El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 42.
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Falta poco para que termine la película cuando oigo un ligerísimo ronquido. Miro a un lado y veo a Fran con los ojos cerrados, todavía apoyado contra mí. Sonrío sin poder evitarlo; está tan adorable como siempre que duerme.

Al fin, aparecen los créditos en la pantalla.

—No encendáis la luz —advierto en voz baja—. Fran se ha quedado dormido.

—Pues no es el único —dice Natalia.

Sigo la dirección de su mirada y veo que Belén también está dormida.

—Se ve que les ha encantado la película —dice papá entre risas.

—Pues a mí me ha gustado —protesta Natalia—. Aunque me muero de sueño.

Papá despierta a Belén suavemente, pero a mí me da pena hacer lo mismo con Fran.

—Vosotros id a dormir si queréis —les digo—, que yo voy a quedarme un rato con el móvil. No os preocupéis, que yo recojo y ya despertaré a Fran cuando me vaya.

—Vale, cariño —responde Belén, mirándonos con una sonrisa—. Que duermas bien.

Nos damos todos las buenas noches y, por fin, me dejan a solas con Fran. Lo observo mientras duerme, con una leve sonrisa en los labios.

Durante unos minutos no hago nada más. Me quedo sentado en el sofá, en silencio, con cuidado de no moverme para no despertarlo. Ahora mismo solo puedo mirarlo a él, y no quiero dejar de hacerlo.

Es curioso porque no parece la misma persona que hace un rato estaba haciendo bromas conmigo o fingiendo que no le había asustado el timbre.

Dormido, con la guardia completamente baja, hay algo mucho más tranquilo en él.

Es extraño pensar que alguien pueda parecer tan distinto cuando deja de intentar controlar cada gesto.

Fran siempre está lleno de pequeños movimientos: la forma en que frunce el ceño cuando algo le preocupa, cómo aparta la mirada cuando algo le da vergüenza, cómo parece estar siempre preparado para defenderse de cualquier comentario.

Pero ahora no hay nada de eso. Dormido, parece más tranquilo, más joven incluso, casi como cuando íbamos juntos al instituto hace lo que parece ya una eternidad. Como si por fin pudiera dejar de estar pendiente de todo lo que ocurre a su alrededor.

Tiene la cabeza apoyada contra mí y una de sus manos descansa cerca de mí, completamente relajada, sin esa tensión que a veces noto en sus dedos cuando está nervioso.

Quiero entrelazar mis dedos con los suyos, pero no me atrevo; no quiero que se despierte, que se rompa el momento.

Su respiración es lenta y constante, y tengo la extraña sensación de que podría quedarme así durante horas sin cansarme.

Con su cara tenuemente iluminada por el brillo de la televisión aún encendida, me fijo en detalles que normalmente me pasarían desapercibidos: su pelo ligeramente revuelto por haber apoyado la cabeza en mi hombro, la forma en que sus pestañas proyectan una pequeña sombra debajo de sus ojos cerrados, la expresión tranquila que tiene ahora que no está intentando esconder lo que siente.

Supongo que nunca me había parado a mirarlo de verdad. O tal vez sí, pero siempre había encontrado alguna excusa para no hacerlo demasiado tiempo.

Porque Fran es fácil de mirar. Lo ha sido siempre.

Solo que antes intentaba convencerme de que lo que me llamaba la atención de él era cualquier otra cosa.

Mis ganas de tener un amigo, tal vez hasta un hermano.

Su manera de hablar, sus bromas cuando está de buen humor, la forma en que se enfada por cosas pequeñas y luego intenta fingir que no le importan. Cualquier cosa menos esto.

Mis ojos bajan despacio por su cara y se detienen en sus labios entreabiertos. No lo hago a propósito; simplemente ocurre. Me quedo ahí unos segundos más de lo que debería, pensando que debería mirar hacia otro lado, que no tiene sentido quedarme mirándolo así mientras duerme. Pero no lo hago.

Me pregunto cuándo ha empezado a parecerme tan normal tenerlo cerca.

Cuándo he dejado de sentir que cada contacto físico con él era una sorpresa y he empezado a echarlos de menos cuando no están.

Cuándo una simple noche viendo una película se ha convertido en algo que quiero guardar en mi memoria para siempre.

Y entonces lo veo sonreír ligeramente mientras duerme, apenas un movimiento casi imperceptible, y algo dentro de mí cambia.

Porque de pronto ya no estoy pensando solo en lo bonito que es verlo así, ni en lo mucho que me gusta que confíe en mí lo suficiente como para quedarse dormido a mi lado.

Estoy pensando en lo cerca que están sus labios.

En las ganas que tengo de saber cómo sería acercarme un poco más.

Aparto la mirada, como si al reconocer ese deseo pudiera hacer que desapareciera. Pero no desaparece. Por primera vez, dejo de intentar buscar otra explicación, cualquier forma absurda de racionalizar lo evidente.

Lo que siento por él no es solo cariño. No son solo ganas de tener un amigo. No es solo que me guste estar con él, que me guste el sexo con él como un simple pasatiempo físico, una forma de encontrar placer.

Por primera vez, observándolo mientras duerme, me doy cuenta de que me muero de ganas de besar sus labios. Porque me gusta.

Sí, me gusta Fran, y no tiene ningún sentido tratar de negarlo por mucho que la idea me aterrorice.

Pero soy incapaz de hacer frente a estos pensamientos ahora mismo, así que lo zarandeo con suavidad para despertarlo. Su expresión tranquila cambia de inmediato, dando paso a la confusión.

—¿Qué pasa?

—Te has quedado dormido.

Él parpadea y echa un vistazo a los créditos de la película, ajeno a todos los pensamientos que siguen dando vueltas por mi cabeza.

—¿Ya se ha terminado?

—Pues sí.

—¿Y al final quién era el asesino?

—Eran tres —le explico—. La compañera de piso asesinada, que en realidad no estaba muerta. El chico del pelo rizado, que en realidad era su hermano, y el policía, que en realidad era el padre de los dos.

Vuelve a parpadear.

—Joder. Estas películas son ridículas.

Me río.

—Ya, bueno. Es que si no has visto las anteriores…

—Creo que paso, la verdad. —Entonces se estira, separándose de mí por primera vez en bastante tiempo—. Uy. Perdona. ¿Te he molestado?

—Tranquilo. Solo ha sido un rato.

Si acaso, lo único que me molesta es que se aparte de mí.

—¿Y los demás?

—Se han ido nada más terminar la película; han dicho que tenían mucho sueño. De hecho —continúo entre risas—, tu madre también se ha quedado dormida… se ve que os viene de familia.

—Ah, vale. —En voz baja, me pregunta—: ¿Te vienes ahora a mi cuarto?

Siento un cosquilleo en la tripa, pero no sé si será lo más apropiado ahora mismo.

—¿Estás seguro? —Arqueo una ceja—. Tienes cara de estar cayéndote de sueño.

—Sí, sí. No te preocupes —insiste, levantándose del sofá—: Déjame que vaya al baño primero, ¿vale? Nos vemos ahora.

—Vale.

Entonces, él se marcha y yo me quedo recogiendo las cosas de la cena. Un par de minutos después oigo que sale del cuarto de baño, así que entro yo. En esta ocasión me aseguro de lavarme los dientes de forma aún más concienzuda de lo habitual, por lo que pudiera pasar.

Cuando salgo, me acerco a la puerta de papá y Belén, desde donde ya resuenan los consabidos ronquidos. Doy media vuelta y me dirijo hacia la puerta de Fran, esa habitación prohibida que cada noche voy conociendo un poco más.

—Ya estoy —susurro al entrar, cerrando la puerta detrás de mí—. ¿Fran?

Pero no contesta. Me acerco a la cama y, alumbrándolo ligeramente con la pantalla del móvil, me doy cuenta de que ha vuelto a quedarse frito.

Por un momento, pienso en marcharme sin más, pero no quiero que se despierte en mitad de la noche y piense que he pasado de ir a verlo.

De modo que me arrodillo junto a su cama y, una vez más, lo zarandeo ligeramente.

—Fran, te has dormido —susurro.

—Joder. Perdona.

—No pasa nada. Pero creo que mejor lo dejamos para mañana, ¿vale?

Él parece pensárselo durante un instante.

—¿Seguro?

—Vamos a ver, que estás dormidísimo. —Suelto una risita—. No me voy a morir por tener que esperarme hasta mañana.

—¿No tienes ganas? —insiste.

Ganas tengo siempre, pero no si lo único que quiere hacer él es dormir.

—Estoy bien así, tranquilo.

—Bueno… Pues vale.

Le aprieto ligeramente el brazo y me pongo en pie.

—Buenas noches, Fran.

—¿Marcos?

—Dime.

Tarda un segundo en responder.

—¿Me das un abrazo?

Entonces, el corazón me da un vuelco. Sin poder evitarlo, una enorme sonrisa se adueña de mi cara.

—Claro.

Me agacho y lo rodeo con los brazos, pero él niega con la cabeza antes de que pueda completar el gesto.

—No, así no.

—Entonces, ¿cómo?

—Métete en la cama conmigo —me pide en voz baja, y mi corazón vuelve a detenerse—. Solo un momento.

¿En serio me está pidiendo lo que creo que he oído? ¿No me habré quedado dormido yo también y esto no es más que un sueño? Pero todo parece muy real, así que asiento con la cabeza.

—Vale. ¿Me haces hueco?

Fran se pega en la pared y yo me meto en la cama con él. Los dos estamos en ropa interior, lo que significa que nuestros cuerpos pueden estar casi completamente en contacto, sin barreras que nos separen. Y esto es justo lo que necesitaba, así que aprovecho la situación.

Sin dudar, pego mi pecho al suyo y lo rodeo con los brazos, al mismo tiempo que él me abraza también.

El contacto entre nuestros cuerpos es absoluto.

Mientras me pego a él, soy vagamente consciente de la sensación de mi polla contra la suya, pero este momento no tiene nada de sexual.

Nuestros cuerpos se comunican de una forma muy distinta a como lo han estado haciendo durante estos últimos días.

Busco su boca en la oscuridad, tan cerca de la mía, pero no soy capaz de dar el último paso. En lugar de eso, susurro:

—Se está muy a gusto así, la verdad.

Me da la impresión de que se estremece.

—Pues quédate.

—No estamos en el hotel —le recuerdo, sonriendo.

—A ver, que no digo que te quedes a dormir. Pero te puedes quedar un ratito, ¿no? Solo si quieres.

¿Que si quiero? Me quedaría toda la noche, y todas las noches que vengan después. El problema es que podría ser muy arriesgado, aunque creo que estoy dispuesto a correr el riesgo.

—Venga, va. Pero solo diez minutos, ¿vale?

—Vale.

—Lo malo es que, si te duermes, te voy a despertar cuando me vaya.

—No pasa nada.

Entonces, se me ocurre una idea.

—Mira, haz una cosa —le pido—. Ponte como duermes siempre.

—Eh… Vale.

Fran se separa de mí y se da la vuelta hasta quedar de cara a la pared. Como sé que hace cada noche, se abraza a la almohada.

Lo observo durante un instante. Todavía podría dejar las cosas así.

Darme la vuelta yo también, intentar dormir sin dar ningún paso más y convencerme de que todo lo que he pensado esta noche desaparecerá por la mañana.

Pero sé que no va a desaparecer por mucho que lo intente. Y tampoco quiero que lo haga.

Antes de que pueda arrepentirme, me acerco despacio hasta pegar mi cuerpo al suyo una vez más. Apenas dejo espacio entre los dos. Me siento un poco ridículo haciéndolo; no sé cómo colocar los brazos exactamente. Pero al final le rodeo el torso con el brazo derecho y apoyo la mano sobre su pecho.

Puedo sentir los latidos de su corazón bajo la palma. Fran se estremece.

Durante un minuto entero, me quedo completamente inmóvil.

Espero a que se aparte, o a que me pida que sea yo quien lo haga.

Espero a que se tense. Espero cualquier cosa que diga que esto ha sido un error.

Pero no ocurre nada de eso. Fran simplemente deja escapar un suspiro suave y se relaja contra mí, lo que me permite relajarme a mí también.

No decimos nada, simplemente permanecemos así, con su corazón latiendo contra mi palma y el mío contra su espalda.

Pronto, los latidos de su corazón vuelven a la normalidad. Conforme pasan los minutos, me doy cuenta de que su respiración empieza a volverse más profunda, más pausada. No tarda mucho en quedarse dormido. Aquí mismo, entre mis brazos. Y no podría ser más perfecto.

Apoyo la frente contra su nuca, con cuidado de no despertarlo, y cierro los ojos.

No sé cuánto tiempo permanezco así, escuchando su respiración y sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío.

Es una sensación tan radiante que casi me da rabia haber tardado tanto en descubrir lo mucho que la necesitaba.

Supongo que no tiene ningún sentido que siga tratando de negármelo.

Me gusta Fran. Tal vez más que eso.

Y sí, me da miedo.

Pero lo que me da miedo no es que me guste, o que pueda estar… enamorándome de él, si es que es eso lo que está pasando.

Lo que de verdad me da miedo es lo que podría significar esto de cara al futuro.