52. (cont.)
Cuando volvemos a la cama, Fran continúa besándome de inmediato, casi con ansia. ¿Cómo lo consigue? Si no hace ni media hora que nos hemos corrido.
—Si quieres que follemos de nuevo, me parece que todavía no voy a poder —confieso—. Vas a tener que darme un rato para que me recupere.
—No te preocupes —susurra.
—Pero, si quieres, puedo jugar un poco con tu culo.
A fin de cuentas, nunca me canso de hacereso.
—Me parece genial —responde él, sonriente.
Le llevo un dedo a la boca para que me lo lama, y entonces lo llevo hasta sus nalgas. Se lo introduzco despacio, aunque ya está bastante abierto.
—Túmbate —le digo; ahora soy yo quien tiene el control.
Él se acuesta boca abajo, y la visión de ese culo suave y perfecto frente a mí me hace sentir un estremecimiento.
Incapaz de contenerme, hundo la cara entre sus nalgas y comienzo a lamer, mordisquear y succionar de esa forma que cada vez se me da mejor, a juzgar por sus gemidos.
Cuando me quedo sin aire, le introduzco un par de dedos.
A estas alturas ya he aprendido a encontrar ese punto que tanto placer le da, así que me aseguro de estimularlo y disfruto mientras se retuerce bajo mi control.
De pronto, se me ocurre una idea.
—Oye, ¿tienes algún juguete?
—Eh… pues la verdad es que sí —responde, aunque suena avergonzado—. ¿Quieres que lo traiga?
—Puedo ir yo si quieres. ¿Dónde está?
—En el tercer cajón de mi mesita de noche, dentro de la caja de cartas de Pokémon. —Me echo a reír—. ¿Qué pasa ahora?
—¿En una caja de cartas de Pokémon? ¿En serio?
—¿Qué pasa? —se defiende—. No voy a dejarlo donde pueda encontrarlo todo el mundo.
Me limpio las manos con unas toallitas húmedas y salgo de mi habitación.
Entro en la de Fran, ese lugar que empezó siendo una habitación prohibida y ahora se ha convertido en el refugio donde paso casi todas las noches, y voy directamente hasta su mesita de noche.
En el tercer cajón hay una lata metálica con un gran Pikachu sonriente y, cuando la abro, me encuentro con un dildo de silicona negra.
Enrojezco ligeramente mientras vuelvo a mi cuarto.
—Si te soy sincero, no sé cómo se usan estas cosas —admito, acercándome a él—. ¿Te lo meto como si fuera mi polla y tal?
—Sí, pero no me lo metas de golpe. Ve con cuidado, ¿vale?
—Sí, tranquilo. ¿Voy?
—Venga.
Me aseguro de extender suficiente lubricante sobre la silicona negra. Entonces, separo sus nalgas con una mano y utilizo la otra para introducirle el dildo con cuidado. Está tan estimulado que no tardo en metérselo entero.
—¿Vas bien? —le pregunto.
—Sí —responde con voz ahogada—. Ahora mételo y sácalo, ya sabes, igual que cuando me metes la de verdad.
Y yo obedezco. Primero voy despacio, tratando de cogerle el truco al mismo tiempo que él se acostumbra.
Pronto comienzo a aumentar la velocidad, y los gemidos de Fran delatan que lo estoy haciendo bien.
Al cabo de un rato, sin dejar de mover la mano, me tumbo sobre él y le paso el otro brazo por debajo del pecho, para pegarlo bien a mí.
Entonces empiezo a besarle el cuello, a mordisquearle las orejas mientras él se retuerce de placer debajo de mí.
Pensaba que iba a tardar más en recuperarme, pero cuando quiero darme cuenta, ya tengo la polla completamente dura contra él.
—Marcos… —gimotea—. Como sigas así… me voy… a correr… en tu… cama.
—Se me ocurre una forma de que te corras mucho mejor.
Me pego más a él para que sienta mi polla contra su nalga.
—¿Me la quieres meter?
—Claro.
—Vale, ¿pero te la puedo chupar un poco primero?
—¿Seguro? —pregunto, sin parar con el dildo.
—Se… guro. Si no, me voy a… correr demasiado pronto…, y después no voy a aguantar que sigas follándome… mucho más. Así me calmo… un poco, ¿vale?
Desde luego, no voy a quejarme.
—Vale.
—Pues venga…, sácamelo… y te tumbas.
Con cuidado, saco el dildo y lo dejo a un lado, envuelto en toallitas húmedas. Entonces, Fran se da la vuelta y me hace sitio. Me tumbo boca arriba y él va directamente hasta mi polla ya húmeda, usando la boca y la lengua de esa forma que me hace enloquecer.
—Joder... —susurro—. Y yo que antes de empezar a hacer esto contigo pensaba que las mamadas no serían para tanto.
Él se saca mi polla de la boca y me mira, frunciendo el ceño.
—Pensaba que ya te la habían chupado.
Mierda. Aparto la mirada.
—Igual me lo inventé un poquito —admito, notando cómo se me calientan las mejillas—. En realidad, hasta que empezó esto entre nosotros, nunca había hecho nada con nadie.
—Espera. ¿Nada de nada? ¿En serio?
—Sí. Había estado con chicas y tal, pero no habíamos pasado de los besos.
—Espera un momento, Marcos. Entonces… ¿Me estás diciendo eras virgen cuando empezamos a follar?
—Eh… pues sí —confieso, con las mejillas ardiendo.
—Joder. ¿Y por qué no me lo dijiste?
Me encojo de hombros, preguntándome si me estará saliendo humo de la cara o si solo es una sensación mía.
—No lo sé. Porque me daba vergüenza, supongo. No quería parecer tan inexperto. Y, como casi no nos conocíamos…
—A ver, Marcos, vergüenza ninguna, porque la virginidad no es más que un constructo social creado para oprimir a las mujeres —responde, aunque necesito unos segundos para entender lo que ha dicho—. Pero… Joder, tenías que habérmelo dicho.
—Bueno, de todos modos, ya te dije que no había hecho casi nada. Tampoco fue una mentira del todo.
—Joder, si no es por eso. —Parece frustrado—. Escucha…, me hice pruebas de ITS literalmente un par de semanas antes de la boda. Llevaba sin follar desde mi ex, y después, tampoco volví a hacer nada con nadie hasta lo que pasó contigo en el hotel.
—¿Y qué pasa? —No sé a qué viene eso—. Eso es bueno, ¿no?
—Pues claro que es bueno. —Me mira a los ojos, y entonces me percato de que él también está rojo—: Marcos… ¿Quieres correrte dentro de mí?
Me quedo mirándolo, tratando de asimilar sus palabras. Por supuesto que quiero, aunque antes tengo que asegurarme.
—Y estás seguro de que por tu parte está todo bien, ¿verdad?
—Completamente —responde—. Cuando me hice las pruebas, ya se había terminado el periodo ventana de todo.
Me quedo en silencio de nuevo, y entonces asiento con la cabeza.
—Sí —susurro—. Joder, sí. Claro que sí.
Fran y yo hemos hecho tantas cosas durante estas últimas semanas, ha habido tantas primeras veces con él, que pensaba que no quedaba ninguna más.
Pero no había pensado en esto: sentir la unión completa entre nuestros cuerpos, sin barreras de por medio.
Conozco perfectamente la importancia de usar protección y por eso jamás me he negado a hacerlo, pero si sabemos que no hay ningún peligro por parte de los dos… ¿por qué no dar el paso?
—¿Estás seguro? —me pregunta, ajeno a mis pensamientos—. No tenemos por qué hacerlo si no quieres.
—Fran, llevo fantaseando con correrme dentro de ti desde el primer día que follamos —confieso un tanto cohibido, aunque lo miro intensamente a los ojos—. Estoy seguro, te lo prometo.
Volvemos a besarnos con ansia, pero los dos tenemos demasiadas ganas de dar el siguiente paso.
Fran se acuesta boca arriba, con un cojín bajo las nalgas para facilitarme la tarea.
Yo me acerco a él y coloco sus piernas sobre mis hombros, devorándolo con la mirada.
Estoy nervioso, muy nervioso, pero trato de ocultarlo.
Extiendo lubricante por mis dedos y se los voy introduciendo, primero uno, después dos, y al final tres. Todos se deslizan en su interior sin la menor dificultad.
—¿Voy? —le pregunto.
—Sí.
No hace ni una hora que me he corrido, pero tengo la polla más dura y palpitante que nunca.
Está tan húmeda que probablemente no necesitaría lubricante, pero lo utilizo de todos modos: no quiero hacerle daño.
Comienzo a frotarla entre sus nalgas, y compruebo de inmediato que la sensación es muy distinta.
Presiono ligeramente hasta introducir el glande, y sí: esto es muy distinto.
Puedo sentir su cuerpo sin barreras, su calidez, la humedad.
Estoy temblando por los nervios y siento que me arde la cara, pero lo miro con los ojos llenos de deseo.
—¿Bien?
—Sí —responde—. Sigue.
No necesito que me lo diga dos veces. Continúo entrando en él muy despacio, disfrutando de la presión, de esa calidez y esa humedad que todavía no conocía.
Es diferente, muy diferente. Y, si ya antes me gustaba, ahora es simplemente indescriptible.
Comienzo a moverme como suelo hacer, incrédulo al darme cuenta de que las sensaciones son mucho más intensas de lo habitual. Muy pronto ya estamos los dos gimiendo.
—¿Te gusta? —pregunto tras unos minutos.
—Claro —responde entre gemidos—. ¿Y… a ti?
—Es la hostia —digo, y él sonríe.
—¿En serio?
—Ya te digo. Joder, si es que es mucho… mejor… así. Antes ya me flipaba follar contigo…, pero ahora…
—¿De verdad?
—Te lo juro. —Lo beso en los labios—. ¿Seguimos?
—Joder, sí.
Y eso hago, disfrutando de la nueva sensación de que nuestros cuerpos están más unidos que nunca. Sin embargo, y aunque ya me corrí hace un rato, no tardo en darme cuenta de que el clímax está cada vez más cerca.
—Fran… Como siga así, me corro.
—Yo estoy… a punto… también. —Comienza a masturbarse, mirándome a los ojos—. Córrete.
—¿Seguro? Todavía estoy a tiempo de correrme fuera si quieres.
—No quiero. —Sonríe—. Quiero… que te corras… dentro de mí.
—¿Te doy fuerte?
—Reviéntame, Marcos.
Asiento con la cabeza y eso es justo lo que hago, embistiéndolo con todas mis fuerzas, haciendo crecer ese placer que no hace más que acumularse en mi interior.
—Fran… me corro —susurro.
—Y yo. No pares, joder. No pares.
No sé quién gime más alto de los dos, pero al fin alcanzo el clímax y me corro dentro de él, invadido por un placer tan intenso que me tiembla todo el cuerpo.
Lo embisto una vez con cada chorro y cada convulsión de mi cuerpo, llenándolo por dentro.
Él comienza a correrse al instante sobre su pecho, casi ensordeciéndome con sus gritos de placer.
Entonces termina y yo me dejo caer sobre él.
Le rodeo la espalda con los brazos, aferrándolo contra mi pecho.
Tengo la extraña sensación de que nunca lo había querido tanto como en este preciso instante.
Durante unos minutos, lo único que se oye en la habitación es nuestra respiración, aunque puedo sentir los latidos de mi corazón como si estuviera palpitando contra mis oídos.
Fran entrelaza las piernas con las mías y me abraza también, como si no quisiera dejar que corra el aire entre nosotros.
Ni siquiera he salido de él, pero veo que cierra los ojos con una sonrisa y yo lo imito.
Seguimos así durante un buen rato mientras nuestros cuerpos vuelven al estado de calma, y la felicidad que me embarga por completo es tan absoluta que ni siquiera me lo pienso dos veces antes de expresar lo que siento.
—Joder —le susurro al oído—. Te quiero.
Él se queda paralizado.
—¿Qué has dicho?
Mierda. La he cagado. Me aparto a toda prisa, asustado.
—Joder. Lo siento. —Solo quiero que me trague la tierra—. Se me ha escapado, es que estaba tan a gusto que…
—Marcos, para —me pide—. Para.
—Es que…
—Para, por favor. —Su sonrisa me tranquiliza un poco—. ¿Lo decías en serio?
Desvío la vista, con las mejillas ardiendo. Entonces, trago saliva y asiento levemente con la cabeza.
—Sí. Pero no te preocupes, o sea, tampoco significa que…
—Marcos, en serio. Para. —Me pone la mano sobre la mejilla y me gira la cara para mirarme a los ojos. Sonríe ligeramente—. Yo también te quiero.
El pánico desaparece de inmediato, sustituido por una felicidad pura e intensa. Casi siento ganas de llorar.
—¿En serio?
—En serio.
—Joder.
—¿Qué pasa?
—Nada. Que te quiero. —Vuelvo a abrazarlo y lo miro a los ojos—. Te quiero, Fran —susurro, acariciándole la mejilla.
—Te quiero, Marcos —responde, acariciándome el pelo.
Por supuesto, volvemos a besarnos. Y ahora que hemos roto esa barrera, tal vez la única que quedaba, volvemos a repetir esas dos palabras hasta el infinito, sin miedo ni vergüenza, tan solo con la felicidad y la emoción de saber que quieres a alguien y que, milagrosamente, esa persona te corresponde.
Nuestros cuerpos acaban uniéndose una tercera vez, pero esta es diferente a las anteriores. Lo hacemos despacio y con calma, sin dejar de decirnos esas palabras que nos llenan de júbilo. De alguna manera, eso hace que todo sea mucho más profundo.
No sé muy bien cómo ha pasado todo esto; no sé qué he hecho para merecer esta felicidad, pero es real. Muy real.
Nos queremos. Tan simple como eso.