35.
La mañana llega demasiado rápido.
La buena noticia es que seguimos abrazados. La mala es que tenemos que levantarnos. La alarma de Fran está sonando con un fuerte estruendo, y como ahora soy yo quien se encuentra más cerca, me desperezo y me estiro para apagarla.
Entonces me giro hacia él y veo algo entre nosotros.
—Mierda… —murmuro—. El condón.
—¿Qué pasa? —pregunta él, todavía dormido. Se da la vuelta y se queda mirando lo mismo que yo—. ¿Y eso?
—No me lo llegué a quitar cuando terminamos —recuerdo—. Se me ha debido de caer mientras dormíamos.
—Ah… Vale. Tiene sentido.
Recojo el preservativo, lo ato y me levanto para tirarlo.
—Te veo con cara de sueño —señalo, sonriente—. ¿Quieres que me meta en la ducha yo primero? Así te puedes quedar en la cama un poquito más.
—Vale.
Cuando me meto en la ducha, me cuesta asimilar la situación. Ya no soy virgen. Hemos follado. Dos veces. Y ha sido increíble. Es verdad eso que dicen de que te sientes diferente después.
El problema es que, ahora que es de día, soy incapaz de ignorar la realidad.
No he follado con cualquiera, sino con Fran.
Y no solo es mi hermanastro, sino que es un chico.
A lo largo de estos días he tratado de no darle demasiadas vueltas a lo que hacíamos por las noches.
Y, cuando pensaba en ello, no hacía más que repetirme lo mismo: que no era más que una forma de buscar placer, que no tenía nada que ver con Fran como persona, sino en el acto en sí.
La cosa cambió un poco cuando me la chupó y me di cuenta de que era una pasada. Pero, aun así, trataba de no asociarlo a Fran. Era su boca la que me daba placer, sí, pero también podría haberlo hecho cualquier otra persona sin importar el género, ¿verdad?
Pero esta noche hemos follado, y dos veces. Le he comido el culo en ambas ocasiones. Y eso significa que yo he tenido un papel activo en todo esto, a diferencia de las noches anteriores, cuando lo dejaba hacer a él. Ya no me vale la misma excusa.
Joder. Realmente he follado con un chico. Y me ha gustado. Qué cojones, me ha flipado. Nunca se me habría pasado por la cabeza que eso fuera posible, pero aquí estamos. ¿Significa eso que soy bisexual? Tampoco lo tengo del todo claro.
Y es que no puedo estar seguro de que me guste Fran, la verdad.
Trato de analizar mis sentimientos de la manera más objetiva posible.
Sí, tengo ganas de estar con él, me gusta que pasemos tiempo juntos, el contacto físico entre nosotros.
Pero eso ya me pasaba antes del viaje; ya lo buscaba cuando estábamos en casa, ya trataba de conseguir que fuéramos amigos.
Puede que las cosas entre nosotros hayan cambiado enormemente en el plano físico, pero no sabría decir si me siento diferente con respecto a él, la verdad.
Lo que me lleva a pensar que no, no me gusta.
Y eso hace que me sienta todavía más confuso.
Pero el tiempo corre y hoy no podemos entretenernos demasiado, de modo que aparto esos pensamientos de la cabeza, termino de ducharme y salgo del baño. Como no podría ser de otra manera, Fran ha vuelto a quedarse dormido, y no puedo evitar sonreír al verlo.
—Fran, ya son casi y cuarto —lo aviso—. Tendrías que ir duchándote.
—Voooy… —responde de mala gana.
Me acerco a la ventana para abrir la persiana mientras él se levanta de la cama y camina arrastrando los pies hacia el cuarto de baño.
Justo antes de que entre, le echo un vistazo.
Puedo ver sus nalgas a la luz del día, y de pronto vuelven a mi mente las imágenes de todo lo que hice ayer con ellas; la sensación indescriptible de estar entre ellas.
¿En serio me estoy empalmando otra vez después de haber follado dos veces en las últimas siete u ocho horas?
Miro el reloj. Es absolutamente imposible que nos dé tiempo para otra ronda antes de tener que irnos a desayunar, así que más me vale apartar estos pensamientos de la cabeza lo antes posible.
Para tratar de distraerme, vuelvo a abrir la maleta y compruebo que lo he guardado todo.
Después, reviso hasta el último rincón de la habitación; esta habitación que ha sido la única testigo de nuestras noches juntos, esta habitación donde he descubierto cosas que jamás imaginé que…
Joder, Marcos. Para.
Cojo el móvil y voy hasta la cama para tumbarme un rato a ver reels mientras espero a que salga Fran.
Sin embargo, ahora que puedo verlas bien bajo la luz intensa que entra por la ventana, me percato de que las sábanas están llenas de salpicones de semen reseco.
En lugar de tumbarme, me siento en el borde de la cama mientras espero a que Fran termine.
No tarda más de unos pocos minutos en salir.
—Oye, Fran. Creo que tenemos un problema.
—¿Qué ha pasado?
—Mira.
Me pongo en pie para mirar las manchas de semen, y él sigue la dirección de mi mirada y enrojece ligeramente.
—Mierda —dice.
—Sí.
—Joder. Tendría que haberme asegurado de que cayera todo en el pañuelo.
—Ya, bueno. Yo tendría que haberme levantado a tirar el condón.
—Eh… Igual deberíamos hacer algo con las sábanas, ¿no? —propone—. No me parece bien dejarlo así para que se lo encuentre quien tenga que limpiar la habitación.
—Sí… Tienes razón. —¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí antes? Podría haberlo hecho ya—. Vamos a quitarlas.
Cada uno por un lado, nos aseguramos de sacar toda la ropa de cama y la dejamos hecha una bola en el suelo. Después, la envolvemos con la manta y la funda del colchón; por suerte, este sigue intacto. Lo dejamos todo en un rincón de la habitación.
—Igual podríamos dejar las toallas encima —sugiero—. Así seguro que los del servicio de habitaciones se lo llevan todo junto sin pararse a tocar nada.
—Bien pensado —acepta Fran—. Y también les facilitaremos el trabajo.
Sonrío ante esas palabras; me enternece su consideración.
Diez minutos más tarde ya estamos desayunando, aunque esta vez no nos entretenemos tanto como otras veces. Voy a echar de menos el bufé del hotel, la verdad. Cuando terminamos, pasamos por las habitaciones una última vez para recoger nuestras cosas antes de marcharnos.
—¿Has comprobado que lo llevas todo? —le pregunto a Fran cuando se cuelga la mochila a la espalda.
Él echa un vistazo más a la habitación, cuarto de baño incluido.
—Sí —responde—. Podemos irnos.
Salimos con las mochilas y las maletas, y yo saco la tarjeta de la ranura junto a la puerta.
Entonces, le echo un último vistazo a esta habitación donde han pasado tantas cosas…
donde tal vez hasta mi vida haya cambiado.
Es raro pensar que nunca volveré a estar aquí.
Suelto un suspiro y cierro la puerta, lleno de una extraña tristeza que casi hace que se me humedezcan los ojos.
Antes de alejarme, miro la placa con el número, el 208.
Tengo la sensación de que me va a costar mucho olvidarlo.
Una vez abajo, la recepcionista nos informa de que la guagua al aeropuerto pasará en menos de diez minutos, de modo que salimos del hotel y nos unimos a la cola que hay junto a la parada. Nosotros somos los últimos en subir.
—Vamos a tener que separarnos —dice Belén, examinando con la mirada las filas de asientos—. A ver qué encontramos…
Recorremos el pasillo, revisando los asientos con la mirada para buscar alguno libre. Cerca de la mitad del autobús hay dos, así que Belén se sienta allí con Natalia. Poco después nos encontramos con un único asiento vacío.
—¿Te quieres sentar tú aquí, Fran? —le pregunta papá—. Y a ver si Marcos y yo encontramos algo más atrás.
—Mejor siéntate tú, papá —me apresuro a responder—. Nosotros seguiremos buscando.
Él nos mira, muy sonriente.
—Parece que al final os habéis vuelto inseparables, ¿eh?
No puedo evitar reír ante sus palabras; si él supiera… Entonces, sigo caminando por el pasillo. Ya van quedando más asientos vacíos aquí y allá, pero ninguno de los dos nos sentamos. Quiero sentarme con Fran, y todo apunta a que él está buscando lo mismo.
Al fin, justo al final de la guagua, nos encontramos con dos filas enteras vacías.
Nos sentamos en la penúltima, Fran junto a la ventanilla y yo al lado del pasillo.
No hablamos durante todo el trayecto; es como si estuviéramos algo avergonzados por lo de anoche.
Aun así, me gusta este silencio cómodo a su lado.
Cuando quiero darme cuenta, ya estamos en el aeropuerto. Por suerte, los trámites de facturar y pasar los controles no se eternizan demasiado, y pronto estamos caminando en dirección a la puerta de embarque.
—¿Os apetece tomar algo antes de subir al avión? —sugiere papá.
—Pero si hemos desayunado hace menos de dos horas —dice Natalia.
—Sí, pero todavía queda una hora hasta que salga el avión, así que no vamos a llegar a casa hasta dentro de casi cinco horas —señala él—. Vamos a estar muertos de hambre.
—Podemos comer algo o comprar algo para comer después en el avión —se suma Belén—. ¿Os apetece?
Todos estamos de acuerdo, así que vamos a una cafetería donde nos cobran una pequeña fortuna por unos cuantos cafés, un par de zumos y varios sándwiches.
—Voy un momento al baño —dice Fran cuando terminamos, señalando el cartel—. Ahora vuelvo.
—Yo también voy —dice Natalia.
—Y yo —me sumo, levantándome para ir con ellos.
Dentro, lo único que queda libre son los urinarios. Hay tres, aunque el de la derecha se encuentra fuera de servicio. Fran se dirige hacia uno de ellos, claramente nervioso, y yo me coloco a su lado.
—¿En serio tenías que entrar conmigo? —murmura, tal como me imaginaba.
—¿Llevamos cinco días corriéndonos juntos y follando pero todavía no eres capaz de mear a mi lado? —susurro.
—Pues no, gilipollas —responde. Entonces, comienza a moverse para marcharse—. Mejor me espero a que acabes.
Sin embargo, quiero ayudarlo con su problema, y sé que ahora es el momento perfecto.
—No, espera —le pido—. Quédate aquí.
—Sabes que no puedo…
—Hazme caso, ¿vale? Mira, tú cierra los ojos.
—Marcos, en serio…
—Confía en mí, anda. Cierra los ojos. —Le echo un vistazo y veo que me obedece—. Sácatela, pero no abras los ojos.
—Pero no mires, ¿vale? —me pide con voz suplicante.
—No miro, tranquilo. Tú hazlo y después me avisas.
—Ya está.
No soy capaz de controlar la tentación de mirar, aunque solo un segundo. Continúo hablando, en voz baja para que nadie pueda oírnos.
—Pues ahora, quiero que sigas con los ojos cerrados y respires hondo. Intenta olvidarte de que estoy aquí, ¿vale? Yo no te voy a hablar más. Tú tan solo respira hondo, concéntrate y deja que todo fluya. No tenemos ninguna prisa, así que tómate todo el tiempo que necesites.
—Vale.
—Me callo ya. Confío en ti.
Alguien sale de uno de los cubículos que tenemos cerca, pero nosotros no nos movemos.
Fran respira hondo varias veces, tomando y soltando aire para relajarse.
Al fin, consigue empezar a orinar. Yo comienzo a hacerlo también, y el sonido de su chorro tembloroso me indica que se ha puesto nervioso, pero logra continuar.
—¿Me estabas esperando?
—Claro. ¿Has visto? Al final lo has conseguido.
De nuevo, el chorro tiembla, pero sigue adelante. Yo termino el primero, pero me quedo donde estoy esperando a que él también lo haga. Cuando me mira, le dirijo una amplia sonrisa. No sé por qué, pero me siento orgulloso.
—Gracias —dice, con una sonrisa avergonzada.
—De nada. Pero en casa seguimos practicando, ¿vale?
Él pone los ojos en blanco mientras vamos a los lavamanos.
—Ya veremos.
Los demás nos están esperando fuera, así que nos dirigimos hacia las puertas de embarque.
—Antes de que se me olvide —dice Belén—. No había suficientes asientos libres para que estemos todos en la misma fila. Tenemos tres asientos juntos a mitad del avión, y otros dos más hacia el final. ¿Queréis sentaros los tres juntos?
—¡Yo quiero ir con papá y contigo! —les pide Natalia—. Que ellos son un coñazo.
Belén mira a Fran, y después a mí.
—Si a vosotros os parece bien…
—Sí, claro —respondo—. Si total, ya nos hemos pasado todo el viaje juntos.
No se me escapa el hecho de que Fran aparta ligeramente la mirada, aunque los demás no parecen darse cuenta mientras seguimos caminando hacia las puertas.
Cuando llegamos apenas faltan cinco minutos para el embarque.
La gente ya ha empezado a hacer cola, así que nos unimos a ellos.
El proceso es lento, pero por suerte no tardamos demasiado en recorrer el largo pasillo que conecta la terminal con el avión.
Apenas unos minutos después ya estamos dentro.
—¿Qué asientos tenemos? —le pregunto a Fran cuando llegamos a nuestra fila, y él comprueba su móvil.
—B y C… O sea, centro y pasillo. ¿Cuál prefieres?
—¿Te importa si me siento en el pasillo? —le pido—. Así puedo estirar mejor las piernas.
—No, sin problema.
El asiento de la ventanilla ya está ocupado por un guiri muy rubio y muy quemado, así que al menos sabemos que nadie va a hacernos levantar para sentarse. Ocupamos nuestros asientos, y enseguida me doy cuenta de que el espacio es tan estrecho que vamos a estar rozándonos constantemente.
Antes de que se me olvide, abro la mochila para sacar una pastilla.
—¿Qué es eso? —pregunta Fran.
—Biodramina. —Le dirijo una sonrisita, algo avergonzado—. Es que me mareo un poco.
Él sonríe también y me mira mientras me la tomo. Entonces, cierro los ojos y apoyo la cabeza contra el respaldo de mi asiento.
—¿Te vas a dormir? —me pregunta.
—Seguramente. Pero avísame si ronco, ¿vale?
—Vale —responde él, riendo.
Saco los AirPods del bolsillo, me los pongo y selecciono el último álbum de Muse antes de volver a cerrar los ojos.
El avión comienza a moverse por la pista, y enseguida noto ese tirón en el estómago que me advierte de que ya hemos despegado.
Me da un poco de miedo, pero siento la pierna de Fran contra la mía, y es como tener algo que me anclara a tierra, una cuerda de seguridad.
Me concentro en esa sensación y, poco a poco, me dejo llevar por el sueño.