El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 58.
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Cuando la alarma me despierta a las nueve de la mañana, tengo la sensación de no haber dormido absolutamente nada.

Abro los ojos y me quedo varios segundos mirando el techo, incapaz de obligarme a salir de la cama.

No recuerdo haber conseguido conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada.

Cada vez que estaba a punto de quedarme dormido, el colchón chirriaba al otro lado de la pared y me recordaba que Fran seguía despierto.

Otras veces era yo quien se movía. Ninguno de los dos ha descansado.

Y hoy, precisamente hoy, necesitaba hacerlo.

Me siento en la cama y me quedo completamente inmóvil durante unos segundos, con los codos apoyados sobre las rodillas.

Ha llegado el día. Otro aniversario.

Respiro hondo y me seco una lágrima antes de levantarme.

Me ducho despacio, dejando que el agua caliente me despeje un poco la cabeza.

Cuando salgo, me visto con unos vaqueros oscuros y un jersey negro.

No es que exista un código de vestimenta para visitar un cementerio, pero nunca me ha apetecido ponerme colores alegres en un día como este.

Cuando llego a la cocina, Natalia ya está desayunando. Tiene los ojos algo hinchados, así que me acerco a ella para abrazarla.

—Buenos días —susurro contra su larga cabellera castaña.

—Buenos días.

Nos sonreímos apenas un instante. No hace falta decir nada más.

Papá aparece poco después. También viste de oscuro. Lleva el pelo cuidadosamente peinado, aunque se nota que apenas ha dormido. Belén entra la última, todavía sujetándose el pelo con una goma.

—Buenos días.

Su voz es suave, casi un susurro, como si el silencio mereciera cierto respeto.

—Hola —respondo, y ella se acerca a mí.

—¿Seguro que no quieres que le digamos nada a Fran? —me pregunta en voz baja—. Con lo amigos que os habéis hecho, seguro que no le importa…

—Seguro.

Sé que, si tuviera a Fran a mi lado en un momento tan vulnerable mientras pienso en lo que pretendo hacer, me derrumbaría.

Desayunamos juntos sin demasiada conversación.

El tintineo de las cucharillas contra las tazas parece sonar más alto de lo normal.

Aun así, me sorprende darme cuenta de lo diferente que es este ambiente respecto al de hace unos años.

Antes, nadie desayunaba en este día. Papá apenas salía de la cama durante toda la mañana.

Natalia lloraba desde que se despertaba.

Yo iba de un lado para otro intentando que todo siguiera funcionando mientras sentía que me ahogaba por dentro, obligándome a ser fuerte por ellos.

Rara vez conseguíamos llegar al cementerio antes de media tarde, y una vez allí, la cosa era todavía peor.

Ahora sigue habiendo tristeza, claro. Pero ya no hay esa desesperación, y es precisamente gracias a Belén.

Es ella quien rompe el silencio cuando terminamos de desayunar.

—Voy a dejarle a Fran una nota para que no se preocupe cuando se despierte.

Se levanta, busca un cuaderno pequeño en uno de los cajones y escribe unas líneas rápidas.

La observo mientras arranca la hoja y la deja en la mesa, sujeta con una cuchara.

Es un gesto muy pequeño, pero consigue hacerme sonreír.

Es exactamente el tipo de cosas que recuerdo haciendo a mamá.

El pensamiento me golpea con fuerza, pero esta vez no duele tanto como lo habría hecho antes.

Más bien me produce una especie de nostalgia tranquila.

A las diez en punto, salimos de casa y nos montamos en el coche. Hoy no está Fran para interponerse entre la ventanilla y yo, así que trato de mantenerme en el centro sin mirar a mi derecha. El trayecto dura apenas unos minutos, aunque nadie habla demasiado ni en el coche ni al bajar.

Papá y yo vamos los primeros. Natalia camina al lado de Belén, unos pasos por detrás.

Al entrar en el cementerio, el murmullo de la ciudad desaparece casi por completo.

Solo se oye el viento moviendo las hojas de los árboles y algún pájaro lejano.

Conozco perfectamente el camino, y enseguida llegamos a la lápida donde descansa mamá.

Las flores que dejamos la última vez, justo antes de la boda, ya no están.

Mientras papá se arrodilla para dejar las flores que ha comprado para hoy, Belén se aparta discretamente unos pasos, tal como hace siempre.

Nunca intenta ocupar un lugar que no le corresponde; tan solo acompañarnos en lo que necesitemos.

Papá permanece inmóvil frente a la lápida.

—Hola, cariño—dice al cabo de unos segundos. Su voz se quiebra un poco.

Natalia se acerca despacio y apoya una mano sobre la piedra.

—Hola, mamá.

Yo tardo algo más en encontrar las palabras.

—Hola.

Parece absurdo hablar con alguien que sabes que no puede responder, al menos, no de una forma que se pueda percibir con los oídos. Pero lo hacemos siempre que venimos. Nos quedamos aquí durante un rato, cada uno perdido en sus propios pensamientos mientras hablamos con ella a nuestra manera.

De pronto, recuerdo la última visita al cementerio antes de que Belén apareciera en nuestras vidas.

Era el día del cumpleaños de mamá. Ya habían pasado varios años desde su muerte, pero papá apenas podía mantenerse en pie.

Lloraba sin control. Yo tenía que sujetarlo mientras intentaba que Natalia no viera según qué cosas.

Volví a casa completamente destrozado, convencido de que nunca saldríamos de aquel pozo.

Pero sí que le pedí algo a mamá: que papá encontrara la forma de recuperarse.

Unas semanas más tarde, conoció a Belén, y jamás sabré si fue casualidad o si mamá, de alguna manera, trató de ayudarnos.

Lo miro ahora con disimulo. Tiene los ojos húmedos, claro que sí. Natalia llora, pero también sonríe.

Al cabo de un rato, papá le tiende la mano a Belén, que se acerca al instante. Ella no dice nada; simplemente entrelaza sus dedos con los de él. Y con eso basta. Papá respira hondo. Y después, sonríe. Una sonrisa pequeña, triste... pero sincera. Nunca habría imaginado volver a verlo sonreír aquí.

Entonces recuerdo, una vez más, que Belén no vino a sustituir a mamá. Vino a salvarnos. Y precisamente por eso no puedo permitir que todo se rompa. Esto es lo que tengo que proteger.

Vuelvo a pensar en Fran. En lo mucho que lo quiero.

En lo fácil que sería correr a abrazarlo cuando volvamos a casa.

Llorar con él, contarle de dónde vengo. Pero también pienso en lo egoísta que sería hacerlo, porque no solo me arriesgo a hacerme daño yo.

También podría arrebatárselo todo a papá.

A Natalia. A Belén, incluso. Y no puedo hacerlo.

Aunque me esté destrozando por dentro, sé que he tomado la decisión correcta.

Belén rompe el silencio en voz baja.

—¿Os apetece contar alguna anécdota bonita de ella?

Papá suelta una risa nasal.

—Siempre se enfadaba conmigo porque nunca encontraba las llaves.

—Porque nunca las dejabas en el mismo sitio —responde Natalia con una sonrisa.

—Eso sigue pasando —añade Belén.

No puedo evitar reír.

—La diferencia es que Belén siempre te recuerda que las dejes en su sitio.

Papá protesta en voz baja mientras nuestras risas se mezclan durante unos segundos. Entonces me doy cuenta de algo: estamos riéndonos. Aquí, delante de mamá. Hace poco más de un año, eso me habría parecido imposible. Pero ahora sé que eso es lo que ella habría querido.

Permanecemos un rato más junto a la lápida. Antes de marcharnos, acaricio con los dedos su nombre grabado en la piedra. No sé si existe algún lugar donde las personas puedan vernos después de morir. Nunca he sabido qué creer. Pero, por si acaso...

«Espero que estés orgullosa de nosotros», pienso. Y, después: «Por favor, dame fuerzas».

Poco antes de las doce, ya estamos de vuelta en casa. Reina un silencio absoluto: Fran no se ha despertado todavía.

Cuando voy a mi habitación no puedo evitar echarle un vistazo a su puerta cerrada.

Durante un segundo siento el impulso de acercarme, de llamar suavemente.

De despertarlo con un beso, de preguntarle si ha dormido mejor que yo.

Pero aparto la vista y entro en mi habitación.

Un rato después, lo oigo saliendo para ir a la ducha, pero él tampoco se pasa a saludarme. Supongo que ya se ha resignado.

La hora de la comida es todavía más difícil que las anteriores.

Ver a mamá me ha recordado la importancia de lo que tengo que proteger, y también me ha dado fuerzas para hacer lo que tengo que hacer.

Pero sé que Fran podría derrumbar todo eso con una mirada, un gesto o una simple caricia, así que me esfuerzo más que nunca por hacer como si no existiera.

—Mañana anuncian buen tiempo —dice Belén—. Seguramente será uno de los últimos días de buen tiempo del año. ¿Os apetece si hacemos algo fuera de casa, para variar un poco?

Papá asiente con la cabeza; está claro que le apetece hacer algún plan más animado después de la visita al cementerio.

—Podríamos ir al parque para echar el día. Nos vamos después de desayunar, nos llevamos la comida y volvemos antes de que anochezca. ¿Qué os parece?

Natalia casi salta de emoción.

—¡Sí!

—Me parece una idea genial —responde Belén, y entonces nos mira a Fran y a mí—. ¿Qué os parece a vosotros?

—Yo no puedo.

La respuesta sale de mi boca exactamente al mismo tiempo que la de Fran. ¿En serio tenemos que estar conectados hasta para esto?

—Oooh, qué pena —dice ella—. ¿Tenéis mucho que estudiar?

—Sí —responde Fran mientras yo asiento con la cabeza.

—Bueno, no pasa nada —responde papá, claramente decepcionado—. Podemos dejarlo para otro día.

—¡Pero yo sí quiero ir! —se queja Natalia.

—Bueno, no te preocupes —le dice Belén—. Iremos nosotros tres y ya está.

Después de comer, comienzo a hacer planes.

Mañana será el día. Mi padre y yo odiamos las despedidas y, en fin, tampoco es como si fuera a mudarme a otra ciudad.

No quiero fastidiarle el día fuera, y menos después del aniversario, así que me iré cuando los demás no estén.

Que Fran se quede en casa me proporciona la oportunidad perfecta, porque así podré hablar con él antes de que me vaya.

Por suerte, mi tío Diego no me pone ningún inconveniente; me asegura que mañana tendré la habitación de invitados preparada. Todavía me cuesta creer que de verdad voy a hacerlo, aunque leer sus palabras en mi móvil hacen que todo parezca un poco más real.

No preparo la maleta todavía; sé que es demasiado arriesgado si quiero evitar preguntas.

En lugar de eso, trato de dedicar la tarde a estudiar para la universidad, aunque cuando empieza a anochecer tengo la sensación de no haber retenido nada.

En cualquier caso, ya se acerca la hora de la cena y necesito evitarla a toda costa, así que comienzo a poner en marcha mi estrategia.

Con mi mejor cara de moribundo, me acerco al salón, donde papá y Belén están viendo una de esas películas infumables que ponen los sábados por la tarde en la tele.

—Hoy no voy a cenar con vosotros, ¿vale? —anuncio sin preámbulos, y los dos se giran para mirarme—. Me está doliendo bastante el estómago.

—¿Y eso? —pregunta papá.

—Ay, cariño —dice Belén, preocupada—. ¿Crees que estás enfermando?

—No… creo que son las emociones del día, ya sabes. —No es del todo mentira; lo cierto es que lo último que me apetece estos días es comer y ya me cuesta demasiado obligarme a hacerlo—. Pero nada grave.

—¿Quieres que te prepare un caldo? Seguro que te sienta bien.

—No, no, tranquila. Prefiero no comer nada por el momento.

—Pero a la película sí que te unes, ¿verdad? —pregunta papá.

—Mejor no —respondo con una sonrisa triste—. Si vosotros cenáis pizza mientras yo no como nada, me vais a dar mucha envidia.

—Bueno, como tú veas. Pero avisa si cambias de opinión, ¿vale?

—Sí, tranquilo. Me voy a descansar un rato.

—Que te mejores, cielo —dice Belén.

—Gracias.

Con esto, mato varios pájaros de un tiro: evito comer, que realmente no me apetece demasiado; evito a Fran y la peligrosa cercanía de sentarnos juntos en el sofá; y encima saco tiempo para hacer la maleta, aprovechando mientras los demás están distraídos con la película.

Las horas pasan. Papá y Belén se asoman cada uno una vez por mi habitación para ver cómo estoy, pero yo mantengo mi excusa.

Al fin, llega la hora de la cena, y no tardo en oír el sonido del timbre que indica que han llegado las pizzas.

Sé que este va a ser el momento menos arriesgado de todos porque estarán ocupados comiendo, así que comienzo a hacer la maleta de inmediato.

Cuando termino, me doy cuenta de algo: no había caído en la posibilidad de que Fran haya hecho planes con sus amigos para mañana. Y no querría marcharme de casa sin darle una explicación primero, de modo que me obligo a mandarle un mensaje.

Haces algo mañana?

Su respuesta no se hace esperar.

Nada, estudiar y tal

O sea, que te quedas en casa?

Sí

Vale

No digo nada más, pero sé que no va a dejarlo correr sin más.

Por qué lo dices?

Porque quiero hablar contigo

Suena un poco a ultimátum… pero es que es la verdad y no sé de qué otra forma expresarlo.

De qué?

De todo

No podemos seguir así

Estoy de acuerdo

Bueno, pues mañana hablamos

Me voy a dormir

Vale

Buenas noches

Trago saliva mientras releo la conversación. Ya está todo preparado. Todas las piezas están en su sitio. Ahora, solo falta que mañana sea capaz de reunir el valor suficiente como para dar el siguiente paso.

El problema es que lo último que quiero hacer es precisamente eso.