47.
El resto de la mañana pasa despacio y rápido al mismo tiempo, si es que eso tiene sentido.
La mañana se me hace interminable, pero de pronto es la hora de volver a casa y soy incapaz de recordar una sola frase de lo que han explicado los profesores. Y eso no es bueno, porque voy a tener que ponerme las pilas si no quiero tener problemas este cuatrimestre.
Laura y Carlos han cumplido su palabra y han dejado de insistir con el tema. Aun así, de vez en cuando los he sorprendido intercambiando alguna mirada cuando creen que no los veo. Al menos, ninguno de los dos vuelve a hacer comentarios al respecto mientras vamos juntos hasta la estación de metro.
Cuando abro la puerta de casa, me recibe el silencio habitual.
Siempre soy el primero en marcharse por la mañana y el primero en regresar.
Le echo un vistazo al salón, completamente vacío.
Obviamente, todavía no ha llegado nadie.
Paso por la cocina para servirme un vaso de agua y voy a mi habitación para dejar la mochila.
Desde la ventana veo gente que sale del trabajo o vuelve de clase.
Suelto un suspiro y me siento frente al portátil para entrar en el campus virtual.
Con un poco de suerte, podré aprovechar este rato para ponerme un poco al día con algunas de las cosas de clase que he ignorado hoy.
Casi una hora más tarde, oigo la puerta principal. Primero llegan mi padre y Belén, que se meten en la cocina para preparar la comida después de los saludos de rigor. Unos minutos después vuelve a sonar la puerta, dos veces prácticamente seguidas. No necesito asomarme para saber quiénes son.
Escucho las voces de Natalia y Fran mezclándose con las de nuestros padres, el ruido de los cacharros en la cocina y algún comentario sobre las clases. Trato de concentrarme en la pantalla, pero es como si todo estuviera en chino.
Un instante después, alguien llama muy suavemente a la puerta de mi habitación. No respondo; sé que no hace falta que lo haga. Fran entra, cierra tras de sí con el mismo cuidado de siempre y, antes de que pueda decir una sola palabra, se acerca a mí mientras me pongo en pie.
—Hola —dice con una sonrisa.
—Hola.
No añadimos nada más. Simplemente apoya una mano en mi brazo, se acerca un poco más y me besa. Es un beso corto, apenas un roce de labios, como si solo necesitara comprobar que sigo ahí. Cuando se aparta, no puedo evitar sonreír.
—¿Qué tal el día? —pregunto en voz baja.
—Bien. ¿Y el tuyo?
—También —respondo sin entrar en detalles.
Nos quedamos un segundo mirándonos. Después, volvemos a besarnos, y esta vez no podemos parar.
Es absurdo lo rápido que pasan estos momentos, porque enseguida oímos la voz de Belén llamándonos para poner la mesa. Fran resopla, aunque con una sonrisa.
—Luego nos vemos.
Asiento con la cabeza.
Lo veo salir de mi habitación y cerrar la puerta exactamente igual que la había abierto: sin hacer ruido, como si nunca hubiera estado allí.
Yo me quedo unos segundos más donde estoy, todavía con la sensación de sus labios sobre los míos.
Y después voy a ayudar con la mesa, como si no hubiera pasado nada.
Durante la comida, la conversación gira alrededor de temas completamente normales. Mi padres hablan sobre el trabajo, Natalia se queja de un examen. Yo participo cuando toca, pero buena parte del tiempo estoy pendiente de la persona que tengo al lado.
Fran y yo nos lanzamos miradas de reojo en más de una ocasión, pero nadie parece darse cuenta. Y, sin embargo, tengo la sensación de que todo el mundo podría hacerlo en cualquier momento.
Qué absurdo. Hace solo unos días habría pensado que esconder un beso dentro de casa era imposible. Pero ahora me parece el secreto más importante del mundo.
La tarde transcurre con cierta monotonía.
Después de recoger la cocina, me encierro en mi habitación para seguir poniéndome al día con las cosas de clase, haciendo un esfuerzo enorme por concentrarme. Consigo aguantar una hora entera antes de distraerme mirando el móvil.
Ningún mensaje.
No esperaba que Fran me escribiera estando los dos en la misma casa, pero aun así desbloqueo la pantalla un par de veces durante los siguientes diez minutos, por pura costumbre.
Después, dejo el móvil pantalla abajo y continúo con lo mío.
De vez en cuando, miro hacia la pared. Al otro lado está él, en esa habitación prohibida que poco a poco ha empezado a convertirse en territorio seguro.
Me gustaría estar allí con Fran ahora mismo, pero no puedo.
Tenemos nuestras responsabilidades, y también tenemos que guardar las apariencias.
Así que nos pasamos varias horas más separados por esa pared, esperando a que llegue la noche para poder romper las barreras por fin.
Y, aun así, me descubro sonriendo al pensar que está ahí. Tan cerca.
La cena es tan tranquila como la comida, solo que ahora siento la tensión previa a las noches clandestinas que ya hemos convertido en costumbre.
Fran bosteza un par de veces.
—¿Tienes sueño? —pregunta su madre, y él asiente con la cabeza.
—Anoche no dormí demasiado.
Bajo la vista al plato para tratar de esconder mi sonrisa. Yo tampoco dormí demasiado anoche, aunque no precisamente por haber pasado poco tiempo en la cama.
Cuando terminamos de recoger la mesa, cada uno se retira a su habitación.
Es nuestra rutina de siempre, solo que ahora significa algo completamente distinto.
Paso por el baño turnándome con Fran, y después me quito la ropa, me quedo en bóxers y espero, de nuevo frente al portátil.
No tengo prisa. Sé que la casa no tardará en ir apagándose poco a poco.
Papá y Belén siempre se quedan alrededor de una hora en el salón después de cenar, muchas veces, acompañados por Natalia.
Al fin, la televisión se queda en silencio.
Después, papá y Belén se asoman a darnos las buenas noches y cierran la puerta de su habitación.
Todavía llega por el pasillo la vibración amortiguada del lavavajillas, pero unos minutos después, el sonido se apaga.
Y, por último, llega el silencio, cayendo como un cálido manto sobre la casa. Espero unos minutos más por si acaso.
Entonces, le mando el mensaje habitual a Fran.
Despierto?
Sí
Te vienes?
Voy
Salgo al pasillo y me acerco al dormitorio principal, donde los ronquidos de papá me dan vía libre. Después, doy media vuelta y camino directamente hacia la puerta de Fran. La ha dejado entornada, igual que las últimas noches. Sonrío, entro y cierro con cuidado detrás de mí.
La habitación está completamente a oscuras, salvo por la tenue luz que entra desde la calle. Aun así, ya me sé de memoria el camino hasta su cama.
En cuanto me tumbo a su lado, Fran busca mi mano y entrelaza los dedos con los míos como si llevara toda la vida haciéndolo.
Entonces, nuestros labios se encuentran por fin, y esta vez no es un beso breve y furtivo.
Esta vez somos completamente libres, así que nos permitimos tomarnos todo el tiempo que necesitamos, que no es poco.
De pronto, todo el ruido del día desaparece. El día perdido en la facultad. Las preguntas de Laura y Carlos. Las dudas. El miedo. Todo se queda fuera de esta habitación.
Solo estamos él y yo. Y con eso es suficiente.
Después del sexo, siempre llega la mejor parte: esos minutos que pasamos abrazados en la cama, con los ojos cerrados.
No nos permitimos dormirnos del todo, pero nos permitimos sumergirnos en algún lugar a medio camino entre el sueño y la vigilia.
Este es, sin duda alguna, el mejor momento del día.
Lo malo es que siempre se hace demasiado corto, y cada día me cuesta más volver a mi cama que el día anterior.
—Estaba pensando una cosa —le susurro al oído.
—Dime.
—Podríamos dormir juntos.
—¿En serio? —pregunta, algo alarmado.
—A ver, a los dos nos gusta hacerlo, ¿no? —Fran asiente con la cabeza—. Y, sinceramente, después de terminar siempre me da toda la pereza volver a mi cuarto. Luego tardo más en dormirme, y ya estoy perdiendo sueño de por sí.
—Ah, así que solo es una excusa para dormir más —dice en broma.
—Que no, idiota. —Me río—. Es que me gusta dormir contigo.
—Ya, pero… ¿No es muy arriesgado?
Eso también lo he estado pensando.
—Bueno, el otro día no pasó nada, ¿no? Y eso que era fin de semana. Además, siempre cierro el pestillo.
—Ya, pero… ¿Y si entran en tu cuarto? Si ven que no estás…
—Ya sabes que siempre soy el primero en levantarme, nadie va a entrar en mi cuarto antes.
Estoy abrazándolo con una mano en su pecho, y puedo notar cómo se le acelera el corazón ante mi propuesta.
—Bueno… Supongo que entonces no hay peligro.
—A ver, que si no quieres…
—Claro que quiero. Venga, vale. Dormimos juntos.
—¿Seguro? —pregunto para asegurarme; no quiero que se sienta presionado.
Él se da la vuelta para mirarme.
—Seguro —responde, y me besa en los labios.
—Genial.
—Sí, pero primero tenemos que hablar de logística.
—¿Cómo? —pregunto, algo descolocado.
—Pues a ver, me encanta estar de cucharita y tal… Pero la verdad es que se me hace un poco incómodo después de un rato, sobre todo para dormir. —Me quedo en silencio un momento y entonces me río, porque a mí me pasa exactamente igual—. ¿Qué pasa? No le veo la gracia.
—No, si no es eso. Es que a mí también me pasa.
—¿En serio?
—Sí. Siempre se me duerme el brazo que tienes debajo.
—¿Y por qué no me habías dicho nada?
Me encojo de hombros.
—Es que estaba muy a gusto igualmente. Pero sí… Igual es mejor que busquemos otra postura. ¿Qué me propones?
—Mira, cámbiame el sitio. —Se mueve para hacerme hueco, así que ocupo su lugar y me quedo pegado a la pared—. Tú siempre duermes boca arriba, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes?
—Te recuerdo que me pasé cinco noches durmiendo en la misma cama que tú.
—Cierto —respondo, riendo de nuevo.
—Vale, pues colócate. —Obedezco y me tumbo boca arriba. Él, por su parte, se coloca sobre un costado y se abraza a mi pecho—. ¿Qué te parece así?
—¿Sinceramente? —susurro con un leve temblor en el corazón, rodeándole la espalda con el brazo—. Me parece perfecto.
—¿En serio?
—En serio.
—Pues… ¿Nos vamos a dormir entonces?
—Vale.
—Buenas noches, Marcos.
Pero todavía falta algo muy importante.
—¡Oye, espera!
—¿Qué pasa?
—No me has dado un beso de buenas noches —protesto.
Él se ríe antes de estirarse para besarme. Y, como siempre nos pasa, acabamos alargando el momento mucho más de la cuenta.
—Buenas noches, Marcos —dice contra mis labios cuando nos separamos.
—Buenas noches, Fran.
Entonces, vuelve a abrazarse a mí y respira hondo.
Cierro los ojos y me concentro en su respiración, en la calidez de su cuerpo.
Enseguida, noto que va respirando de forma cada vez más profunda, hasta que al final se queda dormido, siempre antes que yo.
Sonriendo, me estiro un poco con cuidado y le doy un beso en la cabeza.
Después, sigo escuchando el sonido de su respiración hasta que todo desaparece a mi alrededor.