El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 46.
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El lunes, Fran y yo damos comienzo a una nueva rutina entre nosotros.

Ya no vivimos nuestras mañanas de forma independiente.

Antes, yo me duchaba y desayunaba por mi cuenta, y normalmente salía por la puerta antes de que Fran se levantara siquiera.

Pero ahora él se levanta un poquito antes y yo me entretengo un poquito más antes de salir, lo que significa que podemos vernos aunque solo sea un par de minutos.

Y ese abrazo y ese beso que nos damos me dan las fuerzas que necesito para aguantar el día.

Después, cuando Fran llega a casa, se cuela en mi habitación para besarme otra vez, con cuidado de que no haya nadie cerca que pueda oírnos.

Y a veces hasta nos arriesgamos a darnos un beso rápido cuando coincidimos a solas en el pasillo, el salón o la cocina.

Y aunque esos momentos siempre son breves, irremediablemente breves, me llenan de una felicidad que no sabía que era posible sentir.

A la hora de la cena, la cosa se vuelve un poco más complicada.

Como nos sentamos juntos y nuestros brazos y piernas siempre se acaban rozando, las ganas de estar solos son tan intensas que a los dos nos cuesta controlarlas.

Tenemos que juntar los pies o acariciarnos a escondidas para poder aguantar.

Hasta que al fin llega la hora de dormir, o, para nosotros, nuestra hora.

Antes pensaba que el sexo con Fran era increíble, pero ahora hay dos cosas mejores: los besos de antes y los abrazos de después.

El único problema es que tener que levantarme de su cama para volver a la mía es una auténtica tortura.

El miércoles, Laura se me queda mirando muy fijamente cuando llego a la puerta de la facultad, donde ella y Carlos están esperándome.

—¿Nos lo vas a contar ya o qué?

Frunzo el ceño, confuso.

—¿De qué hablas?

Ellos intercambian una mirada significativa.

—Hemos estado hablando —me explica Carlos—. Y hemos llegado a la conclusión de que a ti te pasa algo.

—¿Ah, sí? ¿El qué?

—No sé —dice Laura—. Cuéntanoslo tú.

—No hay nada que contar.

—Llevas rarísimo desde que volviste de Canarias —insiste.

—Y últimamente te pasas todo el día en las nubes —añade Carlos.

—Te quedas mirando al vacío, sonríes tú solo, a veces ni nos escuchas...

—¿De verdad no sabes de qué estamos hablando?

Los miro alternativamente, intentando averiguar hasta qué punto están hablando en serio.

Laura tiene los brazos cruzados y esa media sonrisa que pone cuando está convencida de haber descubierto algo antes que nadie.

Carlos, a su lado, intenta aparentar normalidad, pero se le nota demasiado que está disfrutando de la situación.

No puedo evitar ponerme un poco a la defensiva.

—Qué exagerados sois.

—¿Exagerados? —Laura arquea una ceja—. El lunes te llamé tres veces seguidas para ver cuándo querías entregar la práctica. Cuando por fin lo hiciste me dijiste: «Sí, sí, todo bien». ¿Qué coño tiene que ver la velocidad con el tocino?

Cierro los ojos un instante. Mierda.

—Estaría distraído.

—Ya.

—Mucho —añade Carlos, y se echa a reír—. No te estamos juzgando. Solo... nos hace gracia.

—Pues a mí no.

Empezamos a caminar (y rodar) hacia el ascensor. Intento que la conversación muera ahí, pero, por supuesto, ninguno de los dos tiene la menor intención de dejarla escapar.

—También sonríes mucho más —añade Laura—. ¿Quién coño llega a clase sonriendo?

—¿Eso también es un delito?

—No. Pero es sospechoso.

—¿Sonreír?

—En ti, un poco sí.

Carlos asiente con total seriedad.

—Antes parecías un señor de cincuenta años que acababa de discutir con Hacienda —sentencia.

—Ah, pues muchas gracias.

—Ahora pareces un señor de cincuenta años... pero enamorado.

Le lanzo una mirada fulminante.

—No estoy enamorado.

Las palabras se me escapan demasiado deprisa. Los dos se quedan en silencio.

Joder.

Laura inclina ligeramente la cabeza. Noto cómo se me calienta la cara.

—Curioso. Ni que Carlos te hubiera insultado.

—Pero es que no lo estoy.

—Claro.

—Pues eso.

—Pues vale.

Me cago en Dios, qué ganas tengo de que empiece la clase.

Entramos en el aula y doy gracias al ruido de fondo, a la gente entrando y saliendo y al profesor que ya está preparando el ordenador. Durante un rato, consigo olvidarme del interrogatorio. O, al menos, fingir que me olvido. Porque la verdad es que Laura no va desencaminada.

Por supuesto que he estado raro desde Canarias. Demasiado raro.

Hay momentos en los que estoy perfectamente concentrado y, sin previo aviso, mi cabeza decide volver a aquella habitación del hotel junto a la playa.

O a ese otro hotel del domingo. O al sofá de casa.

O a la primera noche en la que Fran se quedó dormido entre mis brazos.

O a cualquiera de las otras que nos permitimos adormilarnos mientras nos abrazamos.

Y, entonces, ya no hay apuntes que valgan. Solo consigo pensar en él.

Hace apenas unos días habría dicho, completamente convencido, que Fran se estaba convirtiendo en algo así como mi mejor amigo; a fin de cuentas, no tenía un equivalente mejor.

Habría dicho que me gustaba pasar tiempo con él, que me hacía feliz haber arreglado las cosas después de todo lo que había ocurrido entre nosotros, de los malentendidos del instituto y de la mala relación cuando nuestros padres comenzaron a salir.

Pero ahora ya no puedo esconderme detrás de esas explicaciones.

Sé perfectamente por qué sonrío cuando veo su nombre en el móvil.

Sé por qué me cuesta concentrarme. Sé por qué me duermo cada noche recordando exactamente cómo encajaba su espalda contra mi pecho.

Y también sé por qué después me paso el día intentando no pensar demasiado en ello.

En cuanto lo hago, todo se vuelve mucho más grande.

No es solo que me guste Fran. Es que eso significa muchas otras cosas.

Hasta hace dos semanas, jamás me había planteado que pudiera gustarme un chico.

Ni uno. Había dado por hecho que era heterosexual del mismo modo que había dado por hecho que el cielo era azul.

Nunca me había parado a cuestionarlo porque nunca había tenido motivos para hacerlo, o eso pensaba, porque últimamente estoy empezando a entender muchas cosas.

Pero todo cambió cuando empezamos a pasar esas noches juntos.

Sin saberlo, Fran cambió mi vida por completo.

La idea sigue resultándome extraña. No desagradable, para nada, tan solo... nueva. Es como si alguien hubiera cambiado una pieza diminuta de un puzle que llevaba toda la vida viendo igual. El dibujo sigue siendo el mismo y, al mismo tiempo, ya no lo es. Todavía estoy intentando acostumbrarme.

No me da miedo que me gusten los chicos, pero sí que me da vértigo comprender que había una parte gigantesca de mí que ni siquiera conocía.

Y, por si eso fuera poco, tampoco sé muy bien qué somos Fran y yo.

Tenemos sexo. Mucho. Desde esa noche en el hotel, ahora nos besamos; también mucho.

Dormimos abrazados, aunque menos de lo que nos gustaría.

Nos buscamos constantemente. Pero nunca hemos hablado de ello; nunca hemos dicho en voz alta qué significa todo esto.

No sé si somos una pareja. No sé si estamos empezando a serlo.

Ni siquiera sé si él se siente tan confuso como yo o si, por el contrario, lo tiene todo perfectamente claro.

Así que no pienso contarle nada a nadie, todavía no. Primero, tengo que entenderlo yo.

—Marcos —me llama una voz grave, interrumpiendo mis pensamientos.

Levanto la cabeza de golpe. Alejandro, el profesor, me está mirando con seriedad. Me llevo bien con él, pero eso no significa que me permita cualquier cosa.

—¿Puedes repetir la respuesta que acaba de dar tu compañero?

Miro a Carlos.

Carlos me mira a mí.

No tengo ni idea de qué estaban hablando.

—Eh...

Se oyen unas risitas por el aula.

—Lo suponía —dice Alejandro, resignado—. Puedes seguir soñando despierto, pero procura hacerlo fuera de mi clase.

Las risas aumentan, y yo solo quiero desaparecer.

—Vale —dice Laura en cuanto salimos del aula—. Está claro que te pasa algo.

—No pasa nada.

—Marcos.

—Laura.

—Has estado cuarenta minutos mirando por la ventana —interviene Carlos.

—Mentira.

—Treinta y nueve —contraataca ella.

Carlos vuelve a reírse.

—Yo ya tengo una teoría —dice.

—No quiero escucharla.

—Pues la vas a escuchar igual. —Suelta un suspiro teatral antes de continuar—. Hay alguien especial en tu vida.

Aprieto los labios.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Carlos...

—No hace falta que nos digas quién es.

—Ni siquiera hace falta que nos digas si existe —añade Laura con una sonrisa demasiado inocente—. Tu cara ya está haciendo todo el trabajo.

Me llevo una mano a la frente. Sé que estoy siendo un cabezota, que no tiene sentido seguir tratando de ocultar lo evidente. Y, aunque no me siento preparado para contarlo todo tan pronto, tal vez esto ayude a allanarme el terreno más adelante.

—¿De verdad se me nota tanto? —pregunto al fin.

Los dos responden al mismo tiempo.

—Sí.

Eso no ayuda. Nada de esto ayuda.

Porque, si ellos han sido capaces de darse cuenta en apenas unos días, ¿qué pasa con nuestra familia? ¿Y si ellos también lo han notado? ¿O y si no es nada y tan solo estoy siendo un paranoico?

Qué fácil era todo cuando pensaba que solo éramos amigos. Ahora cada mirada, cada roce y cada abrazo parecen esconder una pregunta distinta. Y todavía no tengo respuestas para ninguna.

Laura me da un golpecito cariñoso en el hombro.

—Tranquilo. —La miro—. No hace falta que nos cuentes nada si no quieres.

—Ya lo harás cuando te apetezca —añade Carlos.

Los observo unos segundos antes de responder.

—No es que no quiera contaros nada —les aseguro—. Es solo que… todavía es pronto. Necesito tiempo. ¿Vale?

Ellos asienten con la cabeza, comprensivos. Aunque a veces pueden ponerse un poco pesados, y aunque abrirme con ellos todavía me cuesta mucho más de lo que me gustaría, agradezco tener unos amigos así.

De momento, prefiero que lo que hay entre Fran y yo, sea lo que sea, se quede entre nosotros. Y no solo porque no sepa definirlo, ese tan solo es uno de los factores.

Lo que pasa es que, por primera vez en mucho tiempo, siento que hay algo que necesito guardar solo para mí.

Al menos, un poco más. Hasta que logre comprender mis sentimientos del todo.

Hasta que sea capaz de ponerle nombre. Hasta que descubra qué significa exactamente todo esto.

Hasta que deje de parecerme mentira que, después de toda una vida creyendo conocerme, haya bastado una sola persona para demostrarme que todavía me quedaban demasiadas cosas por descubrir sobre mí mismo.