El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 37.
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El primer día después de las vacaciones empieza de culo.

Para empezar, me he quedado dormido. Después de estos días con horarios mucho más flexibles, por no mencionar la hora menos de Canarias, volver a madrugar es como una tortura que duele de forma casi física. Cuando abro los ojos, tardo apenas un segundo en darme cuenta de que llego tardísimo.

—Mierda.

Salto de la cama y me ducho en básicamente un minuto; no puedo ir a clase estando hecho un asco, pero tampoco puedo permitirme mucho más tiempo. Mientras me seco, sonrío al ver un mensaje de Fran de anoche; debió de mandármelo cuando puse el móvil en modo sueño.

Me gustaba más dormir contigo estas noches, la verdad

Sus palabras me provocan un cosquilleo agradable en la boca del estómago.

Pero no tengo tiempo que perder, así que tomo nota para contestar en el metro, me visto a toda velocidad y salgo de casa sin desayunar.

Corro hasta la boca del metro y bajo las escaleras temiéndome lo peor: tal como esperaba, el andén está a reventar.

Cuando llega el tren, apenas cinco minutos después, vamos tan pegados que casi parecemos sardinas en lata.

No sé ni para qué me habré duchado, porque ya estoy sudando otra vez.

Por suerte, llego a la facultad con cinco minutos de margen antes de que empiece la primera clase. Carlos y Laura ya están esperándome en la puerta del aula.

—¡Hombre! ¡El desaparecido! —me saluda ella nada más verme—. Pensábamos que te habías quedado a vivir en Canarias.

—Pues casi —respondo entre risas mientras dejo la mochila en el suelo.

Carlos niega con la cabeza.

—Míralo. Tiene la misma cara que cualquiera un lunes por la mañana.

—Pero si no es lunes —me extraño.

—Pues por eso.

Nos reímos los tres y entramos en clase justo cuando llega el profesor. La tortura continúa, y el día solo acaba de empezar…

En cuanto termina la primera hora, comienzan las preguntas.

—Bueno, cuéntanos —dice Laura—. ¿Qué tal el viaje?

—Muy bien.

—Eso no vale. Queremos la versión larga.

Me encojo de hombros.

—Pues... playa, piscina, comer demasiado y volver con más sueño del que tenía antes de irme. Y más kilos, supongo.

—¿Y nada más? —pregunta Carlos.

—¿Qué más quieres?

—No sé. Alguna anécdota. Alguna liada. Tú siempre vuelves con historias.

Trato de ocultar una sonrisa. La verdad es que sí tengo unas cuantas, solo que ninguna de ellas es fácil de contar. Necesito aclararme yo primero antes de contarles nada a ellos. A fin de cuentas, no es como si nos conociéramos de toda la vida; no hace ni un año que somos amigos. No es tan fácil.

—Ha sido bastante tranquilo, la verdad.

Laura me observa unos segundos.

—Estás raro.

—¿Yo?

—Sí.

Carlos asiente con la cabeza.

—Un poco sí.

Me río por lo bajo.

—Es que llevo una mañana de mierda. Me he quedado dormido y he tenido que ir corriendo de aquí para allá.

No es mentira, pero tampoco es toda la verdad.

Las clases continúan con la misma lentitud de siempre. Después de varios días sin tocar un solo apunte, volver a escuchar hablar de trabajos, prácticas y exámenes resulta bastante desmoralizador.

Durante el descanso, saco el móvil por primera vez desde que he salido de casa.

Entonces lo recuerdo: el mensaje de Fran.

Me gustaba más dormir contigo estas noches, la verdad.

Mierda. Con todo el lío, se me ha pasado contestarle. Estará pensando que paso de él.

—Joder...

—¿Qué pasa? —pregunta Laura.

Bloqueo la pantalla casi por reflejo.

—Nada. Que acabo de acordarme de una cosa que tenía que hacer.

Pero no puedo responder ahora. El profesor ya está entrando en clase, de modo que guardo el móvil antes de que me llame la atención.

Aun así, no dejo de pensar en el mensaje durante el resto de la mañana.

Cuando por fin termina la última clase, soy de los primeros en salir del aula. Carlos me llama desde atrás.

—¿Te quieres venir a comer con nosotros? Ya que llevas unos días fuera…

—Hoy no puedo. Tengo que volver pronto a casa.

—Vale. Pero mañana nos cuentas el viaje con calma.

—Hecho.

Nos despedimos frente al ascensor, pero no tengo tiempo para esperar a que llegue, así que bajo las escaleras mientras saco otra vez el móvil. Empiezo a escribir casi sin pensar.

Joder, Fran. Perdona.

Anoche no vi tu mensaje, y esta mañana me he quedado dormido y he ido de culo

Lo vi al salir de la ducha, pero tenía prisa porque llegaba tardísimo

En el metro estaba demasiado apretado para ponerme a escribir y luego he tenido una mañana horrible... ojalá no se hubieran terminado las vacaciones

Por eso te he escrito ahora que acabo de salir de clase.

No veo que aparezca en línea, así que vuelvo a guardar el móvil. Supongo que estará en clase; todavía no me sé sus horarios. O puede que simplemente no haya visto los mensajes todavía.

Intento no darle importancia mientras vuelvo a casa, aunque me sorprendo sacando el móvil varias veces durante el trayecto para comprobar si ha contestado.

Cuando llego a casa, la soledad me da la bienvenida.

Lo había olvidado: yo siempre soy el primero en llegar.

Y, aunque normalmente me gusta esta libertad, hoy me resulta deprimente.

El día ha empezado de culo, la mañana se me ha hecho larguísima, y encima ahora estoy solo.

Para colmo de males, Fran sigue sin contestar, y estoy casi seguro de que ya tiene que haber salido de clase.

Supongo que pensará que he estado pasando de él y ahora ha decidido pasar de mí.

Vaya mierda.

Me tumbo en la cama con el móvil para mirar las redes sociales, pero sé que eso no me traerá nada bueno. Y, como tampoco tengo nada mejor que hacer, decido darme una ducha.

Por suerte, el agua caliente me ayuda a destensar un poco los hombros después de la mañana. Entre el madrugón, las prisas y la vuelta a la facultad, siento el cuerpo mucho más cansado de lo que debería para ser apenas primera hora de la tarde.

Cuando salgo del baño, con el pelo todavía húmedo y una camiseta limpia, oigo la puerta de la entrada.

—¡Ya estamos en casa! —anuncia Belén.

Salgo al pasillo y veo entrar a papá y a Natalia detrás de ella. Los tres parecen casi tan cansados como yo.

—¿Qué tal el primer día? —pregunta papá mientras deja las llaves sobre el mueble de la entrada.

—Pesado.

—Eso es porque ya te habías acostumbrado a las vacaciones —dice Belén con una sonrisa.

—Y porque levantarse temprano es inhumano —añado.

Natalia resopla.

—Ya te digo.

La miro mientras se marcha para dejar la mochila en su habitación. Después, voy a la cocina, donde Belén está poniendo una olla llena de agua a hervir.

—¿Fran no ha llegado todavía? —pregunto, intentando que la pregunta suene despreocupada.

Ella se gira para sonreírme.

—Nos dijo ayer que volvería más tarde—responde mientras abre el frigorífico—. Se ha quedado a comer con una amiga de la facultad.

Asiento con la cabeza sin decir nada más. Supongo que por eso todavía no me ha contestado.

Poco después, nos sentamos los cuatro a la mesa.

Soy intensamente consciente de la ausencia de Fran, y su silla vacía junto a mí no ayuda.

Al menos, hoy toca pasta, algo sencillo después del viaje y de la vuelta al trabajo.

Es una de mis comidas favoritas, así que trato de concentrarme en ella para olvidarme de lo evidente.

La conversación deriva enseguida hacia temas mucho menos interesantes: el examen que tiene Natalia la semana que viene, un cliente pesado de papá y las compras que todavía faltan para terminar de amueblar el salón; como somos muchos, quieren comprar un segundo sofá para que estemos todos cómodos.bYo apenas intervengo.

Y no porque no quiera; simplemente tengo la cabeza en otra parte.

Cada pocos minutos noto el peso del móvil en el bolsillo y me entran ganas de sacarlo otra vez, pero me obligo a no hacerlo.

Si todavía no ha contestado, no va a hacerlo por mirar la pantalla cada treinta segundos.

Cuando terminamos de comer, no me apetece volver a la soledad de mi habitación, sobre todo sin Fran al otro lado de la pared. Natalia y yo recogemos la mesa, y después nos quedamos en el salón con papá y Belén, que han puesto una de esas telenovelas turcas infumables.

Ha pasado casi una hora cuando oigo el sonido de la puerta de entrada abriéndose, aunque me obligo a fingir desinterés. Apenas unos segundos más tarde, se asoma al salón.

Levanto la vista casi sin darme cuenta.

—Hola —nos saluda.

—Hola, cariño —responde Belén—. ¿Qué tal con Álex?

—Bien, la verdad. Tenía ganas de contarle todo lo que ha pasado en el viaje.

El corazón me da un vuelco. ¿Todo lo que ha pasado en el viaje? ¿Todo, todo? ¿Incluido lo que hemos hecho por las noches? El corazón me late tan fuerte que me extraña que los demás no puedan oírlo.

Enseguida, Fran se marcha por el pasillo. Saco el móvil para mandarle un mensaje.

¿Estás enfadado conmigo?

Aparece en línea de inmediato. Contengo la respiración mientras espero a que responda, pero por suerte no se hace de rogar.

Perdona, es que no lo había visto

No te preocupes

Ah, vale

Y por cierto, respondiendo a tu pregunta de ayer…

Trago saliva, tratando de decidir si debería decirlo o no. Al final, decido lanzarme.

A mí también me gustaba más pasar las noches contigo

Los segundos mientras espero a que responda son una auténtica tortura.

Habrá que repetir pronto…

No puedo evitar sonreír: justo lo que quería oír. Comienzo a notar un cosquilleo en la polla.

Qué te parece esta noche?

Te recuerdo que ya no estamos en el hotel

No creo que sea muy prudente hacer nada estando todos aquí

Venga ya, Fran

Te crees que nuestros padres no van a follar aunque estemos nosotros o qué?

Joder, tío

No necesitaba esa imagen en la cabeza, gracias

Vale, pero es verdad

Ya, bueno, pero no es lo mismo

Imagina que nos pillan xd

A ver, que no digo que follemos estando los demás aquí, eso es demasiado arriesgado

Pero no sé… Podemos hacer otras cosas que hagan menos ruido, no?

¿Qué puedo decir? Después de todo lo que he descubierto con él estos días… quiero más. Follar con él fue increíble, pero soy perfectamente consciente de que eso no va a ser tan fácil. Pero sus mamadas… Joder, qué bien lo hace. Podría conformarme con eso sin problemas.

No sé, Marcos

Y si nos pillan?

No nos van a pillar

Eso no lo sabes

Nuestras habitaciones tienen pestillo

Lo cerramos y ya está

Ya, pero y si nos oyen?

Qué quieres que oigan?

Tampoco es que vayamos a ponernos a gritar de placer xd

No, pero yo qué sé…

Imagina que estamos en mi cuarto y se levanta alguien a por agua.

Podrían oír algo

La respiración fuerte o algo así, yo qué sé

Pues pensarán que te estás haciendo una paja xd

Joder, tío

En serio, Fran

Creo que le das demasiadas vueltas

Mientras tengamos cuidado, no habrá peligro

Los nervios me invaden mientras espero a que responda. Si vuelve a negarse, ya no voy a insistirle más. Lo último que querría es que se sintiera presionado para hacer algo que no quiere.

Venga, vale

Cómo lo hacemos?

Me da cosa que nos pillen

Natalia se duerme en nada y tiene el sueño muy pesado

No se despierta ni aunque le caiga una bomba al lado

Y mi padre ronca un montón

Igual tu madre tiene que dormir con tapones y todo

Oye, pues eso nos vendría genial

Ya ves

Podemos salir al pasillo con la excusa de ir al baño o algo

Si oímos a mi padre roncando, tenemos vía libre

Suena bien, supongo

Demasiado bien. Jamás me habría imaginado todo lo que pasó entre Fran y yo en el hotel, pero ahora no quiero renunciar a ello. Pensar que podríamos convertirlo en costumbre, en algo que esperar todas las noches, algo que podemos seguir compartiendo aquí… Ni siquiera tengo palabras para expresarlo.