El chico de la habitación prohibida (El chico de al lado 3) 32.
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Empiezo a lamer directamente su orificio, que está más cerrado de lo que esperaba. Me resulta sorprendentemente carnoso, y la sensación es rara, pero me gusta. Cuando trato de deslizar la lengua a través de él, siento que se dilata ligeramente, como si quisiera abrirse para mí.

—Vas bien —susurra Fran, con la voz entrecortada.

Sin saber muy bien lo que hago, me dejo guiar por mi instinto, y no sé qué le parecerá a él, pero a mí cada vez me gusta más. Me va dando instrucciones de vez en cuando, y yo me aseguro de obedecer en todo. Él comienza a gemir, y el sonido me anima para seguir haciéndolo cada vez mejor.

Pronto, la mano de Fran se acerca a sus nalgas, y veo que tiene los dedos mojados. Lo observo mientras se introduce un dedo y después el otro, ensanchando el orificio y poniéndome la polla más dura que nunca. Está preparándose para mí.

Cuando aparta la mano, continúo lamiendo y succionando, y me doy cuenta de que efectivamente ahora parece más abierto que antes.

Enseguida su mano vuelve a aparecer, así que me alejo un poco mientras lo dejo hacer.

En esta ocasión se mete hasta tres dedos, y los mueve de dentro hacia fuera antes de volver a sacarlos.

Verlo me excita de una forma indescriptible.

Entonces, me escupo sobre los dedos y trato de imitar su movimientos.

Le introduzco el primero y eso le hace gemir, así que no tardo en dar paso al segundo.

No sé muy bien lo que estoy haciendo, pero muevo los dedos de forma instintiva, dejándome guiar por sus jadeos y por las reacciones de su cuerpo, si se tensa o se relaja.

Pronto, yo también he podido meterle tres dedos enteros, y los utilizo para seguir dilatándolo por dentro mientras él gimotea de placer.

Entre mis piernas, mi polla palpitante no deja de lubricar por el ansia.

Necesito más. Necesito estar dentro de él.

Necesito hundirme en su cuerpo abierto para mí.

—¿Probamos ya? —le pregunto, incapaz de seguir aguantando.

—Vale, pues ve a por el condón. Aunque igual deberías lavarte las manos primero.

Buena idea.

—Vale. Ahora vuelvo.

Me apresuro a ir al cuarto de baño para lavarme bien las manos, con mucho jabón. Después, voy hasta mi maleta y saco el neceser. Allí tengo los condones que me compró papá cuando cumplí los dieiocho; por suerte, todavía no han caducado.

—Tráete un par, por si acaso —me pide.

—Vale.

Cuando vuelvo junto a él me doy cuenta de que se está metiendo los dedos de nuevo, y eso me excita todavía más.

Dejo un par de condones sobre la cama y abro uno de ellos.

Por suerte, sé cómo ponérmelo porque ya he practicado, así que no hago el ridículo con esto.

Fran me mira mientras lo hago, y se saca los dedos cuando vuelvo a subirme a la cama.

Me sitúo de nuevo tras él, con las manos sobre sus nalgas.

Sujeto mi polla y la acerco a su orificio, que parece estar palpitando.

—¿Preparado? —le pregunto.

—Sí, pero échate mucha saliva, ¿vale?

He estado tratando de no tragar durante estos últimos minutos, así que escupo en mi mano y extiendo toda la saliva por encima del condón. De nuevo, acerco la polla a sus nalgas.

—¿Voy?

—Vale.

Él respira hondo, preparándose para lo que vamos a hacer.

Invadido por los nervios, coloco el glande contra su orificio, sujetando mi polla con la mano.

Empujo ligeramente, y entonces Fran se abre para mí y comienzo a entrar.

Voy despacio, con todo el cuidado que puedo para no hacerle daño.

Ahora entiendo la necesidad del lubricante; aunque puedo avanzar poco a poco dentro de él, todo sería mucho más fácil si se deslizara más.

—Para un momento —me pide Fran cuando voy casi por la mitad, y obedezco de inmediato. Él permanece inmóvil unos segundos, respirando hondo—. ¿Puedes echar un poco más de saliva?

—Claro. No te preocupes.

Se la saco con cuidado y repito el movimiento de antes, escupiéndome en la mano antes de extender la saliva. Después, vuelvo a probar. Ya llevo casi dos tercios cuando me pide que pare y tenemos que volver a empezar, pero no me quejo: está claro que estamos avanzando, aunque sea despacio.

Al fin, después de un rato y con mucha paciencia, su cuerpo logra acoger mi polla por completo.

Pero esto es solo el primer objetivo superado, porque ahora me queda averiguar cómo moverme.

Por suerte, hace tan solo unos minutos le estaba follando la boca, de modo que pruebo a emplear esos mismos movimientos.

Procuro moverme de forma rítmica, de dentro hacia fuera, aumentando la velocidad muy poco a poco.

A juzgar por sus gemidos, supongo que no lo estaré haciendo del todo mal.

Entonces, un pensamiento irrumpe en mi cabeza: estoy follando.

Antes de esto, era virgen. Pero ya no lo soy.

Estoy follando, y la sensación es increíble.

Es raro, eso está claro. No es como pensaba.

Y jamás me habría imaginado que sería con un chico, pero me gusta.

No tiene sentido tratar de evitarlo; no sirve de nada rechazarlo.

Estoy follando con Fran, estoy perdiendo la virginidad con él, y aunque jamás se me habría ocurrido que este momento sería así, lo cierto es que no podría ser más perfecto.

Pero, aunque los dos estamos gimiendo de placer, no puedo evitar preguntarme si lo estaré haciendo bien.

—¿Te gusta? —le pregunto, algo preocupado.

—Me encanta —me asegura.

—¿En serio?

—En serio —confirma—. ¿Y a ti?

—A ver… sí. Pero es raro.

—Entonces, ¿no te gusta?

—No, no es eso; sí que me gusta. —No tendría sentido negarlo, dada la situación—. En serio. Solo es eso, que la sensación se me hace un poco rara. Tendré que acostumbrarme y tal, supongo.

—Supongo. ¿Te parece si probamos de otra forma?

—Vale, como quieras. ¿Te la saco?

—Sí, pero ve despacio.

Y eso es justo lo que hago, aunque me da la sensación de que a Fran no le ha hecho ninguna gracia que se la saque.

Lo observo mientras se tumba boca arriba, y entonces sus ojos se cruzan con los míos.

Sonrío, ligeramente avergonzado, y él me devuelve el gesto.

Veo que traga saliva, y entonces aparta la mirada mientras se aleja un poco del centro de la cama.

—Mira, túmbate tú ahí —me pide.

—¿Boca arriba?

—Sí. —Cuando obedezco, añade—: Me voy a sentar en tu cara, ¿vale?

—Eh… Vale.

No es como cuando yo me he sentado sobre su pecho hace un rato.

Él está sentado literalmente sobre mi cara, con las piernas a ambos lados y sus nalgas contra mi piel.

Pero ya he probado esto, ya sé que me gusta, así que comienzo a lamer con ganas sin que tenga que pedírmelo.

En esta ocasión, cuando saboreo su orificio, me doy cuenta de que está más dilatado que antes.

Noto movimientos encima de mí, pero no me paro a preguntarle lo que está haciendo; me gusta demasiado lo que estoy haciéndole yo. De pronto, noto su mano quitándome el condón, y un instantes después, lo que ya reconozco como su boca alrededor de mi polla.

Nos damos placer en esta postura durante un buen rato; es increíble lo mucho que me gusta lo que me hace, lo que yo le hago a él, el placer mutuo que nos proporcionamos. Pero, muy pronto, ya empieza a ser demasiado como para poder seguir soportándolo.

—Fran… para —le pido—. Como sigas así, me voy a correr.

Él se estira para alcanzar uno de los condones y me lo pone con un movimiento fluido.

A continuación, escupe sobre él y extiende la saliva antes de quitarse de encima de mí.

Se da la vuelta para mirarme a los ojos, y yo le sonrío.

Entonces, cierra los dedos alrededor de mi polla y se sienta sobre ella.

Utiliza la mano para acercarla a su orificio; por suerte, ya está bastante dilatado y entra sin problemas.

Va despacio, milímetro a milímetro, hasta que ya debe de haber un par de centímetros dentro.

Después, aparta la mano y comienza a mover su propio cuerpo, bajando sobre mí mientras mi polla se desliza en su interior y él suelta unos gemidos descontrolados.

No aparto la mirada de la suya en ningún momento, y él tampoco lo hace. La sensación es indescriptible.

Cuando al fin noto sus nalgas sobre los muslos y mi polla está enterrada por completo dentro de él, Fran suelta un largo suspiro y sonríe mientras me mira, moviéndose despavio.

—¿Qué tal? —me pregunta.

—Joder, qué pasada.

—Veo que te gusta.

—Ni que lo digas.

—Pues venga… fóllame.

Me apresuro a obedecer. Coloco ambas manos sobre sus caderas para sujetarlo sobre mí y comienzo a moverme con rapidez de la mejor forma que puedo.

No tardo en darme cuenta de que en esta postura es diferente, un poco más difícil, pero la sensación de estar dentro de él es tan placentera que me esfuerzo por hacerlo lo mejor posible, por recuperar el ritmo de antes.

Debo de estar haciéndolo medianamente bien, porque Fran gime tanto como yo.

No dejamos de mirarnos a los ojos en ningún momento, y de nuevo siento esa conexión ardiente entre nosotros que parece conectarnos de forma irremediable.

Fran se ha estado masturbando despacio, pero entonces comienza a hacerlo cada vez más rápido, y los gemidos que salen de su boca están cada vez más descontrolados.

Estamos los dos sudando, pero lo único que importa es el placer mutuo que nos estamos dando.

Me doy cuenta de que ya no voy a ser capaz de aguantar mucho más tiempo.

—Joder, reviéntame —me pide de pronto, con voz suplicante—. Marcos, reviéntame, que me corro.

—Yo también —alcanzo a decir, sintiendo cómo el placer comienza a crecer y acumularse en mi interior.

Sin dejar de mirarnos a los ojos, aumento la velocidad de mis embestidas mientras él se masturba casi con furia.

De pronto, Fran gimotea más alto que nunca y se corre sobre mí, salpicándome el vientre y el pecho de ese líquido blanco y cálido.

Justo mientras comienza a hacerlo, los músculos de su interior me aprietan la polla de una forma indescriptible, haciéndome eyacular a mí también de inmediato.

Los densos chorros de semen llenan el interior del condón, y le doy una embestida salvaje a Fran con cada uno de ellos, invadido por un placer tan intenso que sé que no voy a ser capaz de olvidarlo jamás.

Todavía mirándonos a los ojos, nos quedamos inmóviles mientras tratamos de recuperar la respiración.

—Joder —susurramos a la vez, sonriendo.

Entonces, Fran se deja caer sobre mí. Me tenso durante un momento, sorprendido, pero entonces levanto ambos brazos para abrazarlo con fuerza, pegando su cuerpo al mío hasta que no hay ni un solo milímetro de aire entre nosotros, porque no quiero que lo haya.

Su cabeza se encuentra entre la mía y mi cuello, y su respiración cálida sobre mi piel húmeda por el sudor me resulta extrañamente agradable.

Mi pecho se mueve de arriba abajo contra el suyo.

Soy vagamente consciente de que mi polla comienza a perder volumen y escapa de su interior.

Noto cómo se derrama el semen entre mis piernas, pero no me importa.

Ahora mismo, lo único que importa es esto, la sensación de su piel contra la mía, la comunión de nuestros cuerpos.

Lo siento respirar contra mi piel, y en este momento soy tan feliz que no cambiaría absolutamente nada.