El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 60.
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Me obligo a separarme de sus labios antes de que sea demasiado tarde.

Con los ojos nublados por mis propias lágrimas, lo miro por última vez. Está llorando tanto que apenas puede respirar, y cada una de esas lágrimas me da ganas de tirar la maleta por la ventana y decirle que me da igual todo, que me quedo.

Pero no puedo.

—Adiós, Fran. —La voz me sale rota—. Te quiero. Y créeme que lo siento.

Permanezco unos segundos mirándolo, esperando algo. No sé muy bien qué. Tal vez que me diga que me odia. Sería más fácil marcharme así. Pero no dice nada, tan solo me mira. Y creo que nunca olvidaré esa mirada.

Me obligo a sonreír, lleno de tristeza, y me pongo en pie antes de cambiar de idea. Cada paso que doy hacia la puerta pesa como si llevara piedras atadas a los tobillos. Quiero mirar atrás, pero me obligo a no hacerlo.

Salgo de su habitación y cierro la puerta con cuidado, casi en silencio.

Durante un instante me quedo inmóvil en el pasillo, respirando hondo.

Le echo un vistazo a la puerta, odiándome por haberme atrevido a cruzarla en su día.

Todo iba mejor cuando al otro lado estaba la habitación prohibida, esa que pertenecía a un chico que no me soportaba.

Pero quien está allí ahora es el chico al que quiero como no sabía que se podía llegar a querer.

Y yo acabo de romperle el corazón.

Vuelvo a mi cuarto, me cuelgo la mochila de los hombros y cojo la maleta. Miro a mi alrededor unos segundos. Hace poco más de un mes, esta habitación era solo eso: una habitación. Tan vacía como llena de posibilidades. Ahora siento que estoy dejando atrás una vida entera.

Salgo al pasillo; la casa está sumida en un silencio absoluto. Respiro hondo. Después, agarro con fuerza el asa de la maleta, abro la puerta de casa y salgo al rellano.

La cierro con cuidado detrás de mí y apoyo la espalda contra ella. Cierro los ojos y trato de respirar hondo, pero no puedo. Es entonces cuando me derrumbo.

Sin poder evitarlo, caigo al suelo y rompo a llorar.

No sé cuánto tiempo permanezco así. Lloro en silencio para que ningún vecino salga al rellano.

Lloro porque acabo de dejar atrás al chico al que quiero.

Porque acabo de abandonar la única casa que, desde que murió mamá, había vuelto a parecer un hogar.

Porque llevo días convenciéndome de que esta era la decisión correcta, pero nadie me había advertido de que hacer lo correcto podía doler tanto.

Cuando consigo serenarme un poco, me seco la cara con la manga de la sudadera y me obligo a levantarme. Todavía puedo echarme atrás. Todavía puedo abrir la puerta, volver a entrar y decirle a Fran que me he equivocado. Durante unos segundos, me permito imaginar cómo sería.

Él sonriendo entre lágrimas. Yo abrazándolo otra vez. Los dos prometiéndonos que tendremos más cuidado. Que no volveremos a quedarnos dormidos. Que cerraremos siempre con pestillo. Que...

No. Aprieto los dientes. Eso sería volver a engañarnos. No existe una forma segura de vivir escondiéndonos dentro de nuestra propia casa. Así pues, recojo la maleta y llamo al ascensor para marcharme de una vez por todas.

Ni siquiera reconozco a la persona que me devuelve la mirada en el espejo; ese chico con la cara roja, hinchada y llena de lágrimas.

¿De verdad soy yo? ¿De verdad me ha afectado tanto todo esto?

No lo sé. Lo único que sé es que, cuando salgo del edificio y me dirijo hacia el metro, cada paso me cuesta como si cargara con el mundo entero dentro de la maleta.