30.
Me despierto cuando la tarde ya está bien avanzada. El cielo está ahora muy nublado y hasta hace un poco de frío, pero Fran y yo seguimos tan abrazados que nos damos calor mutuamente. Por alguna razón, ese pensamiento me provoca un cosquilleo.
Vuelvo a cerrar los ojos, tratando de disfrutar del momento. Sin embargo, empiezo a tener los músculos algo agarrotados, así que trato de estirarme un poco sin molestar a Fran. Pero no funciona, porque entonces él también se mueve ligeramente y abre los ojos.
—¿Marcos? —susurra.
—Dime.
—Nos hemos dormido.
—Ya —respondo con una sonrisa.
—Deberíamos ir volviendo —dice, aunque no parece que le apetezca demasiado—. Nuestros padres se van a preocupar.
—Cinco minutos más —murmuro, consciente de que muy probablemente será la última vez que hagamos esto.
No quiero que se acabe.
—Venga, vale —acepta.
Entonces, mueve la mano sobre mi torso, deslizando los dedos entre mi vello.
Trato de asimilar lo que está pasando… ¿me está acariciando?
Envalentonado por sus movimientos, comienzo a acariciarle la espalda, y no se me escapa el estremecimiento que se extiende por su cuerpo.
Todo es tan agradable, tan natural, que me cuesta entender por qué no lo habíamos hecho hasta ahora.
Y todavía me cuesta más entender por qué me estaba costando tanto poner nombre a lo que me está pasando con él.
De pronto, Fran se aparta de mí y se sienta en la roca. Ya deben de haber pasado por lo menos diez minutos, así que supongo que habrá decidido que no podemos entretenernos más.
—Venga, vamos —dice, aunque parece algo nervioso.
—Vaaale…
Me incorporo y me froto los ojos, todavía adormilado. Cuando lo miro, me doy cuenta de que su piel blanca y su pelo rubio relucen bajo la luz de la tarde de una forma que lo hacen parecer un ángel caído. Un segundo después, me pregunto por qué estoy pensando estas cosas sobre él.
Caminamos en silencio hasta donde habíamos dejado a nuestra familia. Por suerte no se han ido, y tampoco parecen preocupados por nuestra larga ausencia. Me preocupa un poco que puedan hacernos preguntas incómodas, pero no lo hacen.
Nos quedamos un par de horas más en la playa, y nos bañamos a pesar de lo nublado que está. Hasta Fran se baña, cosa que generalmente no hace, y después jugamos a la pelota con Natalia. Supongo que queremos aprovechar al máximo el tiempo que nos queda aquí.
Sobre las seis y media comienza a atardecer y la temperatura ha bajado un poco más, así que empezamos a recoger nuestras cosas. Observo a Fran mientras saca una foto y la sube a Instagram, y no es para menos: el cielo está precioso, lleno de rojos, naranjas y rosas que casi parecen de película.
De nuevo, Fran y yo nos quedamos algo rezagados mientras volvemos al hotel, aunque no hablamos. Me doy cuenta de que cada vez compartimos más de estos momentos en silencio, y cada vez me gustan más.
Cuando llegamos a nuestra habitación para prepararnos antes de la cena, Fran se mete el primero en el baño para ducharse.
Yo, mientras tanto, comienzo a recoger mis cosas con tristeza.
Durante estos días hemos pasado poco tiempo en la habitación, y el tiempo que hemos pasado aquí hemos estado más ocupados de lo que pensábamos, así que lo tengo todo un poco desordenado.
Como he ido acumulando la ropa sucia en un rincón, comienzo a recogerla y distribuirla en las bolsas que me he traído para guardarlas en la maleta.
Por suerte, tan solo me he traído lo imprescindible, así que no tardo demasiado. Ya estoy terminando de prepararlo todo cuando Fran sale del cuarto de baño.
—Ya puedes ducharte si quieres.
—Vale.
Termino de guardar la última bolsa, saco la camiseta que quiero ponerme ahora y unos bóxers limpios, y voy al cuarto de baño.
Lo primero que veo es la ropa de Fran, el bañador y la camiseta que ha dejado sobre el bidé.
Sin saber muy bien lo que estoy haciendo, me acerco y cojo la camiseta.
Después, me la llevo a la cara y cierro los ojos.
La mezcla de aromas es tan obvia como inesperada.
Hay un fuerte olor a protector solar y, por debajo, el matiz salado del aire de la playa.
Pero por debajo de todo hay un aroma más sutil todavía, uno que reconozco cada vez mejor y que me gusta cada vez más: el olor corporal de Fran, impregnado en el tejido y tratando de sobrevivir entre el resto de aromas.
Inspiro con fuerza, pero entonces mi polla comienza a crecer bajo mi bañador, de modo que dejo sus cosas donde estaban, me desnudo y me meto en la ducha.
Veinte minutos más tarde, ya estamos todos bajando al restaurante del hotel, aunque volvemos a estar sumidos en ese mismo aire melancólico que en el italiano de la playa. Esta es nuestra última noche de vacaciones, y parece mentira que haya llegado tan rápido.
Durante la cena no consigo concentrarme en casi nada.
Participo en las conversaciones cuando me toca, sonrío y hago como si todo fuera normal, pero una parte de mí no deja de pensar en la conversación con Fran en la playa y en que, dentro de un rato, volveremos a estar solos en la habitación.
Por alguna razón, eso me lleva a acordarme de Laura y Carlos.
Si hubiera sido capaz de abrirme más con ellos, tal vez podría contarles lo que me está pasando, pedirles consejo incluso…
Pero, ahora mismo, no me siento capaz de hacerlo.
Como ya es costumbre, cuando terminamos de cenar nos vamos todos al bar del hotel para ver el espectáculo de hoy, donde están cantando versiones de canciones famosas.
Nada más sentarnos, veo cómo Fran se bebe la primera copa casi del tirón.
No hago ningún comentario, pero no puedo evitar preguntarme si estará intentando calmar los nervios.
Y eso solo consigue ponerme todavía más nervioso a mí.
Durante toda la actuación, nuestras miradas no dejan de encontrarse.
A veces es él quien me busca; otras soy yo quien levanta la vista casi sin darme cuenta.
Cada vez que ocurre tengo la sensación de que todo el mundo debería de estar notándolo, aunque, por suerte, nadie parece prestarnos la menor atención.
Es como si estuviéramos solos en medio de la gente.
Intento concentrarme en la música, en las conversaciones de los demás, en cualquier cosa que no sean sus ojos.
Pero no sirve de nada. No puedo dejar de mirarlo, no puedo dejar de pensar en el momento sobre la roca, en que todavía nos queda una última noche juntos, y la tensión de mi cuerpo no deja de crecer hasta que casi pienso que voy a explotar.
Llega un momento en que siento que, si seguimos aquí mucho más tiempo, acabaré volviéndome loco. Así que me pongo en pie.
—Creo que me voy a ir ya a la cama. —Sé que la excusa es mala incluso antes de pronunciarla—. Estoy que me caigo de sueño.
Le lanzo una mirada significativa a Fran.
—Voy contigo —dice—. Así no te despierto si vuelvo más tarde.
—¿Tan pronto? —se extraña papá—. Siempre os quedáis hasta el final.
—Mañana va a ser un día muy largo, papá. Prefiero descansar.
—Si ya estará a punto de acabar —señala Natalia—. Quedaos al menos tres o cuatro canciones más, anda.
—Que no, en serio. Tengo sueño.
—Dejad que se vayan, anda —dice Belén—. Marcos tiene razón; mañana va a ser un día largo. Nosotros tampoco deberíamos quedarnos hasta tan tarde.
Le agradezco la intervención con una sonrisa. Si supiera el verdadero motivo por el que quiero marcharme, seguramente no estaría facilitándonos tanto las cosas.
Nos despedimos de todos y caminamos en silencio hasta el ascensor. Ninguno dice una palabra mientras esperamos. Cuando por fin se abren las puertas y comprobamos que está vacío, siento que se me afloja un poco el nudo que noto en el estómago.
Fran levanta la mirada hacia mí. Le sonrío sin pensar. Entonces, noto un roce casi imperceptible en la mano. Abro mucho los ojos, incrédulo; sus dedos han buscado los míos con una timidez que me resulta enternecedora.
Durante un segundo, me quedo inmóvil. Después, cierro la mano sobre la suya. No hace falta decir nada.
Las puertas vuelven a abrirse demasiado pronto y soltamos las manos antes de salir, como si fuera algo prohibido, algo que no deberíamos hacer. Aunque quiero volver a hacerlo.
De nuevo, el camino hasta la habitación transcurre en silencio. No es un silencio incómodo; al contrario, es de esos nuevos silencios que hemos empezado a compartir. Hay una tensión intensa entre nosotros, pero es agradable de una forma que no sabría describir con palabras.
Cuando cierro la puerta detrás de nosotros, vuelvo a sentir ese cosquilleo en el estómago. Estamos solos otra vez. Y la noche es nuestra.
—¿Quieres ir al baño tú primero? —le pregunto.
—Pues depende, ¿tú tienes muchas ganas de ir? Es que pensaba darme una ducha antes de meterme en la cama.
—¿Otra vez? —me extraño—. Si te has duchado antes de cenar.
Sus mejillas se ruborizan.
—Ya, pero es que me parece que no usé suficiente champú y todavía tengo arena en el pelo. Así que, si quieres entrar tú primero y tal...
La explicación me parece un poco rara, pero tampoco le doy demasiadas vueltas.
—Vale, pues voy yo.
Entro en el baño sin cerrar la puerta. Mientras orino,, intento tranquilizarme, aunque no sirve de mucho. Cuando termino y empiezo a lavarme las manos, oigo pasos detrás de mí.
Levanto la vista hacia el espejo. Fran acaba de entrar. Sin decir una palabra, empieza a quitarse la ropa a mi lado. Me sorprende, pero trato de no demostrarlo. Llevaba mucho tiempo deseando que comenzara a comportarse con esa clase de naturalidad conmigo.
Me seco las manos despacio con la toalla mientras intento mantener los ojos bajo control. No sé si lo está haciendo a propósito o si simplemente le resulta más cómodo desvestirse aquí antes de ducharse.
Entonces, mis ojos bajan más de la cuenta durante un breve instante. Y entiendo que probablemente sí lo está haciendo a propósito. Tengo que apartar la vista antes de delatarme.
Salgo del baño procurando que mi expresión siga siendo la de siempre, aunque soy perfectamente consciente de que mis pantalones empiezan a resultar bastante poco discretos.
—Bueno, pues no tardo —dice él, y cierra la puerta detrás de mí.
Asiento con la cabeza, incapaz de decir nada con palabras. Un segundo después oigo cómo echa el pestillo y, enseguida, el agua de la ducha empieza a caer.
Me tumbo sobre mi lado de la cama e intento respirar despacio. Si ese primer día en el hotel me hubieran dicho que íbamos a acabar así, no me lo habría creído.
Y, sin embargo, ahora solo puedo pensar en que, desde que empezó todo esto entre nosotros, cada día hemos dado un paso más que el anterior. Después de que anoche me la chupara, tengo muy claro lo que me gustaría probar hoy, pero sé que jamás podré reunir el valor necesario para proponérselo.
Mientras aguardo, me doy cuenta de que está tardando bastante más de lo que debería para la excusa que me ha dado, y no puedo evitar preguntarme si no querrá asegurarse de estar especialmente limpio porque tiene intención de hacer precisamente lo que yo quiero que hagamos.
La espera comienza a resultarme insoportable cuando escucho que el agua deja de correr en el cuarto de baño.
Con una serie de movimientos rápidos, me quito la ropa y la lanzo al rincón que acabo de despejar hace solo unos minutos.
Mi polla ya vuelve a estar en calma, de modo que comienzo a acariciarla mientras espero a que salga.
Si le sorprende encontrarme así cuando sale del baño, no lo demuestra.
—Tienes el pijama allí —señalo.
—No creo que me vaya a hacer falta, la verdad.
Sonrío de oreja a oreja ante sus palabras.
—¿Por fin te vas a animar a quedarte desnudo delante de mí?
—¿Es que te gusta verme desnudo o qué?
—A ver, a mí me da igual —respondo con fingida indiferencia, y hasta me encojo de hombros como un puto mentiroso—. Pero me alegra que empieces a perder un poco la vergüenza conmigo.
—¿Vergüenza de qué? —pregunta, con tono inocente—. Llevo cuatro días pajeándome contigo y dos de ellos tragándome tu semen.
El simple recuerdo prácticamente me obliga a aumentar la velocidad de mi mano.
—Por eso mismo —Sonrío todavía más—. Ya iba siendo hora de que dieras el paso de desnudarte frente a mí.
—Qué imbécil eres, de verdad.
—Sí, pero te encanta mi polla —le recuerdo, y sé que es verdad.
Él levanta una ceja.
—Han llamado los Cazafantasmas, dicen que se les ha escapado el fantasmón más grande de todos.
Me río sin poder evitarlo, pero entonces Fran se deshace de la toalla y la deja sobre una silla cercana. Desde luego, está claro que ha empezado a perder la vergüenza conmigo.
Me quedo embelesado por el movimiento entre sus piernas mientras se acerca a la cama, con ojos decididos.