43.
No sé cuánto tiempo llevo dormido cuando me despierto de golpe.
Durante unos segundos, pienso que estoy en mi cama. Todo sigue a oscuras y la habitación permanece en silencio… a excepción de un sonido, una respiración que no es la mía. Entonces noto el cuerpo de Fran contra el mío y recuerdo dónde estoy. Se me escapa una sonrisa.
Continúa profundamente dormido, de espaldas a mí, respirando con esa tranquilidad que solo tiene cuando el sueño lo vence por completo. Mi brazo sigue rodeándolo y, por un momento, me planteo volver a cerrar los ojos y quedarme así un rato más.
Pero entonces soy consciente de que esto es precisamente lo que no deberíamos estar haciendo.
—Mierda —susurro sin poder evitarlo; no pretendía quedarme dormido.
Le quito el brazo de encima a Fran, que se ha despertado también y se está dando la vuelta para mirarme. Su rostro es la viva imagen del desconcierto.
—¿Qué pasa?
—Me he dormido. —Miro el reloj y vuelvo a maldecir—. Joder. Son las siete.
—No se habrán despertado todavía, ¿no?
Por nuestro bien, espero que no. Con un poco de suerte, mi reloj biológico nos ha salvado.
—No creo, es domingo. Pero mejor me voy, ¿vale?
Me pongo en pie para marcharme y camino con cuidado hasta la puerta.
Abro el pestillo, salgo y cierro con cuidado al otro lado.
Entonces, me acerco a la habitación de nuestros padres y suelto un suspiro de alivio: los ronquidos me indican que papá todavía no se ha levantado, y supongo que Belén tampoco.
Vuelvo a mi habitación, abro y cierro la puerta con todo el sigilo del que soy capaz, y me meto en mi cama.
Por primera vez, el colchón se me antoja demasiado grande para mí.
Echo de menos el calor de Fran casi al instante.
Entonces, escucho tres golpecitos al otro lado de la pared. No puedo evitar sonreír. Levanto la mano y respondo con otros tres golpes. No hace falta decir nada más.
Cierro los ojos y hundo la cabeza en la almohada.
Todavía puedo recordar la calidez de su cuerpo contra el mío, los latidos de su corazón contra mi palma y la forma tan natural en que había encajado entre mis brazos.
Supongo que debería conformarme. Después de todo, hemos dormido juntos. Pero odio no poder seguir haciéndolo.
Con una mezcla de felicidad y melancolía, me doy cuenta de que ya estoy deseando que vuelva a pasar. En cualquier caso, cuanto antes me duerma, antes podré volver a verlo, así que cierro los ojos y trato de conciliar el sueño una vez más.
Cuando despierto unas horas después, lo primero que hago es pegar la oreja a la pared. Oigo una musiquilla siniestra y lo que parecen disparos, así que supongo que estará jugando a algo. Decido mandarle un mensaje, aunque primero me estiro bien y suelto un prolongado bostezo.
Recuerdas que esta tarde teníamos planes, no?
Su respuesta no se hace esperar.
Claro
Todavía no me has dicho qué vamos a hacer
Ni te lo voy a decir jajaja
Es sorpresa
Venga ya, no seas así
Ni una pista?
No, lo siento
Ya lo descubrirás cuando lleguemos
Pero algo le tendremos que decir a nuestros padres
Si nos vamos a ir los dos juntos…
Tranquilo, ya he pensado en eso
Les decimos que vamos al cine y ya está
Bueno, vale
Pero y si tu hermana quiere ir?
No te preocupes, ya lo tengo planeado
Ooook
Tenemos que salir a las 17:30 clavadas, así que tienes que estar preparado a esa hora, vale?
Pero al menos dame una pista, anda
Nop
Y cómo voy a saber qué ponerme?
Ropa normal
Tampoco te esperes nada del otro mundo, eh?
Mientras me levanto para ir al baño, me doy cuenta de que estoy nervioso. No sé si le gustará la sorpresa, pero espero que sí. Además, he tomado una decisión: hoy voy a dar un paso más. Voy a saltar al vacío.
Tan solo espero no estrellarme contra el suelo.
A la hora de la comida, resulta que Belén ha preparado su famosa lasaña, y está tan rica que todos repetimos. Cuando termino de comer, decido sacar el tema.
—Por cierto. Fran y yo tenemos planes esta tarde.
—¿En serio? —pregunta Belén con una sonrisa—. ¿Qué vais a hacer?
—Vamos a ir al cine —responde él.
—¡Qué morro! —protesta Natalia—. ¿Puedo ir?
—Vamos a ver la última de los Vengadores, que las están reestrenando en el cine —respondo; ya tenía preparada la excusa perfecta.
—Uf. Prefiero tirarme por un puente.
Tal como esperaba.
—Me alegra mucho que hagáis planes juntos, chicos —dice papá, sonriendo también.
—Y a mí —añade Belén—. Pasadlo muy bien, ¿vale?
Fran y yo recogemos la mesa y la cocina juntos.
Me gusta esto, esta especie de cotidianeidad entre nosotros.
No hablamos durante el proceso, aunque sonreímos cada vez que nos cruzamos.
Después, volvemos cada uno a nuestra habitación.
Estoy nervioso, así que trato de distraerme con la Switch hasta que llegue la hora.
A eso de las cinco oigo que Fran ha entrado en el cuarto de baño para ducharse, así que aprovecho para asegurarme una vez más de haber guardado todo lo necesario en la mochila.
Entonces, abro el armario para sacar la ropa.
Como se supone que vamos a ver una de los Vengadores, escojo una camiseta con el escudo del Capitán América.
A las cinco y media ya estoy duchado, vestido y entrando por el salón.
—¿Preparado? —Él asiente con la cabeza y se levanta del sofá. Es como si estuviéramos conectados de alguna manera, porque se ha puesto una camiseta de Spider-Man—. Bueno, pues vamos.
—Un momento, un momento —dice papá. Se levanta del sofá y va hacia la mesa donde deja siempre la cartera. Para mi sorpresa, saca un billete de veinte euros y me lo da—. Para que os podáis pedir unas palomitas y un par de refrescos, que está el cine muy caro.
—Gracias, papá.
—Pasadlo bien.
—Gracias —responde Fran—. Adiós, mamá.
—Adiós, cariño.
Salimos juntos de casa y llamo al ascensor, que no tarda en llegar. Cuando entramos y empezamos a bajar, soy consciente de golpe de la tensión que flota entre nosotros. ¿Tendrá Fran tantas expectativas con respecto a hoy como yo?
—¿Llevas el DNI? —le pregunto para asegurarme.
—Eh… Sí. ¿Por?
—Por si acaso.
—¿Para qué es la mochila? —me pregunta él.
—Para meter a escondidas las chuches y los refrescos en el cine, que está todo muy caro.
Fran pone los ojos en blanco.
—No me vas a decir adónde vamos, ¿verdad?
—Por supuesto que no.
Durante el trayecto en metro no deja de insistir con lo mismo cada pocos minutos, pero me mantengo firme.
Cuando bajamos, sigo cuidadosamente las indicaciones del móvil hasta llegar a nuestro destino.
Trago saliva y le echo un vistazo a Fran antes de entrar.
Él se queda atónito al ver dónde estamos.
—¿Un hotel? —susurra mientras nos acercamos al mostrador de recepción—. ¿En serio?
—Sorpresa.
Doy gracias en silencio porque no parezca un hotelucho cutre. No tiene ni punto de comparación con el de Canarias, pero al menos parece acogedor.
—Hola, buenas —le digo al recepcionista—. Tenía una reserva para las seis… A nombre de Marcos.
—Un segundito… Sí, aquí está. Necesito vuestros DNI para comprobar que sois mayores de edad.
—Se los entregamos, y él los revisa unos instantes antes de devolvérnoslos—.
Veo que ya habéis pagado por la web, así que aquí tenéis la tarjeta —dice el recepcionista—.
Segunda planta, habitación veintisiete. Recordad que la hora de salida es a las once.
Si os quedáis más tiempo, se os cobrará un recargo.
—Gracias —respondo mientras cojo la tarjeta para la puerta.
—Que disfrutéis.
Se me calientan las mejillas… está claro que aquí casi todo el mundo viene para lo mismo, así que básicamente acabamos de anunciar que vamos a follar.
En el ascensor, Fran me mira con los ojos muy abiertos.
—Me has traído a un hotel.
—Muy perspicaz.
—¿Estás loco? ¿Por qué? Te tiene que haber costado un pastón.
—Porque no podía esperar a que llegara el jueves para que volvamos a estar solos. —Sería absurdo ocultárselo—. Y por el dinero no te preocupes, que tampoco ha sido tan caro.
—Si tú lo dices. —El ascensor se abre, y Fran añade—: Pero, escucha, no podemos pasar la noche aquí. Nuestros padres…
—No vamos a pasar la noche aquí —respondo mientras busco nuestra puerta, un tanto cohibido—. Solo tenemos hasta las once de la noche.
Hemos llegado. Introduzco la tarjeta en el lector, y la puerta se desbloquea.
—¿Estamos en un hotel por horas?
—Sí —respondo, algo avergonzado—. A ver, ya sé que es un poco cutre y tal… pero es que tampoco tenía dinero para más —confieso, más cohibido que nunca.
—Es genial, en serio. —Mira a mi alrededor, con cara de aprobación—. Y no te preocupes por el dinero. Yo te pago la mitad, es lo justo.
—No, no —me niego en rotundo—. Es una sorpresa, así que no tienes que pagar nada.
—Bueno, ya veremos.
Me acerco a la cama y dejo la mochila encima. Mientras, Fran abre la puerta del baño y se asoma al interior.
—¿Me das cinco minutos? —me pide—. Para prepararme un poco y tal.
—Vale, pero con una condición —respondo, envalentonado por su actitud.
—¿Cuál?
—Déjame quitarte la ropa.
Fran asiente con la cabeza. Me acerco a él, clavo los ojos en los suyos y comienzo a desvestirlo con cuidado.
Ahora que vuelvo a tocar su cuerpo, no entiendo cómo he tardado tanto en aceptarlo: el deseo que siento por él es fuerte, pero también hay más, mucho más.
Mientras deslizo los dedos sobre su piel, compruebo con satisfacción que su vello rubio se eriza, que sus pezones se endurecen.
Mi polla comienza a ponerse dura al instante.
Cuando termino de desnudarlo, Fran hace lo mismo conmigo, despacio y con cariño. Después, sin decir palabra, se encierra en el cuarto de baño.
Mientras espero, abro la mochila, extraigo su contenido y lo dejo sobre la mesita de noche.
Después, retiro las sábanas de la cama y me tumbo.
El tiempo transcurre con insoportable lentitud pero, al fin, Fran sale del baño.
No puedo evitar devorarlo con la mirada, y sigo haciéndolo cuando se sube a la cama y se acerca a mí.
Enseguida, su cara está tan cerca de la mía que podría besarlo. Y sé que ha llegado el momento, que es ahora o nunca. Pero la idea me hace sentir tremendamente cohibido.
—¿Pasa algo? —me pregunta, siempre perspicaz.
—No. Es solo que…
Aparto la mirada con vergüenza; no sé cómo decirlo.
—¿Qué pasa? —Él acerca la mano para acariciarme la mejilla, y ese simple gesto me inspira cierta valentía—. Puedes decírmelo.
—Es que me gustaría probar una cosa. —Temeroso de que él no quiera hacerlo, añado—: Pero solo si tú quieres.
—¿El qué?
Me quedo en silencio mientras reúno el valor necesario para decirlo.
—Me gustaría besarte —confieso en voz baja, enrojeciendo de golpe.
—¿En serio? —pregunta Fran, y parece incrédulo.
—A ver, pero solo si tú quie…
Entonces, me besa en los labios. Me quedo inmóvil un instante, impactado, pero de pronto una extraña euforia me invade por completo mientras le devuelvo el beso.
Me siento torpe al principio, inexperto, pero los labios de Fran me guían con suavidad y me doy cuenta de que es fácil, tan fácil como si hubiera nacido para esto.
Utilizamos los labios, pero lo siento a lo largo y ancho de todo mi cuerpo, como si unas oleadas de fuego líquido se extendieran desde la unión entre nuestras bocas hasta inundarnos por completo.
Es el primer beso que compartimos, pero enseguida parece como si lleváramos toda la vida haciéndolo, como si hubieran pasado años desde el primero.
Enseguida noto que sus labios se abren ligeramente contra los míos, y yo también lo hago.
Entonces, nuestras lenguas se encuentran por primera vez, y de alguna manera el beso se vuelve todavía más intenso, más frenético.
Apenas soy capaz de creer que esto esté ocurriendo de verdad, pero todos mis sentidos están llenos por completo de él.
La vista, con la que devoro sus ojos en los escasos momentos en los que abro los míos.
El gusto, con el que saboreo sus labios, su lengua y el interior de su boca.
El olfato, con el que inhalo el aroma de su cuerpo.
El oído, que interpreta como música la sinfonía de nuestros gemidos ahogados por los besos.
El tacto, con el que recorro cada centímetro de su cuerpo que logro alcanzar.
En este momento, soy tan feliz que me siento como si estuviera a punto de estallar.