El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 50.
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Hoy es sábado, lo que significa que puedo quedarme todo el día en casa, que podré ver a Fran a lo largo de todo el día, como cuando estábamos de vacaciones.

Sin embargo, después de la noche de ayer y de todas las noches anteriores juntos, la idea de pasar todo el día viéndolo sin poder acercarme a él más que unos segundos de vez en cuando me resulta casi insoportable.

En cuanto veo su respuesta a mi mensaje de buenos días y comenzamos a hablar, me doy cuenta de que a él le pasa exactamente lo mismo.

Buenos días!

Has dormido bien?

Bueno…

Dormía mejor cuando estabas tú conmigo, la verdad

Y yo

Tengo demasiadas ganas de besarte…

Y yo

Pero se me ha ocurrido una cosa

El qué?

Yo hago como que me voy a duchar

Y después tú llamas diciendo que tienes que entrar a mear y nos liamos un ratito en el baño

No vamos a poder estar mucho tiempo, pero es mejor que nada

Uf, sí a todo

Vas ya? Necesito besarte ya

Joder, y yo

Voy corriendo

Me levanto de la cama y echo mano de los chicles de menta que he comprado para esta clase de situaciones. Espero pacientemente, con el móvil en la mano, hasta que al fin llega el mensaje de Fran.

Vente!

Se me acelera el pulso al instante. Dejo el móvil en la cama, tiro el chicle a la papelera y espero unos segundos prudenciales antes de salir de mi habitación. Procuro caminar con normalidad para no llamar la atención, aunque por dentro siento que estoy a punto de explotar.

Me acerco a la puerta del baño y doy un par de golpecitos suaves.

—¿Qué pasa? —pregunta Fran desde dentro.

—¿Puedo pasar? Es que me meo.

—Joder, ¿y no podías haber venido antes? —grita para guardar las apariencias.

—Es que no sabía que te ibas a duchar.

—Pasa, anda.

Abro la puerta y me apresuro a entrar. Nada más cerrarla, echo el pestillo. Los dos sonreímos al vernos.

—Y yo que pensaba que te iba a encontrar desnudo —susurro.

Él pone los ojos en blanco y me toma la mano para acercarme a él.

—Ven aquí, anda.

El beso es desesperado, como si nos muriéramos de sed y el único sustento estuviera en la boca del otro.

Nuestras pollas despiertan al instante, y enseguida siento su dureza contra la mía a través de mi bóxer y su pijama.

Disfrutamos de cada segundo, pero cuando calculo que ya debemos de llevar un minuto besándonos, me obligo a separarme de él.

—Debería irme —susurro, y le doy un beso rápido.

—Supongo.

Me da otro beso.

—Bueno… Pues hasta luego.

Y le doy un beso más antes de dar media vuelta para marcharme.

—¡Espera! —dice él—. La cisterna.

—Cierto.

Mientras Fran tira de la cisterna, nos besamos unos segundos más. Después, seguimos besándonos mientras abro el grifo del lavabo durante un rato más de la cuenta. Pero ya lo estamos estirando demasiado, así que al fin me marcho, con el corazón acelerado y una enorme sonrisa de idiota en la cara.

Me marcho a mi habitación para esconderme hasta que se me pase el calentón; sigo demasiado empalmado. Cuando la cosa baja, utilizo un pañuelo para secar la humedad acumulada en mi glande y voy a la cocina. Tras lavarme las manos en el fregadero, pongo la cafetera en marcha.

Llevo esperando ese momento desde el lunes.

Entre semana no podemos desayunar juntos porque yo salgo de casa poco después de que Fran se levante, pero los fines de semana, la cosa cambia.

Mientras se hace el café, saco un bol, sus cereales favoritos y el brik de leche desnatada, y lo coloco todo sobre la mesa junto a una cuchara.

Mientras, saco unas rebanadas de pan de molde del paquete y vuelvo a guardarlo en la alacena.

Cuando oigo a Fran dando los buenos días en el salón, meto el pan en la tostadora.

No tarda en aparecer por la puerta.

—¿Y esto? —pregunta en voz baja, acercándose.

Me encojo de hombros, tratando de restarle importancia.

—Me apetecía desayunar contigo.

Él frunce ligeramente el ceño.

—Pero hace casi una hora que me has mandado el mensaje de buenos días. ¿Me estabas esperando o qué?

No puedo evitar sonreír.

—Puede ser. Como entre semana nunca podemos desayunar juntos…

La expresión con la que me mira hace que merezca la pena cada minuto de espera. Echa un vistazo hacia la puerta y, tras comprobar que no viene nadie, se acerca para darme un beso rápido.

En ese mismo instante saltan las tostadas.

Nos sentamos juntos a la mesa y comenzamos a desayunar tranquilamente, sin necesidad de hablar.

Simplemente estar uno al lado del otro ya es suficiente.

Bajo la mesa, busco su pierna con la mía hasta encontrarla y la rodeo ligeramente.

Él no se aparta; al contrario, mantiene el contacto como si aquella pequeña caricia secreta fuera tan necesaria para él como para mí.

—¿Qué horas son estas de desayunar? —pregunta de pronto Belén, y los dos damos un pequeño respingo. Levanto la vista y la veo en el umbral de la puerta, con las manos sobre las caderas—. Son casi las doce. ¡Después no vais a tener hambre para comer!

Fran sonríe.

—Tranquila, mamá. Ya sabes que yo siempre tengo hambre.

No puedo evitar echarme a reír.

Belén nos dedica una mirada de desaprobación antes de marcharse, y espero a que desaparezca para volver a mirar a Fran.

—¿Crees que se habrá dado cuenta de…? —susurra mientras señala discretamente debajo de la mesa.

Miro nuestras piernas entrelazadas y siento que me da un vuelco el estómago.

—No creo, ¿no? Supongo que habría dicho algo.

—Supongo. Igual estaba más atenta a la comida de la mesa.

—Puede ser. Pero vamos a tener que tener más cuidado, ¿vale?

Esta vez nos hemos librado, pero no podemos dejar que la emoción y las hormonas nos impidan ver la realidad: si esto deja de ser un secreto y nuestros padres se enteran de lo que hay entre nosotros, la familia podría romperse; todo lo que han construido Belén y papá durante el último año y medio podría irse a la mierda en un abrir y cerrar de ojos.

Y no puedo permitir que eso ocurra bajo ninguna circunstancia; no después de lo que ha tenido que sufrir papá.

A la hora de la comida volvemos a buscar el contacto entre nuestras piernas, aunque esta vez la mesa y el mantel nos protegen de cualquier mirada indiscreta.

Resulta increíble lo feliz que puede hacerme algo tan simple como notar su rodilla rozando la mía mientras hablamos de cualquier tontería con nuestros padres y con Natalia.

—Fran, ¿me ayudas a recoger? —le pregunto cuando terminamos de comer—. Ellos han hecho la comida y Nati ha puesto la mesa, así que es lo justo.

—Sí, claro. Vosotros id a descansar.

—Hay que ver lo buenos amigos que se han hecho durante el viaje, ¿verdad? —le dice papá a Belén mientras se ponen en pie—. Y yo que pensaba que habrían acabado quemando su habitación…

Todos nos reímos, aunque no señalo lo evidente: nuestra habitación estuvo a punto de salir ardiendo en más de una ocasión, aunque por motivos muy diferentes.

Juntos, reunimos los platos y los vasos antes de dirigirnos hacia la cocina. En cuanto comprobamos que no hay nadie cerca, volvemos a besarnos, y seguimos haciendo lo mismo con cada viaje a la cocina y mientras limpiamos y guardamos cada cosa en su sitio.

Después, volvemos cada uno a nuestra habitación. A media tarde decidimos emplear el truco del baño una vez más, pero esta vez soy yo quien finge ir a darse una ducha. De alguna forma tendremos que aguantar hasta que llegue la noche.

A la hora de cenar, volvemos a pedir pizzas para cenar todos juntos con una película. Esta vez la elección corre a cargo de nuestros padres, que optan por una comedia romántica que no parece hacerle mucha gracia a Fran.

En cualquier caso, compartimos un cuenco grande de palomitas que nos permite acariciarnos las manos discretamente cada pocos segundos, así que todo ventajas. Por no mencionar la pizza, que está buenísima.

—¿No teníamos mantas por algún sitio? —pregunta Natalia cuando terminamos de comer—. Me estoy congelando.

Papá se pone en pie.

—La verdad es que está haciendo bastante frío estos días…

Lo vemos sacar varias mantas de un mueble con cajones. Le da una a Natalia y otra más grande a Belén, con intención de compartirla. Entonces, se gira hacia nosotros.

—¿Vosotros también queréis?

Fran y yo nos miramos.

—Sí —responde él—. Yo también me estoy congelando.

—Vais a tener que compartirla. Solo hay una.

—No pasa nada —decimos los dos a la vez.

Tenemos que hacer un esfuerzo para no echarnos a reír.

La manta no es demasiado grande, así que terminamos inevitablemente pegados: la cosa no podría haber salido mejor. Aprovechando que nadie puede vernos, busco su mano bajo la manta y entrelazo los dedos con los suyos. Él responde enseguida, acomodándose un poco más cerca de mí, casi acurrucándose.

La película se vuelve más interesante casi de inmediato.

Cuando llega una escena de sexo, noto que Fran se mueve ligeramente a mi lado.

Bajo la manta, apoyo la mano sobre su pierna.

Él da un saltito y desvía la mirada hacia los demás.

Tras asegurarse de que no nos miran, se acerca más a mí, de forma casi imperceptible, y comienza a acariciarme el brazo con cuidado mientras yo le acaricio la pierna, procurando que ningún movimiento resulte visible desde fuera de la manta.

Los dos acabamos con la carne de gallina.

Continuamos así durante toda la película, acariciándonos en silencio mientras tratamos de aparentar que estamos concentrados en la pantalla. Cuando aparecen los créditos, siento una enorme pereza ante la idea de levantarme.

—Nosotros lo recogemos todo —me ofrezco.

La excusa funciona: nuestros padres y Natalia nos dan las buenas noches y desaparecen por el pasillo, dejándonos unos minutos más solos en el salón. Aun así, tampoco podemos alargar demasiado el momento.

Al final, nos ponemos en pie y recogemos las cajas de pizza, los vasos y los cuencos de las palomitas. Después, pasamos cada uno por el baño y nos metemos en nuestras respectivas habitaciones, como cualquier otra noche, para aparentar normalidad.

Mientras esperamos unos pocos minutos prudenciales hasta que los ronquidos de papá comiencen a sonar, preparo las velas una vez más.

A continuación, me tumbo en la cama con el móvil para esperar a que Fran aparezca por fin, preparado para otra noche inigualable de besos, abrazos, sexo y…

¿puede que esto sea algo parecido al amor?

Me da vértigo solo de pensarlo, pero creo que no cambiaría este cosquilleo de emoción en la tripa por nada en el mundo.