53.
Cuando me despierta la alarma a las siete de la mañana, hay un pequeño cambio en mi rutina con Fran.
—Te quiero —susurro contra sus labios.
—Te quiero —responde él, todavía adormilado.
Esto hace que tener que salir de la cama sea todavía más difícil, pero trato de guardar el sonido de esas dos palabras en mi corazón mientras me ducho, desayuno y me preparo para ir a clase.
Los besos de Fran cuando se levanta y esas palabras que volvemos a intercambiar son justo el chute de energía que necesitaba para salir de casa con fuerzas y una enorme sonrisa en la cara.
La sonrisa desaparece por completo en cuanto subo al metro y miro el calendario del móvil.
Lo único que quería era comprobar si me había apuntado la fecha de entrega de un trabajo de clase.
Pero entonces me fijo en algo que no esperaba, y verlo es como una patada en el estómago: este sábado será el aniversario de la muerte de mamá.
Y me avergüenza no haberme dado cuenta antes de lo cerca que estamos de ese día, la verdad.
Por mis auriculares suena Imagine Dragons, pero me paso el resto del trayecto sin prestar atención a la música. Tengo la cabeza en otro sitio; es casi como si todo el sonido del mundo se hubiera desvanecido de repente.
Ya ha pasado mucho tiempo, pero hay fechas que siguen teniendo un peso importante. Nunca he sido de ponerme triste durante semanas ni de encerrarme en mi habitación cuando llega esta época del año. De hecho, creo que a mamá no le habría gustado eso. Pero sigue siendo un día difícil.
Al menos, ya no tengo que sufrir tanto por papá, ni tampoco por Natalia.
Ahora tenemos a Belén en la familia. No es una sustituta de mamá, y tampoco es que lo haya pretendido jamás, sino algo diferente.
Alguien diferente, que nos hace felices a los tres de una forma que jamás habría podido imaginar.
Pero con Belén también ha llegado Fran… y todo esto que ha surgido entre nosotros durante las últimas tres semanas, sin quererlo ni buscarlo.
Y hay una idea que se ha asomado a mi cabeza en alguna ocasión durante estos días, aunque siempre acabo sofocándola: ¿y si estamos haciendo mal?
¿Y si nos cargamos la familia con todo esto?
Ahora que esa fatídica fecha está tan cerca, me aterra pensar en papá volviendo a ser quien era antes de que Belén llegara a su vida.
Por suerte, la facultad no tarda en obligarme a centrarme en otras cosas. Carlos está esperándome solo junto a la entrada, así que lo ayudo a subir por la rampa y vamos juntos hacia el ascensor.
—¿Ya estás mejor? —me pregunta mientras subimos.
—¿Qué?
—Lo de ayer. ¿Ya te has recuperado?
—¡Ah! Sí, sí. Ya estoy mejor, lo que pasa es que sigo medio empanado.
Laura llega a clase cinco minutos tarde, con un café enorme en la mano.
—He sobrevivido —anuncia nada más sentarse.
Carlos levanta la vista de los apuntes.
—Todavía es pronto para afirmarlo.
—No he dormido nada.
—Eso dijiste ayer.
—Porque ayer tampoco dormí.
Sonrío sin poder evitarlo mientras saco el portátil de la mochila. Echaba de menos los parloteos de los dos.
La mañana transcurre con la normalidad de siempre.
Un profesor nos devuelve una práctica, otro anuncia una entrega para dentro de dos semanas y Laura protesta exactamente las mismas veces que todos los días porque las clases duran demasiado mientras Carlos se burla de ella.
En cualquier otra ocasión, seguramente me habría unido a sus bromas, pero hoy me descubro mirando el móvil varias veces sin motivo, como si esperara que la fecha cambiara mágicamente a cualquier otra época del año. Evidentemente, no funciona.
Durante el descanso, Carlos me da un codazo suave.
—¿Estás bien?
Levanto la cabeza.
—¿Qué? Sí, claro.
—Llevas toda la mañana en la luna.
—Ya te lo he dicho, estoy un poco empanado hoy.
Laura asiente.
—Pensaba que era porque echabas de menos a tu hermanastro favorito.
No puedo evitar reírme.
—No seas idiota.
—Ah, ¿entonces no lo echas de menos?
—Lo dicho: eres idiota.
Ella sonríe con expresión triunfal.
—Eso no es un no.
Por suerte, el profesor entra en ese momento y me ahorro tener que responder.
Laura tiene razón en una cosa: por supuesto que echo de menos a Fran.
Es ridículo, teniendo en cuenta que nos hemos despedido hace apenas unas horas en casa, pero desde que estamos juntos o lo que sea que es esto me cuesta acostumbrarme a pasar tantas horas sin verlo.
Al principio, la universidad era precisamente el lugar donde conseguía olvidarme de él durante un rato.
Pero ahora me ocurre justo lo contrario.
Cuando terminan las clases, me despido de Laura y Carlos en la estación de metro.
—Nos vemos mañana.
—Y duerme más de cuatro horas, por favor —le dice Carlos a Laura.
—No prometo nada.
Los veo alejarse entre la gente y bajo a mi andén.
El viaje de vuelta resulta mucho más silencioso que de costumbre.
No pongo música, simplemente activo la cancelación de ruido para aislarme un poco del mundo.
Me apoyo contra la ventana mientras observo cómo las luces del túnel aparecen y desaparecen a toda velocidad.
Al final, saco el móvil y abro la conversación con papá.
Estoy a punto de escribirle para preguntarle si iremos a ver a mamá el sábado, pero borro el mensaje antes de enviarlo; no quiero recordarle el tema tan pronto.
Antes, el día del aniversario era un auténtico drama. Los tres íbamos a verla al cementerio, pero era peor el remedio que la enfermedad: papá se derrumbaba de tal forma que yo tenía que dar un paso al frente para ser el adulto de la familia, y Natalia acababa llorando de forma inconsolable.
Pero, el año pasado, Belén intervino. Ellos no saben que yo lo sé; escuché la conversación a escondidas.
Como había congeniado tanto con Natalia, esta le había contado cómo eran nuestras visitas anuales al cementerio, llantos incluidos.
Belén le dijo a mi padre que no podía seguir así: que le estaba creando un trauma a su hija, que estaba destrozando la salud mental de su hijo, es decir, yo.
Que estaba convirtiendo los recuerdos bonitos de nuestra madre en recuerdos tristes. Y tenía razón.
Decidió acompañarnos al cementerio y fue justo lo que necesitábamos que fuera.
Se mantuvo a un margen cuando necesitamos soledad e intimidad.
Se convirtió en nuestra roca cuando necesitamos su apoyo.
Y, a partir de ese día, gracias a ella, los tres comenzamos a sanar.
Ahora que ha pasado un año, todavía duele ver que se acerca la fecha, pero al menos me siento más preparado para enfrentarme a ello.
¿Volveremos a ir con Belén este año? ¿Vendrá Fran con nosotros? Sea como sea, estoy seguro de que todo saldrá bien. Lo que necesito es dejar de darle vueltas al tema.
Cuando llego a mi estación, camino despacio hasta casa. El aire fresco me despeja un poco la cabeza, aunque no lo suficiente.
Al abrir la puerta de casa, me recibe la misma soledad de siempre.
Sigo estando disperso, así que decido aprovechar la hora que tengo solo para hacer algo que nunca hago: darme un buen baño.
Primero me ducho para eliminar la suciedad del día, y después pongo el tapón y me siento en la bañera, esperando a que se llene.
Cuando al fin estoy cubierto casi por completo, cierro el grifo, apoyo la cabeza sobre el borde de la bañera y cierro los ojos, disfrutando del silencio y del agua caliente que me alivia la tensión que he estado acumulando durante toda la mañana sin darme cuenta.
Las voces de papá y Belén entrando en casa me despiertan de golpe. El agua se ha quedado helada, así que quito el tapón para vaciar la bañera y me doy una ducha caliente muy rápida para entrar un poco en calor. Tras vestirme, me acerco a la cocina para saludar.
—¡Hola! —saludo al entrar.
—¡Hola, cariño! —responde Belén, sonriendo.
Papá también levanta la vista.
—¿Qué tal el día?
—Bien.
Lo digo automáticamente; no tengo ganas de preocuparlos todavía. Me bebo un vaso de agua antes de salir otra vez al pasillo y vuelvo a mi habitación.
Estoy organizando los apuntes antes de comer cuando oigo que Fran entra en casa. Sin poder evitarlo, siento un cosquilleo agradable en el estómago. Lo oigo pasando por la cocina para saludar, y después se acerca por el pasillo.
—¿Fran? —digo en voz baja, para que solo él me oiga. No contesta, pero entra en mi habitación y se acerca a mí. No puedo evitar sonreír al verlo, aunque no se me escapa la expresión que tiene, como si le preocupara algo—. Hola.
—Hola. ¿Pasa algo?
En realidad, sí que pasa algo. Llevo toda la mañana con un nudo en el estómago que se resiste a desaparecer, pensando en el sábado, en mamá, en lo difícil que va a ser.
Pero, en cuanto lo tengo delante, me doy cuenta de que no quiero hablar de eso todavía.
Solo necesito sentir que está aquí. Conmigo.
—No, tranquilo. Solo quería darte un beso.
No necesito volver a pedírselo. Cuando nos separamos, Fran apoya la frente contra la mía.
—No sabes cuánto lo necesitaba, la verdad —susurra; está claro que no soy el único con cosas en la cabeza.
—¿Estás bien? —le pregunto, preocupado—. Tenías cara rara al entrar.
Durante un instante creo que va a contármelo, pero lo único que hace es sonreír.
—Tranquilo. —Me da un beso rápido—. Estoy bien.
Lo miro unos segundos más, pero no termino de creérmelo.
—¿Seguro?
—Seguro.
Asiento con la cabeza, despacio. Tal vez solo haya tenido un mal día en la facultad. O esté cansado. No hace falta insistir si no quiere hablar; yo mismo tampoco quiero hacerlo. Ya tendremos tiempo de hablar cuando de verdad lo necesitemos.
—Vale. Pues te quiero.
Lo digo casi sin pensar. Sigue sorprendiéndome lo natural que me sale ya pronunciar esas dos palabras. Su sonrisa se vuelve mucho más luminosa de inmediato.
—Yo también te quiero.
Y, por primera vez desde que he visto la fecha en el calendario por la mañana, siento que tal vez el sábado no vaya a ser tan difícil si él está a mi lado.