38.
El resto de la tarde se me hace interminable mientras espero a que llegue la noche y, con ella, lo que pretendemos hacer en la oscuridad.
Decir que estoy nervioso sería quedarme corto, y lo peor es que ahora ya no estoy de vacaciones; no tengo playas, piscinas ni montañas con las que distraerme.
Y eso significa que me paso las horas entre nervioso y cachondo.
A eso de las nueve, la voz de Belén resuena por el pasillo.
—¡Chicos! ¡A cenar!
Salgo de mi habitación al mismo tiempo que Fran, y le lanzo una sonrisita casi de forma automática.
—Ey —lo saludo.
—Ey.
Recorro el pasillo hasta llegar al salón, con Fran detrás de mí.
A estas alturas ya tenemos más que asignados nuestros puestos para comer, así que ocupo mi silla de siempre y él se sienta junto a mí unos segundos después.
Nuestras piernas se rozan, lo que me hace percatarme de que los dos vamos en pantalón corto.
Pego la mía a la suya, como un recordatorio de la unión entre nuestros cuerpos que va a tener lugar más tarde, y él no la aparta.
Nuestras piernas permanecen unidas durante toda la cena. Fran apenas habla un par de veces, y no puedo evitar preguntarme si él también estará pensando en lo que vamos a hacer en un rato.
—Recoged vosotros la mesa, anda —nos pide Belén cuando terminamos, poniéndose en pie—. Que nosotros hemos cocinado y todavía tenemos que limpiar la cocina.
Mi hermana y yo nos levantamos, pero Fran permanece sentado. Es evidente que está raro, así que decido dirigirme a él.
—¿Te llevas tú los platos? —le pregunto, cogiendo la fuente de cristal con los restos del pescado y las patatas que hemos cenado.
—Es que se me ha dormido la pierna —responde, lanzándome una mirada extraña. Frunzo el ceño, confuso, y entonces Fran baja la mirada hasta su entrepierna.
No me lo puedo creer.
Está empalmado.
Me esfuerzo por contener la risa.
—Vale, tranqui —respondo con una sonrisita—. Tú quédate ahí y a ver si se te pasa.
—Qué morro que tienes, chaval —protesta Natalia, retirándole el plato.
—Perdona. Mañana lo recojo yo todo, te lo prometo.
Mi hermana y yo estamos en la cocina cuando oímos que Fran sale corriendo hasta su habitación.
—¡Que se ha escaqueado! —grita Natalia—. Tendrá morro el tío.
—Déjalo, anda. Tampoco pasa nada.
Juntos, nos encargamos de poner el lavavajillas mientras papá y Belén limpian la encimera y guardan las cosas que han dejado por fuera mientras cocinaban. Después, nos damos las buenas noches y vuelvo a mi habitación.
Enseguida escucho las voces de Belén y Fran dándose las buenas noches. A continuación oigo que él va al baño y, unos minutos después, unos golpecitos en mi puerta abierta.
—Buenas noches —me dice, asomándose.
—Buenas noches. —Bajando la voz, le pregunto—: ¿Has oído ronquidos?
Él niega con la cabeza.
—Hasta mañana —dice con una sonrisa. Son poco comunes en él, y verlo me hace sonreír también.
—Hasta mañana —respondo.
Oigo el sonido de su puerta cerrándose. Unos segundos después, recibo un par de mensajes en el móvil.
He cerrado la puerta, pero sigo despierto.
Creo que será mejor que vengas tú a mi cuarto
Sí, eso había pensado
Como yo tengo la habitación de Natalia enfrente, es lo más seguro
Genial
Crees que tu padre tardará mucho en dormirse?
No sé, no creo
Ya me he dado cuenta de que andas con ganas…
Ja, ja
Como si tú no las tuvieras xd
Estoy que reviento, la verdad
No me corro desde ayer por la mañana
En serio?
En serio
Yo tampoco
Bueno, es normal… estos días no hemos parado
Supongo que nos hacía falta descansar un poco
Eso díselo a lo que tengo entre las piernas, que parece que no se ha enterado
Me pasa
Y tanto que me pasa, porque se me ha puesto durísima solo por lo que estamos hablando.
Ya me estoy empalmando otra vez xd
Same xd
Pero será mejor que pare, que todavía tengo que ir al baño y todo
Vale, pues ya nos vemos en un rato
Entra directamente, vale?
Vale
Me meto en Instagram a ver reels hasta que se me pase; no me apetece cruzarme por el pasillo con nadie mientras estoy empalmado.
Tras unos minutos, voy al cuarto de baño.
Cuando salgo, me acerco de puntillas a la habitación de papá y Belén para escuchar.
Tal como esperaba, ya se oye el sonido amortiguado de los ronquidos de papá… lo que significa que tenemos vía libre.
Sonriendo, doy media vuelta y me dirijo hacia la habitación de Fran… la habitación prohibida. Al fin tengo permiso para entrar.
Abro la puerta con cuidado, cruzo el umbral y cierro con pestillo. El corazón me late a toda velocidad: soy casi incapaz de creer que de verdad esté aquí. Por fin, Fran me ha invitado a entrar, aunque jamás me habría imaginado que sería para hacer lo que nos proponemos hacer.
Fran gira el móvil hacia mí, para alumbrarme el camino con la pantalla. Está tumbado en la cama, desnudo y masturbándose mientras me mira. Trago saliva. No sé qué tiene esa visión que hace que comience a empalmarme de nuevo.
Cuando ya estoy cerca, deja el móvil a un lado y se sienta en el borde de la cama, justo delante de mí. No dice nada, tan solo levanta ambas manos y me baja los bóxers. A continuación, coge mi polla medio dura y comienza a masturbarme despacio, haciéndola crecer entre sus dedos.
Mira hacia arriba y nuestras miradas se cruzan.
—Oye, Fran —susurro.
—Dime.
—¿Te importa si hoy vamos rápido? Que mañana tengo que levantarme temprano.
—Sin problema —responde—. Yo también estaba pensando que deberíamos hacer estas cosas rápido, que así es menos arriesgado.
Sí, eso también es verdad.
—Me parece bien. Ya podremos tomarnos nuestro tiempo cuando estemos solos en casa.
—Pero avísame cuando te vayas a correr, ¿vale? —me pide.
—¿Ya no quieres que me corra en tu boca?
—Al contrario. Lo que quiero es asegurarme de que no cae nada por fuera, que luego se me mancha la cama.
El corazón me da un vuelco. La segunda parte suena totalmente a excusa; estoy bastante seguro de que quiere volver a tragárselo todo. Y no voy a quejarme, la verdad. Todo lo contrario: mi polla termina de ponerse dura del todo gracias a esa imagen.
—Tranquilo, yo te aviso.
Entonces, se la mete en la boca y comienza a chupar con ganas, todo ello sin dejar de masturbarse.
Mi polla está prácticamente palpitando; después de lo que hemos hecho durante esas cinco noches en el hotel, ahora que nos hemos pasado casi dos días sin hacer nada no veía la hora de recuperar el tiempo perdido.
Entre eso y que estamos yendo rápido, no tardo en sentir cómo el placer crece en mi interior de esa forma indescriptible.
—Fran… ya estoy a punto —susurro. Él chupa con más ansias aún, masturbándose casi con furia. Mi respiración se acelera… ya no aguanto más—. Me corro.
El placer se desborda como un dique y, como siempre, mi polla palpitante expulsa densos chorros de semen que llenan su boca, aunque Fran se asegura de tragar antes de que se derrame nada.
A juzgar por los salpicones que oigo, está corriéndose sobre el suelo, justo entre mis piernas. Le tiembla todo el cuerpo.
—Joder —susurro.
Mi polla sigue dentro de su boca; Fran está recorriéndola con la lengua como si quisiera asegurarse de que no queda ni una gota. Solo cuando ya se lo ha tragado todo, se la saca de la boca y me mira con una sonrisa.
—¿Te ha gustado?
—Mucho —respondo con sinceridad—. ¿Tienes pañuelos?
Él se estira para cogerlos de la mesita de noche y me da uno. No hay rastro alguno de mi semen, así que lo utilizo para secarme la saliva mientras él limpia el suelo.
—Bueno… —dice cuando termina—. Será mejor que nos vayamos a dormir, ¿no?
—Sí, que no quiero que se me vuelvan a pegar las sábanas mañana. ¿Me das los pañuelos?
—¿Quieres más? —pregunta, algo confuso.
—No, los tuyos. Así te los tiro en el baño.
—¡Ah! Vale.
Él me da la bola de papel húmedo, un poco avergonzado. Por alguna razón, tocar los restos de su semen me provoca un cosquilleo.
—Pues nada… Buenas noches, Fran.
—Buenas noches, Marcos.
Sonreímos de nuevo, y entonces me marcho con cuidado de no hacer ruido. En el cuarto de baño, observo el papel que tengo entre los dedos. Lo toco con un dedo, curioso. Fran parece querer tragarse mi semen siempre que puede y, por un momento, me pregunto cómo sería si él se corriera en mi boca.
Pero es tarde para ponerme a pensar en esto, así que me deshago del papel en el váter. Después, vuelvo a mi habitación, cierro la puerta y me meto en la cama.
Lo he hecho… he entrado en la habitación de Fran, en la habitación prohibida. Y eso no es todo. Lo que hemos hecho allí demuestra que lo que surgió entre nosotros en ese hotel no fue solo cosa de las vacaciones, es algo más. Algo que ha llegado para quedarse, sea lo que sea. Y me gusta.
No todo es perfecto, claro. Nunca me había sentido más feliz que cuando dormimos abrazados esa última noche, pero algo me dice que eso va a ser completamente imposible en esta casa. Y saberlo me provoca un molesto escozor que no sé cómo interpretar.
Al menos, tengo el consuelo de saber que se encuentra al otro lado de la pared, a solo unos centímetros de mí. Supongo que tendré que conformarme con eso.