El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 49.
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Tras una noche que los dos necesitábamos en la que nos limitamos a dormir juntos sin ir más allá , el viernes despierto completamente descansado.

Odio tener que salir de la cama y separarme de Fran, pero al menos sé que si puedo hacer eso, también podré hacer cualquier otra cosa que el día me ponga por delante.

En la facultad, la mañana se me hace mucho más ligera que la de ayer.

Laura y Carlos siguen intercambiando miraditas cuando creen que no los veo, aunque al menos han cumplido su promesa y no hacen más comentarios sobre mi actitud, cosa que les agradezco.

Sigo queriendo contarles lo que está pasando, pero todavía prefiero esperar un poco más, hasta que lo que hay entre Fran y yo esté más afianzado.

Mientras me duchaba por la mañana, me di cuenta de que hoy hace dos semanas desde que empezó todo esto en ese hotel de Canarias.

Y ni siquiera ha pasado una semana entera desde que empezamos a besarnos, así que tampoco sé qué nombre ponerle exactamente a lo nuestro.

Con un poco de suerte, tal vez durante las próximas semanas podamos mantener esa conversación, aunque mentiría si dijera que la idea no me aterra por completo.

Tal como me ha contado que hace todos los viernes, Fran se queda a comer con sus amigos de la facultad, lo que significa que hoy solo somos cuatro alrededor de la mesa.

La hora de la comida se me hace rara, la verdad.

Estoy demasiado acostumbrado a su presencia en la silla de al lado y, ahora que no está, es casi como si me faltara un brazo o una pierna.

O igual es que soy exagerado de cojones.

En cualquier caso, aprovecho el tiempo sin él para estudiar en mi habitación. Justo he hecho una pausa y me he tirado en la cama con el móvil cuando oigo la puerta de casa abriéndose.

Uno par de minutos después, llama suavemente a mi puerta.

—Pasa.

Fran entra y cierra con cuidado detrás de él.

Cuando se acerca a mi cama, sonrío sin poder evitarlo.

No tengo tiempo ni de incorporarme: él se sube a la cama encima de mí y me besa profundamente, como si cada minuto separados le hubiera pesado lo mismo que a mí.

Enreda la mano en mi pelo de esa forma que tanto me gusta, y yo le devuelvo el beso mientras deslizo las manos por su cuerpo.

Voy en bóxers, como siempre que estoy en mi cuarto, y eso hace imposible ocultar mi erección. Pero también puedo notar la suya a través de sus pantalones, y nos frotamos durante un rato mientras seguimos besándonos. Si estuviéramos solos en casa, le arrancaría toda la ropa aquí mismo.

De pronto, suenan unos golpecitos en la puerta. En una fracción de segundo, Fran se sienta a los pies de la cama y yo me tumbo boca abajo, para ocultar mi erección por si acaso entra alguien.

—¿Sí? —pregunto con toda la naturalidad de la que soy capaz.

—Dice papá que si hoy cenas en casa —pregunta Natalia desde el otro lado de la puerta, sin entrar.

—Sí, dile que sí.

—Vale. Voy a preguntarle a Fran.

Él me mira con terror.

—¡No hace falta! —digo—. Ya me ha dicho antes que sí.

—Ah, vale. Pues nada, chao.

Soltamos el aire contenido al mismo tiempo.

Pensándolo con calma, tampoco debería resultar sospechoso que Fran esté en mi habitación.

Desde que volvimos de Canarias pasamos bastante tiempo juntos, y además nuestros padres están encantados de que por fin nos llevemos bien.

Aun así, ninguno de los dos quiere tentar demasiado a la suerte, sobre todo cuando ya pasamos las noches juntos.

—Joder —dice Fran en voz baja—. Casi nos pilla.

Hago una mueca.

—Pues, hablando de eso… tengo una mala noticia.

Su rostro se llena de preocupación.

—¿Qué pasa? No se habrán dado cuenta de que anoche no dormiste en tu cama, ¿verdad?

—No, no; tú tranquilo. Tampoco es nada grave. Pero no sé si esta noche deberíamos dormir juntos.

—¿Qué? ¿Por qué no?

—Porque mañana es sábado, así que ni nuestros padres trabajan, ni Natalia tiene que ir al instituto.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Pues que es un poco arriesgado, ¿no? Imagina que nos quedamos dormidos o lo que sea y me ven saliendo de tu habitación, o que Natalia quiere entrar aquí para cualquier mierda…

La preocupación de su cara da paso a la decepción.

—Ya… Supongo que tienes razón —rezonga—. Pero que sepas que eres un mentiroso.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque has dicho que no es grave, pero a mí me parece gravísimo.

Me da un golpe juguetón en el brazo, y tengo que contener una carcajada para que nadie pueda oírme.

—Bueno, pero puedo quedarme un par de horas contigo igualmente. Me pongo una alarma y ya está.

—Espera —dice él—. Si no vamos a pasar toda la noche juntos… ¿qué te parece si soy yo quien se queda contigo un rato?

Sonrío ampliamente al oírlo.

—¿En serio? ¿Aquí en mi habitación?

—Claro. O sea, el resto de días eres tú quien va a mi cuarto y después se tiene que marchar mientras yo me quedo durmiendo. Hoy podemos hacerlo al revés para variar, ¿no?

La idea me gusta muchísimo más de lo que esperaba.

—Me parece genial.

Fran se acerca un poco más y vuelve a besarme. Desliza los dedos por mi cara, acariciándome con ternura, y entonces se pone en pie para marcharse.

Cuando cierra la puerta, soy incapaz de sonreír de la ilusión. Fran va a dormir aquí esta noche. En mi cama. Conmigo. Y se me ocurren pocas cosas más perfectas que eso.

Por fin, llega la noche. Tras dar las buenas noches al resto de la familia, voy al baño y me aseguro de lavarme bien los dientes antes de volver a mi habitación.

Después, saco la caja que guardo debajo de la cama y comienzo a colocar las velas a toda prisa antes de encenderlas una a una; me apetece darle la sorpresa a Fran para que sea una noche especial.

Con un poco de suerte, el olor no se extenderá por el pasillo.

Unos minutos después, mi puerta se abre con suavidad y oigo a Fran echando el pestillo después de cerrar. Se acerca a mí y sonríe ampliamente al fijarse en las velas.

—Ey —lo saludo.

—Ey.

—¿Te gusta? —pregunto, algo cohibido—. Igual soy un poco pesadito con las velas, pero…

—Me encanta —me interrumpe, haciéndome sonreír de inmediato.

De nuevo, se tumba sobre mí para besarme.

Y también de nuevo, nuestros cuerpos no tardan en encenderse.

Por suerte, esta vez podemos dejarnos llevar, y enseguida comenzamos a tocarnos, acariciarnos y besarnos por todas partes.

Cuando quiero darme cuenta, ya estamos los dos sin ropa.

Y, por fin, Fran vuelve a meterse mi polla en la boca.

Todavía me cuesta creer que sea capaz de darme placer de esta forma.

Al igual que hicimos ayer, nos tumbamos los dos de lado para darnos placer oral el uno al otro.

Reconozco que al principio se me hacía extraña la idea de chupársela, pero cada vez me gusta más.

Y, a juzgar por sus gemidos ahogados contra mi polla, diría que cada vez se me da mejor.

Tiene que ser una pasada que nos corramos los dos de esta forma… ¿y por qué no intentarlo?

—Fran.

—Dime.

—Quiero que probemos una cosa.

—¿El qué?

—¿A ti te falta mucho? —pregunto.

—No demasiado

—A mí tampoco. ¿Quieres que intentemos corrernos a la vez?

—Se puede intentar —responde, muy sonriente—. Nos vamos avisando, ¿vale?

—Vale.

Y seguimos a lo nuestro. Me esfuerzo por darle placer de la mejor forma que sé, tratando de suplir mi torpeza y mi inexperiencia con las ganas.

Pero Fran es demasiado bueno y, cuando quiero darme cuenta, sé que no voy a tardar mucho más en correrme si seguimos así.

Le doy un apretón en la pierna y él se detiene de inmediato, aunque no se saca mi polla de la boca.

Yo, mientras tanto, continúo con lo mío, disfrutando de la calidez de su boca y de la sensación de su polla dura y palpitante en la mía.

No pasa demasiado tiempo cuando es Fran quien me aprieta la pierna a mí, y entonces comienza a chupar casi con desesperación, haciendo que mi placer se incremente a pasos agigantados.

Enseguida ya no puedo seguir controlándome, y vuelvo a apretarle la pierna justo cuando empiezo a correrme.

Al mismo tiempo, Fran también lo hace. Ese líquido entre dulce y salado vuelve a caer a chorros sobre mi boca, cálido y viscoso, mientras mi cuerpo queda inundado por unas oleadas de placer tan intensas que me dejan temblando.

Entonces, me estiro para coger unos pañuelos. El otro día quise probar su semen, pero creo que eso sigue siendo demasiado para mí, así que prefiero no seguir haciéndolo por el momento.

—Espera —susurra antes de que pueda escupirlo—. Bésame.

Lo miro con sorpresa, pero me acerco a él de inmediato.

Lo beso sin abrir la boca, pero, cuando él me devuelve el beso y abre la suya, dejo caer su semen entre sus labios para unirse al mío dentro de su boca.

Nuestras lenguas juegan, entremezclando nuestro semen, aunque Fran no tarda en tragárselo todo de una forma que me excita mucho más de lo que sería capaz de admitir.

De pronto me entra un impulso imposible de contener. Lo rodeo con los brazos y lo estrecho contra mí con todas mis fuerzas, para asegurarme de que de verdad está aquí, en mi habitación, en mi cama.

—¿A qué ha venido eso? —susurra contra mis labios.

Sonrío sin soltarlo.

—Nada, es que me apetecía. Me hace ilusión que esta noche vayas a dormir aquí.

Y es la verdad. Llevo toda la tarde pensando en ello. En que, por una vez, no seré yo quien tenga que cruzar el pasillo a escondidas para dormir en otra cama. Esta noche es él quien ha venido a la mía, y por alguna razón eso hace que todo parezca diferente.

—A mí también —me asegura—. Pero… No puedo quedarme toda la noche, ¿recuerdas?

Hago una pequeña mueca.

—Ya, bueno. Pero había pensado que igual podrías quedarte hasta las seis, ¿qué te parece? Dudo muchísimo que nadie vaya a levantarse antes de las siete o las ocho como muy pronto, así que tendríamos margen de sobra.

Me he pasado toda la tarde dándole vueltas al asunto. Cuantas más horas podamos pasar juntos, mejor. Y, con las alarmas que he puesto, el riesgo tampoco me parece tan grande. Fran, sin embargo, tarda un instante en responder.

—¿Y si nos quedamos dormidos?

—Tranquilo, he puesto varias alarmas. Y, como me vibra el reloj pero no suena nada, no vamos a despertar a nadie.

Me observa en silencio durante unos segundos, valorándolo.

—Venga… Vale.

—Además… ¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Hoy hace dos semanas de nuestra primera vez. —Veo cómo empieza a hacer cuentas mentalmente. Un instante después, rompe a reír—. Frunzo el ceño, desconcertado.

—¿Qué pasa?

—Marcos, nuestra «primera vez» fue hacernos cada uno una paja en la misma cama… Ese día no es que hubiera mucho contacto entre nosotros, precisamente.

Se me calientan un poco las orejas. A ver, visto así... Me encojo de hombros, un poco avergonzado.

—Ya, bueno… Pero ese fue el día que empezó a cambiar todo entre nosotros, ¿verdad?

Porque, aunque no fuera la clase de primera vez que suele celebrar la gente, para mí sí marcó un antes y un después.

Fue la primera vez que me dejé llevar por una atracción que entonces no había detectado aún.

La primera vez que comprendí que entre nosotros estaba pasando algo, aunque no supiera definirlo.

—Claro que sí, idiota —responde con una sonrisa, y me besa en los labios—. Pero mejor nos vamos a dormir ya, ¿vale? No me apetece nada tener que levantarme a las seis.

—Vale. Buenas noches, Fran.

—Buenas noches, Marcos.

Bajo la luz de las velas, nos colocamos como siempre, yo boca arriba y él acurrucado contra mi pecho. Casi sin pensar, paso un brazo alrededor de su espalda. Es increíble lo rápido que esta postura se ha convertido en nuestra nueva normalidad.

Hace apenas unas semanas me habría parecido imposible imaginar cualquier clase de contacto físico con Fran, y mucho menos, él durmiéndose abrazado a mí. Ahora, en cambio, siento que mi cuerpo reconoce el suyo de manera instintiva, como si llevara toda la vida esperando este momento.

Respiro hondo. Su pelo me roza la barbilla y noto el calor de su cuerpo contra el mío. Ojalá todas las noches fueran siempre así. Ojalá no existieran las mañanas, las alarmas ni los pasillos que tenemos que cruzar a escondidas.

Pero, mientras lo tenga entre mis brazos, incluso unas pocas horas durmiendo con él me parecen un regalo.