El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 57.
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Cuando despierto el viernes por la mañana, tardo varios minutos enteros en reunir las fuerzas necesarias para levantarme.

Lo primero que noto es el silencio. Y, después, la soledad.

Durante las últimas semanas me había acostumbrado a despertarme con Fran abrazado a mí, a rozar sus labios antes de salir de la cama, y desde hace solo unos días, a escuchar su voz todavía adormilada respondiendo a mis «te quiero».

Pero esta mañana solo hay una cama vacía y una sensación de pérdida que llevo instalada en el pecho desde ayer.

He perdido varios minutos en la cama, así que me ducho deprisa, me visto y preparo el desayuno casi de forma automática. Evito mirar hacia el pasillo que lleva a su cuarto, esa habitación que vuelve a estar prohibida. Si lo hago, sé que acabaré llamando a su puerta. Y no puedo permitírmelo.

Estoy a punto de salir de casa cuando oigo abrirse una puerta en el pasillo. Y, unos segundos después, oigo su voz.

—¿Ey?

Aprieto las llaves, obligándome a no mirarlo.

—Hola.

—¿Te vas ya?

—Sí —respondo mientras abro la puerta—. Hasta luego.

Odio no atreverme a devolverle la mirada siquiera, pero sé que no puedo hacerlo. Si lo hiciera, probablemente echaría por tierra todo el esfuerzo de estas últimas horas.

Cierro la puerta detrás de mí y apoyo la espalda contra ella.

—Perdóname —susurro, y una lágrima se desliza por mi cara.

Entonces, bajo las escaleras para enfrentarme a un nuevo día… el último antes del aniversario.

El trayecto en metro hasta la facultad me resulta todavía más largo de lo habitual. Justo estoy llegando a mi parada cuando me vibra el móvil en el bolsillo. Como no podría ser de otra manera, se trata de un mensaje de Fran.

Buenos días. ¿Cómo estás?

Lo leo dos veces. Empiezo incluso a escribir un «Bien. Perdona por antes». Pero lo borro. Si empiezo a contestarle con normalidad, volveremos exactamente al mismo punto. Guardo el móvil.

Cinco minutos después, vuelve a vibrar.

Mucha suerte si tienes examen hoy

Cierro los ojos. No puedo responder. Tengo que ser fuerte.

Laura y Carlos ya están esperándome junto a la entrada de la facultad cuando llego.

—¿Hay cásting para una peli de zombis y nadie me había avisado? —dice Laura a modo de saludo.

—Joder, gracias por el piropo.

—No, pero lo digo en serio. Que ya sabéis que yo quiero dedicarme a la interpretación.

—Como dijo una grande —añade Carlos—: «vas a ser la mejor actriz del mundo».

—Lo sé —dice ella, apartándose el pelo de la cara.

Mientras Laura ayuda a Carlos con la rampa, yo subo las escaleras junto a ellos. Al menos, cuando estoy con mis amigos es imposible no reír.

—No, pero Laura tiene razón —señala Carlos mientras esperamos al ascensor, observándome—. Tienes mala cara.

Me encojo de hombros.

—He dormido poco.

No es mentira; casi no he pegado ojo en toda la noche.

Subimos juntos a clase. Laura empieza a hablar sobre una serie que empezó anoche, Carlos le lleva la contraria por pura costumbre, y normalmente esa conversación habría conseguido arrancarme alguna sonrisa. Sin embargo, hoy apenas los escucho.

—¿Seguro que estás bien? —pregunta Carlos cuando Laura se excusa un momento para ir al baño antes de empezar la clase.

—Sí.

—No cuela.

Suelto un suspiro. Es mi amigo, así que puedo contárselo. No todo, claro; solo lo de mamá.

—¿Recuerdas lo de mi madre? —El tema solo salió entre los tres una vez, pero él asiente con la cabeza—. Mañana se cumple otro año.

Carlos baja la mirada, comprendiéndolo de inmediato.

—Joder. Lo siento.

—Tranquilo. Es solo que… No sé, pensaba que con el tiempo sería más fácil.

—¿Y no lo es?

—En parte sí... y en parte no. Es raro.

Carlos permanece unos segundos en silencio.

—¿Vais a ir al cementerio?

—Supongo.

—Mucho ánimo.

—Gracias —respondo con una leve sonrisa.

En este momento, regresa Laura.

—¿Qué conspiráis?

—Nada.

—Seguro que estabais criticándome.

—Siempre —replica Carlos.

Ella resopla teatralmente y consigue arrancarme una risita breve. Muy breve. Pero jamás sabrá cuánto se lo agradezco.

Durante el trayecto de vuelta a casa, tomo una decisión: no puedo seguir en casa.

Sé que no voy a ser capaz de dejar de querer a Fran por mucho que lo intente, y quererlo es incompatible con mantener la integridad de nuestra familia.

Estas últimas veinticuatro horas han sido una tortura; no puedo imaginarme así durante días, semanas, meses… tal vez años.

Por mucho que me esté esforzando, sé que mientras vivamos bajo el mismo techo será imposible mantener la distancia. Bastará una mala noche. Un abrazo, tal vez un beso. Y volveremos a caer.

Por eso tengo que marcharme, aunque sea una temporada. Lo suficiente como para que se enfríen un poco los sentimientos entre nosotros, si es que eso es posible siquiera.

Cuando llego a casa, todo está tan vacío como siempre. Voy a mi habitación, dejo la mochila en el suelo y me siento en la cama, con el móvil entre las manos. Dudo unos segundos antes de buscar un contacto al que hace bastante tiempo que no llamo. Se trata de Diego, mi tío.

Pulso el botón de llamada.

—¡Hombre! —responde casi al instante—. ¿A qué debo el honor?

—Hola.

—¿Todo bien?

Trago saliva.

—Bueno…, sí. —Ya estoy mintiendo—. Oye... quería preguntarte una cosa.

—Dime.

—¿Crees que... podría quedarme una temporada en tu casa?

Al otro lado se hace un breve silencio.

—¿Una temporada?

—Sí.

—¿Y eso?

Llevo la excusa preparada desde el metro.

—Es que... la universidad me queda bastante más cerca desde allí. Tengo que levantarme muy temprano, y encima pierdo muchísimo tiempo entre la ida y vuelta.

Hay otro silencio, más largo que el anterior.

—Marcos. —Conozco ese tono demasiado bien—. ¿Qué pasa en realidad?

—Nada.

—No te creo.

Cierro los ojos. Siempre ha tenido esa capacidad para leerme.

Después de que mamá muriera, el tío Diego fue una de las personas que más nos ayudó; hubo una temporada en la que prácticamente vivía en casa.

Muchas noches se quedaba hasta las tantas hablando con papá cuando creía que Natalia y yo ya estábamos dormidos.

Durante los años más complicados de mi vida, fue algo así como un padre suplente para mí cuando el de verdad se había convertido en una especie de zombi.

Me conoce demasiado.

—¿Has discutido con tu padre? —pregunta al ver que no contesto.

—No.

—¿Con Nati?

—No.

—¿Con Belén? ¿Con tu hermanastro?

—Tampoco.

—Entonces es otra cosa. —No respondo—. ¿Tiene que ver con la familia?

Aprieto la mandíbula y dudo un largo instante antes de contestar.

—Sí.

No puedo decir más. No debo hacerlo.

Al cabo de unos segundos, Diego vuelve a hablar.

—No voy a insistir para que me cuentes nada que no quieras contarme. —Sus palabras hacen que se me relajen un poco los hombros—. Pero, si necesitas venirte unos días, puedes hacerlo.

—Gracias.

—Eso sí... tarde o temprano vas a tener que solucionar las cosas.

—Lo sé.

—¿Quieres que le diga algo a tu padre?

—No. —La respuesta me sale demasiado brusca, y añado—: Por favor.

Vuelve a quedarse callado unos instantes.

—De acuerdo.

Respiro por primera vez desde que empezó la llamada.

—Gracias, Diego. De verdad.

—Solo prométeme una cosa.

—¿El qué?

—Sea lo que sea, no cargues tú solo con ello.

La frase me golpea más fuerte de lo que esperaba, porque llevo varios días haciendo exactamente eso.

—Lo intentaré.

Cuando llegan papá y Belén, salgo a saludarlos para tratar de aparentar normalidad.

—Hola.

—¡Hola, cariño! —dice Belén—. ¿Qué tal el día?

—Bien, todo bien.

Papá deja las llaves sobre el mueble de la entrada.

—Ahora que estás aquí, Marquitos… —comienza, y sé lo que va a decir antes de que lo haga—. Había pensado que podíamos ir al cementerio mañana por la mañana. ¿Te parece bien?

Asiento despacio con la cabeza.

—Sí, claro.

—¿Salimos sobre las diez?

—Vale. Una cosa… —Trago saliva y miro también a Belén—. No se lo digáis a Fran, ¿vale? Prefiero que estemos solo los cuatro.

Ella me observa unos segundos.

—¿Estás bien, cielo?

—Sí —respondo con una sonrisa forzada.

Otra mentira más.

—¿Prefieres que yo tampoco vaya? —me pregunta—. Puedes decírmelo, yo no me voy a ofender.

—Al contrario. Necesito que estés allí.

Ella sonríe y me da un apretón en el brazo.

—Pues allí estaré.

Si este día tiene algo bueno, es que Fran no viene a comer: como todos los viernes, se queda con sus amigos.

Y no es que me alegre de no verlo; simplemente, eso me facilita un poco más las cosas.

Aprovecho la tranquilidad inesperada para avanzar con un trabajo de la facultad.

O, al menos, lo intento. Llevo más de una hora delante del portátil y apenas he escrito un par de párrafos.

Mi cabeza no deja de volver al mismo sitio.

A la habitación de Fran; esa habitación que ha sido testigo de cómo nacía algo bonito entre nosotros… la misma que ahora vuelve a ser la habitación prohibida. La diferencia es que ahora soy yo quien se ha prohibido a sí mismo cruzar esa puerta.

Cuanto más lo pienso, más claro tengo que marcharme es la única solución, al menos por el momento. Si sigo viviendo aquí, tarde o temprano volveremos a buscarnos. Y no quiero que el siguiente susto sea el definitivo.

A media tarde, oigo abrirse la puerta de casa. Fran.

Durante unos minutos me quedo completamente inmóvil, con la respiración contenida. Una parte de mí espera escuchar unos nudillos llamando a mi puerta. La otra desea exactamente lo contrario. Pero sus pasos continúan por el pasillo hasta desaparecer en su habitación. Tan cerca y a la vez tan lejos.

Salvo por un par de visitas al baño, no salgo de mi habitación hasta que nos llaman para cenar. Verlo ahí sentado es como un puñetazo en el estómago, pero me esfuerzo por mantener la misma actitud distante de ayer.

Cuando terminamos de cenar, anuncio que me voy a acostar ya antes de marcharme.

No me atrevo a mirar hacia la puerta de Fran mientras cruzo el pasillo.

Tras encerrarme de nuevo en mi habitación, saco una mochila del armario y la dejo sobre la cama.

Me quedo mirándola sin moverme durante unos segundos.

Todavía no sé cuándo me iré exactamente, pero quiero hacerlo cuanto antes.

Tal vez el domingo; todavía tengo que concretar los detalles con Diego.

Pero necesito tener claro que esta vez voy en serio, así que abro el armario y empiezo a doblar un par de camisetas.

Cuando las guardo en la mochila, es como si me hiciera una promesa a mí mismo: no voy a echarme atrás.

Pero no tengo fuerzas para continuar y, cuando quiero darme cuenta, tengo los ojos llenos de lágrimas.

Me siento en la cama, apoyo los codos sobre las rodillas y le echo un vistazo al móvil.

Hay dos mensajes de Fran esperándome desde esta mañana.

No necesito volver a abrirlos; ya me sé cada palabra de memoria.

«Buenos días. ¿Cómo estás?»

«Mucha suerte si tienes examen hoy ».

Solo de pensar en ese corazón noto un nudo en la garganta.

Lo quiero tanto que duele, y precisamente por eso tengo que seguir adelante.

Guardo unas cuantas camisetas más en la mochila mientras las lágrimas continúan deslizándose por mis mejillas y, con cada una de ellas, el corazón se me rompe un poco más.

Cuando al fin apago la luz y me meto en la cama, soy consciente al instante de que el sueño va a tardar en llegar.

Al otro lado de la pared se oye el ruido amortiguado del colchón de Fran.

Se mueve. Se gira. Vuelve a moverse unos minutos después.

Y yo hago exactamente lo mismo; ninguno de los dos somos capaces de dormir.

Resulta increíble lo rápido que puede acostumbrarse uno a dormir abrazado a otra persona, y lo insoportablemente grande que parece una cama cuando estás solo.

Me esfuerzo por conciliar el sueño, pero mi cabeza no deja de darle vueltas a todo.

Mañana será un día difícil. El aniversario de la muerte de mamá; una nueva visita a su lugar de descanso.

Y, poco después, tendré que marcharme de esta casa durante una temporada.

Tendré que alejarme de la gente que más quiero precisamente por su propio bien.

Pero, si alejarme de Fran sirve para proteger a mi familia...

En fin, supongo que tendré que encontrar la manera de soportarlo.

Por mucho que mate por dentro.