El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 1.
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El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2)

El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2)

Por Mike Lightwood

© inepub.com

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Solo hay una cosa peor que el hecho de que tu madre se eche novio: que, un año después, la cosa vaya tan bien que tomen la decisión de casarse y de que vivamos con sus hijos todos juntitos, como si fuéramos una gran familia feliz.

Que te enamores irremediablemente de tu nuevo hermanastro y que, después de unas breves semanas de felicidad, este decida cortarlo todo por lo sano porque sabe que la familia jamás lo aceptaría.

Ya han pasado diez días desde que se fue.

Diez días sin sus ojos ni su sonrisa, sin poder escuchar su voz más allá de los pocos audios que tengo en el móvil.

Diez días sin nuestras caricias disimuladas en cualquier momento posible, sin nuestras piernas entrecruzadas mientras comíamos.

Diez días sin aprovechar para besarnos cada vez que no había nadie delante, con un ansia que pocas veces he sentido.

Diez días sin nuestros encuentros sexuales a escondidas, sin todos los momentos que robábamos cada día para nosotros. Diez días sin dormir abrazados.

Diez días sin Marcos, sin la persona que siempre lograba hacerme sonreír, sin el chico de la habitación de al lado.

En cualquier otro contexto, puede que diez días no parezcan demasiados.

Pero, cuando ya me había acostumbrado a vivir con él, a que fuera una constante en mi vida, a que su presencia en casa estuviera patente desde que me levantaba hasta que me acostaba…

En fin, estos diez días han sido como diez eternidades.

Suelto un suspiro. Durante estos diez días infinitos he tenido mucho tiempo para pensar, y eso me ha hecho darme cuenta de algo: nuestro tiempo juntos fue muy breve.

Demasiado breve. Terriblemente breve. Debo de ser masoquista o algo así, porque he apuntado en un cuaderno todos los hitos de nuestra relación y no puedo evitar leerlo cuando peor estoy, tal vez para tratar de aferrarme a algo, o para convencerme de que todo fue real.

Nuestra primera noche juntos en el hotel de Gran Canaria fue el 28 de octubre, un viernes.

Durante cinco noches, nuestra relación fue avanzando a pasos agigantados, de forma surrealista pero al mismo tiempo muy real.

Al principio no era más que sexo, un desahogo para los dos, pero, cuando el viaje llegó a su fin, todo había cambiado por completo entre nosotros.

El miércoles 2 de noviembre volvimos a casa, y el sábado fue la primera noche que dormimos abrazados.

Al día siguiente me llevó a un hotel para que pudiéramos estar solos y me besó por primera vez, y ese es el día que considero como el principio oficial de nuestra relación: el 6 de noviembre.

Los días fueron pasando mientras lo que había entre los dos iba creciendo cada vez más y nosotros se lo escondíamos a la familia, hasta que al fin, el 14 de noviembre, me dijo que me quería.

Tendría que haberme dado cuenta de que era demasiado pronto para ser real.

Era un lunes, y esa fue también la misma semana que se terminó todo.

Las cosas se torcieron después de que mi madre estuviera a punto de pillarnos el jueves, hasta que el domingo 20 Marcos decidió marcharse de casa.

Tan solo dos semanas después de nuestro primer beso.

Así de breve fue lo que había entre nosotros.

Ahora estamos a día 30, miércoles, y parece mentira que ya haya pasado más de la mitad del tiempo que tuvimos juntos.

¿Cómo es posible que esas dos semanas se me hicieran tan imposiblemente cortas y estos diez días se me hayan hecho tan insoportablemente largos?

¿Cómo voy a ser capaz de seguir adelante sin Marcos cuando absolutamente todo lo que hay en esta puta casa me recuerda a él?

Como cantaba Leire, qué corto fue el amor y qué largo el olvido.

Por supuesto, no soy el único que siente su ausencia aquí.

El ambiente de la casa ha cambiado de forma considerable, como si su marcha hubiera dejado un vacío imposible de llenar, además del que ha dejado en mi corazón.

Ya no suena música desde su habitación. Las comidas y las cenas son mucho más silenciosas, como si ninguno de los que quedamos aquí supiera qué decir ahora que la familia se ha roto, aunque nadie sabe todavía hasta qué punto.

La televisión está siempre encendida en cualquier canal, como si nuestros padres quisieran que ese rumor de fondo le diera un poco de vida a la casa, pero suena artificial y forzada.

Y, sobre todo, el cuarto de baño está siempre vacío.

Nunca pensé que echaría de menos tenerlo a él ocupándolo cuando necesitaba entrar, pero aquí estoy.

Es especialmente duro por las mañanas, cuando me despierto y la realidad me golpea con una fuerza arrolladora.

Es en esos momentos cuando me meto en la ducha y, a salvo bajo el agua, me permito desahogarme de verdad, llorar, dar rienda suelta a mis sentimientos.

Lloro hasta quedarme sin lágrimas, o hasta que se gasta el agua caliente, que suele ser lo primero que ocurre. Solo entonces salgo de la ducha.

Pero lo peor, con diferencia, es tener que hacer como si nada.

Nuestros padres y Natalia no sabían nada sobre nuestra relación, y ellos han sido precisamente la razón por la que se terminó.

No puedo permitir que se enteren ahora; no después de que Marcos se haya ido de casa para proteger a nuestra familia.

Así pues, me esfuerzo al máximo por intentar que no se me note.

No es tarea fácil, y todavía no he sido capaz de sonreír ni una sola vez, pero ellos tampoco lo hacen.

Por suerte, puedo pasarme casi todo el día encerrado en mi habitación con la excusa de que tengo que estudiar, lo cual es cierto. Otra cosa es que lo consiga.

Durante las comidas, apenas soy capaz de probar bocado con la silla de Marcos dolorosamente vacía a mi lado, pero me obligo a hacerlo, aunque apenas tenga fuerzas para participar en la conversación.

Sin embargo, sé que los demás también lo están pasando mal, especialmente Antonio, así que hago el esfuerzo y trato de hablar, de responder a sus preguntas y sacar temas de conversación cuando nos quedamos en silencio.

Aun así, nunca he sido muy buen actor, y sé que ellos también se dan cuenta de mi tristeza.

Con un poco de suerte, tal vez pensarán que lo echo de menos por razones muy diferentes; al fin y al cabo, Marcos y yo habíamos empezado a pasar mucho tiempo juntos también delante de ellos.

Nuestros padres pensaban que habíamos hecho buenas migas después de habernos visto obligados a compartir habitación en el hotel y que nos habíamos vuelto inseparables, pero no sabían hasta qué punto.

Después de comer siempre estoy totalmente agotado por el esfuerzo, así que les doy las buenas noches y me encierro en mi cuarto.

Cierro el pestillo, porque ahora es cuando más vulnerable soy y no puedo permitir que nadie me encuentre en este estado, y me voy directamente a la cama.

La colcha es mía, pero por debajo están sus sábanas, las que quité de su cama el día que se marchó.

Me meto entre ellas y, por fin, rompo a llorar otra vez, abrazado a la almohada e invadido por su aroma.

Esto es lo más cerca que puedo estar de él, pero al mismo tiempo, el dolor es tan intenso que me resulta abrumador.

Soy consciente de que estuvimos muy poco tiempo juntos.

De que ni siquiera tuvimos ocasión de llegar a conocernos bien.

De que su marcha no tendría que haberme afectado tanto.

Tan solo fueron dos semanas de relación, joder.

Dos putas semanas. Pero, a pesar de ello, lo que había entre nosotros era tan intenso y se desarrolló con tanta rapidez que es como si me hubiera quedado vacío por dentro ahora que todo ha desaparecido de golpe.

Y así, respirando su olor como todas las noches, lloro hasta quedarme dormido.