El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 54.
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Tras una noche más durmiendo con Fran abrazado a mí, el miércoles se me hace un poco más llevadero.

Aun así, el aniversario de la muerte de mamá no deja de rondarme la cabeza, apareciendo en los momentos más inesperados, y cada vez que ocurre vuelvo a preguntarme si todo esto que está naciendo entre Fran y yo podría acabar haciendo daño a la familia que tanto nos ha costado reconstruir.

Pero intento apartar esos pensamientos concentrándome en las clases, aunque solo funciona a ratos.

Otros, me descubro mirando el móvil sin motivo o pensando en el sábado.

Por suerte, estar con Laura y Carlos consigue distraerme lo suficiente para que la mañana transcurra sin hacerse demasiado pesada.

En casa, todo sigue la rutina habitual. Llego antes que nadie, adelanto un poco de trabajo de la universidad y, cuando Fran vuelve, aprovechamos cualquier momento para robarnos un beso rápido o rozarnos las manos.

Comemos y cenamos todos juntos como cualquier otra familia y, cuando la casa se queda en silencio, vuelvo a colarme en su habitación.

Dormir abrazado a él sigue pareciéndome el mejor momento de cada día.

Aun así, antes de quedarme dormido, no puedo evitar volver a pensar en mamá. Ojalá pudiera disfrutar por completo de todo esto sin sentir esa punzada de culpa cada vez que imagino lo que podría pasar si algún día descubrieran lo nuestro.

El jueves amanezco raro. Por un lado, estoy contento: cada vez falta menos para el fin de semana.

Pero eso significa que también falta menos para el sábado, y no sé cómo sentirme al respecto.

La fecha es como una montaña gigantesca que parecía alzarse lejos en el horizonte y ahora está a punto de derrumbarse sobre mí.

Estoy en el metro cuando veo que Fran me ha mandado un mensaje que me anima de forma significativa.

El profe de las dos últimas horas está enfermo

Pobre hombre, tanto le odias???

La respuesta llega enseguida.

No, pero es que gracias a él voy a salir dos horas antes

No puedo evitar sonreír: eso significa que hoy llegará a casa antes que yo. Por lo general, los jueves solo disponemos de una hora completamente solos antes de que vuelva Natalia, pero hoy van a ser casi dos.

Suena interesante

Te aviso cuando salga

Llego a la universidad mucho más animado que cuando he salido de casa. Parece una tontería emocionarme tanto por un par de horas, pero es que cualquier minuto a solas con Fran me parece un regalo.

La mañana se pasa bastante deprisa, con las habituales quejas de Laura por absolutamente todo y las consiguientes burlas de Carlos.

—Estoy convencida de que la universidad vulnera algún derecho humano —asegura a la hora del descanso.

—¿Cuál? —pregunta Carlos.

—El de dormir.

—Ese no existe.

—Pues debería.

—Nadie te impide acostarte a una hora decente —señala él.

No puedo evitar sonreír; me gusta escucharlos discutir por tonterías. Es casi reconfortante comprobar que, mientras mi vida parece haberse puesto patas arriba durante las últimas semanas, hay cosas que siguen exactamente igual.

—Necesito vacaciones —añade con un suspiro dramático.

—Estamos en noviembre —le recuerdo.

—Precisamente. Además, tú no tienes derecho a hablar, que te fuiste de vacaciones hace tres semanas.

Carlos niega con la cabeza.

—No sé cómo consigues sobrevivir —le dice con retintín.

—Con mucho sufrimiento.

Los dos me miran al mismo tiempo.

—¿Y tú qué? —pregunta Laura—. Hoy estás más callado.

Me encojo de hombros.

—Estoy un poco cansado.

No es mentira, solo que el cansancio no tiene nada que ver con dormir poco, sino con pensar demasiado.

Cuando terminan las clases, me despido de Laura y Carlos en la estación de metro.

—Nos vemos mañana —dice Carlos.

—Y duerme un poco —le digo a Laura.

—No prometo nada.

Durante el trayecto de vuelta, le mando un mensaje a Fran:

Llego en 15 minutos

Aquí te espero

El metro avanza entre estaciones mientras apoyo la cabeza contra el cristal.

El pensamiento del aniversario de mamá sigue ahí, en algún rincón de mi cabeza, pero cada vez que leo la conversación con Fran consigue perder un poco de fuerza.

Me basta con imaginar la sonrisa con la que estará esperando mi llegada.

Al salir a la calle, camino un poco más deprisa de lo habitual. El aire fresco de mediados de noviembre me golpea la cara, pero apenas le presto atención. Solo pienso en abrir la puerta de casa.

Cuando meto la llave en la cerradura, oigo movimiento al otro lado. Abro y me encuentro con Fran esperándome justo al otro lado, muy sonriente.

—¿Qué haces aquí plantado? —le pregunto, sonriendo también.

—Justo estaba pasando cuando he oído que estabas abriendo. Pero, si no te alegras de verme...

Hace como si fuera a marcharse, pero le sujeto el brazo antes de que pueda hacerlo y lo acerco más a mí.

—Ven aquí, anda.

Y entonces lo beso en los labios.

—Te quiero.

Vuelvo a besarlo, pero esta vez no tardamos en encendernos y en comenzar a explorarnos mutuamente con las manos.

—¿Vienes a mi cuarto? —me pregunta cuando nos separamos, con la respiración entrecortada.

—¿Por qué al tuyo? Mi cama es más grande.

—Tú ven conmigo, anda.

Me encojo de hombros y lo sigo por el pasillo. Fran abre la puerta de su habitación y me hace un gesto para que entre primero. Obedezco... y me quedo completamente inmóvil.

La habitación está iluminada únicamente por el resplandor cálido de varias velas repartidas por distintos rincones.

La luz anaranjada llena el cuarto de un ambiente cálido e íntimo que me resulta inmediatamente familiar.

No puedo evitar sonreír. Ha preparado todo esto para mí. O, mejor dicho, para nosotros.

Oigo cómo cierra la puerta detrás de mí.

—A ver... —empieza con una timidez que me enternece al instante—, sé que esto no es nada original comparado con lo que me has preparado tú otras veces, pero...

Ni siquiera lo dejo terminar.

—¿Qué dices? Me encanta.

Levanta la vista hacia mí.

—¿En serio?

Asiento sin dejar de sonreír.

—En serio. Es perfecto.

Me acerco despacio hasta él y deposito un beso largo y tranquilo sobre sus labios.

Cuando nos separamos apenas unos centímetros, apoyo la frente contra la suya.

—Te quiero, Fran.

Él sonríe de esa forma que consigue hacerme olvidar cualquier preocupación.

—Te quiero, Marcos.

Volvemos a besarnos, y pronto ya estamos devorándonos con la misma desesperación de siempre.

No tardamos en desnudarnos y darnos placer de todas las formas posibles hasta que, por fin, vuelvo a estar dentro de él, carne contra carne.

Fran está boca arriba, con las piernas sobre mis hombros, y es como si los dos fuéramos incapaces de parpadear siquiera mientras nos miramos a los ojos.

—Estoy a punto —lo aviso, sin dejar de embestirlo con ganas.

—Yo también —susurra.

—¿Vamos juntos?

—Vale.

Aumento el movimiento de mis caderas todo lo que puedo mientras él hace lo mismo con la mano.

—Te quiero —decimos al mismo tiempo.

Un instante después, siento esa presión deliciosa alrededor de mi polla justo cuando él comienza a correrse y yo lo sigo apenas un segundo más tarde, sin dejar de mirarnos a los ojos, gimiendo sin vergüenza ni complejos mientras lo lleno por dentro.

Agotado, me dejo caer sobre él y lo abrazo fuerte.

—Te quiero —susurro contra su cuello.

—Te quiero.

Sinceramente, siempre pensé que el sexo no sería para tanto.

Tenía curiosidad por probar, evidentemente, pero no pensaba que fuera a darle demasiada importancia.

Me equivocaba. No sé si es porque nuestra relación comenzó precisamente así, gracias al sexo, pero la cuestión es que hacerlo con Fran siempre es impresionante.

Y lo mejor son los días como hoy, cuando no hay prisa, cuando no tenemos que irnos a dormir después.

Cuando podemos simplemente quedarnos donde estamos y tal y como estamos: agotados, sudados y pegajosos por culpa de los distintos fluidos, sí, pero también profundamente felices.

Me tumbo boca arriba y Fran se abraza a mí mientras yo lo rodeo con un brazo.

—Deberíamos irnos a la ducha —sugiero tras un rato de pura felicidad.

—¿Podemos quedarnos así cinco minutos más? —me pide con unos ojitos dignos del Gato con Botas de Shrek —. Es que estoy muy a gusto.

—Bueeeno —respondo sonriendo; no es como si yo tuviera muchas ganas de moverme—. Pero solo cinco minutos, ¿vale? Como nos quedemos dormidos, la liamos.

—Vale. Te quiero, Marcos.

—Te quiero, Fran.

Me da un beso rápido y vuelve a abrazarme. Mientras siento la calidez de su cuerpo contra el mío, me doy cuenta de algo: contra todo pronóstico, la que debería ser la semana más difícil del año se está convirtiendo en una de las más bonitas.

Y no lo cambiaría por nada, la verdad.