El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 5.
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Por suerte o por desgracia, o tal vez ambas cosas a la vez, Marcos no está en el salón cuando entro.

Antonio y mi madre están viendo algo en el sofá, mientras que Natalia está tirada en el suelo haciendo los deberes, tal como suele hacer. Los tres levantan la mirada al verme.

—¡Hola, cariño! —me saluda mi madre—. Qué pronto has vuelto hoy.

—Sí, es que estaba cansado —respondo; ya había pensado la excusa de antemano. Pero necesito saber si Marcos ha llegado ya a casa, aunque no quiero levantar sospechas—. ¿Qué tal la comida? —pregunto para probar suerte.

—Pescado hervido —dice Natalia con una mueca—. Te has librado.

—El pescado hervido está rico —replico entre risas.

—Ya, bueno. Menuda forma de recibir a Marcos.

Bingo. Está en casa.

—Tu hermano decidió irse por voluntad propia —le recuerda su padre—. No vamos a hacerle una fiesta solo porque haya tenido que volver.

Pero estoy empezando a conocerlo, y es evidente por su expresión que le hace feliz volver a tener a su hijo en casa. Siento una punzada de culpa; a fin de cuentas, he sido yo quien le ha arrebatado eso. Aunque él no lo sabe, claro. Y menos mal.

—Hoy cenas aquí, ¿verdad? —me pregunta mi madre.

—Sí. ¿Por?

—Hemos pensado que podríamos hacer noche en familia viendo una película. ¿Qué te parece?

—¿No era los sábados?

—Sí, pero llevamos mucho tiempo sin estar todos juntos en casa —dice ella—. Así recuperamos el tiempo perdido.

Trago saliva. Ya había dado por hecho que el momento de la cena iba a ser muy incómodo entre Marcos y yo, pero si encima vamos a tener que ver una película juntos, los dos en el sofá…

Sin embargo, mi madre y Antonio parecen tan contentos que no puedo fastidiárselo.

No después de haber sido yo quien ha separado a la familia.

—Vale —respondo, tratando de fingir una sonrisa—. Genial.

Y, sin más, me dirijo hacia mi habitación.

Me detengo brevemente al llegar al pasillo, desde donde veo que la puerta de Marcos está cerrada.

Antes casi nunca la cerraba. Trago saliva, preguntándome qué hacer.

¿Debería llamar a la puerta? ¿O tal vez sería mejor esperar a ver si es él quien quiere ir a hablar conmigo?

Sé que lo más racional sería lo segundo, pero no puedo evitarlo: tengo demasiadas ganas de verlo, de volver a oírlo.

Y, antes de poder pararme siquiera a pensármelo mejor, ya estoy llamando a su puerta.

—¿Sí?

Su voz amortiguada desde dentro me provoca un escalofrío.

Es la primera vez que escucho esa voz desde hace doce días, al menos en persona.

Tenía unos pocos audios suyos en el móvil, así que los he estado escuchando en bucle desde que se fue, una pequeña cosa más a la que aferrarme en su ausencia. Patético, ya lo sé.

—Soy yo —respondo. Transcurre un largo momento, pero no dice nada—. ¿Puedo pasar?

Hay otro prolongado silencio, y estoy empezando a pensar que me está ignorando cuando de repente…

—Pasa.

El corazón me late con fuerza mientras abro la puerta y entro en la habitación. Ayer mismo estuve aquí dentro, pero hoy todo parece diferente. Hay una maleta en el suelo, y las puertas del armario están abiertas de par en par. Y, sobre todo, está Marcos.

Verlo hace que me tiemble el corazón dentro del pecho. Esos ojos castaños observándome con curiosidad, esos rizos que tanto anhelo acariciar. Me doy cuenta de que ahora tiene algo más de barba que antes; está un poco dejado. Pero sigue siendo Marcos. Mi Marcos.

Solo que ya no es mi Marcos.

Noto una sensación extraña en el estómago, y el impulso de abalanzarme hacia él y rodearlo con los brazos casi es demasiado fuerte como para poder controlarlo. Pero, de alguna manera, consigo hacerlo.

—Ey —digo con voz débil.

—Ey.

El silencio se extiende entre nosotros, pero no es de esos silencios agradables que compartíamos de vez en cuando antes de que se marchara. Este es un silencio tenso, lleno de sentimientos reprimidos y cosas sin decir.

—¿Cómo estás? —pregunto cuando ya no soy capaz de seguir soportándolo más.

Se encoge de hombros.

—Bien. ¿Y tú?

—Bien —miento.

Otro silencio incómodo. Los dos desviamos la mirada; es evidente que ninguno de los dos soportamos seguir mirándonos. ¿De verdad es posible que hace poco más de dos semanas no pudiéramos aguantar sin comernos a besos? ¿De verdad ha olvidado todo lo que hemos compartido?

—¿Querías algo, o…? —comienza, aunque deja la pregunta inconclusa.

—Sí, bueno. Era para ver si podíamos hablar.

—¿De qué?

—A ver, ya sabes —respondo, bajando la voz—. De lo del otro día.

Marcos suelta un suspiro.

—Fran, eso ya lo hemos hablado.

—Entonces, ¿no has cambiado de opinión?

Me da la impresión de que titubea durante unos segundos antes de responder. Pero, cuando lo hace, su voz suena firme.

—No.

La palabra es como un bofetón, pero no me rindo.

—¿No podemos hablarlo?

—Fran, por favor. No me lo pongas… no nos lo pongas más difícil. Ya te dije lo que pensaba.

—¿Y qué hay de lo que pienso yo? —pregunto, con unas lágrimas traicioneras en los ojos que no soy capaz de contener—. ¿Es que eso no importa o qué?

Entones me mira, y puedo ver en su expresión que no le gusta verme así. Eso tiene que ser bueno, ¿verdad?

—Claro que importa —susurra—. Pero no tenemos otra opción. Ya te dije que pensaba que esto era lo mejor, y lo sigo pensando. Y sé que en el fondo tú también lo sabes.

Pero no, yo no puedo pensar eso. Me niego a pensarlo. Y, a pesar de ello, él ya ha tomado su decisión.

—Entonces, ya no hay más que hablar, ¿verdad?

Aparta la mirada durante unos instantes, pensativo. Pero, cuando vuelve a mirarme a los ojos, su mirada es firme.

—No —responde, y esa única palabra es como una puñalada en las tripas.

—Está bien. —Las lágrimas están amenazando con desbordarse de mis ojos, así que me doy la vuelta para marcharme; lo último que quiero hacer es ponerme a llorar delante de él—. Pues adiós.

—¿Fran? —me llama antes de que pueda salir por la puerta.

Me detengo y esa minúscula chispa de esperanza vuelve a encenderse, pero no lo miro.

—¿Sí?

—Solo quería que supieras… que lo siento. De verdad que lo siento.

La esperanza muere por completo.

Sin decir palabra, salgo por la puerta y la cierro detrás de mí.

Por suerte, no hay nadie en el pasillo que pueda verme, de modo que me apresuro a encerrarme en mi habitación y echar el pestillo; no quiero que entre nadie sin que me dé cuenta.

Me meto en la cama y me abrazo a la almohada, sintiéndome invadido al instante por su olor.

Al principio hay silencio al otro lado de la pared, pero entonces vuelvo a oír los ruiditos que indican que ha continuado con lo que estaba haciendo.

Y así, con Marcos a apenas unos metros de distancia pero completamente inalcanzable, rodeado por su aroma y con sus sábanas como lo único que puedo tener de él, rompo a llorar.