El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 4.
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Decir que estoy nervioso sería el mayor eufemismo de la historia.

Después de una noche sin apenas ser capaz de dormir, me he despertado histérico y de los nervios, y así he continuado durante toda la mañana mientras soportaba pacientemente las interminables horas de clases en la facultad.

Pero, por fin, ya ha llegado el momento de marcharnos.

Antes de que terminara la última hora, le pedí a Álex que nos fuéramos a comer los dos solos en lugar de quedarnos con nuestros amigos de la facultad, tal como tenemos costumbre de hacer los viernes.

Ella no ha puesto ninguna objeción; después de todo, llevo toda la mañana rarísimo y me he negado a soltar prenda.

Sabía que, si le contaba lo que había pasado, correría el peligro de desmoronarme, de que se derrumbara esa fachada protectora que tengo que levantar todas las mañanas para ser capaz de ir a clase.

Y ella es mi mejor amiga, así que lo ha comprendido sin hacer demasiadas preguntas.

Al menos, hasta ahora.

—¿Me lo vas a contar ya o qué? —me pregunta mientras nos alejamos de la facultad.

Miro a mi alrededor para asegurarnos de que no haya nadie cerca que puedo oírnos, y entonces suelto un suspiro antes de responder. Sé que no puedo seguir retrasándolo, y también sé que necesito contárselo.

—Hoy va a volver Marcos a casa —digo sin rodeos, y ella se queda con los ojos como platos, claramente impactada.

Abre la boca para decir algo, pero yo continúo hablando antes de que pueda hacerlo—.

Temporalmente. Solo va a quedarse durante el puente porque sus tíos ya tenían planes y tal, pero después se volverá a marchar con ellos.

—Joder —dice, y entonces se queda unos segundos en silencio, como procesando la información—. ¿Cómo estás?

—¿Sinceramente? No lo sé, la verdad. Es raro.

—Uf, normal. ¿Qué vas a hacer?

—¿Qué quieres que haga? —Me encojo de hombros—. Sabes que yo no tengo ni voz ni voto en todo esto.

—Ya, eso está claro. Pero… ¿qué vas a hacer con él?

Yo también he estado preguntándome eso a mí mismo desde ayer. ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo va a actuar Marcos? No va a volver a casa por mí; eso lo tengo claro. Ni siquiera ha sido su decisión. Tan solo vuelve por el puente, nada más; su propio padre lo ha dicho. Y, aun así…

—Voy a intentar hablar con él. Ya han pasado casi dos semanas.

—Concretamente, doce días, pero no quiero ser tan patético como para darle la cifra exacta—.

He tenido mucho tiempo para pensar, y seguro que él también.

Cuando hablamos ese día estábamos los dos muy nerviosos, pero a lo mejor ahora podemos hablar más tranquilos. A lo mejor ahora podemos arreglarlo.

Es una esperanza absurda, pero ahí está de todos modos, muy a mi pesar.

—Bueno… Quién sabe.

No lo dice, pero lo capto en su tono: esa esperanza que albergo es absurda, y yo mismo soy consciente de ello.

En lugar de ir al restaurante italiano al que solemos ir con nuestros compañeros de clase, optamos por una hamburguesería barata.

Mejor: así, tendremos que esperar menos para que nos sirvan la comida, y también tardaremos menos en comérnosla.

Y, de ese modo, podré volver antes a casa.

Llevo todo el día deseando hacerlo, deseando volver a ver a Marcos, pero sería un amigo de mierda si dejara tirada a Álex para ir a ver al chico que cortó conmigo y ni siquiera ha dado muestras de tener algún interés por verme o hablar conmigo en doce días.

Bastante mal me siento ya por haber huido de los demás otra vez, pero sé que no sería capaz de enfrentarme a todos al mismo tiempo.

Lo bueno de Álex es que valora el silencio tanto como yo.

No tiene miedo a sus pensamientos, no necesita llenar cada segundo de una cháchara interminable, no se siente incómoda cuando estamos juntos sin hablar.

Ahora mismo, lo único que necesito es su compañía, nada más, y ella está dispuesta a darme exactamente eso.

Así pues, comemos los dos en silencio, compartiendo el momento.

—Por cierto —dice al cabo de un rato, cuando ya nos estamos tomando los helados baratos que hemos pedido de postre—. Estos están bastante preocupados.

Hago una mueca; no necesito que me aclare a quiénes se refiere: The Girls & the Gays, nuestros compañeros de clase más cercanos, los mismos con los que solemos ir a comer los viernes después de clase.

No son tan íntimos como Álex, pero siguen siendo muy buenos amigos, y soy consciente de que últimamente no me he portado muy bien con ellos.

Las semanas previas a la boda estuve bastante amargado por el tema y por la mudanza, y después del viaje, estaba demasiado obsesionado con Marcos como para hacer mucho caso a la conversación cada vez que estaba con ellos.

La semana pasada no me presenté a la comida, aunque le dije a Álex que se fuera con ellos.

Por un lado, porque me sentía mal si se quedaba sin comer con ellos por mi culpa.

Y, por otro, porque prefería estar solo, así que aproveché para dar vueltas por ahí, escuchando música antes de volver a casa.

No me di cuenta de que no había comido siquiera hasta que llegó la hora de la cena, pero incluso entonces me costó probar bocado.

Todavía estaba todo demasiado reciente, aunque últimamente he vuelto a recuperar un poco el apetito.

—Hablaré con ellos —digo al fin.

—¿Seguro?

—Te lo prometo.

—Así me gusta —responde, y me dirige una enorme sonrisa antes de terminarse el helado.

Yo no tardo en terminármelo también, y entonces recogemos las bandejas para marcharnos. Álex sabe que estoy deseando llegar a casa, así que vamos directamente a la estación de metro. Una vez allí, nos despedimos con un abrazo antes de ir cada uno a nuestro andén.

—Buena suerte —susurra junto a mi oído, apretándome con fuerza.

—Gracias.

Durante el trayecto, me dedico a ver stories en Instagram, y uno de ellos me llama la atención.

Es de Darío, mi cantante favorito. Según cuenta, unos amigos suyos van a estrenar una obra de teatro de temática LGBTIQ+ a mediados de enero, y él se ha encargado de componer la música y la canción principal.

Va a hacer una pequeña actuación el día del estreno, y está sorteando entradas con Meet & Greet incluido para conocerlos a él y al resto del equipo.

Para participar solo hay que dejar un comentario en una publicación mencionando a alguien, así que escribo varios comentarios mencionando a Álex, Vero y un par de amigos del grupo.

Ya hay más de cien participantes en apenas una hora y sé que es imposible que me toque, pero la esperanza es lo último que se pierde.

Por desgracia, la distracción no dura demasiado.

Enseguida, el pensamiento de que estoy muy cerca de volver a ver a Marcos comienza a dar vueltas por mi mente otra vez.

¿Cómo va a ser el momento? ¿Incómodo, doloroso, tal vez alegre?

¿Me ignorará como si todo lo que pasó entre nosotros jamás hubiera ocurrido?

¿Me saludará como si nada? Y, si lo hace, ¿será con un simple «hola», o tal vez me dará un abrazo?

¿Y cómo reaccionaré yo si realmente me abrazara?

¿Seré capaz de aguantar sin lanzarme a sus labios, o incluso sin romper a llorar?

No quiero hacerme ilusiones, no quiero alimentar esa esperanza, pero, mientras camino hacia casa después de salir del metro, no puedo evitar pensarlo…

¿y si ha cambiado de opinión? ¿Y si estas semanas lejos le han servido para pensárselo mejor, y si volver a estar en casa hace que quiera que todo vuelva a ser como antes?

Pero no. Mientras subo en el ascensor me recuerdo que no puedo permitirme tener esperanzas, porque, si lo hago, el inevitable golpe será todavía más fuerte.

Las puertas se abren y salgo del ascensor, pero no avanzo. Me doy cuenta de que tengo el corazón acelerado, así que respiro hondo unas cuantas veces para tratar de tranquilizarme un poco.

Entonces, saco las llaves para abrir la puerta y trago saliva, preparándome para lo que voy a encontrarme al otro lado.

Preparándome para volver a ver a Marcos.