El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 51.
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La mañana del domingo es básicamente una repetición del sábado: la estrategia de la ducha, desayunar juntos, nuestras piernas entrelazadas a la hora de la comida…

Sería todo perfecto, de no ser porque por las tardes es más complicado coincidir, y tampoco es como si pudiéramos darnos veinte duchas al día.

Por suerte, hoy se me ha ocurrido una idea para pasar más tiempo juntos sin tener que hacerlo a escondidas.

—¿Te apetece ver una peli conmigo? —le propongo después de comer, cuando terminamos de recoger la cocina—. En mi cuarto y tal.

Él me devuelve la sonrisa.

—Claro. ¿Qué peli?

—Me da igual —respondo con total sinceridad—. En realidad es una excusa para estar contigo.

—Me parece genial.

Me aseguro de lavarme bien los dientes antes de volver a mi habitación y llevarme el portátil a la cama. Cinco minutos más tarde, Fran llama a la puerta.

—Pasa.

Cierra la puerta detrás de él, aunque sin el pestillo para no levantar sospechas, y se acerca para darme un largo beso antes de tumbarse junto a mí en la cama. Entonces, coloco el portátil sobre una silla frente a la cama y entro en Netflix.

—¿Cuál ponemos?

—La primera que tengas en la lista —responde Fran, acariciándome la espalda.

Y eso es lo que hago; ni siquiera me fijo en el título. Todavía no han terminado los títulos iniciales cuando ya estamos devorándonos de nuevo. Es increíble lo adictivo que puede llegar a hacerse esto; es como si jamás nos cansáramos de besarnos por mucho tiempo que pasemos haciéndolo.

El problema es que los calentones son inevitables en estas situaciones, y ahora no es el mejor momento para dar rienda suelta a los deseos de nuestros cuerpos.

Aunque nos permitimos restregarnos un rato y hasta metemos las manos dentro de los calzoncillos del otro para hacernos jadear un poco, los dos sabemos que no deberíamos ir más allá.

—Tendríamos que parar —susurra Fran, aunque sus dedos siguen cerrados alrededor de mi polla.

—Lo sé —acierto a responder, tratando de no gemir.

Aun así, todavía nos permitimos unos segundos más de placer antes de detenernos del todo.

—¿Me abrazas como hacemos antes de dormir? —me pide.

—Qué morro tienes… —respondo con una sonrisa.

—Es para evitar la tentación.

—Claro, claro…

Pero lo hago de todos modos. Dejo que se tumbe de lado, de cara al portátil, y yo me tumbo detrás de él para rodearlo con los brazos.

Con una mano sobre su pecho, sonrío mientras me concentro en los latidos de su corazón y en su respiración cada vez más sosegada. No tarda demasiado en quedarse dormido.

Estoy tan a gusto que quiero dormir yo también.

El problema es que estamos en casa y todavía es de día, así que sería demasiado arriesgado.

Uno de los dos debería estar despierto para controlar la situación por si acaso alguien entrara en mi cuarto, así que me obligo a abrir bien los ojos y concentrarme en la película.

Tomo nota mentalmente para elegir una que nos apetezca más la próxima vez: aunque todo el rato previo con Fran ha estado muy bien, ahora que se ha dormido preferiría estar viendo otra cosa.

Se despierta poco después de que comiencen los créditos. Gira entre mis brazos para mirarme con una sonrisa y, como no podría ser de otra manera, comenzamos a besarnos de nuevo.

Por supuesto, enseguida volvemos a ponernos cachondos.

—Deberíamos parar —susurro muy cerca de su boca.

—Deberíamos. —Me gira la muñeca para mirar mi reloj; son casi las seis—. Todavía es pronto para que te vayas a la ducha, ¿no?

—Un poco. Los findes siempre me ducho a las ocho o así, antes de cenar.

Fran hace una mueca.

—Falta mucho —se queja, arrancándome una carcajada.

—Piensa que luego no vamos a volver a estar solos hasta que todos se duerman —señalo—. Mejor distribuir un poco el tiempo de besos, ¿no?

—Sí, supongo —se resigna—. Además, tendría que irme a estudiar un poco.

—Sí, yo también.

Seguimos besándonos un rato, y después tenemos que esperar unos minutos más: la erección de Fran es demasiado llamativa por debajo del pantalón de chándal. Cuando su cuerpo vuelve a la normalidad, me da un beso rápido y se marcha.

Tras un par de horas estudiando, por fin dan las ocho. No pierdo ni un minuto en escribirle un mensaje a Fran.

Me voy a duchar ya… por si quieres hacerme compañía

A continuación, saco ropa limpia del armario y entro en el cuarto de baño. Tal como ya hemos hecho antes, pongo el agua en marcha y espero a que llegue.

—¿Qué pasa? —grito cuando llamo a la puerta.

—Soy yo, es que tengo que mear. ¿Se puede?

—¿No te puedes aguantar? —pregunto; siempre tratamos de hacer como si al que está dentro no le hiciera mucha gracia la interrupción.

—No, joder. Te juro que me estoy meando.

—Siempre igual, tío —protesto mientras trato de controlar la risa—. Venga, entra.

Él se apresura a entrar y cierra la puerta tras él, muy sonriente.

Le devuelvo la sonrisa mientras se acerca a mí, y entonces, comenzamos a devorarnos una vez más, solo lo justo para no levantar sospechas.

Menos de cinco minutos después, Fran ya está fuera del baño, mientras que yo estoy empalmadísimo y con muy pocas ganas de situarme bajo el agua helada para poner mi cuerpo bajo control.

Después de una nueva cena con las piernas entrelazadas, Fran me lanza una mirada que me llama la atención.

—Voy a bajar la basura.

—Te acompaño —digo a toda prisa.

Natalia pone los ojos en blanco.

—¿Es que Fran no puede bajarla solito o qué?

—Sí, pero me sabe mal que tenga que hacerlo solo.

Vamos a por la bolsa de basura antes de que nadie pueda insistir, cogemos las llaves y salimos. Esperamos a que llegue el ascensor. Normalmente bajamos por las escaleras, pero hoy tenemos otras intenciones.

Las puertas se abren.

Entramos en el ascensor.

Las puertas se cierran.

Y nos devoramos de una forma casi desesperada.

Cuando llegamos al portal, nos permitimos un par de minutos más de besos antes de salir. Entonces, vamos corriendo a tirar la basura y volvemos a refugiarnos en el ascensor. Seguimos besándonos un par de minutos más antes de subir a casa, tratando de disimular nuestra respiración acelerada.

Nos encontramos de cara con Natalia, que está volviendo a su cuarto.

—¿Qué habéis ido, hasta el vertedero para tirar la basura personalmente?

—Es que no venía el ascensor —responde Fran, que claramente ya lo tenía todo pensado—. Y mientras estábamos fuera ha entrado alguien y ha subido hasta el sexto, así que hemos tenido que esperar otro rato.

—Joder, que vivimos en un segundo. No os vais a morir por usar las escaleras.

—Métete en tus cosas, anda —replico, dando la conversación por terminada.

Ella resopla y se marcha hacia su habitación. Espero unos segundos hasta que desaparece por el pasillo, y entonces le doy un beso rápido a Fran, el último hasta que vuelva a colarme en su habitación cuando todos estén durmiendo.

Por la noche, después del sexo, nos quedamos hablando en voz baja durante unos minutos.

—Me encanta esto —susurro.

—¿El qué?

—Todo. Estar aquí contigo. Vivir juntos. Cruzarnos en casa y comer juntos, el truco del baño, lo de la película, y también lo de antes en el ascensor. —Me encojo de hombros—. No sé. Me gusta mucho.

Él sonríe y me besa en los labios.

—A mí también. Aunque a veces se me queda corto.

Suelto un suspiro; sé muy bien a lo que se refiere.

—Ya ves.

Ninguno de los dos habla durante unos minutos.

Fran está abrazado a mí, con la cabeza apoyada sobre mi pecho, y yo juego distraídamente con un mechón de su pelo mientras el silencio se instala entre los dos.

Es uno de esos silencios cómodos que hace apenas unas semanas habrían resultado impensables.

Aunque, a decir verdad, todo lo que ha ocurrido entre nosotros estas últimas semanas me habría resultado impensable.

—Oye... —susurra contra mi pecho.

—¿Sí?

—No quiero ir a clase mañana —dice, y yo no puedo evitar sonreír.

—Qué sorpresa. ¿Y eso?

Levanta un poco la cabeza para mirarme.

—Porque quiero estar contigo.

Se me acelera el corazón de una forma tan ridícula que me da hasta vergüenza, sobre todo porque él está en el lugar perfecto para darse cuenta.

—Fran...

—¿Qué?

—Es que cuando dices esas cosas...

—¿Qué pasa cuando digo esas cosas? —pregunta, haciéndose el tonto.

—Nada. Que me dejas tonto.

Él se ríe por lo bajo y vuelve a apoyar la cabeza sobre mí.

—Pues acostúmbrate.

Nos quedamos unos segundos en silencio.

—Yo tampoco quiero ir —admito al final—. Después de todo el finde juntos, pensar que a partir de mañana vamos a volver a estar juntos solo por las noches...

—Es una mierda.

—Sí.

Fran dibuja círculos distraídos sobre mi pecho con la yema del dedo.

—¿Y si no vamos?

—¿Cómo que si no vamos?

—Pues eso. ¿Y si no vamos? —repite—. ¿Y si nos quedamos en casa?

—Pero nuestros padres...

—Estarán trabajando.

—Ya, pero... —De pronto, me viene una idea a la cabeza—. Espera. —Él levanta la vista—. ¿Y si fingimos que estamos enfermos?

Fran tarda un segundo en entender lo que quiero decir. Después, una sonrisa enorme empieza a extenderse por su cara.

—¿En plan gripe?

—O dolor de barriga o algo así. Tampoco hace falta montar un drama.

—Podemos decir que nos encontramos regular desde esta noche.

—Exacto —asiento—. Y como los demás se van temprano...

—Nos quedaremos los dos solos en casa un montón de horas. —Los dos nos miramos unos segundos—. Marcos...

—¿Qué?

—Es una idea terrible —dice entre risas, y yo me uno a él.

—Ya lo sé, pero es lo mejor que se me ocurre.

—Podría salir fatal.

—También lo sé.

Hace una pausa.

—Pero quiero hacerlo —dice.

—Yo también.

—¿Crees que colará?

Me encojo de hombros.

—Natalia seguro que se burla de nosotros.

—Eso da igual —replica.

—Y papá y tu madre probablemente nos dirán que vayamos al médico si el martes seguimos igual.

—Bueno, mañana por la noche estaremos milagrosamente recuperados.

—Qué casualidad –digo entre risas.

—Los milagros existen.

Le doy un golpecito cariñoso en un brazo.

—Qué tonto eres.

—Pero te gusto.

—Muchísimo —confieso.

Sonríe de esa manera suya que hace que me entren ganas de besarlo otra vez, y eso es exactamente lo que hago.

—Vale, entonces este es el plan —dice en voz baja cuando nos separamos—. Cuando nos levantemos, diremos que hemos pasado mala noche.

—Sin pasarnos. Nada de fiebre de cuarenta, ni vómitos cada cinco minutos.

—Qué poco ambicioso eres.

—Es que quiero que se lo crean.

—Pues como funcione…

No termina la frase; no hace falta. Como funcione, tendremos una mañana entera para nosotros solos. Sin nadie en casa. Sin tener que esperar a que todos se duerman o a que no haya nadie cerca. Sin escondernos cada cinco minutos. Solo nosotros.

Le doy un beso rápido en la frente, feliz y deseoso de que llegue la mañana.

—Será mejor que intentemos dormir —digo.

—Sí.

—Mañana tenemos que estar muy malitos.

—Qué putada.

—Ya ves.

Fran vuelve a acomodarse contra mi pecho, entrelazando las piernas con las mías.

—Buenas noches, Marcos.

Le paso un brazo alrededor de la cintura y cierro los ojos.

—Buenas noches, Fran. Espero que mañana estemos fatal.

Él suelta una risa ahogada.

—Fatal de verdad.

Mientras me dejo llevar por el sueño, no puedo evitar preguntarme cómo es posible que haya empezado a quererle tanto en tan poco tiempo.