48.
La vibración de mi reloj me despierta mucho antes de lo que me gustaría.
Durante un instante, me siento un poco desorientado. Entonces noto la calidez de Fran contra mi cuerpo y sonrío antes incluso de abrir los ojos. Sigue abrazado a mí, con la cabeza apoyada contra mi pecho y el brazo rodeándome la cintura como si no quisiera soltarme ni dormido.
—¿Qué hora es? —masculla.
—Las siete. Tengo que levantarme.
Pero decirlo no hace que sea más fácil hacerlo. Llevo despierto apenas unos segundos y ya estoy deseando volver a cerrar los ojos y quedarme exactamente donde estoy.
—¿En serio? ¿No puedes quedarte cinco minutos más?
Se me escapa una risa.
—Me encantaría, pero como me quede dormido, la liamos.
—Vaaaleee… —rezonga, y me quita el brazo de encima para liberarme—. Pero tienes que darme un beso.
No puedo evitar sonreír.
—Eso siempre.
Me incorporo con cuidado y paso por encima de él para no despertarlo más de la cuenta. Antes de levantarme del todo, me inclino y le doy un beso rápido en los labios. Apenas dura un instante, pero es suficiente para que Fran vuelva a sonreír, con los ojos todavía medio cerrados.
—No te vayas a ir sin despedirte, ¿eh?
—Claro que no, tonto.
Me cuesta demasiado alejarme de la cama. Por un momento estoy tentado de volver a tumbarme a su lado y mandar a la mierda la primera clase del día. Total, una falta tampoco sería el fin del mundo.
Pero no. Ya hemos arriesgado demasiado durmiendo juntos sin que nadie se dé cuenta.
Salgo de la habitación procurando no hacer el menor ruido. Cierro la puerta despacio, recorro el pasillo de puntillas y solo cuando entro en mi cuarto dejo de preocuparme por el ruido. Abro el armario con normalidad y saco la ropa limpia antes de encerrarme en el baño.
Mientras me ducho, no puedo quitarme la sonrisa de la cara.
No sé cómo algo tan sencillo como dormir abrazado a alguien puede cambiar tanto las cosas.
Ha sido todo improvisado, no se trataba de ninguna ocasión especial.
Ni siquiera hemos hablado demasiado antes de quedarnos dormidos.
Simplemente... hemos dormido juntos. Abrazados.
Sin más. Y, sin embargo, estoy seguro de que ha sido una de las mejores noches de mi vida.
Después de la ducha, me visto para el día y voy a la cocina a desayunar. Soy incapaz de funcionar tan temprano sin café, así que me tomo mi tiempo en prepararlo y bebérmelo con calma.
—Buenos días —saluda mi padre, entrando en la cocina.
—Hola, cariño —añade Belén.
—Buenos días.
Solo me quedan unos pocos sorbos, así que me termino el café mientras ellos se sirven el que he dejado en la cafetera.
Vuelvo al cuarto de baño para lavarme los dientes y, como si estuviéramos sincronizados, salgo al mismo tiempo que Fran sale de su habitación. Echamos un vistazo al pasillo para asegurarnos de que no venga nadie y nos damos un beso rápido en los labios.
—Buenos días, dormilón —susurro.
—Buenos días.
—Tengo que irme ya, ¿vale?
—Vale. —Me da un beso más—. Hasta luego.
Mientras él se va a desayunar, yo cojo la mochila de mi habitación y me apresuro a salir de casa.
Voy hasta la estación de metro a paso rápido, para compensar estos minutos de más.
Por suerte, no tengo que esperar demasiado.
Cuando me siento en el vagón, recuerdo algo que me hace sonreír ampliamente.
Saco el móvil y le mando un mensaje.
Hoy tenemos una cita, no?
Y es que hoy es jueves y Fran termina una hora antes, lo que significa que llegará a casa poco después que yo. Por fin volveremos a estar solos; estos días que han pasado desde el domingo se me han hecho interminables.
No sé yo, si ya hicimos cositas anoche…
Tantas ganas tienes?
De ti? Siempre
Pero no te preocupes, si no quieres no pasa nada
No tenemos que hacer nada que no quieras
Claro que quiero, idiota
Solo te estaba picando
Uy!
A ver si ahora voy a ser yo el que no quiere nada…
No te lo crees ni tú xd
Culpable
La conversación me provoca una presión agradable en los pantalones. Pero lo que hacemos cuando estamos a solas ya no es solo sexo, hace ya días que dejó de serlo. La conexión que hay entre nosotros es mucho más intensa, mucho más profunda.
Y, aunque solo tenemos una hora juntos, pienso asegurarme de que sea especial.
La mañana en la facultad se me hace imposiblemente larga. Soy incapaz de dejar de pensar en Fran, en la noche que hemos pasado juntos, en lo que nos proponemos hacer cuando lleguemos a casa. Cada hora de clase es como una tortura terrible, eterna y absolutamente insoportable.
Cuando salgo del metro, me desvío un poco para pasar por una tienda que ya había localizado gracias al mapa del móvil. No tengo demasiado tiempo, así que elijo rápido. Y, entre mis ahorros y los veinte euros que me dio mi padre el otro día para el falso cine, decido tirar la casa por la ventana.
Justo estoy preparándolo todo en mi habitación cuando oigo a Fran entrando en casa. Salgo a toda prisa, cerrando más fuerte de la cuenta, y me acerco a él con una sonrisa. Después de abrazarlo, le doy un largo beso; estaba ya desesperado por volver a hacerlo.
—¿Y ese portazo? —me pregunta.
—Nada —Curvando los labios en una sonrisa, añado—: ¿Con ganas?
—Demasiadas. Pero primero necesito darme una ducha… te prometo que será rápido.
—Sin problema.
—¿Me esperas en mi cuarto?
Mierda, no había caído en la cuenta de que a lo mejor prefería estar en su habitación.
—Eh… ¿Te importa si vamos al mío? —le pido—. Mi cama es más grande, y así también hacemos cosas allí alguna vez.
—Sí, claro. —Casi se me escapa un suspiro—. Pues en cinco minutos estoy allí, ¿vale?
—Genial.
Tras otro beso, lo observo mientras entra en el baño. Después, termino de prepararlo todo tan rápido como puedo y cierro la puerta, nervioso. Me siento en la silla de mi escritorio y espero con paciencia hasta que por fin suenan unos golpecitos.
—¡Un momento! —grito, levantándome de un salto para abrir—. Hola.
—Hola. ¿Puedo pasar?
—Claro. —Le tomo la mano para guiarlo al interior—. Ven.
Nuestras habitaciones tienen la forma de una L, así que no puede ver nada desde la puerta. Entonces, lo llevo de la mano hasta la zona de la cama y clavo los ojos en su cara para ver su reacción.
Lo he llenado todo de velas, y la luz cálida y danzarina baña su rostro mientras trata de asimilarlo. Fran se queda completamente inmóvil mientras las contempla, como si no supiera qué decir.
—¿Te gusta? —le pregunto, algo cohibido.
—Me encanta.
Una enorme sonrisa se apodera de mi cara, y entonces Fran me besa en los labios.
Le correspondo con ganas, y a partir de ahí no tardamos en profundizar el beso y dejar que nuestros cuerpos tomen el control de la situación, tocándonos y acariciándonos mientras nos vamos despojando de la ropa a la luz de las velas.
Me gustó aprender a chupársela el domingo, así que desde entonces lo hago todos los días.
En esta ocasión, lo hacemos los dos al mismo tiempo, arrancándonos gemidos de placer mutuamente.
Pero no tenemos mucho tiempo y los dos sabemos perfectamente lo que queremos hacer, de modo que lo tumbo boca abajo y entierro la cara entre sus nalgas, lamiendo y succionando de esa forma que tanto le hace gemir.
La luz de las velas nos acompaña en todo momento, hasta que al fin terminamos al unísono después de una sinfonía de gemidos.
Estamos los dos sudados, pero somos incapaces de dejar de abrazarnos. Poco a poco, nuestra respiración y los latidos de nuestros corazones van volviendo a la normalidad, y como siempre, este momento es de alguna manera todavía mejor que el sexo.