El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 40.
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Al final nos vamos a dar un paseo por un parque cercano para matar el rato, aprovechando que todavía estamos a principios de noviembre y el frío no es demasiado excesivo. Dentro de unas semanas, será imposible estar por la calle sin abrigarnos bien.

Sobre las seis ya ha empezado a refrescar, así que nos metemos en una crepería que se encuentra a solo cinco minutos del cine. El local está bastante lleno, pero encontramos una mesa en un rincón. Por suerte, nos atienden enseguida.

Mientras esperamos a que nos traigan la merienda, Laura empieza a hablar sin parar sobre una serie que quiere que veamos los dos.

—Os prometo que os va a enganchar —nos asegura justo cuando llega el camarero.

—Eso dijiste con la anterior —señala Carlos.

—Porque también era buena.

—Duré dos capítulos.

—Porque no tienes paciencia.

—Si tú lo dices…

Los escucho discutir mientras me como mi crepe, disfrutando de la delicia azucarada, llena de chocolate y muy poco sana que sin duda me merezco por haber sobrevivido a la vuelta a la rutina.

—Bueno, ¿y qué tal con tu hermanito del alma? —pregunta Laura de repente.

Me atraganto con el trozo de crepe y comienzo a toser sobre el plato. No me esperaba una mención a Fran ahora mismo, la verdad. Laura levanta una ceja, y me doy cuenta de que mis mejillas se calientan.

—¿He dicho algo raro?

—No, no. Es que el chocolate estaba muy caliente.

—Ya —responde, aunque no parece demasiado convencida—. ¿Entonces, qué? ¿Qué tal con tu hermanito?

Decido con cuidado lo que quiero responder. No me apetece contarlo todo todavía, pero tampoco les quiero mentir directamente.

—Pues muy bien, la verdad. Nos hemos hecho amigos estos días.

—Entonces, ¿ha dejado de ser un gilipollas? —pregunta Carlos.

—A ver, no era un gilipollas.

—Te trataba como el culo —señala.

—Joder, es que para él todo ha sido muy difícil. Su madre se casa de repente cuando llevaban muchos años los dos solos, le aparecen dos hermanos de repente… Es normal que le haya costado un poco acostumbrarse a la idea.

—¿Habéis hecho muchas cosas juntos estos días? —me pregunta Laura, y trato de decidir si lo estará diciendo con segundas o no.

—Sí, bueno lo normal. Pero lo dicho, nos hemos hecho amigos. Es muy buen tío.

—A ver si es verdad —dice, todavía algo recelosa.

Por suerte, no me hacen más preguntas al respecto y puedo seguir merendando tranquilo.

Salimos con tiempo para pasar por el bazar de la esquina antes de llegar al cine: nos negamos a pagar los precios abusivos que pretenden cobrar por unas palomitas y unos refrescos. Tras proveernos bien y guardarlo todo en nuestras respectivas mochilas, entramos por fin en el cine.

Cuando salimos de la sala, tengo la cabeza a punto de estallar después de tanta cancioncita y tanto baile.

Por suerte, llevaba paracetamol en la mochila, y parece que ya está empezando a hacerme efecto.

Tras pasar por el baño, salimos del cine y nos dirigimos hacia el burger que hay al final de la calle.

Mientras cenamos, hablamos sobre un tema tras otro. De las asignaturas del cuatrimestre que más nos preocupan. De las vacaciones de Navidad, que ya empiezan a asomarse en el horizonte ahora que estamos en noviembre. De un concierto al que Laura quiere ir el mes que viene.

Cuando miro la hora por casualidad, me llevo una sorpresa. El tiempo pasa muy rápido cuando estás a gusto con alguien.

—Joder, si ya son las once y media.

—¿En serio? —se asombra Carlos.

—Pues sí. Ni me había dado cuenta.

—Eso es buena señal —dice Laura con una amplia sonrisa—. Significa que no me habéis estado aguantando por compromiso.

Carlos y yo nos echamos a reír.

Pero ya es tarde y yo tardo un buen rato en llegar a casa, así que decidimos poner fin al día juntos. Nos despedimos dentro de la estación de metro; ellos van en la dirección contraria a la mía.

Cuando por fin llega el tren, ocupo un asiento en un rincón mientras observo a las demás personas del vagón y me pongo los auriculares.

Por el comportamiento de muchos de ellos, está claro que van a salir de fiesta; tal vez vienen de cenar y la noche solo acaba de comenzar para ellos.

Pero hay unos cuantos que también parecen agotados y apáticos, como si estuvieran deseando llegar a casa.

Yo soy uno de ellos. Me lo he pasado bien con mis amigos, pero no veo la hora de coger la cama.

Le echo un vistazo al móvil, pero no tengo ningún mensaje desde la respuesta de papá hace ya varias horas.

Entro en la conversación con Fran de todos modos pero, como es evidente, no me ha escrito.

Aunque yo tampoco le he escrito a él. ¿Tal vez debería haberlo hecho?

Todavía no sé cómo debería comportarme con él, la verdad.

Para cuando meto la llave en la cerradura, ya son más de las doce.

La casa está a oscuras; deben de haberse acostado ya todos.

Procurando no hacer ruido, voy a mi habitación para dejar mis cosas y me quito la ropa.

Después, entro en el cuarto de baño. Aunque me apetece darme una ducha larga y caliente después de todo el día fuera, no quiero hacer ruido que pueda molestar a Fran si está durmiendo.

Sin embargo, la puerta se abre justo cuando estoy haciendo pis.

—Tío, pero llama al menos —me quejo.

—Perdona —dice Fran—. No sabía que habías vuelto.

—Acabo de llegar, es que estaba intentando no hacer ruido.

Entonces, tiro de la cisterna y voy a lavarme las manos. Lo miro a través del espejo y no puedo evitar sonreír; me alegra haber podido verlo antes de irme a la cama.

—Buenas noches —digo mientras paso a su lado, y cierro la puerta después de mí.

De nuevo en mi habitación, cierro la persiana y me meto en la cama. Estoy cansado y tengo sueño, y durante el trayecto en metro pensaba que me quedaría dormido nada más tocar la almohada. Pero, ahora que estoy aquí… Inevitablemente, mi mente vuelve a esas noches en el hotel.

No. Tengo que corregirme a mí mismo: mi mente vuelve a esas noches con Fran, porque ayer ya dejamos claro que lo que estamos haciendo no es algo que se quedara en esa habitación de hotel.

Y ahora que vuelvo a estar aquí, y que sé que él está despierto…

En fin, digamos que las ganas no tardan en volver a hacer acto de presencia.

Incapaz de contenerme, le mando un mensaje.

Ey

Ey

Qué tal?

Bien

Vale, creo que le ha molestado que no le haya hablado en todo el día. No sé qué decir a continuación, aunque sí que tengo muy claro lo que me gustaría hacer. Y tampoco tengo nada que perder, así que…

Jugamos?

Paso, tengo sueño

Sí, es evidente que se ha picado. Pero estos días también he empezado a conocerlo un poco mejor, y sé que está siendo borde a propósito.

Venga ya

La tengo durísima…

Pues hazte una paja

Anda, Fran

No seas así

Sé que solo hay una cosa que va a convencerlo. Es algo que no he hecho en toda mi vida, pero llevo una semana haciendo cosas con Fran que no había hecho en la vida. Sin pararme a pensar, me bajo los bóxers, le saco una foto a mi polla y se la envío. Su respuesta no se hace esperar.

Por qué quieres que te la chupe?

Sonrío al leerlo; el cambio de tono es evidente.

Porque estoy cachondo

Y qué más?

Porque la chupas dpm

Bueno, vale

Pero ven tú

Tío… que estoy empalmadísimo

Me pueden ver

Pues tú sabrás

Buenas noches!

Tío… qué cabrón

Aun así, me estoy riendo mientras vuelvo a subirme los bóxers y me levanto de la cama. Con cuidado de no hacer ruido, salgo de mi cuarto, cierro la puerta y entro por la suya, a esa habitación prohibida que poco a poco empieza a resultarme más familiar.

Me planto frente a él, y su mirada va derechita a mis bóxers abultado.

—Qué cabrón eres —susurro.

—¿A que no te la chupo? —replica, aunque se sienta en el borde de la cama.

—Venga ya, Fran —digo, bajándome los bóxers—. No seas así.

Y está claro que no puede resistirse, porque se mete mi polla en la boca en lugar de contestar. Una noche más, cierro los ojos mientras trato de controlar los gemidos provocados por las oleadas de placer incontrolable que recorren mi cuerpo por completo.

Al igual que ayer, me corro en su boca mientras él lo hace sobre el suelo.

—Joder —susurro.

—¿Qué pasa?

—Que la chupas que flipas —respondo con sinceridad.

—Qué exagerado.

—Te lo digo en serio, Fran —insisto—. Por mí, me correría en tu boca todos los días.

—Joder, y decían que el romanticismo había muerto.

Me río ante sus palabras mientras él limpia el suelo con unos pañuelos.

—Dame —le pido antes de marcharme, y él me tiende la bola húmeda para que la tire.

—Bueno… pues buenas noches, Fran.

—Buenas noches, Marcos.

Doy media vuelta para marcharme pero, mientras salgo de su habitación, siento la extraña sensación de que me falta algo. A nivel sexual estoy satisfecho, eso está claro. Pero… es como si con eso no fuera suficiente.

Entro en el cuarto de baño, tiro el papel de Fran y lo observo desapareciendo por el desagüe. Después, voy a lavarme las manos y vuelvo a mi habitación. Me tumbo en la cama y cierro los ojos, pero sé que me va a costar quedarme dormido. Era tan fácil cuando él me abrazaba…

Entonces, la palabra que ha pronunciado hace solo unos minutos vuelve a mí de repente.

Romanticismo.

Pienso en los momentos especiales que hemos compartido estos días, esos que no eran de índole sexual.

Los abrazos en la cama y en la roca, dormir pegados, ducharnos juntos…

No me lo había planteado hasta ahora, ¿pero acaso no han sido momentos…

románticos? Y, más importante todavía, ¿acaso no me han encantado todos ellos?

Pero eso significaría… Eso significaría que tengo sentimientos de algún tipo. Que me gusta Fran. ¿Es eso lo que me pasa con él, la explicación de lo que estoy sintiendo estos días? No puede ser, pero… ¿Y si lo fuera? Todo tendría sentido al fin.

De pronto me siento como si estuviera al borde de un precipicio, a punto de saltar para tratar de alcanzar el otro lado.

Y sé que la caída es peligrosa, pero a lo mejor podría merecer la pena, a lo mejor encuentro algo bueno al otro lado.

O a lo mejor termino completamente destrozado al fondo del abismo.

No sé cuál de las dos opciones me da más miedo.