El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 34.
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Cuando despierto de nuevo, lo primero que pienso es que todo ha sido un sueño.

Pero la sensación no dura más de un segundo, porque Fran sigue acurrucado junto a mí.

No se ha movido, aunque ha aflojado los dedos y ahora nuestras manos no están tan unidas como antes.

Mejor así, porque tengo que ir al baño y no quiero despertarlo.

Con cuidado, le quito el brazo de encima, y después separo mi mano de la suya con toda la delicadeza posible. Busco mi móvil a tientas en la mesilla de noche para alumbrar el camino y, tratando de no hacer ruido, me levanto de la cama.

—¿Qué pasa? —pregunta Fran de repente, aunque suena más dormido que despierto.

Mierda. Parece que no he sido tan cuidadoso como pensaba.

—Nada, tranquilo. Es que tengo que ir al baño.

—¿Hay que levantarse ya?

—No, qué va. Todavía podemos dormir un par de horas más.

—Vale.

Sin decir más, voy al cuarto de baño. Cuando salgo, Fran parece haberse dormido otra vez, pero está ocupando mi lado y apenas voy a caber si me meto en la cama. Frunzo el ceño, extrañado. Otras noches no ha hecho esto.

—¿Fran? —susurro.

Abre los ojos de golpe; todavía no estaba dormido del todo.

—¿Qué pasa?

—Es que estás ocupando mi lado…

—Perdona —responde, y se apresura a apartarse.

—No te preocupes —digo mientras me meto en la cama. Recordando lo que ocurrió la última vez que desperté, añado—: Si en realidad tampoco me importa tenerte cerca…

Fran tarda un momento en reaccionar.

—¿Qué quieres decir?

Eso hace que me acobarde un poco, así que trato de disimular.

—Bueno, ya sabes. Nos lo pasamos bien juntos y tal, ¿no?

—Eh… —Se aclara la garganta—. Sí.

—Pues eso.

Por alguna razón, hacer alusiones al tema hace que mi sangre comience a calentarse.

—Vale —dice, y yo me río con cierto nerviosismo.

—Vale.

—¿Qué pasa? ¿Por qué te ríes?

—No, nada. Es que se me había ocurrido… —comienzo, aunque en el fondo sé muy bien que no es el momento apropiado—. Da igual. Supongo que tienes sueño.

—Qué va —miente descaradamente—. No podía dormir.

Pero si ha mentido es por algo, ¿no?

—Ya. Pues a ver, es que todavía nos quedan un par de horas antes de tener que levantarnos…

—¿Y qué me quieres decir con eso?

—Bueno, no sé. —Me encojo de hombros, tratando de encontrar las palabras apropiadas—. Estos días lo estamos pasando bien juntos, ¿no?

—Sí, bueno. Eso ya lo has dicho.

Se me escapa una risa nerviosa.

—Había pensado que a lo mejor podíamos pasarlo bien un rato más.

—Me parece bien —responde, contra todo pronóstico.

Me giro para mirarlo en la oscuridad, apoyándome sobre un codo.

—¿Seguro?

—Seguro —susurra—. Aunque…

—¿Qué pasa?

—Debería prepararme un poco primero.

—¿Prepararte? —repito, extrañado.

—Sí, ya sabes… Ir al baño, lavarme un poco y esas cosas.

Por supuesto; tendría que haber sido evidente. A veces pienso que soy idiota, de verdad.

—Ah. Vale.

Fran se levanta de la cama, y me doy cuenta de que está tapándose la entrepierna con las manos. Por alguna razón, eso me excita todavía más.

—Vuelvo enseguida, ¿vale?

—Vale.

—No te duermas.

Me río de nuevo.

—Tranquilo, todo mi cuerpo está totalmente despierto.

Y es cierto, porque mi polla parece haberse activado ya por completo.

Fran se mete en el cuarto de baño, y entonces me acerco a la maleta para sacar un par de condones nuevos del neceser.

Los dejo en la mesilla de noche para tenerlos cerca, y entonces me tumbo justo en el centro de la cama y comienzo a masturbarme despacio mientras espero a que salga.

Cada minuto transcurre agónicamente lento, pero sé que merecerá la pena.

Hasta que, por fin, Fran sale del baño.

—¿Es que no podías aguantar hasta que llegara o qué? —pregunta con voz burlona.

—Pues no.

—Si que estás salido.

Me echo a reír.

—Oye, que eres tú el que quiere que le reviente el culo.

—Bueno, esa es tu opinión.

Levanto una ceja.

—Eres tú el que se ha pasado un cuarto de hora preparándose en el baño.

—No han sido ni diez minutos.

—Pues a mí se me han hecho eternos, la verdad —confieso—. ¿Vienes o qué?

Él se sube a la cama y se acerca a mí. Me aparta las manos y comienza a masturbarme con las suyas, aunque enseguida su boca toma el relevo.

Todavía no me he acostumbrado a esta sensación, la mezcla entre esa calidez, esa humedad y esa suavidad que se unen para darme un placer que no sabía que fuera posible.

A estas alturas sé que no tiene sentido contenerme, así que me permito gemir libremente mientras él parece esforzarse de forma consciente en que no deje de hacerlo ni un segundo.

Pero, mucho antes de lo que desearía, el placer ya es demasiado intenso. No quiero que se acabe tan pronto, y tampoco quiero que Fran sea el único que está complaciendo al otro. Le empujo un poco la cabeza para apartarlo mientras trato de recuperar la respiración.

—Para —le pido—. No quiero correrme todavía.

—¿Qué quieres hacer? —me pregunta, como si no fuera evidente. Le dirijo una sonrisa.

—Ponte a cuatro patas.

Él me obedece de inmediato. Entonces, coloco las manos sobre sus nalgas para separarlas y hundo la cara entre ellas. Si se ha pasado un buen rato en el baño preparándose para mí, lo mínimo que puedo hacer es aprovecharlo, ¿no?

Aunque todavía no le he cogido el tranquillo del todo, me noto mucho más seguro que antes.

Y, a juzgar por los gemidos de Fran, a él también le gusta.

Utilizo la lengua para lubricar su orificio, empujando mi propia saliva hacia su interior.

Su cuerpo se estremece de puro placer, y eso me hace sentir cierto orgullo.

Supongo que la segunda vez de la noche debería ser más fácil, así que no tardo en introducirle el primer dedo. Pronto añado el segundo y el tercero; está claro que ahora está mucho más dilatado que antes. Y eso es bueno, porque no quiero esperar más.

—¿Pruebo ya? —le pregunto; me doy cuenta de que mi voz suena ronca por la excitación.

—Vale.

Fran ha visto los condones, así que alcanza uno, lo abre y me lo tiende.

Estoy tan duro que me lo pongo con facilidad, y entonces escupo sobre mi mano la saliva que he estado acumulando para extenderla por mi polla.

Cuando la acerco a su orificio, mucho más seguro que antes, me doy cuenta de que ahora entra mucho mejor.

Muy pronto ya está dentro por completo, y Fran no ha tenido que detenerme ni una sola vez. Buena señal.

Al igual que antes, comienzo a mover las caderas de atrás hacia delante, tratando de encontrar ese ritmo preciso.

Esta vez me cuesta menos, y Fran no tarda en ponerse a gemir de placer.

Y ese sonido es como música para mis oídos, así que me esfuerzo para que siga sonando, para no tener que perderlo.

—¿Podemos cambiar de postura? —me pide al cabo de unos minutos, y yo me detengo al instante.

Y menos mal, porque de haber seguido, no habría aguantado mucho más sin correrme.

—Claro. —Se la saco despacio para no hacerle daño—. ¿Te quieres poner tú encima?

—No, así no. —Fran estira las piernas para tumbarse sobre la cama, y entonces gira hacia un lado, dándome la espalda—. Mira, ponte detrás de mí.

Hago lo que me pide y pego mi pecho a su espalda mientras mi polla le roza las nalgas, como si estuviera buscando la forma de volver a entrar.

—¿Te la meto así? —pregunto.

—Sí.

Y eso es lo que hago. No tardo en encontrar el camino hacia su interior, y cuando mi polla ya se ha perdido por completo dentro de él, continúo con ese movimiento de caderas de antes, siempre de atrás hacia delante, de atrás hacia delante.

Pero esta postura me resulta extraña, y me doy cuenta de que me cuesta bastante más que antes.

—¿No te gusta así? —me pregunta.

—No es eso —respondo contra su oído—. Es que es un poco incómodo.

—A ver, es que creo que estás como muy tieso.

—¿Cómo que tieso? —pregunto, y se me escapa una risita.

—Pues eso, con los brazos y tal… No sé.

Ahora que los menciona, me doy cuenta de que los he dejado sueltos, como si ni siquiera pertenecieran a mi propio cuerpo.

—¿Y qué quieres que haga con ellos?

—Abrázame —responde, y yo abro mucho los ojos.

—¿Qué?

—Abrázame —repite—. Así, mi cuerpo se moverá pegado al tuyo, y podrás meterla más hondo.

—Eh… Vale.

Me siento muy torpe mientras lo hago, la verdad.

Paso el brazo izquierdo por debajo del cuerpo de Fran, y después el derecho por encima, para rodearlo por los dos lados.

Mi mano derecha queda sobre su pecho, justo encima de su corazón, y me doy cuenta de que late a toda velocidad.

Él acerca su propia mano para apretarme la mía, y mi propio corazón da un vuelco.

Entonces, entrelaza las piernas con las mías y yo me dejo hacer, dándome cuenta de que ahora estamos mucho más pegados, de que mi polla se ha internado en él todavía más.

Estamos completamente unidos, mi pecho contra su espalda, mis brazos a su alrededor, nuestras piernas enredadas y mi polla dentro de él. Ahora mismo, no se me ocurriría nada mejor.

—¿Así? —le susurro al oído, y sonrío al ver el estremecimiento que esperaba.

—Justo así, sí. Prueba ahora.

Ahora entiendo por qué Fran me ha pedido que lo abrace: es mucho más fácil así. Comienzo a mover las caderas de nuevo, abrazándolo con fuerza e inmovilizándolo por completo, tomando el control absoluto de la situación. Me permito aumentar la velocidad de mis movimientos muy poco a poco.

—¿Te gusta? —le pregunto, rozándole el lóbulo de la oreja de forma totalmente intencionada. De nuevo, vuelve a estremecerse.

—Sí… —susurra entre jadeos—. Me encanta.

—A mí también.

Pero todavía puede ser mejor. Tensando los brazos alrededor de él, comienzo a embestirlo con más fuerza todavía, tratando de provocarle tanto placer como yo mismo siento.

Dejo caer la cabeza cerca de su oído, y me permito gemir y jadear con absoluta libertad.

Sé que si seguimos así no voy a poder aguantar mucho más, pero de todos modos es de madrugada y no deberíamos alargarlo.

Fran coge un pañuelo de la mesita de noche y comienza a masturbarse, así que sigo moviéndome todavía más rápido; quiero hacer que se corra de placer.

No sé cómo lo hago, pero sigo encontrando la forma de aumentar la velocidad, hasta que al fin el placer crece de tal manera que ya no puedo seguir controlándolo.

Siento que se me tensa todo el cuerpo mientras empiezo a correrme, embistiéndolo de forma casi violenta con cada chorro mientras unas oleadas de placer intenso recorren mi cuerpo hasta dejarme prácticamente mareado.

Debo de haberle dejado medio sordo de lo mucho que he gemido contra su oreja.

—No pares —me suplica.

Y no lo hago. Con un esfuerzo titánico, le doy más fuerte que nunca, dispuesto a darle tanto placer como el que yo mismo acabo de sentir, si no más.

No tarda en correrse él también, y al momento es como si todo su cuerpo se desinflara por completo.

Solo se mueve para arrugar el pañuelo y tirarlo al suelo.

Seguimos abrazados, completamente enredados el uno en el otro. Mi polla pierde volumen y se desliza hacia el exterior, pero seguimos unidos en todo lo demás. Y así vamos a seguir, porque no tengo fuerzas para hacer nada más.

Pronto, nuestra respiración vuelve a su ritmo habitual, y enseguida Fran se queda dormido entre mis brazos. Solo entonces, cuando ya está respirando profundamente, le doy un beso en la cabeza. Es el único beso que puedo permitirme; el único que puedo darle sin estropearlo todo.

Con una amplia sonrisa, cierro los ojos y dejo que el sueño me lleve de nuevo.