El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 59. #2
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59. #2

—No, la única verdad es que hemos sido unos inconscientes —replico con más dureza de la que pretendía—. Fue una locura empezar con todo esto, y es una locura que hayamos seguido tanto tiempo. Tendríamos que haberlo cortado hace mucho.

—Porque nos queríamos —insiste.

Aprieto la mandíbula. No quiero, pero tengo que hacerlo.

—Porque nos poníamos cachondos —lo corrijo, y siento que cada palabra me desgarra por dentro—. Te recuerdo que así fue como empezó todo esto: porque nos poníamos cachondos y nos venía muy bien tener alguien en casa con el que follar fácilmente.

Nada más terminar la frase ya me odio. Veo el dolor en su mirada. No debería haber dicho eso, pero necesito que deje de luchar por nosotros.

—¿En serio eso es lo que era yo para ti?

Cierro los ojos un momento. Joder, no. Nunca ha sido solo eso. Hace mucho que dejó de serlo. Quiero mentirle, quiero que me odie tanto como me odio yo mismo en este momento… pero sigo siendo un cobarde. No soy capaz de hacerlo. Jamás podría negar mis sentimientos por él.

Suelto un largo suspiro.

—Joder, Fran. Sabes perfectamente que así fue como empezó todo. Lo de... —Trago saliva antes de continuar—. Lo de querernos y tal llegó más tarde, pero al principio lo único que queríamos era follar. Y tú lo sabes. Pero no podemos seguir haciendo ni una cosa ni la otra, así que se acabó.

Cada palabra que pronuncio pesa como una losa.

—Pero vivimos juntos. ¿No te parece que va a ser un poco complicado?

Bajo la mirada. Ha llegado el momento. El verdadero motivo por el que quería hablar hoy.

—Eso ya no va a ser un problema.

—¿Qué? ¿De qué estás hablando?

—Me voy a ir de casa.

Ya no hay vuelta atrás.

Fran se queda completamente inmóvil, como si no hubiera entendido las palabras. O como si se negara a entenderlas.

—¿De qué estás hablando?

—Pues eso. Que me voy. Ya has visto cómo han estado las cosas estos días, y está claro que no podemos seguir igual. Nuestra familia acabará dándose cuenta, y eso sería todavía peor. Así que lo mejor será que me vaya.

Es la única salida que he encontrado; la única que protege a todo el mundo. Aunque me destroce a mí.

—Pero, Marcos… ¿dónde vas a ir?

—He estado hablando con mis tíos. Me voy a vivir con ellos. Ellos viven mucho más cerca de mi facultad y no tendría que madrugar tanto ni perder tanto tiempo en el metro, así que puedo utilizarlo como excusa.

Vuelve a quedarse en silencio unos segundos, asimilándolo todo. Sus ojos parecen un dique a punto de romperse.

—¿Pero tú te das cuenta de lo que estás diciendo, Marcos? —me pregunta—. Dices que no quieres hacerle daño a tu padre, ¿y tu gran solución es irte de casa? ¿De verdad piensas que eso no le hará daño?

Claro que le hará daño. Muchísimo. Pero prefiero hacerle daño temporalmente con una mentira que destrozarle la vida con la verdad.

—Yo te quiero —digo muy a mi pesar, porque en el fondo necesito que lo sepa—.

Y tú también me quieres. Pero lo nuestro no puede ser, y el problema es que vivimos juntos, como tú mismo has dicho.

Uno de los dos tiene que marcharse, y no voy a pedirte que seas tú quien lo haga. Así que tengo que irme yo.

—Pero...

—Fran, ya está decidido. Ya he hablado con mis tíos y he preparado las maletas. Estaba esperando a hablar contigo para irme.

—¿Y qué pasa con tu padre? —me recuerda—. Cuando se ha ido de casa, no me ha parecido que supiera que fueras a largarte.

—Le he dejado una nota en su habitación. Sabe que odio las despedidas, así que lo entenderá. Además, tampoco es como si me fuera a otra ciudad. Podremos vernos cuando queramos.

Veo cómo las lágrimas empiezan a correr libremente por sus mejillas y siento que el corazón se me rompe un poco más.

—No puedes hacer esto, Marcos —dice entre sollozos—. No puedes dejarme. No puedes irte.

Durante un instante estoy a punto de rendirme, de decirle que olvide todo lo que acabo de contarle.

Quiero decirle que me quedaré, que encontraremos la forma de solucionar esto.

Pero entonces vuelvo a ver a papá delante de la tumba de mamá.

Vuelvo a recordar su sonrisa con Belén. Y me obligo a mantenerme firme.

—¿Por qué no?

—Porque te quiero. Y porque tú también me quieres. Me lo has dicho hace literalmente dos minutos.

Una lágrima consigue escapar de mis ojos, la única. No soy capaz de contenerla.

—Pues claro que te quiero, joder. Pero a veces con querer no es suficiente, y tú sabes tan bien como yo que lo tenemos todo en contra.

—Marcos...

Niego despacio con la cabeza. Si sigue diciendo mi nombre de esa forma, voy a romperme.

Levanto la mano casi sin pensarlo y le acaricio la mejilla. Me quedo mirándolo unos segundos, intentando memorizar su cara. La forma en que me mira. La forma en que llora por mí.

Y entonces comprendo que, si me voy sin besarlo una última vez, me arrepentiré durante el resto de mi vida. Por muy egoísta que sea, me merezco un acto de egoísmo antes de hacer lo que he decidido hacer.

Me inclino despacio y uno mis labios a los suyos.

Es un beso breve, suave. Está lleno de todo lo que no puedo decirle.

Él me lo devuelve al instante y, por un momento, mi cuerpo entero olvida completamente por qué estoy haciendo esto.

Se olvida de papá. Se olvida de mamá. Se olvida de Natalia, de Belén, de esta familia que hemos formado.

Por un segundo, solo existimos él y yo.

Pero este beso tiene que ser el último, y tiene que terminar ya.

Si lo prolongamos, aunque solo sea un segundo más, ya no seré capaz de marcharme. Y eso supondría condenarnos a todos.