El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 41.
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Despierto algo después de las diez, mucho antes de lo que me gustaría.

Como si mis últimos pensamientos antes de dormir se hubieran encadenado con los primeros de la mañana, mi mente vuelve de inmediato a Fran.

Y, como si mi cerebro hubiera estado trabajando durante la noche mientras el resto de mi cuerpo dormía, me doy cuenta de algo: necesito volver a pasar tiempo con él.

Y no me vale con estar los dos aquí en casa.

Necesito que estemos a solas, como en el hotel.

Y resulta que el hotel es precisamente la clave.

Después de pasar por el baño, me siento frente al portátil.

Tengo una idea bastante aproximada de lo que estoy buscando, y por suerte no tardo en encontrarlo.

El problema es que es más caro de lo que pensaba, pero supongo que era de esperar.

En cualquier caso, tengo algo de dinero ahorrado.

Mis únicos gastos suelen ser con Laura y Carlos, y aun así, los días como ayer con comida, crepes, cine y burger no son nada habituales, así que no suelo gastar demasiado.

Me lo puedo permitir, aunque no va a poder ser algo habitual.

Y lo más importante de todo es que valdrá la pena.

Estoy desayunando unas tostadas cuando Fran aparece por la puerta de la cocina.

—Buenos días —me saluda.

—Buenos días. —Trago un trozo de tostada y le pregunto—: ¿Has dormido bien?

—Muy bien. ¿Y tú?

—Sí, bien.

—Me alegro.

Sonrío y sigo con mi tostada, mentalizándome para lo que estoy a punto de proponerle. He tomado la decisión de no contárselo todo; prefiero que sea una sorpresa.

—Por cierto —digo cuando termino de desayunar, algo avergonzado—. ¿Tienes planes para mañana?

—Eh… Pues no, la verdad. ¿Por?

Trago saliva y me lanzo de lleno.

—Porque quiero que hagamos planes juntos.

—¿En serio? ¿Pero aquí o cómo?

—Fuera de casa.

—¿El qué?

—Es una sorpresa —respondo, sonriendo—. ¿Confías en mí?

Reconozco que me da un poco de miedo oír la respuesta.

—Claro.

—Genial.

Procurando contener una sonrisa de alegría, me termino el café y lo meto todo en el lavavajillas.

Me marcho de la cocina y, una vez en el pasillo, me permito sonreír ampliamente.

Una parte de mí se temía que me rechazara, pero no ha sido así.

Ha aceptado. Quiere hacer planes conmigo. Y eso no podría hacerme más feliz.

Vuelvo a mi habitación, me siento de nuevo frente al portátil y selecciono la fecha en la página que he dejado abierta hace un rato.

Quiero reservar lo antes posible, no sea que se me fastidien los planes.

Por suerte, he llegado a tiempo y puedo hacer la reserva sin problemas.

Siento un cosquilleo de emoción en la boca del estómago mientras leo el correo de confirmación.

Después, me pongo unos vaqueros, una sudadera cualquiera y me aseguro de coger la mochila.

Necesito salir un momento a comprar un par de cosas para mañana, y preferiría que nadie las viera.

A la hora de la comida, Belén nos mira con ojos emocionados.

—Antonio y yo hemos pensado una cosa —dice.

Natalia, Fran y yo nos los quedamos mirando.

—Ninguno de los dos sois de salir mucho por la noche, ¿verdad? —nos pregunta papá a Fran y a mí, como si no supiera ya que yo nunca lo hago. Negamos con la cabeza al unísono.

—Oye, ¿y por qué a mí nadie me pregunta? —se queja Natalia.

—Porque tú eres menor de edad, mocosa —bromeo, revolviéndole el pelo.

—Como los sábados por la noche vamos a estar todos en casa y al día siguiente no hay que madrugar, Belén y yo hemos tenido una idea —dice papá, y entonces la mira para que lo diga ella.

—Hemos pensado que los sábados podemos hacer noches en familia.

Natalia, Fran y yo nos miramos entre nosotros.

—¿En qué plan? —pregunta él.

—A lo mejor podemos jugar todos a algún juego de mesa o algo así —sugiere Belén—. Y, después, podemos pedir pizza para cenar viendo una película todos juntos.

—Hemos encargado un sofá de dos plazas para el salón, y va a llegar esta tarde —dice papá—. Así habrá hueco para todos.

Sonrío levemente, y puedo ver por el rabillo del ojo que Fran está haciendo lo mismo. ¿Es posible que esté pensando lo mismo que yo? Porque la idea de ver una película en el sofá nuevo, los dos juntos, no podría resultarme más tentadora.

—Me parece genial —responde él.

—Y a mí —me sumo.

—Vale, pero con una condición —dice Natalia, y los demás la miramos—. Esta noche me toca a mí elegir la película, que la última vez eligieron Marcos y Fran.

—Como desee la señorita —la consiente papá.

—Podríamos ir rotando —sugiere Belén—. Cada semana, uno de nosotros elige la película.

Todos estamos de acuerdo, y tengo que reconocerlo: la idea me hace ilusión.

Este año me he pasado meses emocionado por la idea de ampliar la familia, pero la actitud de Fran hacia mí siempre ha sido una barrera difícil de superar.

Pero, con todo lo que está pasando entre nosotros…

En fin, es evidente que estamos más unidos que nunca.

Lo que hacemos por las noches a escondidas está genial, pero pasar el par de horas previos los dos juntos en el sofá tiene que ser el mejor plan del mundo.

Me he pasado buena parte de la tarde estudiando, consciente de que tengo que recuperar el tiempo que he perdido durante el viaje. A eso de las cuatro sonó el timbre, pero no me molesté en asomarme para ver quién era; solo podía ser el sofá nuevo.

Y ahora ha llegado la hora de la cena y, con ella, la primera «noche en familia», según la bautiza Belén.

El salón no ha cambiado demasiado. El sofá grande está donde siempre, con la mesita de siempre delante.

Pero ahora hay un sofá nuevo en la otra pared, el lugar perfecto para que Fran y yo pasemos las noches juntos.

Dado que ya nos sentamos juntos en la mesa de la comida, supongo que también tiene sentido que nos sentemos juntos en el sofá.

Comienzo a poner la mesa junto a él y Natalia.

Después, Fran me ayuda a quitar los adornos de una mesita baja de la pared contraria y la llevamos frente a nuestro nuevo sofá.

No lo hemos hablado siquiera, pero él también parece dar por hecho que va a ser para los dos, y eso me hace feliz.

Es una tontería, lo sé. Solo es un sofá.

Pero, después de haber pasado tantos días prácticamente pegados el uno al otro, me habría resultado raro sentarme al otro lado del salón.

Cuando pedimos las pizzas, el plan se confirma: Fran y yo vamos a compartir una mediana, mientras que los demás piden una familiar para los tres. El plan no podría haber salido mejor, y ni siquiera he tenido que esforzarme.

Mientras Fran y Belén van a la cocina para preparar las palomitas, yo voy derechito al sofá nuevo para apropiarme de él lo antes posible.

—¿Qué tal está? —me pregunta papá—. ¿Es cómodo?

—Sí, bastante.

Él se sienta con Natalia en el sofá grande mientras ella empieza a revisar las plataformas de streaming en busca de algo que ver. No se me escapa el hecho de que está buscando directamente en las categorías de terror, y eso me gusta: más oportunidades de que Fran y yo nos juntemos.

Los desaparecidos vuelven de la cocina con dos cuencos grandes de palomitas. Tengo que contener la sonrisa cuando veo que él camina directamente hacia mí.

—Alexa —dice papá—. Apaga las luces.

Entonces, el salón se queda a oscuras y Natalia pone la película.

La película no es muy luminosa que digamos, lo que deja casi todo el salón sumido en las sombras.

A lo mejor por eso me doy cuenta tan fácilmente de todo lo demás: del calor de Fran sentado a mi lado, de su pierna contra la mía cada vez que cambia de postura, del contacto ocasional entre nuestros brazos.

Es curioso cómo algo tan simple como estar sentado en un sofá puede parecer tan… no sé, trascendental. Tal vez sea porque Fran jamás se habría acercado tanto a mí hace unas semanas. Su pierna sigue pegada a la mía, pero ninguno de los dos parece tener intención de apartarse.

Hace unos meses, ni siquiera me habría imaginado estando así con él.

No de esta manera. Me resulta extraño pensar que algo tan sencillo como ver una película un sábado por la noche pueda hacerme sentir tan feliz.

Como si este pequeño espacio junto a él en el sofá fuera algo que siempre hubiera estado esperando.

Me acuerdo de la última vez que vimos una película juntos, con Natalia.

La situación era parecida, pero al mismo tiempo no tenía nada que ver.

Aquella noche todavía estábamos intentando arreglar las cosas, midiendo cada palabra y cada gesto.

Ahora, en cambio, llevamos días encontrando una nueva forma de estar juntos, más cómoda, más cercana…

y también más íntima, más profunda. Ya no siento que tenga que preguntarme si puedo acercarme a él o si estoy cruzando una línea.

Incluso algo tan absurdo como compartir las palomitas parece diferente.

Con Natalia, no tardaron en acabarse porque éramos tres personas metiendo la mano en el cuenco.

Esta vez duran mucho más, aunque sospecho que ninguno de los dos tiene demasiada prisa por terminarlas.

Hay algo casi ridículo en la manera en que nuestros dedos se encuentran una y otra vez.

No sé si Fran se da cuenta, pero tengo la sensación de que espera a que yo vaya a coger una antes de hacerlo él.

O tal vez soy yo quien busca cualquier excusa para rozarlo.

Cuando ya no quedan palomitas y estoy intentando prestar atención a la película, el timbre de la puerta rompe el silencio.

El sonido nos pilla a todos desprevenidos y, antes de que pueda reaccionar, Fran da un salto y se agarra a mí.

Durante un segundo se queda abrazado a mi brazo, sorprendido por su propio movimiento.

No puedo evitar reírme. No solo porque me haga gracia que se haya asustado, sino también porque la situación me parece demasiado tierna.

En cuanto se da cuenta de lo que ha hecho, se aparta sin perder ni un segundo.

—Perdona —murmura.

—No pasa nada —le digo, todavía sonriendo. Le doy un apretón cariñoso en el brazo antes de soltarlo—. ¿Tan asustado estás? Pensaba que te gustaban los juegos de terror.

—En los juegos puedo matar a los enemigos. Aquí no.

La respuesta me hace sonreír todavía más mientras me mira a los ojos. Me gusta esa parte de él, la que aparece cuando se olvida de intentar parecer tranquilo.

Por suerte, nadie parece haber visto nada. Mi padre ha salido a abrir al repartidor, mientras que Natalia y Belén van a la cocina para traer las bebidas. Fran vuelve a separarse un poco de mí antes de que regresen, y me doy cuenta de que parece nervioso.

Cuando papá vuelve con las pizzas, deja la nuestra delante de nosotros. Poco después, Natalia y Belén aparece con unas botellas de Coca-Cola y retomamos la película.

Fran y yo empezamos a comer sin hablar demasiado, dejando que la película llene los silencios.

La verdad es que hace rato que he dejado de estar demasiado pendiente de la trama.

El asesino ya lleva varias víctimas y la historia empieza a parecerme algo repetitiva, pero tampoco me importa.

No es la película lo que hace que quiera que esta noche no se acabe.

Me termino mi mitad de la pizza antes que Fran y vuelvo a acomodarme en el sofá.

Intento no pensar demasiado en si volverá a acercarse o si mantendrá la distancia de antes.

No quiero presionarlo, ni hacer que sienta que tiene que hacer algo.

Pero, cuando se termina su parte de la pizza unos minutos más tarde, yo no podría estar más atento.

Entonces sube las piernas al sofá y se apoya contra mí, dejando la cabeza cerca de mi hombro.

Me quedo quieto durante un segundo, más por sorpresa que por otra cosa, y el corazón se me acelera.

Podría bromear, decir algo para romper la tensión, pero no quiero hacerlo, sobre todo si los demás pueden oírnos.

Hay algo demasiado tranquilo en ese gesto, demasiado cotidiano.

Y me gusta mucho más de lo que sería capaz de admitir en voz alta.

Sigo viendo la película, aunque ya apenas estoy siguiendo lo que ocurre.

Estoy demasiado concentrado en la sensación de tenerlo así de cerca, en lo fácil que parece todo ahora mismo.

En que, por una vez, no estamos intentando arreglar nada ni fingiendo que no sentimos lo que sentimos… sea lo que sea.

Simplemente estamos aquí, los dos juntos.

De nuevo, mi mente vuelve a la reserva que he hecho después de desayunar. Me muero de ganas de que llegue la tarde de mañana.