meando.

Vuelvo a recordar el sueño al instante, ese momento en que me decía que se lo había pensado mejor, pero trato de obligarme a apartarlo de mi mente. Eso jamás pasará, así que tengo que aceptarlo.

Sin embargo, si dice eso es porque él también acaba de levantarse, lo que probablemente significa que debe de haber pasado una noche tan mala como yo, si no peor.

Muy a mi pesar, el corazón se me acelera todavía más ante la perspectiva de estar aquí desnudo mientras él entra en el cuarto de baño.

Pero sé que tengo que mantenerme firme. Él fue quien dijo que no quería nada conmigo, así que ahora no puede pretender que algunas cosas sigan siendo como antes.

Y eso incluye que los dos utilicemos el baño al mismo tiempo.

—No —digo simplemente.

Espero unos segundos para ver si responde, pero no lo hace.

Comienzo a sentirme mal al instante, y por un momento me planteo la posibilidad de llamarlo para ver si todavía está allí, pero no lo hago.

No puedo ceder ahora. Aun así, que no quiera que entre en el cuarto de baño mientras yo estoy dentro no significa que me guste hacerle sufrir, de modo que, en lugar de darme la ducha larga y relajante que me apetece, termino de aclararme y me apresuro a salir de la ducha.

Apenas un par de minutos más tarde, ya estoy seco, vestido y saliendo por la puerta.

Sigo sintiéndome culpable por haberme negado de una forma tan tajante, así que me apresuro a volver a mi habitación para no correr el riesgo de encontrármelo.

Cuando lo oigo entrar en el baño, voy corriendo a la cocina para coger un plátano con el que aguantar un par de horas, porque ya es demasiado tarde para desayunar en condiciones.

A continuación, vuelvo a mi cuarto y cierro la puerta, dispuesto a no salir de allí hasta la hora de la comida.

Por suerte, hoy todavía no me he cruzado con él, pero todavía falta lo peor: tener que sentarme a su lado mientras comemos en familia. Pero, si todo va bien, esta comida será la última.