El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 2.
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El jueves es el peor día, pero también es el mejor.

Es el peor porque llego una hora antes a casa y no puedo evitar recordar esos escasos jueves que pasamos juntos y a solas, cuando teníamos una hora para dar rienda suelta a lo que sentíamos, a todo lo que estaba creciendo entre nosotros.

No puedo evitar sentirme estúpido, la verdad.

Antes de que pasara lo que pasó, habíamos acordado que el jueves sería «nuestro día».

Sin embargo, tan solo tuvimos dos de ellos, y fue precisamente en el segundo de «nuestros días» cuando todo se torció.

La oleada de recuerdos agridulces que me invade desde que me despierto por la mañana es tan intensa que me siento como si estuviera ahogándome, incapaz de salir a la superficie, así que sí, es el peor día.

Pero los jueves también son el mejor día porque puedo entrar en su habitación cuando llego a casa, y eso es como estar un poco más cerca de él.

No registro sus cosas; jamás haría eso. No, en realidad, lo único que hago es mirarlas y, a veces, rozar algunas de ellas con los dedos.

Lo que sí me permito hacer es abrir las puertas de su armario, aunque sin mirar dentro de los cajones.

Tan solo se ha llevado una maleta, así que gran parte de su ropa todavía sigue aquí.

Miro sus prendas una por una, tratando de visualizar a Marcos con cada una de ellas.

A veces sonrío al recordar algún momento concreto en que lo viera con alguna de las prendas, pero en otras ocasiones, se me escapa una lágrima al ver una camiseta o una sudadera que evoca un beso, un abrazo o una caricia que ahora están demasiado lejos.

Pero, sobre todo, lo que hago es mirar lo que hay en la habitación, en esta habitación vacía donde tanto pesa su ausencia ahora que se ha ido.

Durante estos días me he dado cuenta de lo poco que lo conocía en realidad, a pesar de todo.

Lo que había entre nosotros creció tanto y con tanta rapidez en tan poco tiempo que, entre que los dos teníamos que ir a clase y que teníamos que ocultárselo a nuestra familia, no llegamos a mantener demasiadas conversaciones profundas.

Ver su personalidad entre estas cuatro paredes me permite conocerlo un poco mejor, aunque no logra sofocar el dolor intenso de que ya no esté.

Dejo que transcurran los minutos mientras observo los fragmentos de su vida, esas cosas que formaban parte de él y que no pude llegar a conocer bien antes de que fuera demasiado tarde.

Me siento sobre su cama, sin sábanas desde que él las quitó antes de irse, aunque yo me las apropié para llevármelas a mi habitación, para que no se perdiera su olor.

Miro a mi alrededor y no puedo evitar pensar en los momentos que pasamos aquí.

Fueron escasos porque casi siempre dormíamos juntos en mi habitación, pero todos ellos fueron únicos.

Aquí fue precisamente donde pasamos esos dos jueves, aprovechando que su cama es más grande que la mía.

Aquí fue donde lo llenó todo de velas para darme una sorpresa.

Aquí fue donde me dijo que me quería por primera vez.

Cuando me quiero dar cuenta, tengo los ojos llenos de lágrimas. Pero ya casi se ha terminado el tiempo que tengo aquí a solas, de modo que me apresuro a secármelas con el dorso de la mano y me pongo en pie para marcharme.

Me doy cuenta de que una esquina del póster de Spider-Man que hay encima del cabecero se ha despegado de la pared, como un sutil recordatorio de su ausencia, pero no lo coloco bien.

No sé si Natalia, su padre o incluso mi madre habrán entrado en algún momento, así que no quiero arriesgarme a que se den cuenta de que he estado aquí.

Tendría que dar demasiadas explicaciones, y todo esto ha ocurrido precisamente para no tener que dar explicaciones de nada.

Así pues, no lo toco, sino que me marcho y cierro la puerta detrás de mí.

Una vez en mi habitación, hago lo mismo que llevo haciendo desde hace once días: abrir la galería del móvil y buscar la foto con Marcos, la única que tenemos de los dos juntos.

Nos la hicimos durante el viaje a Canarias, y él consiguió hacerme reír justo en el momento de sacar la foto, lo que hace que mi cara en la pantalla muestre una felicidad que estoy muy lejos de sentir ahora mismo.

El Fran de la foto parece casi un desconocido, así que paso a las fotos anteriores, las que le saqué yo a Marcos.

Cuando me pidió que se las hiciera, yo no sabía que serían uno de los pocos recuerdos de él a los que me aferraría apenas un mes más tarde, pero aquí estamos.

No puedo evitar que me invada la nostalgia al recordar ese momento, esos primeros días en los que estaba comenzando a surgir esa complicidad entre nosotros que no comprendíamos del todo, aunque ninguno de los dos podíamos imaginar hasta dónde nos acabaría llevando.

Ni, por supuesto, cómo acabaría terminando todo.

* * *

El resto de la tarde transcurre con la monotonía habitual.

Durante la primera semana, no era capaz de concentrarme en nada y me permití llorar a gusto y desahogarme cuando lo necesitaba, pero ahora tengo que obligarme a ponerme las pilas con los estudios.

Y eso significa empezar a estudiar en serio, aunque sea lo último que querría hacer en estos momentos.

Al llegar la hora de la cena después de una tarde interminable, me siento dividido.

Por un lado, agradezco la oportunidad de poder parar de estudiar un rato.

Pero, por otro, no quiero tener que enfrentarme a la cena.

Me deja agotado tratar de aparentar normalidad cuando, en realidad, me siento como si me estuviera muriendo por dentro.

Y tener que hacerlo dos veces al día es prácticamente insoportable.

Sin embargo, cuando me siento hoy a la mesa mientras trato de ignorar la ausencia de Marcos a mi lado, me doy cuenta de que Antonio no tiene la cara de tristeza habitual, la misma que tenía hace apenas unas horas durante la comida.

De hecho, hasta lo veo sonreír un par de veces mientras comenzamos a comer.

—Pareces más contento esta noche —señalo, forzándome a sacar conversación tal como siempre hago.

Él mira a mi madre con una sonrisa y asiente con la cabeza antes de contestar.

—Pues sí, la verdad. Tengo una buena noticia.

Está claro que ella ya lo sabe, porque también sonríe. Natalia me dirige una breve mirada, extrañada.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—Mañana va a venir Marcos —responde su padre.