36.
Despierto justo cuando estamos aterrizando.
Me doy cuenta de que tengo la cabeza sobre el hombro de Fran, y no puedo evitar sentirme un tanto avergonzado.
¿Cuánto tiempo habré estado así? No me habré pasado todo el vuelo de esta forma, ¿verdad?
¿Qué habrá pensado la gente que nos haya visto?
Desde luego, a juzgar por las miraditas y las sonrisitas cómplices que nos lanza el guiri de la ventanilla mientras esperamos a que llegue el momento de desembarcar, juraría que se ha hecho una idea muy equivocada de la relación que hay entre Fran y yo.
Aunque, ¿cuál es exactamente la relación que hay entre nosotros? Ni yo mismo lo sé, la verdad.
Está claro que lo peor de un viaje siempre es la vuelta a casa.
Tardamos un buen rato en salir del avión.
Tardamos un buen rato en llegar a la zona de recogida de equipaje.
Tardamos un buen rato en reunir todas nuestras maletas.
Tardamos un buen rato en encontrar un coche que pueda venir a recogernos, ya que necesitamos uno extragrande donde quepamos los cinco y todas nuestras maletas.
Papá y Belén nos explican que se plantearon la posibilidad de ir cada uno en su coche al aeropuerto para dejar ambos vehículos en el aparcamiento, pero era demasiado caro.
Y, por supuesto, también tardamos un buen rato en llegar a casa, porque hay atasco. Son ya más de las cuatro cuando entramos por la puerta.
—Sé que estamos todos muy cansados, pero antes de nada, deshaced las maletas y traed la ropa sucia, por favor —nos pide Belén.
—Jo, que estoy cansada… —se queja Natalia.
—Di la verdad —la pico—, seguro que quieres llamar a David y pasarte tres horas al teléfono contándoselo todo.
—Señorita, tenemos mucha ropa sucia entre todos y vamos a tener que poner un montón de lavadoras estos días —señala papá—. Cuanto antes empecemos, mejor.
—Vaaaleee…
Así pues, nos vamos cada uno a nuestra habitación para deshacer las maletas y llevar la ropa sucia hasta el cuarto de la lavadora. Por el camino me cruzo con Fran, que me dirige una leve sonrisa, aunque no hablamos.
Cuando termino con la maleta, me doy cuenta de que la puerta del cuarto de baño que comparto con Fran está cerrada, y desde dentro oigo el sonido del agua de la ducha corriendo.
Siento un cosquilleo en la tripa; no puedo evitar imaginármelo mientras se ducha.
Trato de encontrar una excusa para entrar, pero ya fui al baño en el aeropuerto y todavía no tengo ganas.
A falta de una idea mejor, vuelvo a mi habitación y me tumbo en la cama con el móvil.
Unos minutos más tarde, oigo a Fran entrando en su habitación al otro lado de la pared, esa habitación prohibida que tanto me tienta.
Una parte de mí espera que se tumbe en la cama también, para tenerlo cerca aunque sea de esa forma, pero no lo hace.
Lo que oigo es el sonido de la PlayStation y, enseguida, la musiquilla tenebrosa de alguno de los juegos de terror que le gustan.
Me quedo un rato más tumbado en la cama, escuchando a través de la pared la música del juego de Fran.
Abro el grupo con Carlos y Laura, pero no sé ni qué decirles.
Intento distraerme con el móvil, pero apenas soy capaz de prestar atención a lo que aparece en la pantalla.
Cambio de una aplicación a otra sin un motivo concreto.
Instagram. TikTok. Un vídeo cualquiera de YouTube. Ni siquiera llego a terminarlo.
Al cabo de un rato, dejo el móvil a un lado y cierro los ojos. Sé perfectamente por qué no soy capaz de concentrarme en nada.
Fran.
Cinco días viviendo prácticamente pegados el uno al otro, las veinticuatro horas del día.
Compartiendo habitación. Compartiendo cama.
Compartiendo cada desayuno, cada comida, cada paseo y cada noche.
Compartiendo también mucho más que eso; mucho más de lo que jamás había llegado a compartir con nadie.
Es normal que nos hayamos acercado, ¿verdad?
Pero ya no estamos allí. Ya hemos vuelto a casa, así que supongo que todo debería volver a ser como antes. El problema es que ya no tengo tan claro cómo era ese "antes".
Resoplo y vuelvo a incorporarme. Saco los AirPods y vuelvo a poner a Muse, con la esperanza de que la música atronadora ahogue un poco el ruido de mis pensamientos.
Intento jugar un rato con la Switch, pero la apago antes incluso de empezar una partida. Después enciendo el portátil con la intención de poner alguna serie, aunque acabo navegando sin rumbo por internet, saltando de una página a otra mientras mi cabeza sigue exactamente en el mismo sitio.
En Fran.
Pero, cuanto más intento dejar de pensar en él, más presente lo tengo. Y lo peor es que no sé qué hacer al respecto.
Alguien llama a mi puerta poco antes de las nueve. Me levanto de un salto, esperanzado. ¿Será él?
—¿Sí?
—Marcos, soy yo —contesta Belén, ahogando un poco mis esperanzas—. Habíamos pensado pedir pizza para cenar. ¿Qué te apetece?
Bueno, una de cal y una de arena, supongo.
—Una carbonara, porfa.
—Estupendo, cielo.
No puedo evitar sonreír ante esa palabra. Belén siempre me trata con tanto cariño como si yo también fuera su hijo, y eso siempre me hace feliz.
Antes me había quedado en bóxers, como siempre que estoy en mi habitación, así que saco un pijama limpio del armario y me lo pongo para cuando llegue la cena.
Después, me pongo una serie en el portátil hasta que suena el timbre, media hora más tarde.
Cuando salgo de mi habitación, me encuentro con Natalia saliendo también.
—¿Tú vestido del todo? —dice con sorna—. ¿Quién eres tú y qué has hecho con Marcos?
—Ja, ja —respondo, conteniendo las ganas de reír de verdad.
Vamos juntos hasta el salón y nos sentamos en nuestros asientos habituales alrededor de la mesa.
Fran llega poco después y ocupa, como siempre, el asiento de al lado.
Tengo que hacer un esfuerzo consciente para no mirarlo, así que saco el móvil y abro una app cualquiera.
No porque no quiera mirar a Fran, sino precisamente porque tengo demasiadas ganas de hacerlo.
Tengo la sensación de que, si levanto la vista y me encuentro con sus ojos, toda la tranquilidad que llevo fingiendo desde que aterrizamos va a desaparecer de golpe.
Ni siquiera estoy prestando atención al móvil. Desbloqueo la pantalla y abro una aplicación cualquiera, la cierro, miro una conversación antigua, vuelvo a bloquear el teléfono y lo desbloqueo otra vez unos segundos después.
—No os acostumbréis a esto, ¿eh? —nos advierte papá, dejando las cajas sobre la mesa—. Hemos pedido pizza porque estábamos muy cansados para cocinar, pero no penséis que esto va a ser así siempre.
—A partir de mañana volvemos a la comida sana —añade Belén—. Nos hemos pasado un poco durante las vacaciones.
—Espero que ahora no estemos una semana a base de ensaladas —protesta Natalia.
—Ya veremos —responde papá entre risas.
Sonrío por compromiso, pero apenas participo en la conversación. Me limito a comer. Me muero de hambre después del viaje, así que casi sin darme cuenta me ventilo mi mitad de la pizza familiar que comparto con Natalia mientras los demás hablan.
En algún momento, noto que Fran me mira, pero no levanto la vista. Y no porque me moleste, sino porque no sé si seré capaz de mirarlo a los ojos sin que se me note todo lo que llevo horas intentando esconder.
Cuando terminamos de cenar, miro el reloj. Todavía es pronto, poco más de las diez. Y, aun así, estoy deseando encerrarme en mi habitación.
—Me voy a la cama —dice Fran, levantándose, como si me hubiera leído la mente.
—Yo también.
Casi me sorprende oír mi propia voz.
Tras darnos las buenas noches entre todos, nos dirigimos hacia nuestras habitaciones, con Fran por delante.
No hablamos, aunque eso ya no me resulta incómodo. Durante los últimos cinco días nos hemos acostumbrado a compartir silencios mucho más cómodos que muchas conversaciones. Solo que este parece distinto. Más pesado. Como si ninguno de los dos supiera muy bien qué hacer ahora.
Fran entra directamente en el cuarto de baño, así que voy a mi habitación y me siento frente al portátil para terminarme el capítulo que he dejado a medias antes.
No han pasado ni cinco minutos cuando oigo unos golpecitos en la puerta. Giro sobre las ruedas de la silla para mirar.
Es Fran, y el corazón me da un vuelco al verlo aquí.
—Me voy a dormir —dice con una pequeña sonrisa—. Buenas noches.
Durante un brevísimo instante, se me ocurre decirle que pase. Que se siente un rato conmigo. Que hablemos.
Pero no lo hago. No me atrevo.
—Buenas noches.
Nos quedamos mirándonos apenas un segundo más. Después, él sonríe otra vez y se marcha. Permanezco inmóvil unos instantes, mirando la puerta por la que acaba de desaparecer. Siento que acabo de dejar escapar una oportunidad, aunque tampoco sabría decir de qué.
Cuando oigo la puerta de su habitación cerrándose, salgo de la mía y entro en el baño.
Después de hacer pis, me lavo los dientes y vuelvo a salir.
Me quedo mirando la puerta de Fran, sin saber muy bien por qué.
Solo es una puerta. Sin embargo, también es la puerta de la habitación prohibida, y lo único que quiero hacer es cruzarla.
Pero no puedo. O, al menos, no debería. Y pensar en lo fácil que era todo ayer…
Pero no hay nada que hacer, así que vuelvo a mi habitación, cierro la puerta, bajo la persiana y me meto en la cama.
Pongo el móvil en modo sueño y lo enchufo al cable que hay sobre mi mesilla.
Son cosas que he hecho cientos de veces, pero hoy todas me resultan extrañas.
Supongo que es porque siento que llevo una semana viviendo la vida de otra persona.
Debería sentir alivio. Eso sería lo lógico, ¿no?
Ya estamos en casa; todo vuelve a ser como antes.
No tengo que seguir preguntándome por qué me gustaban tanto las cosas que hacía con él.
No tengo que pensar por qué dormía mejor cuando estaba a mi lado.
No tengo que darle vueltas a nada de lo que ha pasado estos días. Porque el viaje ha terminado.
Entonces, casi sin querer, desvío la vista hacia la pared. Al otro lado está Fran. Apenas nos separa un metro. Un metro, joder. Eso no es nada. Y, sin embargo, nunca había sentido tan lejos a nadie.
Llevo toda la tarde intentando convencerme de que todo lo que hemos hecho ha sido cosa del viaje, que todo se quedó en aquella habitación de hotel cuando nos marchamos. Que, ahora que hemos vuelto, las cosas volverán a ser como antes.
Pero hay un problema, y solo ahora estoy comenzando a comprenderlo: ya no soy la misma persona que salió hace cinco días de esta misma habitación. Y, por mucho que lo intente, tampoco sé cómo volver a serlo.
Mañana tengo que ir a la facultad. Volverán las clases, los horarios y la rutina. Todo seguirá exactamente igual que antes.
La única diferencia es que yo ya no soy el mismo.