El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 45.
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La alarma de mi reloj nos despierta de repente. Al final nos hemos quedado dormidos los dos.

—¿Qué hora es? —rezonga Fran sin despegarse de mí; una vez más, hemos estado durmiendo abrazados.

—Las diez. Todavía nos queda una hora antes de que tengamos que irnos.

—Jo. Eso no es nada.

Me acerco para besarlo de nuevo; después de haberlo probado, me cuesta pasar más de un minuto sin hacerlo. Él me corresponde con entusiasmo.

—Se me ha pasado demasiado rápido —susurro contra su boca.

—Y a mí. —Me da un breve beso—. Pero todavía podemos aprovechar el tiempo que nos queda.

No puedo evitar sonreír.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué me propones exactamente?

Él responde con un beso. Se lo devuelvo con entusiasmo; sé que jamás sería capaz de cansarme de esto. Profundizamos el beso mientras permitimos que nuestras manos exploren al otro con libertad, y no tardo en ponerme duro de nuevo. Cuando lo abrazo, Fran se da cuenta y baja la mano hasta mi polla.

—¿Otra vez?

Se ríe, pero cierra la mano sobre mi erección.

—Oye, que tú te has corrido dos veces y yo solo una —protesto.

—Bueno, si quieres, puedo devolverte el favor de antes. Así estamos empatados.

Acerco la mano a su polla y compruebo que él también está duro.

—Diría que tú también tienes ganas de más.

—Culpable.

Está sonriendo, pero suelta un gemido cuando muevo la mano.

—Pues se me ha ocurrido una cosa.

—¿El qué?

—Hay un lugar en casa donde podríamos hacerlo… todo, sin que nadie se entere.

—¿Qué dices? —se sorprende—. ¿Dónde?

—En la ducha.

—Venga ya, tú flipas.

—No, pero piénsalo. El agua amortigua el ruido, y tú siempre te duchas con música. Puedes entrar a ducharte tú primero, para prepararte y tal. Y entonces puedo entrar yo con la excusa de que tengo que afeitarme, lavarme los dientes y esas cosas.

—No sé yo —responde él, dudoso—. De todos modos, ¿qué tiene que ver eso ahora?

—Que nunca hemos follado en la ducha.

—¿Y qué?

—Pues que podríamos probar y tal.

Él parpadea.

—Eh… Bueno. Si quieres.

—No tenemos que hacerlo si no quieres —añado, algo preocupado de estar metiéndole presión—. Solo era una idea.

—No, no, sí que quiero. Es solo que no me lo esperaba.

—Entonces… ¿te apetece?

—Sí, vale —acepta—. Pero sabes que va a ser más complicado, ¿no? Y teniendo aquí una cama…

—Ya, bueno. Pero, si es complicado, lo mejor será empezar a cogerle el truco, ¿no?

Él se encoge de hombros.

—Sí, supongo. Pues venga, vamos. Antes de que me arrepienta.

Armados con el lubricante y los condones, entramos en el baño.

—Voy a abrir uno —digo mientras rasgo el envoltorio—. Que así será más fácil después.

Entonces, nos metemos en la ducha.

—¿Cómo lo hacemos? —pregunta Fran, haciéndome sonreír.

—Y yo que pensaba que tú eras el experto en estas cosas.

Él se ríe.

—En esto tengo tan poca experiencia como tú.

—Pues podemos aprender juntos, ¿no? —le propongo, todavía sonriendo.

Como ya hemos hecho varias veces, comenzamos duchándonos juntos, disfrutando del agua templada sobre nosotros, extendiéndonos el gel mutuamente.

Tras asegurarme de ponerle la polla dura una vez más, comienzo a introducir un par de dedos entre sus nalgas, disfrutando del calor de su interior.

De pronto, decido probar algo nuevo y me dejo llevar por el impulso.

Primero, me siento frente a él, en el borde de la bañera.

Después hago girar su cuerpo para dejarlo por completo frente a mí, y me quedo frente a su polla dura.

La masajeo bajo el agua para eliminar los restos de gel, y entonces comienzo a chupar de nuevo, utilizando todos los conocimientos que he adquirido antes de quedarnos dormidos.

De nuevo, deslizo un dedo en su interior, y tengo que contener una sonrisa cuando Fran comienza a gimotear bajo mi poder.

—Cámbiame el sitio, ¿vale? —me pide tras unos minutos de placer.

Nos cambiamos los puestos y Fran comienza a chupar también, utilizando la lengua y los labios de una forma que parece casi irreal. Lo de antes de dormir ya fue excitante y esto está siendo demasiado intenso, así que pronto tengo que pedirle que pare.

—¿Probamos ya? —le propongo, y él asiente con la cabeza.

Saca el brazo de la bañera para coger el condón abierto y me lo pone cuidadosamente. Entonces, me tiende el bote de lubricante y se pone en pie antes de colocarse de espaldas a mí. Mientras tanto, me embadurno los dedos en lubricante y se los introduzco con cuidado.

—¿Bien? —le pregunto para asegurarme.

—Bien.

—Inclínate un poco, ¿vale?

Él apoya las manos sobre la pared y eleva un poco el culo.

Cubro mi polla de lubricante y la acerco a su orificio, y entonces presiono ligeramente.

La sensación de entrar en él con tanta facilidad es casi tan placentera como todo lo que ocurre después.

Voy poco a poco para no hacerle daño, aunque me detengo a medio camino.

—¿Sigo?

—Sigue.

Y eso es lo que hago. Cuando estoy en su interior por completo, lo abrazo con fuerza y le beso el cuello bajo el agua, moviendo las caderas para entrar y salir de él.

Nuestros gemidos van creciendo en volumen mientras aumento la velocidad, sintiendo cómo el placer va acumulándose y creciendo de forma casi exponencial.

Tiene cierto morbo estar haciéndolo aquí, pero también es verdad lo que decía Fran: la cama es mucho más cómoda. Aun así, estoy dispuesto a llegar hasta el final. Aparto su mano para ser yo quien lo masturbe y comienzo a embestirlo cada vez más fuerte, disfrutando de sus gemidos de placer.

—Marcos… me corro.

—Yo también —le susurro al oído.

Pronto, los músculos de su interior aprietan mi polla mientras Fran suelta un prolongado gemido y su semen comienza a caer entre mis dedos.

La presión hace que me corra yo también, y acompaño cada chorro de una embestida.

Cuando termino, Fran se desploma contra la pared de azulejos y yo dejo caer mi cuerpo contra el suyo, tratando de recuperar la respiración.

Me duelen las piernas, pero ha merecido la pena.

Aunque creo que me quedo con la cama, eso está claro.

Cuando mi polla se desliza fuera de él, hago un nudo con el condón y lo dejo en el suelo. Después, alcanzo una toalla y comienzo a secar a Fran con cuidado, incapaz de dejar de sonreír mientras lo miro.

—¿Te ha gustado? —le pregunto, algo cohibido.

—Mucho.

—¿De verdad?

—Sí, en serio.

—Pero te quedas con la cama —adivino, y él asiente con la cabeza mientras ríe—. Tranquilo. Yo también.

—Pero me ha gustado la experiencia.

—Y a mí. Me gusta probar cosas nuevas contigo.

Aunque a este ritmo muy pronto nos vamos a quedar sin cosas nuevas que probar, pero estoy dispuesto a disfrutar del proceso mientras tanto.

Cuando ya estamos secos, son poco más de las diez y media.

Los dos queremos disfrutar al máximo del poco tiempo que nos queda aquí, así que no nos vestimos, sino que volvemos a la cama desnudos y nos abrazamos de nuevo, dándonos calor y cariño de una forma que todavía me cuesta creer que sea real.

No comenzamos a vestirnos hasta las once menos cinco, y cuando llegamos a la recepción tan solo faltan unos segundos para las once.

Mientras salimos del hotel, vuelvo a sentirme invadido por esa nueva felicidad, tan intensa que casi me hace estremecer.