El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 33.
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Despierto de pronto, con todo el cuerpo agarrotado y Fran encima de mí, profundamente dormido. Le doy unos golpecitos en el hombro para despertarlo con cuidado.

—¿Fran? —susurro.

Él levanta la cabeza, claramente confuso antes de percatarse de la situación. Entonces, se quita de encima y se apresura apartarse. Aunque me gusta la sensación de nuestros cuerpos unidos, agradezco la oportunidad de poder estirarme un poco.

—Mierda —dice—. ¿Me he dormido mucho rato?

Me río al ver su cara de preocupación.

—Un par de horas, según mi reloj.

—¿Qué dices? ¿En serio?

—En serio. Pero no pasa nada, si yo también me he dormido. Acabo de despertarme.

—Joder, y yo encima de ti todo el rato. Tienes que estar incomodísimo… lo siento.

Un poco sí, pero ha merecido la pena.

—No te preocupes, anda. Pero sí que me estaba empezando a doler la espalda, por eso te he despertado.

—Lo siento, en serio.

—Te he dicho que no te preocupes —insisto, riendo de nuevo.

—Bueno, pues vamos a dormir, ¿no?

—Sí, pero será mejor que pasemos por la ducha primero.

—¿Qué? —Parece onfuso—. ¿Por qué?

Vuelvo a reír; está graciosísimo cuando tiene sueño.

—Estamos llenos de… fluidos —le explico—. En realidad ya se habrá secado todo, pero no sé… Creo que será mejor que nos lavemos un poco y tal antes de irnos a dormir.

Fran suspira.

—Bueno… Vale —acepta de mala gana—. ¿Quieres ir tu primero?

—Mejor que vayamos los dos, ¿no? Ya es muy tarde.

—¿Cómo que los dos?

—Pues eso, que mejor si nos duchamos juntos —sugiero; estoy deseando volver a hacerlo—. Así acabamos antes.

—Eh… —Se lo piensa unos segundos—. Bueno. Vale.

Salimos de la cama y vamos juntos al cuarto de baño, con cuidado de no tropezar. No me molesto en encender ninguna luz; no me apetece desvelarme. Entro en la bañera, y él me imita. Entonces, pongo el agua en marcha y espero a que se caliente.

Cuando alcanza la temperatura adecuada, comienzo a duchar a Fran; sé que él está demasiado dormido para hacerlo solo.

Me aseguro de empapar bien su pecho, su vientre y su entrepierna antes de colocarme tras él para mojar sus nalgas.

Me doy un agua yo también, y después me lleno las manos de gel.

Lo extiendo por su cuerpo, asegurándome de cubrirlo todo bien.

Cuando llego a su polla, le bajo el prepucio con cuidado y lo limpio también por dentro; no quiero que se le queden restos de semen que puedan infectarse o algo así.

Después, al llegar a sus nalgas, le introduzco también la punta de un dedo enjabonado.

Es curioso que sea exactamente lo mismo que hice antes de follar, porque ahora no podría ser más diferente.

Pero es Fran, y quiero que esté bien, quiero dejarle bien limpio y que duerma a gusto.

Él, por su parte, permanece prácticamente inmóvil en todo momento. No reacciona hasta que comienzo a esparcir el gel por mi propio cuerpo.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta.

—Echarme gel.

—No me refiero a eso. A lo que has hecho justo antes.

—¿Echarte gel a ti?

—Sí, eso —responde.

—¿Qué pasa?

—¿Por qué lo has hecho?

—Porque estabas lleno de semen, Fran —le recuerdo—. ¿Por qué va a ser?

—Venga ya, Marcos. Que hasta hace literalmente cinco días nos odiábamos a muerte. ¿A qué viene todo esto ahora?

Sus palabras me escuecen, pero trato de disimularlo.

—Ya, bueno. Y desde hace cinco noches también nos corremos juntos. —Fran no responde. Espero unos segundos, y entonces añado en voz baja—: Además, no nos odiábamos a muerte.

—Si tú lo dices.

Eso me escuece todavía más.

—Joder, ¿qué quieres que te diga? Yo he intentado que nos llevemos bien.

—Sí, bueno. Pero ahora no es el momento de hablar de eso. ¿Por qué estás haciendo esto?

No entiendo nada. ¿A qué viene esto ahora? ¿Es que le molesta que lo haya hecho o qué? Pero eso no tiene sentido. ¿Cómo va a molestarle cuando hace un par de horas estábamos follando?

¿Cuando literalmente he perdido la virginidad con él, aunque él ni siquiera lo sepa?

—Fran, no lo sé. Estás medio dormido, tenías el cuerpo lleno de semen y me apetecía lavarte —respondo, tratando de hablar de forma racional—. No hay que darle más vueltas.

—Bueno, vale.

—¿Te molesta que lo haya hecho? —le pregunto, incapaz de ocultar mi preocupación.

—No, no es eso.

—¿Entonces?

—No lo sé —responde, y sé que está siendo sincero—. Es solo que todo esto se me hace un poco raro, supongo.

Como si para mí no lo fuera, aunque eso no se lo digo.

—¿Quieres que pare?

Los segundos que tarda en responder se me hacen eternos.

—No.

—¿Quieres que termine de ducharte?

—Sí —responde, más rápido que antes, y eso me anima un poco.

—Vale.

Como si no hubiera pasado nada, continúo con lo que estaba haciendo.

Le aclaro el vientre antes de pasar a su polla.

Ahora que mi vista se ha acostumbrado a la oscuridad, lo miro a los ojos mientras le retiro el prepucio de nuevo para eliminar los restos de gel.

Él abre un poco la boca, como si fuera a decir algo, pero no lo hace.

Entonces, vuelvo a colocarme detrás de él para enjuagarle la parte baja de la espalda y las nalgas.

Mientras yo termino de lavarme también, Fran sale de la bañera y comienza a secarse.

Entonces, cuando estoy a punto de salir, se acerca a mí y me envuelve con la toalla, tal como hice yo con él ayer por la mañana.

Comienza a secarme con cuidado, primero el pecho y el vientre, antes de bajar más.

No me esperaba que hiciera esto, y soy incapaz de dejar de sonreír como un auténtico idiota.

Después, volvemos a la cama en silencio, los dos desnudos. Nos acostamos muy cerca y yo me coloco boca arriba, en mi postura de siempre. Él, también como siempre se sitúa de lado, de cara a mí.

Me doy cuenta de que necesito más. No quiero que durmamos separados. Quiero que durmamos los dos pegados, como hace un rato. Igual no con Fran encima de mí, pero tal vez como lo hemos hecho esta tarde en la playa, con su cabeza sobre mí y su mano sobre mi pecho.

Pero no puedo decírselo. Ni siquiera sabría cómo decirlo. Y él tampoco parece querer hacerlo, así que prefiero no forzar la situación y volver a incomodarlo después de lo de la ducha.

—Buenas noches, Fran —digo al fin.

—Buenas noches, Marcos.

Aunque no podamos dormir abrazados, al menos puedo dejar que me arrulle el sonido de su respiración. Y eso ya es mucho mejor que nada.

Un ligero movimiento me hace despertar.

Es Fran… y está entrelazando los dedos con los míos. ¿Qué cojones?

Parpadeo un par de veces, confuso, pero no me muevo.

En vez de eso, cierro los ojos y trato de respirar con normalidad, como si no me estuviera dando cuenta de nada.

Continúo así mientras noto que se acurruca contra mí, pegando su cuerpo al mío.

¿De verdad está pasando esto? ¿O tan solo estoy soñando?

En cualquier caso, sigo con la pantomima, profundamente consciente de sus dedos entrelazados con los míos.

Sigo respirando como siempre, y hasta suelto algún ronquido para darle realismo a la cosa.

Pronto, la respiración de Fran se vuelve más profunda, hasta que ya estoy seguro de que se ha vuelto a dormir.

Entonces, levanto el brazo y le rodeo con los hombros para abrazarlo por fin, atrayéndolo contra mi cuerpo una vez más. Él sigue durmiendo sin enterarse, con su mano unida a la mía.

Y así, sintiéndome profundamente feliz, me dejo invadir por el sueño una vez más.