44.
Algo que no sabía de los besos es que te ponen cachondo. Muy cachondo. Y resulta que estamos los dos desnudos en la cama de un hotel, con varias horas de soledad por delante, así que pronto ocurre lo inevitable. Por suerte, esta vez vengo preparado.
Todo es tan fácil con el lubricante que compré ayer mismo que no entiendo cómo pudimos hacer lo que hicimos en el hotel de Canarias.
Después de jugar un buen rato con la lengua entre sus nalgas, utilizo los dedos para abrir a Fran con cuidado, tal como hice entonces, pero esta vez todo se desliza mejor, el proceso de dilatación es mucho más rápido.
Cuando al fin vuelvo a entrar en su interior, esta vez con absoluta facilidad, me siento como si estuviéramos hechos para hacer precisamente esto, como si nuestros cuerpos estuvieran hechos para encajar así.
Y poder devorar su boca mientras tanto hace que sea todavía mejor.
Fran gime y jadea contra mi boca, y yo me lo trago todo con ansia.
¿Cómo hemos podido pasar más de una semana sin besos? Sinceramente, ahora mismo me resulta incomprensible.
No sé cuánto tiempo pasa, pero al final acaba llegando el orgasmo. Terminamos al mismo tiempo, sin dejar de besarnos ni un segundo, y por encima del placer siento una felicidad tan absoluta que me cuesta creer que pueda ser real.
Sudando y temblando, nos miramos a los ojos durante un buen rato. Después, lo abrazo para acercarlo más a mí, todavía besándolo. Ahora que he probado el sabor de sus labios, no quiero dejar de besarlos jamás.
Y así seguimos, abrazados mientras nos besamos y acariciamos sin hacer nada más, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
—¿Podemos hablar de una cosa? —susurra Fran al cabo de un rato, cerca de mis labios. Nos estamos acariciando la espalda, y él sube la mano para enredarla entre mi pelo.
—Claro. ¿Qué pasa? —respondo, algo nervioso mientras trato de aparentar calma, y mi mano se detiene.
—Me dijiste que no te gustaban los chicos.
Desvío la vista, algo cohibido. Sabía que acabaría sacando el tema. Y, después de habernos besado, tiene sentido que lo haya hecho hoy.
—Y no me gustaban, supongo.
—¿Y ahora? —susurra Fran.
No contesto de inmediato, tratando de ordenar los pensamientos. Pero entonces lo miro a los ojos con decisión.
—Ahora me gustas tú —respondo simplemente.
Él me pone una mano sobre la mejilla y me da un beso en los labios, ligero como una mariposa.
—Pero es imposible que yo sea el único chico que te gusta, ¿no?
—No lo sé. —Sonrío con cierto nerviosismo—. A lo mejor soy fransexual.
Él se ríe.
—Por muy halagado que me pueda sentir, no creo que eso sea posible.
—Supongo que no.
—¿Entonces?
De nuevo, tardo un rato en responder. Recuerdo a Andy, aunque todavía me duele pensar en él. Y, sin embargo…
—Supongo que puedo… ser bisexual.
—¿Nunca te lo habías planteado?
—No sabría qué decirte, la verdad. —Estoy siendo sincero, pero es verdad que ahora que he llegado a esta conclusión sobre mi sexualidad es como si todo encajara de repente, como si mi adolescencia empezara a tener sentido—. Pero supongo que es lo más probable, ¿verdad?
—A ver, si siempre te han gustado las chicas y ahora estamos haciendo esto… Pues yo creo que es evidente que sí, ¿no?
Aparto la mirada de nuevo; me cuesta mirarlo a los ojos al mismo tiempo que trato de mirar dentro de mí. Por suerte, Fran no se aparta. Sigue acariciándome la espalda, dándome su cariño, y yo también se la acaricio a él. Siento unas lágrimas cálidas en los ojos, aunque logro no derramarlas.
—Supongo, no lo sé. Necesito aclararme, ¿vale?
—Vale. Pero… recuerda lo que te dije en la playa, cuando estuvimos tumbados en esa roca. Si necesitas hablar, estaré aquí.
—Lo sé —respondo con una sonrisa, y lo miro de nuevo—. Eres el mejor, ¿lo sabías?
Fran se ríe.
—Algo me habían comentado, sí.
Entonces, yo también me río. Después le doy un beso, y otro, y otro más. Es imposible parar y, cuando quiero darme cuenta, estamos completamente sumergidos en esta potente marea de sensaciones y sentimientos. Es como si fuera físicamente imposible que nos separáramos.
—¿Qué hora es? —me pregunta después de un rato, y yo le echo un vistazo al reloj.
—Las ocho y cinco.
—Joder, ¿ya? —se sorprende, frunciendo el ceño—. Vamos a tener que irnos dentro de nada.
—Solo han pasado dos horas y todavía nos quedan casi tres, Fran —le recuerdo.
—Pues eso. Nada.
—Qué exagerado eres —respondo mientras río.
—Ya, pero es que no quiero irme —susurra contra mis labios.
—Yo tampoco. —Le doy un beso—. Si seguro que se nos hacen largas y todo.
—Qué va.
—¿Qué te apetece hacer?
Fran tarda unos segundos en responder. Cuando lo hace, parece cohibido.
—Sinceramente, estoy tan cómodo que me gustaría dormir contigo. En plan abrazados y tal… Como anoche. Pero mejor no.
—Bueno, si te apetece, a mí me parece bien —Más que bien, de hecho—. No sé si voy a ser capaz de quedarme dormido, pero podemos intentarlo. Te puedes dormir tú si quieres mientras yo te abrazo.
Él niega con la cabeza.
—No, no. Prefiero que estemos despiertos. Ya tendremos tiempo para dormir juntos en casa, ¿no?
—Supongo. Ayer no nos pilló nadie… A lo mejor podríamos repetir.
—A lo mejor —repite Fran, sonriendo—. ¿A ti qué te apetece hacer?
—Pues… La verdad es que he estado pensando una cosa.
—¿El qué?
Noto que se me calienta la cara. ¿De verdad voy a atreverme a decirlo?
—¿Quieres que te la chupe?
Él parece desconcertado por la propuesta, pero entonces asiente con la cabeza.
—Vale.
Comienzo a besarlo de nuevo sin poder evitarlo.
De nuevo, nuestros labios se vuelven voraces y ansiosos, devorándose mutuamente.
Nuestras lenguas se enredan como si nuestra vida dependiera de la unión entre nuestras bocas.
Llevo la mano a su polla y sigo besándole los labios, el cuello, las orejas; disfrutando mientras se pone dura entre mis dedos.
Entonces, bajo hasta sus pezones y juego con ellos, endureciéndolos mientras lo masturbo, y Fran gimotea sin poder contenerse.
Sigo bajando, pero me detengo antes de llegar y alzo la mirada. Sus ojos se encuentran con los míos.
Lo de antes ha sido fácil, pero no tengo ni idea de cómo va todo esto.
—Bueno… ¿y ahora qué hago? —le pregunto, más cohibido que nunca.
—¿Cómo que qué haces?
—Pues eso… ¿Cómo lo hago?
—Pues no sé, si te la metes en la boca y tal… —responde de coña.
—Ja, ja. —Pongo los ojos en blanco—. A ver, es que nunca he hecho esto. Si hay algo que debería saber, algo que te guste o no te guste…
—A ver, Marcos, piensa que es la primera polla que te vas a comer. No lo vas a hacer perfecto, ¿vale? —Supongo que tiene sentido—. Y no pasa nada, que nadie lo hace bien a la primera. Si quieres, tú ve haciendo lo que te parezca y yo te voy guiando, ¿vale?
—Es que no quiero hacerlo mal —respondo con un mohín. Lo único que quiero es darle placer, tanto como el que él lleva dándome a mí desde hace una semana.
—No sé, es que yo creo que es algo que sale de forma natural.
O sea, ten cuidado con los dientes y tal.
Juega con la lengua y esas cosas. Y utiliza las manos también, que al final todo ayuda.
—Lo escucho con atención, tratando de absorberlo todo—.
Tú piensa en las cosas que te gustan cuando yo te lo hago a ti y seguro que lo haces bien.
—Vale.
—Y tranquilo, que no es tan difícil.
—Entonces… ¿me la meto en la boca?
—Venga, empieza así si quieres.
Me mira con una sonrisa, y yo también lo hago.
Después, me enfrento a su polla. Está dura y erecta, con el glande ligeramente húmedo por la excitación.
De ella emana un ligerísimo aroma profundamente masculino que hace que comience a ponerme duro yo también.
Acerco la boca y, con cuidado, rodeo su glande con los labios, como una especie de beso.
Poco a poco, me la meto en la boca. La sensación es rara, como si fuera un trozo de comida demasiado grande, aunque no puedo masticarlo.
El sabor es algo más intenso de lo que esperaba, pero me gusta.
Joder, me gusta demasiado. Y me doy cuenta de que se desliza entre mis labios de forma natural, una vez más, como si nuestros cuerpos estuvieran pensados para esto.
—Cuidado con los dientes… —me pide—. Abre un poco más. Así. Utiliza la lengua y los labios.
Hago todo lo que me pide, obediente. Me doy cuenta de que esto se parece un poco a los besos, y eso no parece que se me haya dado mal, así que trato de hacer movimientos parecidos, lamiendo y succionando.
Sé que estoy siendo algo torpe, pero debo de ir por buen camino, porque Fran pronto comienza a gemir y a estremecerse de placer.
Por alguna razón, eso me hace enrojecer.
Me saco su polla de la boca y desvío la mirada hasta su rostro.
—¿Qué tal? —le pregunto.
—Genial.
—¿En serio? ¿Te gusta?
—Mucho. —Su sonrisa parece sincera. Algo avergonzado, añade—: ¿Quieres jugar también con mi culo?
—Claro. —Me estiro para coger el bote de lubricante de la mesita de noche—. Tú relájate y disfruta.
Fran tiene las piernas separadas, así que se las levanto un poco y le coloco un cojín bajo el culo para elevarlo.
Entonces, entierro la cara entre sus nalgas y comienzo a lamer de nuevo, disfrutando de esa sensación que tan poco me esperaba la primera vez y que tanto me gusta.
Mientras tanto, sigo masturbándolo, y él se estremece de placer cada poco tiempo.
Puedo notar con la lengua que sigue abierto, así que deslizo un dedo bien lubricado dentro de él.
Sigue asombrándome lo fácil que es. Juego en su interior, hasta que encuentro ese punto que he averiguado que le vuelve loco.
Comienzo a estimularlo sin dejar de ocuparme de su polla, y enseguida empieza a brotar más líquido preseminal de la punta.
Lo lamo y después continúo haciendo lo mismo con toda su longitud, dándole placer por dentro y por fuera.
Mientras tanto, Fran tiembla de placer, cada vez con más intensidad. Y eso me vuelve loco.
—Marcos… Para —me pide, y yo me detengo de inmediato—. Me voy a correr.
—Pues córrete.
—¿Y tú?
—Yo estoy bien así —le aseguro; es totalmente cierto.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Quieres que te avise para que te apartes, o…?
Al principio no entiendo a qué se refiere, pero entonces lo comprendo.
—No —respondo, sonriendo ligeramente—. Quiero… Quiero probarlo.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Bueno. Pero si no te gusta, lo escupes, ¿vale?
—Vale —respondo con una risita.
Y continúo chupándole la polla, jugando con mi dedo en su interior. Fran se estremece de placer cada vez más, hasta que al fin, con el cuerpo temblando y un prolongado grito de placer, se corre en mi boca.
No sé lo que esperaba, pero no es esto. Sus chorros son menos numerosos e intensos que los míos, pero sorprendentemente bastan para darme la sensación de que tengo la boca llena.
El líquido es ligeramente denso y viscoso, más cálido de lo que imaginaba.
Tiene un sabor extraño, más intenso que el de su polla, con una especie de mezcla entre dulce y salado que no sabría definir.
Tampoco sé si me acaba de gustar, la verdad.
Pero no me arrepiento de haberlo probado.
Mientras extraigo el dedo de su interior, Fran abre los ojos para mirarme.
Le devuelvo la mirada mientras trago, y después me acerco para besarlo en los labios.
Él lame unas gotas de semen bajo los míos y me devuelve el beso.
La sensación de intimidad y plenitud que siento en este momento es tan fuerte que lo único que puedo hacer es esperar que haya muchas más tardes como esta en el futuro.