59.
Cuando despierto, cerca de las doce de la mañana, no recuerdo haber dormido más de un par de horas seguidas.
Cada vez que conseguía conciliar el sueño, acababa soñando con Fran.
A veces seguíamos abrazados en su cama, como antes de esto, y todo era perfecto.
Otras veces, Belén o papá abrían la puerta y lo descubrían todo.
Al despertar, nunca tenía claro cuál de las dos pesadillas había sido peor.
Y, a juzgar por los sonidos del colchón al otro lado de la pared, tampoco estaba siendo una noche fácil para Fran.
Permanezco unos minutos tumbado mirando el techo. Hoy tengo que romperle el corazón, y cargarme también el mío en el proceso. Me obligo a levantarme antes de que pueda arrepentirme.
Me ducho con calma para tratar de relajarme y después me obligo a pasar por la cocina para desayunar algo; llevo más de veinte horas sin echarme nada al estómago. Las tostadas me saben a cartón, pero me obligo a comerme dos.
—¡Chicos, nos vamos! —anuncia papá desde la entrada.
No quiero cruzarme con Fran todavía, y de todos modos no quiero mirar a papá a los ojos sabiendo que también voy a romperle el corazón a él cuando vuelva a casa y se encuentre con que no estoy, así que me limito a asomarme desde la puerta de la cocina.
—¡Pasadlo bien!
Oigo a Fran despidiéndose de ellos. La puerta se cierra y la casa se sume en el silencio. Ya no hay excusas.
Durante unos segundos, permanezco inmóvil en mitad de la cocina.
Podría no hacerlo. Podría esperar otro día.
Podría seguir fingiendo que basta con mantener las distancias.
Pero sé que no puedo hacerlo. Porque ayer, en el cementerio, mientras veía a papá delante de la tumba de mamá sin derrumbarse, terminé de convencerme de hasta qué punto Belén había conseguido devolverle la vida.
Y no pienso ser yo quien vuelva a arrebatársela.
Respiro hondo y voy a mi habitación. Cojo el móvil y le mando un mensaje al tío Diego.
Iré dentro de una hora
Ya no hay vuelta atrás. Pero antes tengo que hacer esto, aunque la idea me revuelva el estómago. Sé que, si no termino con lo nuestro ahora, jamás encontraré el valor para marcharme.
Salgo al pasillo y me acerco a su habitación, pero entonces me llega el sonido de la ducha. Así pues, vuelvo a mi cuarto y termino de guardar las últimas cosas en la mochila. Después, arranco una hoja a un cuaderno y escribo una nota para papá.
Papá:
Siento no habértelo dicho en persona, pero ya sabes que los dos odiamos estas cosas.
Voy a irme a vivir con el tío Diego una temporada. No te preocupes, esto no tiene nada que ver con la familia: ya sabes que adoro a Belén.
Pero cada vez me cuesta más madrugar para ir a clase y pierdo mucho sueño y mucho tiempo con el metro, y los tíos viven casi al lado de la facultad. No quiero jugarme la carrera, necesito centrarme.
Espero que lo entiendas. Soy mayor de edad y debo aprender a tomar mis propias decisiones, así que tenía que dar el paso.
Te quiero,
Marcos
Suelto un suspiro. La torpe mención a mi edad no es más que una forma de recordarle que soy adulto y puedo hacer lo que quiera, pero procurando expresarlo de la forma más suave posible. Tan solo espero que el mensaje le quede claro, que no se sienta culpable por nada.
Voy a la habitación que comparte con Belén, entro y dejo la nota sobre la cama. Después, vuelvo a mi cuarto y me pongo unos vaqueros y una sudadera. La conversación con Fran es inminente, y sé que no voy a ser capaz de quedarme en casa ni un minuto más después de hablar con él.
Mientras espero a que salga, quito las sábanas y la manta de la cama y lo llevo todo al cuarto de la lavadora; no quiero ocasionarles la molestia y el sufrimiento de deshacer mi cama después de haberme ido de esta manera.
Cuando por fin deja de oírse el agua, noto cómo el corazón se me acelera más que nunca. Guardo el portátil y un par de cosas más a la mochila, la llevo junto a la maleta hasta la puerta y trato de serenarme. Ha llegado el momento.
Camino hasta su puerta. Esa habitación que debió seguir siendo prohibida. Levanto la mano. Llamo un par de veces.
—¿Se puede?
Su voz llega desde dentro.
—Sí, pasa.
Entro en su habitación por última vez y me acerco a él. Por primera vez en varios días, me obligo a no desviar la vista. Si he venido hasta aquí, tengo que hacerlo bien.
Nos miramos durante unos segundos que parecen eternos. Cuesta creer que hace apenas tres días no pudiéramos apartar las manos el uno del otro.
—¿Me puedo sentar? —pregunto.
—Sí, claro.
Me siento en el borde de la cama, dejando toda la distancia que puedo entre los dos. No porque quiera estar lejos de él, sino porque cada centímetro que me acerque significaría estar un centímetro más cerca de mandar mi plan a la mierda.
Silencio.
—Bueno… pues tú dirás.
—A ver, llevo varios días pensando en cómo hablar de esto contigo, pero creo que lo mejor será que vaya directamente al grano.
Me doy cuenta de que traga saliva, preparándose para lo peor. Aprieto la mandíbula.
—Dime.
—Tenemos que acabar con esto.
Finjo entereza, pero nada más pronunciar esas palabras siento como si me arrancaran algo de dentro.
—¿Con esto?
—Sí, con esto. Con nosotros.
La expresión de Fran cambia al instante. Es como ver romperse un cristal delante de mis ojos. Y soy yo quien lo ha roto.
—¿Por qué? —pregunta con la voz desgarrada. Sus ojos se humedecen, y me odio por ello.
—Porque hemos sido unos inconscientes y no deberíamos haber empezado siquiera. Y por eso tenemos que parar ahora que podemos, antes de que la cosa vaya todavía más lejos.
En realidad, la cosa ya ha ido demasiado lejos. Mucho más de lo que cualquiera de los dos habría imaginado.
—Pero yo te quiero, Marcos —susurra mientras las lágrimas empiezan a deslizarse por sus mejillas—. Y sé que tú también me quieres. Me lo has dicho. Me lo has demostrado.
El pecho me duele tanto que apenas puedo respirar. No puedo seguir viéndolo llorar; soy demasiado cobarde. Aparto la vista.
—Claro que te quiero, joder —consigo decir, aunque tengo la garganta completamente cerrada—. Pero precisamente por eso no podemos seguir con esto.
Si lo nuestro se hubiera quedado en el plano sexual, habría sido fácil cortar por lo sano. Si solo fuera deseo, sería mucho más fácil olvidarlo.
El problema es que es amor.
—¿Por qué no? —insiste.
Esta vez vuelvo a mirarlo. Necesita entenderlo.
—¿En serio te lo tengo que explicar? Que nuestros padres están casados, Fran.
—¿Y qué? ¿Qué más da eso? —Ahora sí que está llorando de verdad—. Que no somos hermanos, joder. Nunca lo hemos sido y nunca lo seremos. Y los dos somos mayores de edad, así que podemos hacer lo que nos dé la gana. Si ellos no lo entienden, es su problema. No pueden impedir que nos queramos.
Durante una fracción de segundo, deseo con todas mis fuerzas que tenga razón. Ojalá el mundo fuera así de sencillo. Ojalá bastara con querernos.
—Todo eso da igual, Fran. Lo único que importa es que mi padre y tu madre están casados, y sabes tan bien como yo que ellos jamás aceptarán esto.
—Pero es que eso no es justo.
Me tiemblan los labios. No. No lo es, pero es que el mundo nunca lo ha sido. La vida dejó de ser justa el día que mamá murió, y estas semanas con él no han sido más que un espejismo.
—Ya sé que no es justo, Fran —susurro, a punto de llorar—. Pero así son las cosas. La vida no es justa.
—¿Y si se lo contamos a nuestros padres antes de tomar ninguna decisión? A lo mejor no pasa nada. A lo mejor lo entienden…
No puedo evitar quedarme mirándolo unos segundos. ¿De verdad quiere creer eso? Sí, quiere creerlo. Y precisamente por eso, tengo que ser yo quien piense con la cabeza.
—Tú estás flipando. Mira, Fran, te voy a contar una cosa. Cuando mi madre murió, mi padre se pasó años sin levantar cabeza. Tuve que crecer con un padre muerto en vida, joder. Tú no sabes lo que es eso.
Las imágenes vuelven solas a mi cabeza. Papá sentado durante horas en el sofá.
La persiana bajada. Los platos sin recoger.
La basura sin sacar, pudriéndose. Natalia siendo demasiado pequeña para entenderlo.
Yo aprendiendo a cocinar para los tres porque él ni siquiera era capaz de levantarse.
El miedo en el instituto, el pánico cada vez que volvía a casa, temiendo que se hubiera quitado de en medio.
Y todavía hay días en los que temo volver a verlo así.
Me limpio las lágrimas antes de seguir.
—¿Y sabes cuándo empezó a recuperarse? Exacto, cuando conoció a tu madre.
Fran traga saliva.
—Ya, pero…
—Espera —lo interrumpo—. Todavía no he terminado. ¿Sabes qué día fue ayer?
Niega con la cabeza. Claro que no lo sabe. Nunca se lo dije.
—Ayer fue el aniversario de la muerte de mi madre.
Durante unos segundos se queda completamente callado.
—Joder… lo siento. No lo sabía.
Lo miro y, por un instante, noto que todo mi cuerpo quiere acercarse a él. Sé perfectamente la expresión que tiene ahora mismo. Quiere abrazarme. Consolarme. Decirme que todo va a salir bien. Y, durante un segundo ridículo, deseo que lo haga. Pero no puede.
Si me toca, estoy perdido.
—Ya, bueno. No te preocupes por eso. Pero, ¿sabes qué?
Ayer fue la primera vez en muchos años que no vi a mi padre llorar en el aniversario.
Y no llora porque ahora es feliz. Este matrimonio y esta familia son lo que más feliz le ha hecho en muchos años, prácticamente desde que tengo memoria.
No pienso arriesgarme a destrozar esa felicidad.
Lo siento, pero no. Por mucho que pueda dolerme a mí. Se merece ser feliz.
Mientras hablo, vuelvo a ver a papá frente a la tumba de mamá. Lloraba, pero lo hacía con una paz que llevaba años sin ver en él. No pienso ser yo quien le arrebate eso.
Fran permanece en silencio unos segundos, procesándolo todo.
—Pero nosotros nos queremos. Esa es la única verdad.