7.
La tarde termina más rápido de lo que me hubiera gustado, y entonces llega el momento que tanto temía: la cena.
O, como mi madre lo llama, la noche en familia.
En su día, me había gustado la idea: pedir pizzas para cenar viendo una película todos juntos y, en mi caso, muy cerca de Marcos, los dos en el mismo sofá, tal vez hasta tapados con una manta.
Pero, ahora, la idea de tener que hacerlo no podría resultarme más horrible.
Natalia pasa por mi habitación para asegurarse de la pizza que quiero, la barbacoa de siempre, y para preguntarme si me parece bien la película que han elegido, aunque olvido el título en cuanto me lo dice.
Después, me quedo mirando Instagram hasta que oigo el timbre que indica que han llegado las pizzas.
Con un suspiro, me pongo en pie y salgo de mi cuarto.
Antonio está en la puerta de entrada, esperando a que suba el repartidor.
Paso junto a él y entro en el salón, donde ya están todos preparados.
Natalia y mi madre se encuentran en el sofá que ocupan siempre con Antonio, mientras que Marcos está en el pequeño, donde siempre nos sentábamos.
Me echa un vistazo cuando entro, pero enseguida aparta la mirada y tengo que contener las ganas de poner los ojos en blanco. Va a ser una noche divertida.
Procurando no mirarlo, me dirijo hacia el sofá y me siento todo lo lejos que puedo de él.
Hay una botella de Coca-Cola con dos vasos, así que cojo uno de ellos, lo lleno hasta arriba y me lo bebo del tirón.
Cuando Antonio vuelve con las pizzas, deja primero una caja delante de nosotros y después se va al otro sofá.
Casi lo olvidaba: Marcos y yo vamos a tener que compartir una pizza por mitades.
Con un poco de suerte, tal vez sea capaz de hacerlo sin tener que mirarlo ni una sola vez.
La película comienza, aunque lo único que recuerdo de lo que me ha contado Natalia es que es de acción.
No es mi género favorito precisamente, pero en fin, supongo que me vendrá bien para desconectar el cerebro un poco.
Trato de concentrarme en la pantalla mientras voy cogiendo los trozos de pizza uno a uno, comiéndomelos mientras procuro no mirar a Marcos, tratando de ignorar sus movimientos en mi visión periférica y la mano que aparece de forma esporádica sobre la caja de la pizza o la botella de Coca-Cola.
Tan solo me queda un trozo de pizza cuando siento una vibración en el bolsillo, y después otra más un segundo más tarde.
La película me está resultando soporífera y ni siquiera sé quiénes son ninguno de los personajes, así que me apresuro a sacar el móvil, agradecido por la distracción.
Cuando miro la pantalla, veo que he recibido dos mensajes de Alejo.
Eyyyy
Como vas tio?
Esbozo una sonrisa al leer su mensaje. Aunque no he estado con ánimos para quedar con nadie desde que Marcos me dejó, y por tanto hace varias semanas que no veo a mi mejor amigo, él siempre se acuerda de preguntarme cómo estoy.
Bueno, ahí vamos
Tirando y tal
Tú cómo estás?
Bueno, bien
Igual que siempre
Me alegro :)
Con ganas de puente?
Joder ya te digo
Te apetece que nos veamos un dia de estos?
Se te echa de menos
Pongo los ojos en blanco al leer su mensaje, aunque con una sonrisa.
¿Por qué parece que los tíos heteros piensan que van a perder su masculinidad o algo así si muestran directamente sus sentimientos?
¿Por qué no pueden decir directamente las cosas y siempre tienen que darle la vuelta a la frase para que no parezca que están diciendo lo que están diciendo?
En lugar de «te echo de menos», «se te echa de menos».
En lugar de «te quiero», «se te quiere».
Pero en fin, así es Alejo. Sé que me quiere, tanto como yo lo quiero a él, aunque nunca sea capaz de decirlo directamente.
Y, por supuesto, yo también lo echo de menos.
Pues a ver, la cosa es que a lo mejor mañana me voy a casa de Vero a pasar el puente, pero podemos mirarlo para un día de estos
A casa de Vero?
Pero no decías que iba a volver Marcos?
Ya, bueno
He hablado con él, pero digamos que no ha salido bien
Prefiero alejarme un poco y tal
Joder lo siento
Quieres hablar?
Me encantaría poder hacerlo, pero sé que ahora no es el mejor momento para ponerme a hablar de Marcos cuando lo tengo a apenas unos centímetros de distancia. Lo último que me apetece en este momento es acabar llorando en mitad del salón, con toda la familia presente.
Mejor no… prefiero contarte en persona, vale?
Vale
Si quieres que hablemos con Álex para vernos un día los tres…
No puedo evitar sonreír ante la mención a mi mejor amiga, la chica de la que Alejo está claramente enamorado desde hace ya tiempo.
Siempre busca cualquier excusa para verla, pero al mismo tiempo es absolutamente incapaz de dar el paso con ella.
Y, aunque Álex no ha mencionado nada al respecto y se le da mucho mejor ocultar sus sentimientos, algo me dice que no lo rechazaría si él se atreviera a ir más allá.
Pero ninguno de los dos va a hacer nada si no les doy un buen empujón primero, así que me parece que voy a tener que acabar interviniendo tarde o temprano.
Estaría genial
Lo hablamos estos días, vale?
Va
Y oye…
Mucho ánimo, vale?
Se te quiere
Se me escapa una carcajada sin poder evitarlo ante ese último mensaje.
Por el rabillo del ojo veo que Marcos gira la cabeza hacia mí, pero no levanto la mirada de la pantalla.
Continúo escribiendo, con los ojos clavados en el móvil, hasta que vuelve a dirigir la mirada a la tele.
Para entonces, han empezado a arderme un poco las mejillas.
Yo también te quiero
Y te prometo que no se te va a caer la polla si me lo dices directamente alguna vez
No tengo ni idea de lo que está pasando en la película, así que continúo hablando con Alejo de cosas intrascendentes mientras espero con paciencia a que termine.
Ya que estoy, aprovecho para mandar un mensaje también por el grupo de amigos de la facultad, para disculparme por haberme escaqueado de la comida una semana más.
Les explico que no estoy muy bien últimamente, pero que tengo ganas de que volvamos a hacer cosas juntos. Por suerte, se muestran comprensivos.
Cuando por fin termina la película, ya estoy medio adormilado, pero me apresuro a ponerme en pie. Antes de que Marcos se fuera, normalmente recogíamos las cosas de las comidas los dos juntos, pero hoy prefiero ahorrármelo.
—Me voy a la cama —anuncio, fingiendo un bostezo mientras voy hacia la puerta—. Estoy que me caigo.
—Buenas noches, cariño —responde mi madre.
—Descansa —añaden Natalia y su padre al unísono.
—Buenas noches —masculla Marcos, con la voz apenas audible.
—Buenas noches.
Por suerte, consigo pasar por el baño y entrar en mi habitación sin tener que cruzarme con él.
Cuando me meto en la cama y me veo invadido por su aroma, mi primer impulso es volver a levantarme para quitar las sábanas.
Después de todo, Marcos ya me ha dejado claro que no quiere nada conmigo, ¿no?
Sé que no tiene sentido que trate de aferrarme a la esperanza, pero una parte de mí insiste en que todavía necesita tiempo, en que tal vez acabe cambiando de opinión.
Así pues, me quedo donde estoy y me abrazo a la almohada con fuerza, permitiendo que su olor me inunde por completo.
Quince o veinte minutos más tarde, todavía no he conseguido dormirme cuando oigo el sonido amortiguando del colchón cediendo bajo su peso al otro lado de la pared.
Está en la cama, al igual que yo, y una sensación agridulce se revuelve en mi estómago al imaginármelo allí tumbado.
Se encuentra en la cama donde lo sentía dentro de mí, la misma cama donde me dijo por primera vez que me quería, donde tantas veces nos hemos besado.
¿Se acordará él también de esos momentos?
Sea como sea, ahora parece que esta simple pared que nos separa fuera una barrera infranqueable entre los dos.
No tardo en darme cuenta de que me va a costar mucho dormir esta noche.
En general, abrazarme a la almohada mientras su olor me envolvía me servía para calmarme, para engañar a mi cerebro y hacerle creer que estaba con él hasta que llegara el sueño.
Pero ahora soy demasiado consciente de la realidad, de que Marcos se encuentra al otro lado; el Marcos de verdad, no el de mi imaginación.
Recuerdo que él nunca tardaba más de unos minutos en quedarse dormido, así que me pregunto si oírlo me ayudará con el autoengaño, si será una capa más en la fantasía que me acompaña todas las noches.
Pero, para mi sorpresa, el tiempo pasa y los ronquidos no llegan.
Por el contrario, cada pocos minutos oigo el sonido de su colchón cuando Marcos se mueve, y no me cuesta demasiado adivinar lo que pasa: está dando vueltas en la cama.
Cuando miro el móvil, compruebo que ya ha transcurrido casi una hora desde que se acostó.
Eso no es nada propio de él, jamás tarda tanto en quedarse dormido.
Está claro que no soy el único con problemas para conciliar el sueño esta noche.