3.
Me quedo en silencio durante unos segundos, sin saber cómo reaccionar mientras miles de pensamientos pasan por mi cabeza, todos al mismo tiempo.
¿De verdad va a volver a casa? ¿Será que se ha replanteado su decisión?
Aunque no puede ser eso, ¿verdad? Si fuera así, me lo habría dicho, pero no me ha vuelto a escribir desde que se marchó.
Sin embargo, también es posible que quiera hablarlo en persona, ¿verdad?
A lo mejor es eso, a lo mejor prefiere esperar a que estemos juntos para hablar del tema.
Una pequeña chispa de esperanza se enciende dentro de mi pecho, muy a mi pesar.
No sé qué decir. Por suerte, es Natalia quien rompe el silencio por mí.
—¿En serio? —pregunta con una amplia sonrisa, y su padre asiente con la cabeza—. ¿Y eso?
—Tus tíos ya tenían sus planes para el puente, y lógicamente no les hacía mucha gracia dejar a tu hermano solo en su casa —le explica Antonio—.
Además, Marcos solo quería irse con ellos para estar cerca de la facultad, así que no tiene sentido que se quede allí durante el puente. Van a ser muchos días.
Hago una mueca disimulada; esa no es la verdadera razón por la que Marcos quería marcharse, pero su padre no lo sabe. Trato de reprimir un suspiro de resignación mientras la esperanza se apaga en mi interior; por suerte, no he permitido que crezca demasiado.
—Entonces, ¿solo va a venir para el puente?
Su sonrisa flaquea ligeramente; está claro que esa parte no le hace tanta gracia.
—Pues sí, pero es un puente largo… el día seis cae en martes y el ocho en jueves, así que no tenéis clase hasta el viernes. Por eso mi hermana y su marido se van de viaje.
Asiento con la cabeza, sin saber muy bien qué decir.
Mi madre me mira con una expresión extraña que apenas logra disimular cuando le devuelvo la mirada, pero no me cuesta imaginarme la razón.
Tanto ella como los demás piensan que Marcos y yo nos hicimos inseparables durante el viaje a Canarias, así que supongo que se esperaba una respuesta mucho más entusiasta por mi parte.
—Qué bien —digo, obligándome a sonreír.
—¿Verdad que sí? —responde ella, sonriendo también—. Podemos recuperar las noches de cine.
Preferiría pegarme un tiro en los cojones antes que tener que pasarme una hora y media o dos sentado junto a Marcos tal como están las cosas, pero eso no se lo voy a decir.
La semana pasada no vimos ninguna película juntos porque utilicé la excusa de que me encontraba mal (de hecho, ni siquiera era mentira), aunque la realidad es que la idea de estar en el sofá yo solo me resultaba casi tan horrible como la idea de tener que compartirlo con él ahora que no quiere estar conmigo, pero sé que a mi madre le hace ilusión la idea.
—Sí —respondo, con la voz falsamente animada—. Estaría bien.
Aquella primera y única noche de cine en familia con Marcos fue muy especial.
Podíamos estar los dos juntos en el sofá, bien pegados y tapados con la manta utilizando el frío como pretexto, acariciándonos sutilmente y casi abrazándonos sin que nadie sospechara nada.
Fue bonito, y entonces tenía la esperanza de que aquello se convirtiera en una rutina que se repitiera todas las semanas.
Pero, tan solo una semana más tarde, las cosas habían cambiado por completo.
Marcos dijo que le dolía el estómago para excusarse, y eso mismo fue lo que dije yo una semana más tarde, cuando él ya no estaba.
Ahora sería poco creíble que cualquiera de los dos volviera a inventarse algo parecido, pero la idea de tener que pasar dos horas en el sofá junto a él sin poder tocarlo cuando eso es lo que más querría en el mundo me parece una tortura.
No digo gran cosa durante el resto de la cena, distraído con mis propios pensamientos mientras los demás proponen planes para hacer en familia durante el puente.
Cuando terminamos, Natalia y yo nos encargamos de recoger, tal como hemos estado haciendo estos últimos días.
No hemos hablado demasiado, pero sí que intercambiamos algunas palabras de vez en cuando.
De algún modo, eso ayuda a mitigar un poco la ausencia de Marcos.
—¿Estás contento? —me pregunta de repente mientras tira los restos a la basura y yo voy metiendo los platos en el lavavajillas.
Pestañeo un par de veces, sorprendido.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Por la vuelta de Marcos.
Una punzada de pánico me atraviesa el estómago. Es imposible que sepa lo que había entre nosotros, ¿verdad? Por si acaso, decido optar por disimular.
—¿A qué te refieres?
—Venga ya, Fran. Yo también lo echo de menos.
Trago saliva. ¿Tan evidente he sido o qué?
—¿Quién ha dicho que lo eche de menos?
Ella me mira y levanta una ceja antes de seguir con lo suyo.
—Vamos a ver, que os volvisteis inseparables durante el viaje. Y a la vuelta estabais todo el día juntos, yendo al cine y de todo. Es normal que estés triste porque se haya ido.
—Ya, bueno. Supongo.
Ya ha terminado de tirar los restos a la basura, pero me mira fijamente en vez de marcharse. Yo disimulo mientras sigo metiéndolo todo en el lavavajillas.
—Os habéis peleado, ¿verdad? —me pregunta, sorprendiéndome una vez más con su perspicacia.
—¿Por qué lo dices?
—Estabais muy raros antes de que se fuera. Pensé que habíais discutido, y como después se fue tan de repente…
—Ya, bueno. —Me encojo de hombros, tratando de encontrar la mejor forma de poner fin a la conversación—. Mira, no quiero ser borde ni nada, ¿pero te importa si dejamos el tema?
Me parece ver un atisbo de dolor en su rostro, pero entonces se recompone y se aparta el largo pelo castaño de la cara.
—Claro. No te preocupes.
—Gracias.
Ella sonríe levemente y se dirige a la puerta mientras yo abro el armario bajo el fregadero para sacar las pastillas del lavavajillas, pero entonces veo por el rabillo del ojo que se detiene.
—Oye, Fran.
—Dime.
—¿Quieres un abrazo?
Tardo unos instantes en responder mientras meto la pastilla en su compartimento y pongo en marcha el lavavajillas. Siento un nudo en la garganta, pero me esfuerzo por tragármelo.
—Vale.
Entonces, se acerca a mí y me rodea con los brazos.
No es la primera vez que nos abrazamos, pero sí que es la primera vez que lo hacemos estando los dos solos…
es decir, sin Marcos. Y, aunque desde que la conozco siempre la he considerado un poco cría y tampoco tengo con ella la confianza suficiente como para hablar de estas cosas, ahora mismo me siento inmensamente agradecido por el gesto.
—No te preocupes —me dice con voz animada cuando nos separamos—. Sea lo que sea, seguro que lo solucionáis.
No tengo fuerzas para contestar y el nudo de mi garganta no ha llegado a desaparecer del todo, así que asiento con la cabeza y trato de forzar una sonrisa hasta que se marcha.
Entonces voy al salón para despedirme de mi madre y Antonio, que están viendo algo en la tele.
Vuelvo a utilizar la excusa de que quiero irme a dormir temprano, aunque hace diez días que eso no ocurre, por mucho sueño que tenga.
Una vez en mi habitación después de pasar por el baño, me meto en la cama y me abrazo a la almohada, dejando que me invada el olor de Marcos. Pero, por supuesto, sé que no voy a poder dormir. La noticia de su regreso no hace más que dar vueltats por mi mente una y otra vez.
Va a estar aquí casi una semana entera; desde el viernes por la tarde hasta supongo que el jueves por la tarde o por la noche, que será cuando vuelva a casa de sus tíos.
Trago saliva. Sé que no puedo hacerme ilusiones; Antonio ya ha dicho que solo va a venir por el puente.
Sin embargo, vamos a volver a estar bajo el mismo techo.
Volverá a ser el chico de la habitación de al lado.
Durante seis noches, volveremos a dormir pared con pared.
Muy a mi pesar, esa chispa de esperanza vuelve a encenderse tímidamente en mi interior.
Al fin y al cabo, así fue como empezó a surgir eso que había entre nosotros: con la convivencia, el roce, el contacto continuado.
Y también estaba la innegable influencia de nuestras hormonas, claro.
Pero lo que empezó como un desahogo sexual acabó creciendo de una forma que ninguno de los dos habríamos podido imaginar, hasta convertirse en algo a lo que no soy capaz de renunciar.
¿Y si todavía hay una posibilidad de que podamos retomar lo que había entre nosotros?
¿Y si estos días volviendo a vivir juntos sirven para que Marcos se replantee su decisión, para que decida regresar a casa de forma definitiva, para que le dé otra oportunidad a lo nuestro?
Me da miedo pensarlo porque sé que, si no pasa, la hostia será aún mayor.
Sin embargo, esa esperanza no parece estar dispuesta a desaparecer por mucho que trate de ignorarla.
Suelto un suspiro. No sé lo que pasará estos días, pero hay una cosa que está clara: mañana volveremos a vernos.
Y no sé si eso es bueno o malo.