60. (cont.)
Mis tíos ya están esperándome en la puerta de su casa cuando salgo del ascensor.
—Bienvenido —dice Lucía. Me da un abrazo y yo me dejo querer, haciendo un esfuerzo inhumano por no llorar. Por suerte, creo que he gastado todas las lágrimas en el metro.
Cuando nos separamos, Diego me mira con una leve sonrisa. No hace falta que diga absolutamente nada. Tira suavemente de mi maleta para quitármela de la mano, y entonces, me atrae hacia él para darme el abrazo que tanto necesito.
Y vuelvo a romperme.
Pensaba que no me quedaban lágrimas, pero me equivocaba.
Mientras él me rodea con sus fuertes brazos, yo escondo la cara contra su pecho y lloro con la desesperación de quien acaba de dejar media vida atrás.
Diego no pregunta. No intenta animarme. No me dice que todo va a salir bien. Simplemente espera.
Cuando por fin consigo respirar con cierta normalidad, me da un par de palmadas suaves en la espalda.
—Ven.
La habitación donde voy a quedarme está muy vacía, pero es acogedora. Una cama, un escritorio junto a la ventana y poco más.
Dejo la mochila en el suelo y él coloca la maleta a un lado.
—Tómate el tiempo que necesites —dice—. Después, si te apetece hablar, aquí estaré.
Asiento con la cabeza; no soy capaz de decir nada más.
Cuando se marcha y cierra la puerta, vuelvo a quedarme solo. Otra vez.
Me siento en la cama. No se parece en nada a la de casa. Ni tampoco huele igual. Todo resulta extraño.
Tengo la camiseta sudada por el trayecto, así que abro la maleta para sacar algo de ropa.
Entonces es cuando la veo. Una sudadera gris de Fran; la reconozco porque se la dejó hace unos días en mi cuarto. Debió de mezclarse con mis cosas cuando estuve preparando la maleta.
La cojo con cuidado, como si fuera algo frágil.
Casi sin darme cuenta, me la acerco a la cara.
Todavía huele a él. Entonces, todo vuelve de golpe.
Los abrazos. Las caricias. La primera vez que nos besamos.
Las noches abrazados. Las velas. Su risa.
Las noches durmiendo juntos. La manera en que pronunciaba mi nombre.
Su forma de mirarme, como si yo fuera suficiente.
Se me escapa un sollozo.
Acabo tumbado sobre la cama abrazando la sudadera contra mi pecho, exactamente igual que si pudiera abrazarlo a él.
Cuando el sol empieza a esconderse, me acerco a la ventana.
Desde aquí se ve media ciudad. Miles de ventanas iluminándose poco a poco. Miles de personas cenando, riendo o viendo una película sin saber que, en algún lugar entre todas esas luces, hay dos chicos que se quieren demasiado y que, precisamente por eso, han tenido que despedirse.
Apoyo la frente contra el cristal. No sé qué va a pasar.
No sé si Fran me olvidará algún día. No sé si yo conseguiré hacerlo.
Volveremos a encontrarnos, eso está claro.
A fin de cuentas, nuestros padres están casados.
Pero no sé si algún día volveremos a tener otra oportunidad, o si esta ha sido realmente la última vez que lo he besado.
Cierro los ojos.
No me arrepiento de haberme ido, pero tampoco me arrepiento de las razones que me han llevado a hacerlo. Y, mientras abrazo de nuevo la sudadera que todavía huele a Fran, no puedo evitar pensar que, si pudiera volver atrás, cometería exactamente el mismo error.
Porque, por breve que haya sido lo nuestro, he descubierto quién soy entre sus brazos. Sus besos me han enseñado más cosas sobre mí de las que jamás podría aprender por mi cuenta.
Y, aunque solo sea por eso, sé que enamorarme del chico de la habitación prohibida ha sido el mejor error que he cometido jamás.